La Adivina de Endor y el Profeta Samuel

Quisiera Saber…

La Adivina de Endor y el Profeta Samuel

Por Joseph Fielding Smith
Consejo de los Doce Apóstoles

En el capitulo 28 del libro 1 de Sa­muel, leemos que el rey Saúl, habiendo muerto el Profe­ta, recurrió a cierta pitonisa de Endor pidiéndole que hiciera “venir a Samuel” para poder obtener consejos de él. Lo que yo quisiera saber es lo siguiente: ¿Cómo fué posible que una bruja tuviera poder suficiente para traer del mundo de los espíritus a un profeta de Dios? Aun reconociendo que el que obraba por medio de la adivina fué el gran poder de Satanás, ¿cómo pudo haber sido que dicho poder fuera efectivo sobre un profeta de Dios?

Hay varios pormenores relacionados con esta historia que el lector presu­pone y que no están necesariamente en armonía con los hechos. En primer lugar, el rey Saúl no vio al espíritu que acababa de ser llamado. Toda la información respecto de la identificación del mismo, pro­vino exclusivamente de la mujer. No hay duda que la adivina estaba ciertamente familiarizada con Samuel y pudo efectivamente describirlo. Es factible también pensar que la mujer era suficientemente perspicaz como para comprender la desesperada situación del rey de Israel. No obstante, permanece aún el hecho de que fué ella, y no Saúl, quien describió la aparición.

En mayo de 1898, el presidente Charles W. Penrose escribió un excelente artículo sobre el particular y no puedo hacer algo mejor que transcribir sus palabras, a fin de explicar mejor el caso:

“Hay mucha diferencia de opiniones en cuanto a la visita que Saúl, el rey de Israel, hizo, conforme lo narra la Biblia, a la adivina de Endor  y al significado de la entrevista de ésta con el finado profeta Samuel.

El concepto popular al respecto, es que la pitonisa, a instancias de Saúl, “trajo” el espíritu de Samuel y que el rey conversó con él y se enteró del destino que le esperaba en su guerra con los filisteos. Pero el inte­rrogante emerge ante el hecho de cómo un bruja, que de acuerdo a la ley mosaica no podía vivir en el país, y con quien toda consulta estaba prohibida por el Señor, pudo tener poder para traer de vuelta, por medio de su mandato, al espíritu de un profeta de Dios. En respuesta a ello se ha venido sugiriendo que la mujer no era realmente una adivina sino una profetisa oculta. Y por qué ella tenía necesidad de encu­brir su paradero, no se ha mencionado. Se ha alegado que la teoría de una “profetisa” ha sido propuesta y mantenida por personas que entienden cabalmente todo el asunto. No obstante, una cuidadosa investi­gación del caso mostrará que ha habido un gran mal entendimiento en la materia. Repasemos lo que el historiador relata:

“Se juntaron, pues, los filisteos, y vinieron y acamparon en Sunem; y Saúl juntó a todo Israel, y acamparon en Gilboa.

Y cuando vio Saúl el campamento de los filisteos, tuvo miedo, y se turbó su corazón en gran manera.

Y consultó Saúl a Jehová; pero Jehová no le respondió ni por Urim, ni por profetas.

Entonces Saúl dijo a sus criados: Buscadme una mujer que tenga espíritu de adivinación, para que yo vaya a ella y por medio de ella pregunte. Y sus criados le respondieron: He aquí hay una mujer en Endor que tiene espíritu de adivinación.

Y se disfrazó Saúl, y se puso otros vestidos, y se fue con dos hombres, y vinieron a aquella mujer de noche; y él dijo: Yo te ruego que me adivines por el espíritu de adivinación, y me hagas subir a quien yo te dijere.

Y la mujer le dijo: He aquí tú sabes lo que Saúl ha hecho, cómo ha cortado de la tierra a los evocadores y a los adivinos. ¿Por qué, pues, pones tropiezo a mi vida, para hacerme morir?

Entonces Saúl le juró por Jehová, diciendo: Vive Jehová, que ningún mal te vendrá por esto.

La mujer entonces dijo: ¿A quién te haré venir? Y él respondió: Hazme venir a Samuel.

Y viendo la mujer a Samuel, clamó en alta voz, y habló aquella mujer a Saúl, diciendo:

¿Por qué me has engañado? pues tú eres Saúl. Y el rey le dijo: No temas. ¿Qué has visto? Y la mujer respondió a Saúl: He visto dioses que suben de la tierra.

El le dijo: ¿Cuál es su forma? Y ella respondió: Un hombre anciano viene, cubierto de un manto. Saúl entonces entendió que era Samuel, y humillando el rostro a tierra, hizo gran reverencia.

Y Samuel dijo a Saúl: ¿Por qué me has inquietado hacién­dome venir? Y Saúl respondió: Estoy muy angustiado, pues los filisteos pelean contra mí, y Dios se ha apartado de mí, y no me responde más, ni por medio de profetas ni por sueños; por esto te he llamado, para que me declares lo que tengo que hacer.

Entonces Samuel dijo: ¿Y para qué me preguntas a mí si Jehová se ha apartado de ti y es tu enemigo?

Jehová te ha hecho como dijo por medio de mí; pues Jehová ha quitado el reino de tu mano, y lo ha dado a tu compañero, David.

Como tú no obedeciste a la voz de Jehová, ni cumpliste el ardor de su ira contra Amalee, por eso Jehová te ha hecho esto hoy.

Y Jehová entregará a Israel también contigo en manos de los filisteos; y mañana estaréis conmigo, tú y tus hijos; y Jehová entregará también al ejército de Israel en mano de los filisteos. (1 Samuel 28; 4-19; cursiva agregada.)

De lo precedente, se desprende que la mujer visitada por el rey Saúl era de la clase proscripta por mandamiento de Dios, a raíz de ser practicante de adivinación por medio de encantadores. Ni los profe­tas ni las profetisas eran entonces expulsados de la tierra o tratados sin respeto. Solamente lo eran aque­llas personas que, condenadas por la ley de Moisés, se escapaban de los alcances y efectos de las misma. Saúl había intentado todo medio legítimo para obtener orientación sobrenatural, pero habiéndose él alejado del Señor y el Señor apartado de él, no había respuesta de los cielos a sus inquisiciones; no hubo para él pala­bras del Señor por parte de los profetas, ni tampoco comunicación alguna le fué concedida por medio del Urim y Tumim. No recibió manifestación ninguna mediante sueños o visiones, ni tampoco murmullos, del Espíritu divino. En su desesperación, Saúl se volvió al poder opuesto. En ello, este rey pecó también en­tonces. El sabía que estaba violando la ley del Señor. En tiempos en que sirvió a Dios, “Saúl había arrojado de la tierra a los encantadores y adivinos,” pero cuando él mismo cayó en las tinieblas, procuró los medios de la tiniebla y selló su propia suerte. Y está escrito:

“Así murió Saúl por su rebelión con que prevaricó contra Jehová, contra la palabra de Jehová, la cual no guardó, y porque consultó a una adivina.” (1 Crónicas 10: 13; cursiva agregada.)

La ley del Señor con respecto a la prohibición de estas artes, fué dada a Moisés y forma parte del gran código mosaico. Y, por ejemplo, leemos en Levítico;

“No os volváis a los encantadores ni a los adivinos; no los consultéis, contaminándoos con ellos. . .” (Levítico 19:31.)

Y también en Deuteronomio:

“Y liarás según la sentencia que te indiquen los del lugar que Jehová escogiere, y cuidarás de hacer según todo lo que te manifiesten.

“Según la ley que te enseñen, y según el juicio que te digan, harás; no te apartarás ni a diestra ni a siniestra de la sentencia que te declaren.

“Y el hombre que procediere con soberbia, no obe­deciendo al sacerdote que está para administrar allí delante de Jehová tu Dios, o al juez, el tal morirá; y quitarás el mal de en medio de Israel.” (Deuteronomio 17: 10-12.)

La adivina de Endor, pues, en lugar de ser una profetisa, era una mujer que practicaba la nigromancía, es decir, la comunicación o la pretendida comunica­ción con los espíritus de los muertos. Pero ella estaba dominada por un encantador; en otras palabras, era una médium espiritista, similar a los modernos pro­fesores del arte, que reclamaba estar poseída por un espíritu notable, por medio del cual podía comunicarse con los muertos. Observaremos que en oportunidad de la misteriosa sesión, Saúl no vio al espíritu de Samuel ni a ningún otro personaje, sino a la bruja solamente. Ella declaró estar viendo a “un hombre anciano, cu­bierto con un manto.” Saúl—dice el relato—”entendió que era Samuel”, pero fué la adivina quien manifestó las palabras atribuidas a Samuel. La conversación toda entre el rey y el pretendido personaje fué conducida a través de la médium. Y por supuesto, todo esto pudo tener lugar sin la presencia real del profeta Samuel. La mujer, bajo la influencia de un encantador, pudo haber comunicado a Saúl las palabras atribuidas al Profeta, de igual manera como en la actualidad los médiums espiritistas, quienes como en el caso que nos ocupa realizan sus tareas por la noche o encubiertos por las tinieblas, dan voz a pretendidos mensajes de los muertos.

Que tales personas, en tiempos modernos o anti­guos, puedan o hayan podido invocar los espíritus de siervos o asistentes de Dios que hayan fallecido, va más allá de toda fe racional. Estos no están a la dis­posición de brujas, magos, adivinos o nigromantes. Lastimosa sería, en verdad, la condición de los espí­ritus en el paraíso si estuvieran bajo tales dominios. No tendrían descanso ni podrían disfrutar de su liberación de las labores y los problemas de la vida terrenal, lo cual es esencial para su felicidad, sino que estarían en una situación de esclavitud y sujetos a la voluntad y el capricho de personas que no conocen a Dios y cuyas vidas y ánimos son sólo terrenales.

Tampoco es ni ha sido nunca factible, conformo a la doctrina correcta, cine un profeta o una profetisa del Señor haya ejercido su poder para “traer” los espíritus de otros profetas o santos a su libre voluntad, para mantener una conversación con respecto a asuntos terrenales. No es ésta una de las funciones de los profetas o profetisas. La idea de que estas cosas pue­den ser hechas a requerimiento de hombres y mujeres en la carne, no debe ser abrigada por ningún Santo de los Últimos Días. El Señor ha dicho:

“Y cuando os dijeren: Preguntad a aquellos que tienen espíritu de pitón, y a los adivinos que atisban y hablan entre dientes, decid: ¿No debe un pueblo consultar a su Dios para (pie los vivos sepan de sus muertos?

“A la ley y al testimonio; y si no hablaren según esta palabra, es porque en ellos no hay luz.” (2 Nefi 18: 19-20; compárese, con Isaías 8: 19-20).

Ha sido sugerido que, en el caso de referencia, el Señor envió a Samuel en espíritu para que comunicara a Saúl lo que éste debía saber en cuanto a su inminente destino. Pero este concepto no armoniza con las decla­raciones del caso, hechas en el relato correspondiente. Si el Señor deseaba realmente impartir instrucciones o dar información alguna al rey de Israel, ¿por qué no respondió cuando Saúl le suplicó por medio de los canales legítimos de comunicación divina?

“Y consultó Saúl a Jehová; pero Jehová no le respondió ni por sueños, ni por Urim ni por profetas.” (1 Samuel 28:6.)

Saúl había intentado todos los conductos auténti­cos, a fin de obtener respuesta del Señor. ¿Por qué habría de ignorar el Señor los medios por El estable­cidos y enviar luego a Samuel, un Profeta, a través de un procedimiento prohibido? ¿Por qué iba a utilizar una persona que tenía “espíritu de pitón”, siendo que El mismo la había condenado por Su propia ley?

“Pero”—también se ha argumentado—”la predicción declarada por el espíritu de referencia llegó a cumplirse al pie de la letra; Israel fué entregada en manos de los filisteos y tanto Saúl como sus tres hijos, su escudero y su oficialidad fueron muertos. Por consiguiente, aquélla fué una profecía verdadera.” Aun admitiendo que fué perfectamente correcta, es indudable que si las brujas, los magos, los nigromantes y los encantadores proscriptos por la ley, no fueran capaces de predecir a veces algunas verdades, ninguna necesidad habría de prevenir a la gente en contra de ellos. Si Satanás nunca dijere una verdad, no sería posible para él engañar luego a la humanidad con sus falsedades. Los poderes de las tinieblas no podrían jamás prosperar sin el uso de un poco de luz. Precisamente, una pequeña verdad mezclada con una considerable mentira consti­tuyen uno de los métodos preferidos del enemigo para guiar a los hombres por mal camino. Por lo tanto, no hay nada valedero en la historia de esta entrevista de Saúl con la adivina de Endor, que pueda establecer, racional o doctrinariamente, el concepto de que la mujer de referencia era una profetisa del Señor ni que Samuel apareció verdaderamente a ella.

No existe evidencia satisfactoria alguna de que los espíritus de los muertos puedan comunicarse con los seres vivientes a través de médiums espiritistas ni por ninguno de los métodos comúnmente empleados para tal fin. Es indudable que los espíritus satánicos actúan como “encantadores” o “controles” y que personifican a los muertos o “revelan” cosas que sólo ellos y sus amigos mortales pretenden conocer, con el propósito de desviar a los crédulos, pero los que se ponen a disposición de estos poderes de las tinieblas para intermediar por ellos, no tienen autoridad ni poder para obligar la presencia de los espíritus de los justos o inducirles a comunicarse con los vivientes. Los justos están más allá y por arriba del arte de tales individuos, y los mismos médiums son frecuentemente víctimas de los espíritus diabólicos, y por consiguiente, “engañadores engañados”.

“He aquí, mi casa es una casa de orden, dice Dios el Señor, y no de confusión.” Cuando el Señor tiene algo que revelar, lo hará de la manera, por los medios y a través de las personas que El mismo ha designado. Si las personas mortales quieren saber algo acerca de sus seres queridos que ya han dejado de existir, deben recurrir al Señor y no a aquellos indi­viduos que presumen tener acceso “donde los ángeles temen poner sus pies.”

La esfera terrenal y la dimensión en que viven los espíritus de los que han muerto, son completamente distintas una de la otra y un velo ha sido sabiamente colocado entre ambas. Así como los seres vivientes no pueden, en su condición terrenal, ver ni conversar con los muertos, es razonable creer que también los habi­tantes del reino de los espíritus, en su condición nor­mal, están vedados de intercomunicarse con los mortales. Por especial y específico permiso del Señor, los seres de ambos lados del velo podrían manifes­tarse mutuamente, pero esto será ciertamente de acuerdo a la ley y conforme al orden que Dios ha establecido.

Mediante la obediencia a la ley y evitando nuestra asociación con personajes e influencias que no conocen a Dios ni obedecen Su evangelio, los Santos de los Últimos Días podremos eludir insidiosas decepciones y pesares, y seremos más susceptibles a la luz, inspira­ciones y revelaciones que han procedido y proceden de nuestro Padre Eterno.

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