Primogenitura y patriarcado

Liahona Septiembre 1962

Primogenitura y patriarcado

Por David H. Yarn, Jr.
(Tornado de the Instructor)

AS doce tribus de Israel fueron organi­zadas en base y administradas con­forme a los principios del patriarcado familiar. La típica familia hebrea era una institución tanto económica como política, y estaba compuesta por el padre de la misma, sus esposas, sus hijas e hijos solte­ros, sus hijos varones casados, las esposas y niños de éstos, y generalmente algunos esclavos o sirvientes.

Desde el punto de vista económico, la familia era la asociación más conveniente, pues todos sus integrantes, formando una sola unidad, estaban recíprocamente com­prometidos a cuidar los rebaños y labrar la tierra. Este común empeño, sumado a la coordinación familiar, les proveía un sistema de orden social que resultaba ser una fuente de poder, autoridad e influen­cia política para la nación.

Este sistema confería al padre o cabeza de la familia una gran autoridad, exal­tando a la vez el carácter sublime de la maternidad en la mujer. El celibato era considerado no sólo un pecado, sino tam­bién un crimen. Y conceptuaban al abor­to, el infanticidio y todo medio tendiente a limitar la procreación, como una abo­minación infame.

También estos padres de familia cumplían una función judicial, porque formaban un consejo o corte legal y de justicia que administraba los asuntos de la tribu. Conforme a este sistema patriar­cal del antiguo Israel, el primogénito del padre de la familia era distinguido sobre el resto de los hijos, aunque al­gunos de éstos fueran el primer hijo de una de las distintas esposas del patriarca —aun de la amada o preferida. De acuer­do a lo declarado en Deuteronomio 21: 15-17, el derecho de primogenitura indi­caba que si un hombre tenía dos esposas, una “amada” y la otra “aborrecida”, “en el día que hiciere heredar a sus hijos lo que tuviere, no podrá dar el derecho de primogenitura al hijo de la amada con preferencia al hijo de la aborrecida, que es el primogénito:

“Más al hijo de la aborrecida recono­cerá como primogénito, paira darle el doble de lo que correspondiere a cada uno de los demás; porque él es el prin­cipio de su vigor, y suyo es el derecho de la primogenitura.”

Cuando un hombre moría sin dejar testamento, la ley establecía que la herencia debía distribuirse en base al siguiente orden: primero, los hijos varones (reci­biendo ‘el mayor de éstos una porción doblemente mayor que la que habrían de recibir los demás) y sus descendientes; luego las hijas y sus descendientes. En el caso en que el fallecido no tuviere hijos ni hijas, su padre pasaba a ser el here­dero principal, y luego los otros hijos de su padre. Las mujeres eran herederas sólo en última instancia, después de los varo­nes. Un hombre podía heredar de su madre, y un esposo de su mujer; pero las esposas no podían ser herederas de sus maridos, aunque sí obtenían, sus dotes co­rrespondientes. (Véase Números 27: 1-11 y 36: 1-13; también Josué 17: 3-6.)

En los días de Moisés, las hijas podían heredar una propiedad siempre y cuando se casaran con miembros de la tribu de sus padres. (Números 36: 1-13.) En cambio, en la época de Job un padre podía incluir a sus hijas, juntamente con sus hijos, en su testamento. (Job 42: 15.)

Aún 700 años antes de Jesucristo, los derechos de propiedad continuaban siendo estrechamente relacio­nados con el sistema de las tribus antiguas de Israel. El libro de Jeremías nos hace saber que cuando alguien quería vender un terreno, lo ofrecía en primer término a los familiares o parientes. (Jeremías 32: 6-14.)

La relación familiar comprendía también otras responsabilidades para el grupo, tales como lo que es definido en la historia corno el “levirato” (del latín lev ir, que significa “cuñado”.) La ley establecía lo siguiente:

“Cuando hermanos habitaren juntos, y ‘ muriese alguno de ellos, y no tuviere hijo, la mujer del muerto no se casará fuera con un hombre extraño; su cuñado se llegará a ella, y la tomará por su mujer, y hará con ella parentesco.

“Y el primogénito que ella diere a luz sucederá en el nombre del hermano muerto, para que el nombre de éste no sea borrado de Israel,” (Véase Dentera- nomio25: 5-10.)

De esta forma, el primogénito ocupaba el lugar del primer esposo de su madre, a fin de que el grupo familiar pudiera conservar sus derechos, sus propie­dades y su nombre. Asimismo, el derecho de primo­genitura no comprendía sólo responsabilidades y prerrogativas económicas, políticas, judiciales y socia­les, sino también las bendiciones y atribuciones del sacerdocio,

Abrahán nos dice que él llegó a ser “. . . heredero legítimo, un Sumo Sacerdote, con el derecho que pertenecía a los patriarcas.” Y agrega:

“Me lo confirieron de los patriarcas; desde que comenzó el tiempo, sí, aun desde el principio, o antes de la fundación de la tierra hasta el tiempo presente, descendió de los patriarcas, aun el derecho del primo­génito, sobre el primer hombre que es Adán, nuestro primer padre; y por medio de los patriarcas hasta mí.” (P. de G. P., Abrahán 1: 2, 3.)

Dios estableció un convenio especial con Abrahán, diciéndole;

. . Haré de ti una nación grande, y te ben­deciré sobre manera, y engrandeceré tu nombre entre todas las naciones, y serás una bendición a tu simiente después de ti, para que en sus manos lleven este ministerio y sacerdocio a todas las naciones.” (Ibicl., 2: 9. Véase también 2: 8-11, y Génesis 12: 1-3; 17: 1-8.)

Entre aquellos reales herederos que perdieron el derecho de su primogenitura, se destacan Esaú (Géne­sis 25: 24-34), -Rubén (Génesis 35: 22; 49: 3-4; 1 Crónicas 5: 1-2) y Manasés (Génesis 48). Quizás el caso más patético fué el de Esaú, quien no sólo perdió la doble porción correspondiente de la propiedad de su padre, sino también la sucesión patriarcal con Abra­hán e Isaac que le hubiera correspondido, y mediante la cual habría podido ser el fundador de una nación santa, administrar el convenio que iba a bendecir a todos los pueblos del mundo, y muchos otros privile­gios. Despreciando estas gloriosas oportunidades espiri­tuales y cediendo al deseo de satisfacer su pasión por la comida, vendió su primogenitura por un simple plato de legumbres guisadas.

Así como Jacob suplantó a Esaú, también José re­emplazó a Rubén, y Efraín a Manasés. En los días de Jeremías, el Señor confirmó la posición de Efraín al declarar:

“. . . Soy a Israel por padre, y Efraín es mi primogénito.” (Jeremías 31: 9.) En la presente dispensación del cumplimiento de los tiempos, Efraín es el patriarca del principal pueblo del convenio celestial. Y debido a cambios en tiempo y lugar, y a la actual distribución de los que son de noble y real primogenitura, en rela­ción con los varios gobiernos, etc., este convenio, más que ser de alcances económico, político, judicial y social, se refiere más específicamente a las bendiciones y responsabilidades del sacerdocio, Y conforme al sistema patriarcal original, todo aquel que recibe el evangelio de Jesucristo, sea o no hijo literal de Abra­hán, será contado como su simiente e igualmente ben­decido. (Véase P. de G. P., Abrahán 2: 10.)

Además de los convertidos que aceptan el mensaje del evangelio, son contados, ‘por supuesto, los que han nacido de padres que son miembros de la Iglesia, y también aquellos cuyos padres no sólo pertenecen a ella, sino que han aceptado el nuevo y sempiterno convenio del casamiento en el templo; éstos últimos son considerados como “nacidos dentro del convenio.

No obstante, la gran bendición de haber nacido “dentro del convenio” no garantiza la exaltación. El presidente José Fielding Smith, del Consejo de los Doce, ha escrito lo siguiente:

“Todos los hijos nacidos dentro del convenio, si no cometen el pecado imperdonable de derramar sangre inocente, pertenecerán a sus padres por la eternidad; pero ello no significa que heredarán la gloria celestial. Ni la fe ni la fidelidad de los padres podrán salvar a los hijos desobedientes.

“La salvación es asunto personal, y si un individuo nacido dentro del convenio se rebela y niega a Dios, pierde las bendiciones de la exaltación. Toda alma humana será juzgada conforme a sus propias obras; el inicuo no puede heredar la vida eterna. Y no jode­mos exigir la salvación a los que no la desean” (Doc­trines of Salvation, tomo 2, páginas 90-91.)

Aunque hayamos obtenido nuestras bendiciones por medio del convenio, o aun por primogenitura y convenio, sólo podremos conservarlas si caminamos correcta y honestamente ante el Señor.

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