José Smith — Profeta del Señor

Liahona Diciembre 1962

José Smith — Profeta del Señor
“. . . Este verdaderamente es el profeta que había de venir al mundo.” (Juan 6:14)

Por R. Héctor Grillone

Para llevar a cabo lo que José Smith realizó, se necesita tener mucho más que una simple teoría o programa por delante. Cientos de personas—hombres y mujeres—intentaron solucionar el gran problema de la apostasía, pero nadie recurrió a la fuente natural de todas las causas, excepto nuestro Profeta moderno. La historia nos habla de personajes tales como Huss, Wesley, Calvino, Lutero, John Brown y muchos otros. Todos ellos presentaron su reclamo a las iglesias y su proclama al mundo. Muchos consiguieron prosélitos, varios fracasaron ruidosamente y algunos fueron sen­tenciados a la hoguera—drástica medida que caracteri­zaba los tiránicos juicios de toda una era de sofocación espiritual de la que la humanidad nunca habría podido ser rescatada sin la directa ayuda divina. Indudable­mente, los que se rebelaron y protestaron, en su mayoría, actuaron conforme a sinceras convicciones y honestos propósitos, puesto que prefirieron afrontar el peligro que el enojo y la sangrienta reacción de los ofendidos representaba, antes que acallar sus inquietudes espirituales y ceder a la presión despiadada de los que se habían encaramado sobre las conciencias populares.

Durante la Edad Media y hasta la época moderna la apostasía había arribado a un punto culminante y la iglesia predominante instituyó, especialmente en Italia y en España, la famosa Inquisición que determinó los trágicos resultados que hoy la historia deplora y narra con cierta reticencia. Los hombres y las mujeres —no importaban sus edades, condición civil o situación económica—que no confesaban públicamente ser cristianos, eran sacrificados como los corderos y palo­minos de las ofrendas hebreas; más aún, aquellas escenas parecían ser una reminiscencia de los rituales druidas. En 1633, el científico y matemático italiano Galileo Galilei tuvo que arrodillarse—actitud que ni Pedro permitió a Cornelio—ante la Inquisición y abjurar su supuesta herejía de haberse opuesto a los conceptos promulgados por la iglesia en cuanto al movimiento natural de la Tierra. El sacerdote dominico Tomás de Torquemada, nombrado oficialmente por la iglesia inquisidor en España en 1842, fué responsable directo de la muerte de más de 8.000 personas en la hoguera—personas que tuvieron la valentía de morir por sus propias conciencias. Las historia nos hace saber que Torquemada tenía que viajar escoltado por un verdadero ejército de 250 hombres—especialmente cada una de las tantas veces que debía ir a Roma para disculpar sus inhumanas torpezas ante el papa. En nuestro amado continente, la Inquisición estableció sus célebres tribunales del Santo Oficio, a fin de administrar la conciencia de los pueblos, en Chile, Perú, México, Colombia y las Provincias del Plata.

Todas estas gentes, figuras del preludio a la res­tauración, lucharon en contra de una administración arbitraria del evangelio. Hoy, en al altar de las realiza­ciones del hombre, la llama del reconocimiento hacia aquellos nobles iniciadores es conservada latente por la gratitud de los que gozamos de libertad.

José Smith también dejó oír su voz, y dispuesto a no acallarla, dio entonces su vida como testimonio final. Pero una esencial característica diferencia a este moderno Profeta de todos los demás predicadores o defensores de la verdad: el joven labrador no entró a analizar los credos existentes para determinar y destacar sus controversias, ni tampoco seleccionó piedras elementales de tal o cual doctrina para edificar con ellas una iglesia más. José Smith, haciendo eco sincero a la inspiración divina y desprovisto de todo interés creado o filosofía alguna, recurrió al único acto- comunión del alma y la actitud física—que posibilita las revelaciones del Altísimo: la oración. El Profeta mormón fue lo suficientemente humilde como para reconocer la limitada capacidad humana para tratar el asunto, y no confió en “el brazo de la carne,” sino que acudió al Padre de las Luces en busca de luz.

En verdad, parece ser que el hombre se inclina preferentemente a hacer las cosas por sí mismo, antes de recurrir a alguien—aun a Dios. La humildad, uno de los dones más preciados, es algo que a veces, si no está firmemente estructurada, se confunde en los términos del avergonzamiento. Quizás es por ello que el hombre teme ser o aparentar ser humilde, conside­rando que ésta es una condición que disminuye sus posi­bilidades. El presidente David O. McKay ha dicho que la reverencia—la cual exige humildad—pone de manifestó no la debilidad sino el poder del hombre. Esta declaración, de por sí misma, nos da a entender que mucha gente considera a la humildad como una expresión de los débiles, los cobardes o los incapacitados, cuando en realidad no es sino privativa de los que han sabido despojarse del orgullo humano para obtener una pureza de conciencia de características divinas.

José Smith, reverente y humilde, dobló sus rodillas y elevó fervientemente al Señor su voz, confiando en que El dejaría oír la Suya. Pregunto y fue contestado. Y presentó luego a la humanidad no una tesis de sus propias meditaciones intelectuales o filosóficas, sino el resultado de su devota indagación: la palabra revelada de Dios.

Desde aquella magnífica mañana de 1820, los pueblos del mundo han estado recibiendo las verdades del evangelio restaurado, cuya dispensación fue en­tonces iniciada. Los cielos habían estado cerrados por cerca de quince siglos—largos y obscuros—, más ahora sus ventanas se han abierto y por ellas fluyen las palabras y las bendiciones del Señor, gracias a que un ser preordinado en la preexistencia aceptó cumplir— y verdaderamente cumplió—su asignación.

En la actualidad, toda nación y toda lengua está presenciando la gloriosa marcha del plan de Dios en su última etapa—una marcha de paz, de amor y de justicia. Y más aún, los pueblos están siendo testigos de los efectos, alcances y poderes del evangelio restaurado—“por sus frutos los conoceréis—y comienzan a despertar del letargo en que la tradición—sombra nociva para el cultivo de la verdad—les tuvo sumidos.

Sin embargo, filósofos, clérigos, literatos, críticos y aun numerosas personas comunes, aúnan todavía sus voces—en un coro impotente—pretendiendo desvirtuar las contribuciones del Profeta moderno y restar im­portancia a las revelaciones divinas, sin querer com­prender que con ello sólo consiguen regocijar a Satanás. Y su especial atención, se ha concentrado precisamente en el baluarte del mormonismo: el Libro de Mormón, resultado de la manifestación directa del “don y poder de Dios”.

El Libro de Mormón es genuino. No es una novela debida a la fantasía de José Smith. Es el fruto, más bien, de su honesto interés por las cosas del Señor. Hombres y acontecimientos, historia y profecías, dan testimonio de su veracidad. No cualquiera—ni el más sabio de los hombres—pudo haberlo escrito sin la asistencia del Espíritu de Dios. Se ha dicho que para poder producir una obra similar, un hombre debería reunir las siguientes condiciones:

1.- Tener entre 23 y 24 años de edad.

2.-  Tener sólo tres años de educación formal.

3.- Cualquiera sea lo que escriba, debe ser en base a lo que sepa.

4.- Escribir un libro de 239 capítulos; 54 de ellos acerca de guerras, 21 sobre historia, 55 sobre profecías, 71 de doctrinas, 17 acerca de misioneros y 21 sobre la misión de Cristo.

5- Escribir una historia ocurrida en un país antiguo, cubriendo el período comprendido entre los años 600 a. J. C. y 421 de nuestra era.

6.- Incluir en dicho relato la historia de dos pueblos distintos y separados, junto con la de diferentes grupos de gentes o naciones contemporáneas.

7.- Describir las culturas religiosa, económica, social, política e institucional de estas dos naciones principales.

8.- Combinar en dicha historia la religión de Jesu­cristo y el sistema de vida cristiana.

9.- Completar el trabajo—habiendo cubierto un período de mil años—en sólo 80 días, aproximadamente.

10.- Una vez terminada la obra, no hacer cambio alguno. La primera edición del libro debe conservarse y mantenerse para siempre.

11.- Cada vez que, a los fines de poder dormir o comer haya hecho un alto en el trabajo, no preguntar luego al escribiente, al reanudar la tarea, que lea el último párrafo u oración que le hubiere dictado.

12.- Una vez terminada la obra, la misma debe comprender unas 546 páginas, con un promedio de 400 palabras en cada una de ellas.

13.- Agregar una considerable cantidad de nuevos giros gramaticales al idioma. (José Smith agregó 180 palabras nuevas al idioma inglés, mientras que William Shakespeare sólo añadió unas 30 a sus obras completas.)

14.- Declarar que el registro es una historia sagrada.

15.- Coincidir con las profecías bíblicas y dar cumplimiento a muchas de ellas, aun en cuanto a la forma exacta en que había de aparecer la obra, para quiénes sería escrita y cuáles eran sus propósitos y alcances.

16.- Darla a conocer a toda nación, raza, lengua y pueblo, declarando que es la palabra de Dios.

17.- Incluir en el registro esta maravillosa promesa: “Y cuando recibáis estas cosas, quisiera exhortaros a que preguntaseis a Dios el Eterno Padre, en el nombre de Cristo, si no son verdaderas estas cosas; y si pedís con un corazón sincero, con verdadera intención, teniendo fe en Cristo, él os manifestará la verdad de ellas por el poder del Espíritu Santo.”

8.- Cientos de miles de personas deben testificar, al menos durante los próximos 130 años, que habiendo puesto a prueba dicha promesa, el Espíritu Santo les ha hecho saber que el libro es verdadero.

19.- Afiliares de grandes hombres, gigantes intelec­tuales y reconocidos eruditos, deben reconocer la veracidad de la obra, aun hasta el punto de ofrecer sus vidas por ello.

20.- El libro no debe contener errores o equivoca­ción alguna.

21.- Las culturas de las civilizaciones descriptas en dicha historia, deben ser prácticamente desconocidas al tiempo de escribirla.

22.- La obra no debe tener ninguna declaración absurda, imposible o contradictoria.

23.- Aun así, muchos de sus hechos, ideas y de­claraciones deben parecer enteramente inconsistentes o estar en firme oposición con los conceptos y creencias prevalecientes en el mundo.

24.- Debe invitar a los más capaces y conocidos profesores y entendidos a que examinen cuidadosamente el texto. Y aun tratar de que el libro llegue a manos de los que parecen dispuestos a demostrar que el mismo es una falsificación y que a la vez estén capacitados para descubrir cualquier error al respecto.

25.- Durante los próximos 130 años, toda investiga­ción, evidencia científica y descubrimiento arqueológico relacionados con sus aseveraciones, deben confirmarlas hasta en el más mínimo detalle.

26.- Después de 130 años de análisis intensivo, ningún hecho o afirmación contenidos en el relato deberán ser desaprobados.

27.- Durante los próximos 130 años, muchas de las profecías contenidas en el libro deben cumplirse.

28.- Tres hombres honestos y de reconocida repu­tación, deberán testificar al mundo que un mensajero celestial apareció ante ellos para mostrarles los antiguos anales de los cuales reclama haber hecho la traducción.

29.- Estos tres testigos deben haber tocado, palpado y sopresado las referidas planchas y sus grabados.

30.- Otras ocho personas deberán también testificar haber visto y tocado las planchas a la luz del día.

31.- Tanto los tres primeros como los otros ocho testigos deben dar su testimonio al respecto, no en pos de ganancia material alguna, sino aun a costa de su sacrificio personal y de soportar persecuciones—cuando no la muerte.

32.- Debe encontrar alguien que aun sabiendo que no se recibirá remuneración alguna por la inversión, esté dispuesto a financiar la edición del libro; y éste debe venderse al precio del costo o menos.

33.- Finalmente, después de sufrir persecuciones y vilipendios durante 20 dramáticos años, estar dispuesto a dar su vida—y efectivamente darla—para sellar su testimonio.

En verdad, todo esto es imposible desde el simple punto de vista humano; habría sido asimismo imposible para José Smith, si no hubiera contado con la inspira­ción y el poder del Espíritu Santo. Hoy, gracias a la labor de este hombre, muchos pueblos del mundo están disfrutando de las bendiciones y el progreso espiritual reservados para ésta, la dispensación del cumplimiento de todos los tiempos. Y día a día, tal como lo anticipó Mormón en el prefacio de su compendio, el judío y .el gentil se están convenciendo de que JESÚS ES EL CRISTO.

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