El Derecho de ser Feliz

Liahona Diciembre 1962

El Derecho de ser Feliz

Por el presidente David O. McKay

A felicidad es el deseo de toda la humanidad. Cada uno de nosotros tiene el derecho de ser feliz. Muchas personas se empeñan sinceramente en poner lo mejor de su parle para ello. Lamentablemente pocos, no obstante, llegan a compren­der que la guía más segura para dicha realización puede ser encontrada en la .declaración de Jesús de Nazaret: “El que halla su vida, la perderá; y el que pierde su vida por causa de mí, la hallará” (Mateo 10:39) Este pasaje tan significativo contiene un secreto más digno de ser poseído que la fama o el poder, algo de más valor que todas las riquezas del mundo. Pero debe nacer de nosotros mismos. No podemos comprarlo. No podemos ordenar que nos sea proveído.

Dicho secreto es un principio o norma cuya aplicación habrá de permitir que la esperanza y la alegría reemplacen al desaliento y la tristeza; y henchirá nuestra vida con paz y contentamiento eternos.

¿Cuáles son las normas que traen la felicidad? Con toda mi alma creo que el mundo debe procurar hallarlas, que cada uno de nosotros habrá de encontrar gozo si nos guiamos por ellas. ¿Cuáles son algunas de estas normas?

La primera de todas, el fundamento de la felicidad y la paz en este mundo, es la fe en Dios. Los más grandes hombres han reconocido la existencia de un poder superior al mundo mismo—una fuerza que está más allá de la com­prensión finita del hombre. Hace ya varios años, se preguntó a los científicos más destacados del mundo si creían en Dios, y el noventa por ciento de ellos respondió “Sí”. Pero la mayor parte de ellos no sabía cómo Dios es. Saben que existe algún poder o fuerza; aun lo perciben alrededor de ellos. Pero también comprenden que no pueden inclinarse ante la electricidad o el átomo, porque el hombre está en camino de dominar el átomo, la fuerza conocida más grande. En verdad, el hombre es mayor que cualquiera de las fuerzas físicas que conoce.

Nosotros simplemente creemos que esa fuerza, ese poder que emana de alguna parte y lo crea todo, es un Dios personal.

Igualmente importante que la fe en Dios, es la creencia en Su Hijo Amado mediante el cual Dios se ha revelado a Sí mismo como el único “nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos.” (Hechos 4:12)

Recordaremos que cuando uno de Sus discípulos le pidió: “Señor, muéstranos el Padre,…” Cristo respondió:… ¿tanto tiempo hace que estoy con vosotros, y no me has cono­cido, Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre;…” (Juan 14:8, 9). En lo que a mí respecta, cuando me arrodillo para orar, me gusto saber que me estoy dirigiendo a un Ser personal e inteligente—Cristo, el Hijo Amado—que está representando a Dios el Padre.

Otra de las normas o principios de la felici­dad, es el libre albedrío. Cuando el Padre dijo en el principio: “. . . podrás escoger según tu voluntad,…” (Moisés 3:17), al hombre le fué dada una parte de la divinidad de Dios. Ninguna otra de Sus creaciones tiene el poder de elegir. Podemos escoger entre lo bueno y lo malo. Podemos decir “sí” o “no”.

El libre albedrío no sólo para pensar, sino para hablar, actuar y trabajar, es un privilegio dado por Dios al hombre. En el Libro de Mormón, el profeta Jacob enseña:

“Anímense pues, vuestros corazones, y recordad que sois libres para obrar por vosotros mismos: para escoger la vía de la muerte eterna, o la de la vida eterna.” (2 Nefi 10:23)

Y en la presente dispensación, el Señor nos ha dicho:

“Porque la tierra está llena, hay suficiente y de sobra; sí, yo preparé todas las cosas y he concedido a los hijos de los hombres que sean sus propios agentes.” (Doc. y Con. 104:17)

Otra de las normas que debemos reconocer y valorar—agradeciéndola al Señor—es el poder del auto­dominio. El individuo que cede a las tentaciones no es feliz. La mujer que transige a cada impulso no es dichosa. Tanto el uno como la otra, encuentran placer en la indulgencia. Y también es así con cada animal. Pero la indulgencia no significa virilidad ni tampoco conduce a Dios. Llegar a Dios exige esfuerzo, resis­tencia y dominio. En su vuelo, la alondra asciende en virtud de la aposición o resistencia del aire—pero canta a medida que se eleva.

¿Es acaso tan ilusoria la verdad contenida en la paradójica declaración de que “uno debe perder su vida para hallarla”, que la humanidad parece no poder comprenderla? ¿O es tan incompatible con la lucha por la existencia, que los hombres la consideran impracticable?

El hecho de que Aquel que es “el Camino, la Verdad y la Vida” ha establecido una ley inmutable— cuya obediencia habrá de mejorar aquellas condiciones sociales y económicas dentro de las cuales “la inhumani­dad del hombre hacia el hombre ha causado incontables lamentos”—permanece, no obstante, en pie.

La ley, específicamente definida, declara que “vivimos nuestras vidas más cabalmente cuando nos empeñamos en hacer que el mundo sea mejor y más feliz.” La ley de la naturaleza, la supervivencia del más apto, consiste en la auto preservación a costa del sacrificio de todos los demás; pero, en contraste con ella, la verdadera vida espiritual significa “negarse a sí mismo para el bien de otros.”

Valoremos las cosas que tenemos para ser felices; no suspiremos por lo que está fuera de nuestro alcance. Precisamente la apreciación de las cosas que nos rodean es una de las normas del evangelio. Y os la recomiendo a vosotros, padres y madres, esposos y esposas. Y tam­bién la aconsejo a vosotros, los que estáis en la edad de la juventud, a nuestros muchachos y muchachas que suelen sentirse desalentados cuando ven o piensan que algunos de sus amigos tienen cosas que ellos no tienen. Sed felices con lo que poseéis y dejaos llevar de la mano por el Señor. Y progresaréis.

Nosotros, los que tenemos el evangelio de Jesu­cristo, sabemos sin lugar a dudas cuántas bendiciones, privilegios y oportunidades el mismo nos ofrece cuando nos embarcamos activamente en “el servicio de nuestros semejantes y nuestro Dios.”

La felicidad es hija de la obediencia y proviene de la observancia de las normas del evangelio de Jesucristo.

Que el Señor os bendiga, jóvenes y señoritas, para que podáis conservar valientemente las normas de la Iglesia, doquiera que os encontréis. Sed vosotros, jóvenes, lo suficientemente bravos como para preservar vuestra dignidad de hombres. Mantened vosotras, señoritas, vuestras virtudes y belleza constantemente. Que podamos nosotros, como miembros de la Iglesia, dar ejemplos al mundo y conservar siempre altos los nobles principios del evangelio de Jesucristo.

El profeta José Smith ha dicho: “La felicidad es el objeto y propósito de nuestra existencia; y también será el fin de ella, si seguimos el camino que nos con­duce a la felicidad; y este camino es virtud, justicia, fidelidad, santidad y obediencia a todos los manda­mientos de Dios.” (Enseñanzas del Profeta José Smith, página 312.)

Si el evangelio trae salvación al hombre—lo cual, os testifico, es indudable—la felicidad es entonces un atributo que cada uno de nosotros debe poseer. ¡Empeñémonos en ser verdaderamente felices!

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