Sobreponiéndonos al Pecado

Liahona Septiembre 1962

Sobreponiéndonos al Pecado

por Roberto N. Oldiz
Rama Deseret (Misión Argentina)

Una mañana en que Jesús había ido al templo y se encontraba allí enseñando al pueblo, algunos escribas y fariseos trajeron ante El a una mujer acusada de haber cometido adulterio, a quien querían apedrear —decían—conforme a la ley de Moisés. Con la intención de tentar al Maestro, a fin de acusarle luego ellos le preguntaron: “Tú, pues, ¿qué dices?” Jesús, que conocía íntimamente el alma de cada persona, les res­pondió: “. . . El que de vosotros esté sin pecado sea el primero en arrojar la piedra contra ella.” (Juan 8:2-7.)

La Escritura prosigue diciéndonos que los hombres, al oír estas impresionantes palabras, sintiéndose avergonzados en su conciencia, se alejaron del lugar, dejando solos a Jesús y a la mujer. Incorporándose luego el Salvador, reparó en ésta y le dijo:

“Mujer, ¿dónde están los que te acusaban? ¿Nin­guno te condenó? Ella dijo: Ninguno, Señor. Entonces Jesús le dijo: Ni yo te condeno; vete, y no peques más.” (Ibid., 8:10-11.)

En esa ocasión, el Salvador puso en evidencia mu­chas realidades de las cuales podemos extraer grandes enseñanzas. En primer lugar, todos los que acusaban a la mujer pecadora eran también pecadores. En segundo lugar, el Varón de Galilea, siendo el único hombre limpio y sin pecado, y entendiendo que la desdicha­da mujer estaba arrepentida, la perdonó. Y por último, observemos la advertencia del Maestro: “. . . No peques más.”

Todo ser humano, desde que ha llegado a la edad de responsabilidad, comete o ha cometido, en cierta medida, pecados. De ahí la importancia del principio del arrepentimiento. En una de sus Epístolas, Juan el Amado declara:

“Si decimos que no tenemos pecado, nos engaña­mos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros.

“Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad.” (1 Juan 1:8-9.)

El objetivo de la Iglesia es el “perfeccionamiento de los santos”. Esto significa que los miembros de la Iglesia no nos distinguimos de “los que son del mundo” porque seamos perfectos, sino por el hecho de que la perfección es el propósito de nuestra vida, y que estamos “peleando la buena batalla” para conseguirlo. No podemos restar significación a aquellas reveladoras palabras de Jesús:

“Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto.” (Mateo 5: 48.)

Estamos en este mundo para al­canzar nuestra salvación, condición de progreso que sólo se ob­tiene mediante la superación del pecado, resistiendo a las tentaciones que nos acechan a cada paso. Debemos sobreponernos al pecado. Y esto es especialmente importante para la juventud—edad en que son mayores las tentacio­nes del mundo y desde donde es más largo el camino que nos llevará a hacer de nuestra vida él mayor de los éxitos o el peor de los fracasos. Si logramos esto— sobreponernos al pecado—la victoria sobre todo lo demás será fácil.

Como miembros de la Iglesia, ganaremos aún más conocimiento, mejoraremos nuestros propios hogares y llegaremos a ser oficiales y maestros más eficientes. Pero si tallarnos en ello, todo lo demás habrá de desmoronarse como la casa edificada sobre la arena.

Muchas son las armas para luchar contra el pecado y vencer. Una de ellas es el arrepentimiento. Nadie puedo siquiera pretender sobreponerse al pecado si no abriga en su ser la íntima disposición de arrepentirse. El verdadero arrepentimiento consiste en cuatro pasos fundamentales: reconocer la comisión del pecado; sentir remordimiento por la transgresión; agotar los recursos posibles para reparar las consecuencias; y abrazarse a la firme determinación de no reincidir. El trofeo infalible de esta batalla será una vida limpia, ante la resultante ausencia del pecado.

El arrepentimiento no es verdadero si no produce un cambio real en el individuo. Después del “proceso” mencionado, ‘el arrepentimiento habrá de cambiar nuestras vidas, despejando las funestas nubes de la miseria que puedan amenazar nuestro cielo, y transformando la pesadumbre en felicidad. Pablo dijo:

“La tristeza que es según Dios produce arrepentimiento para salvación, de que no hay que arrepentirse; pero la tristeza del mundo produce muerte.” (1 Corintios 7:10.)

Esa misma tristeza—el arrepentimiento verdadero—es la, que obró en Alma de tal forma que éste, de perseguidor de la Iglesia, se convirtió en ardiente defensor de ella, llegando a ser Sumo Sacerdote y Juez Superior de su país. En cambio, la tristeza del inundo—el remordimiento inoperante —arrastró a Judas a una muerto ignominiosa.

Para obtener un verdadero arrepentimiento, es sabio esforzarse en el estudio y la práctica del evangelio, es decir, tratar de conocer los mandamientos que debemos cumplir, ser humildes y honestos en reconocer nuestros errores, y actuar con un genuino deseo de no pecar más.

Otra de las armas eficaces es resistir las tentaciones Muchas veces confiamos demasiado en nuestra capaci­dad de resistencia y “jugamos con fuego”, exponiéndonos a quemarnos cuando menos lo pensamos. No abramos las puertas a Satanás; él siempre está al acecho para poder entrar en nosotros. Hay dos campos: el de Dios y el de Satanás; ambos están perfectamente demarcados. Si nos conservamos en el campo de Dios,’ no habrá fuerza dentro ni fuera del mundo que pueda hacernos tropezar. Pero si desaprensivamente nos acercamos a la línea divisoria, donde no pecamos abiertamente pero tampoco nos mostramos del todo fieles, fácil resultará ser arrastrados al campo del enemigo y difícil nos será regresar.

¿Cuándo nos acercamos a la línea divisoria? Cuando hacemos cualquier tipo de concesión incom­patible con nuestros ideales nobles; cuando no pagamos un diezmo completo; cuando frecuentamos ambientes de poca o ninguna espiritualidad y aun participamos de actividades que están en pugna con las normas morales del evangelio; cuando mantenemos relaciones o amistades deshonestas; cuando nos permitimos ciertas liberalidades impropias; cuando en lugar de cultivar la virtud del honesto reconocimiento, fomentamos el vicio de la auto justificación. . . .

La clave está en no ceder cuando algo nos empuja en dirección contraria al rumbo de la verdad y la justicia, en no consentir el pecado ni en su más mínima expresión. Una vez que se ha dado un paso en falso, fácil es la caída vertiginosa. Pablo escribió a los Santos de Tesalónica: “Absteneos de toda especie de mal.” (1 Tesalonicenses 5:22.)

En tercer lugar, debemos tratar de tener ocupados nuestro cuerpo y nuestra mente sólo en obras de bien.

Las malas acciones se engendran en la ociosidad. En cambio, el trabajo honesto aleja los malos pensamientos y anula los procederes incorrectos.

Podremos sobreponernos más fácilmente al pecado si agregamos una buena dosis de dedicación a nuestro trabajo. Si ocupamos nuestro tiempo libre en aprender un oficio, estudiar una ciencia o cultivar un arte; si concretamos nuestro entretenimiento a la sana recreación dentro del grupo familiar o de la Iglesia; si ponemos nuestra devoción al servicio del Señor y estudiamos seria y metódicamente el evangelio, “escudriñando las Escrituras” constantemente, el pecado, cansado de esperar inútilmente a nuestras puertas, se alejará de nosotros.

Un cuarto recurso para nuestro propósito consiste en tratar de ser un ejemplo al mundo. Timoteo, el joven discípulo de Pablo, recibió de “su padre en el evangelio” la siguiente recomendación:

“Ninguno tenga en poco tu juventud, sino sé ejemplo de los creyentes en palabra, conducta, amor, fe y pureza.” (1 Timoteo 4:12; cursiva agregada.)

Todo buen Santo de los Últimos Días debe esfor­zarse por predicar el evangelio de Jesucristo por medio de la palabra y del ejemplo; por la voz y por la acción. Ninguno de nuestros asociados, vecinos o amigos debiera ignorar que somos “mormones”, sino que debemos manifestarlo en cada oportunidad apropiada, a través de nuestra fe y de nuestras obras; mediante nuestras creencias y nuestra manera de vivir. De esta forma podremos superar más cabalmente al pecado, puesto que ceder a una tentación y cometer un pecado equivaldría a desvirtuar nuestros propios ideales y defraudar la posible esperanza de nuestro prójimo.

Declararnos Santos y mostrarnos fieles seguidores de Cristo con sencillez de corazón, será adoptar en la vida y ante el mundo una posición bien definida que nos ayudará a mantenemos leales a nuestros nobles objetivos. Nosotros mismos debiéramos creamos la res­ponsabilidad, ante nuestros semejantes, de ser ejemplos de los creyentes. “Porque el reino de Dios no consiste en palabras, sino en poder.” (1 Corintios 4:20.)

A la par de esta disposición de ser un ejemplo, está la característica de la valentía. Como miembros de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, nuestra peculiar manera de pensar y de proceder nos distingue de los demás, especialmente en casos tales como el no festejar bromas de mal gusto, evitar conversaciones indecorosas, abstenemos de fumar y de tomar bebidas alcohólicas o estimulantes, etc. Nunca debemos avergonzarnos de ello. Si nos mantenemos leales a nuestros principios, la gente de bien habrá de admirarnos y respetarnos. Pero si cedemos sólo por contemporizar con el mundo, estaremos vendiendo a bajo precio nuestros más nobles ideales. Conservemos siempre latente en nuestra mente aquel sencillo testimonio de Pablo:

“. . . No me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree” (Romanos 1:16.)

Por último, las más sublimes actitudes del hombre se hacen entonces necesarias: la oración y el ayuno. Aquélla es una conversación entre nosotros y nuestro Padre Celestial. El ayuno—oración física—es uno de los medios más dicaces para sobreponernos a las cosas temporales y aumentar nuestra espiritualidad. La práctica de la oración y el ayuno sinceros serán arma y escudo contra las tentaciones. Así dice el Señor:

“Ora siempre, no sea que entres en tentación y pierdas tu galardón.” (Doc. y Con, 31:12.)

“También os doy el mandamiento de perseverar en la oración y el ayuno, desde ahora en adelante.” (Ibid., 88:76.)

El hombre está siendo constantemente acechado y acosado por las tentaciones. El mismo Salvador y. Sus discípulos debieron luchar contra ellas. Nadie está exento de la tentación, pero todos podemos evitar el pecado. La clave reside en resistir y fortalecernos.

Es reconfortante saber que el hombre puede cambiar. Todos podemos convertir nuestras actitudes, nuestros hábitos y aun nuestro carácter. Cada uno de nosotros puede abandonar sus defectos y debilidades, y obtener las virtudes que el evangelio fomenta. Ese es el cambio que vivifica al “nuevo hombre” de que nos hablan las Escrituras:

“En cuanto a la pasada manera de vivir, despojaos del viejo hombre, que está viciado conforme a los deseos engañosos,

“Y renovaos en el espíritu de vuestra mente,

“Y vestíos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad.” (Efesios 4:22-24; cursiva del editor.)

Combatamos, pues, el destructivo pecado, de acuer­do al antiguo consejo:

“. . . Teme a Dios, y guarda sus mandamientos; porque esto es el todo del hombre” (Eclesiastés 12:13.)

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