Nuestra Deuda Mayor

Liahona Julio 1962

Nuestra Deuda Mayor

Por el presidente Joseph Fielding Smith
(Tomado de the Improvenient Era)

En el noveno capítulo de 2 Nefi, en el Libro de Mormón, encontramos uno denlos más impresio­nantes discursos jamás dados sobre la Expiación. Se trata de un consejo dado por Jacob, hermano de Nefi. Toda persona que busque la salvación debiera leer dichos pasajes con devoción. Se nos ha enseñado que el más grande don de Dios es la vida eterna—y ésta sólo puede obtenerse si se obedece cada uno de los mandamientos dados al hombre por nuestro Padre Celestial. Con relación a estos principios de la salvación y la exaltación, dados a fin de preparar a la humanidad para una herencia en el reino de Dios, existe en el mundo una abrumadora carencia de entendimiento, lo cual ha sido causa del extravío de mucha gente. Para los miembros de la Iglesia en particular, no hay excusa de ello puesto que han tenido la oportunidad de reci­bir, directamente de los cielos, las revelaciones nece­sarias en esta Dispensación del Cumplimiento de los Tiempos. La gran misión del Hijo de Dios ha sido revelada a través del Libro de Mormón y de las Doc­trinas y Convenios, con mayor claridad que en cual­quier otra Escritura. En estos sagrados volúmenes en­contramos perfectamente explicados todos aquellos pasajes que, habiendo sido mal interpretados, fueran erróneamente transcriptos en la Biblia.

Nuestra deuda mayor es la que tenemos con nues­tro Redentor, Jesucristo, por las grandes bendiciones de inmortalidad y vida eterna que nos ha traído. La inmortalidad es el don concedido a toda alma viviente, porque del trono mismo de Dios ha emanado el decreto de que la resurrección debe ser tan universal como la caída. Adán trajo la muerte al mundo, y puesto que ningún hombre ha podido ni podrá evitar la muerte, a todo ser mortal le asiste el derecho de resucitar. Y esta redención de la humanidad viene sólo mediante el amor y la misericordia del Hijo de Dios. Su extra­ordinario sufrimiento y la cruel muerte que padeciera, llevaron a cabo la expiación del pecado de Adán, res­catando de la tumba a cada ser que haya participado de los alcances de la caída, incluyendo aun a los mal­vados que, ante la misma faz de Jesús, gritaron a Pilato: “¡Crucifícale, crucifícale!” Sí, también ellos serán beneficiarios de la Expiación de Cristo, y aunque igualmente tendrán que responder por su espantoso pecado, habrán de ser resucitados por el poder de Dios.

Consideremos algunas de las grandes verdades del mensaje de Jacob—valederas no sólo a su propio pue­blo, sino para el beneficio del mundo entero:

“Porque como la muerte ha pasado a todo hombre para cumplir el misericordioso designio del Gran Creador, también es necesario que haya un poder de resurrección, y la resurrección debe venir al hombre por motivo de la caída; y la caída vino a causa de la transgresión; y por haber caído el hombre, fué des­terrado de la presencia del Señor.

“Por tanto, deberá ser una expiación infinita, por­que si no fuera infinita, esta corrupción no podría ves­tirse de incorrupción. De modo que el primer juicio que cayó sobre el hombre habría durado eternamente. Y siendo así, esta carne tendría que pudrirse y desme­nuzarse en su madre tierra, para no levantarse jamás.” (2 Nefi 9:6-7)

Detengámonos a meditar sobre la expresión de que la muerte cumple “el misericordioso designio del Gran Creador.” Muchos no creen que la muerte es un plan misericordioso. Es general la creencia de que Adán cometió un pecado horrible al participar del fruto prohibido. Algunos comentaristas han escrito que dicho acto fué “la vergonzosa caída del hombre,” pues­to que mediante su transgresión Adán y Eva fueron la causa de la miserable condición del mundo y tra­jeron la muerte al hombre—situación, dicen, que podría haber sido evitada, y Adán y su posteridad habrían podido vivir en paz, con amor y contentamiento, libres de la muerte, si ellos no hubieran transgredido. A nuestra madre Eva le fué revelado el propósito de la caída, por lo que ella entonces dijo:

“. . . Si no hubiese sido por nuestra transgresión, jamás habríamos tenido simiente, ni hubiéramos cono­cido jamás el bien y el mal, ni el gozo de nuestra redención, ni la vida eterna que Dios concede a todos los obedientes.” (Moisés 5:11)

Por consiguiente, la caída fué parte necesaria del plan de salvación, que Jacob define como “el misericor­dioso designio del Gran Creador.” Lógicamente, nadie quiere permanecer mortal cuando llega a viejo y queda indefenso ante la vida. Así que la muerte llega a todos, no como cosa mala sino como algo misericordioso, es­pecialmente para aquél que muere estando seguro de que habrá de resucitar entre los justos. Lehi, el padre de Jacob, declara:

“Adán cayó para que los hombres existiesen; y existen los hombres para que tengan gozo.” (2 Nefi 2:25)

La caída de Adán y Eva prodigó a la humanidad el privilegio de una existencia mortal que de otra ma­nera no habría recibido. En consecuencia, si este plan no hubiera sido adoptado, habríamos perdido la opor­tunidad de vivir y ganar experiencias en la carne. No debemos pensar que la muerte del cuerpo es el fin del hombre y que cuando morimos nuestro cuerpo va a la tumba para nunca volver a levantarse. Jacob nos ha aclarado cuáles habrían sido las consecuencias si real­mente la muerte física fuera el fin del cuerpo mortal; y también nos ha hablado de cómo Dios, mediante el sacrificio de Jesucristo, ha preparado el camino para la redención humana. Y este plan de redención fué sancionado antes de la fundación del mundo.

“¡Oh la sabiduría de Dios! ¡Su misericordia y gracia! Porque lie aquí, si la carne no se levantara más, nuestros espíritus quedarían sujetos a aquél ángel que cayó de la presencia del Dios Eterno, y se con­virtió en diablo, para no levantarse más.

“Y nuestros espíritus habrían llegado a ser como él, y nosotros seríamos diablos, ángeles de un diablo, separados de la presencia de nuestro Dios para quedar con el padre de las mentiras, en miseria como él; sí, semejantes a aquel ser que engañó a nuestros primeros padres, quien se hace aparecer como un ángel de luz, e incita a los hijos de los hombres a combinaciones secretas de asesinatos y a toda especie de obras secretas de tinieblas.

“¡Oh cuán grande es la bondad de nuestro Dios, que nos prepara el camino para que escapemos de las garras de ese terrible monstruo! Sí, ese monstruo, muerte e infierno, que llamo la muerte del cuerpo, y también la muerte del espíritu.

“Y a causa del plan de redención de nuestro Dios, el Santo de Israel, esta muerte de que he hablado, que es la temporal, entregará sus muertos; y esta muerte es la tumba.

“Y la muerte de que he hablado, que es la muerte y el infierno han de entregar sus muertos: el infierno ha de entregar sus espíritus cautivos, y la tumba sus espíritus cautivos, y los cuerpos y los espíritus de los hombres serán restaurados el uno al otro; y se hará por el poder de la resurrección del Santo de Israel.” (2 Nefi 9:8-12)

¡Qué espantoso sería si el cuerpo fuera destruido eternamente y el espíritu dejado libre tal como fuera antes de la vida mortal! Y ¿qué podríamos ganar con ello? Hay muchos que se han apartado de las enseñan­zas del Salvador y niegan que habrá resurrección. El propósito primordial de nuestra existencia es obtener tabernáculos de carne y huesos para nuestro espíritu, a fin de que podamos, después de la resurrección, lo­grar la plenitud de bendiciones que el Señor ha prome­tido a todos los que sean fieles a Él. El Señor nos ha prometido que llegaremos a ser hijos e hijas de Dios, co-herederos con Jesucristo, y que si hemos sabido guardar Sus mandamientos y convenios, seremos reyes y reinas, sacerdotes y sacerdotisas del Más Alto, y poseeremos la plenitud de las bendiciones del reino celestial. Esta gran promesa nos fué hecha en el espí­ritu, antes de la fundación del mundo. Y el Señor nos renueva su promesa siempre que sepamos soportar pacientemente, aun entre bendición y bendición, las aflicciones de la carne, perseverando fielmente hasta el fin.

Nuestro Redentor amó de tal manera al mundo, que voluntariamente vino a la tierra y sufrió el derra­mamiento de su sangre, a fin de pagar la deuda de la caída y posibilitar que toda alma humana obtenga un lugar en el reino celestial. Nadie es capaz de re­conocer cabalmente el precio que Jesús pagara por nuestra salvación y por nuestra posible exaltación. Con las siguientes palabras, El mismo lo ha descripto:

“Porque, he aquí, yo, Dios, he padecido estas cosas por todos, para que no padezcan, si se arrepienten.

“Más si no se arrepienten, tendrán que padecer aun como yo he padecido;

“Padecimiento que hizo que yo, aun Dios, el más grande de todos, temblara a causa del dolor, y echara sangre por cada poro, y padeciera, tanto en el cuerpo como en el espíritu, y deseara no tener que beber la amarga copa y desmayar—

“Sin embargo, gloria sea al Padre, participé, y acabé mis preparaciones para con los hijos de los hom­bres.” (Doc. y Con. 19:16-19)

¿Es posible que haya algo más terrible aún que el que nos sea negada la resurrección, y que nuestros espíritus queden sujetos a Satanás para siempre? ¡Cuán agradecido a nuestro Redentor debiera estar cada uno de nosotros, reconociendo que Jesús, por motivo de su amor infinito, accedió a sufrir en pos de la redención del hombre! Cada miembro de la Iglesia debiera mostrarle gratitud mediante la obediencia a Sus mandamientos.

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