Las Ruinas de Cesárea

Liahona Octubre 1962
Excavaciones Bíblicas en Tierra Santa

Las Ruinas de Cesárea

Por Christme y O. Preston Robinson
(Tomado de the Church News)

El Dr. O. Preston Robinson y su esposa visitaron a principios de 1962 la impresionante Tierra Santa, donde una serie de excavaciones arqueológicas está siendo llevada a cabo. El presente es el primero de ocho artículos que los hermanos Robinson han escrito como resultado de sus estudios al respecto, y que “Liahona” se complace en presentar a sus lectores a partir del presente número. (N. del Editor)

La infame Casa de Herodes, que por tanto tiempo y durante tan crítico período gobernó Palestina, realizó muchas cosas a fin de asegurarse un lugar en la Historia. En contraste con las intrigas y crueldades que fueron parte de su régimen totalitario, sabemos que tanto Herodes el Grande como su hijo, Herodes Antipas, hicieron edificar magníficas ciudades y her­mosos lugares de recreación. Las ruinas que ponen hoy de manifiesto esta faz progresista de aquella inicua dinastía, se extienden desde Jerusalén hasta Tiberias, sobre el Mar de Galilea, y desde el antiguo pueblo jordano de Sebastia hasta Cesaera, en la costa del Mediterráneo israelí.

Cesárea era una de las más hermosas ciudades de la zona, y en la época de Jesús estaba en el apogeo de su gloria. Esta ciudad fué reconstruida por Herodes el Grande sobre las ruinas de un antiguo pueblo de Canaán —en la actualidad a unos 40 kilómetros al Norte de Tel Aviv—, situado entre Jope (Jaffa) y Dor, sobre la costa del Mar Mediterráneo. Habiéndole costado doce años su edificación, Herodes inauguró Cesárea, aproximada­mente unos 10 años antes de Jesucristo, con juegos espectaculares y desenfrenados entretenimientos que se calcula costaron en aquel tiempo unos trescientos mil dólares.

La ciudad consistía de un gran puerto protegido por una enorme dársena y rodeado por una pared rematada por diez elevadas torres de defensa. Cesárea fué fundada y sus desagües dispuestos de tal manera, que las marejadas no alcanzaban a mojar siquiera las Calles inmediatamente adyacentes a la costa.

Hacia el Este, Herodes había hecho edificar un templo profusamente ornamentado—a la memoria de Augusto César, de quien la ciudad llevaba el nombre. También hizo construir un hipódromo y un enorme anfiteatro al aire libre, con capacidad para unas 20.000 personas. El pueblo era proveído de agua mediante un ingenioso sistema de acueductos—uno de los cuales medía trece kilómetros de largo y se surtía de una vertiente en las colinas de Palestina.

Cesárea fué la residencia oficial de los Procuradores romanos, incluso Poncio Pilato. Fué precisamente desde aquí que Pilato se trasladó temporariamente a Jerusa­lén al tiempo del juicio que llevó a Jesús a la cruz. Fué en Cesárea que Pilato ordenó la masacre de los judíos que habían venido desde la Ciudad Santa a protestar por los profanos estandartes y las imágenes del Empera­dor que habían sido colocados alrededor del templo. Recordaremos que cuando vió que estos emisarios estaban dispuestos a sacrificar sus vidas en pro de la misión que traían, Pilato canceló su orden y procedió a retirar las imágenes y los estandartes.

Se cree que Felipe fué el primer misionero que predicó la doctrina Cristiana en Cesárea. Fué también aquí donde Pablo compareció ante Agripa, quien como resultado de la magnífica exposición del Apóstol de los Gentiles, exclamó: “Por poco me persuades a ser cristiano/’ (Hechos 26:28.) En esta misma ciudad, durante el gobierno de Félix, Pablo estuvo prisionero dos años.

Cornelio era centurión en Cesárea. Hombre devoto y temeroso de Dios, oraba constantemente en pos de orientación divina. Un día tuvo una visión que le hizo saber que debía recurrir a Pedro, quien a la sazón se encontraba en Jope, en la casa de Simón el curtidor de cueros. Plasta ese entonces, el evangelio había sido predicado exclusivamente entre los judíos. Antes de encontrarse con los mensajeros de Cornelio, Pedro tuvo también una visión. Vió que de los cielos abiertos descendía un gran lienzo, “que atado de las cuatro puntas era bajado a tierra; en el cual había de todos los cuadrúpedos terrestres y reptiles y aves del cielo.” (Ibíd., 10:11-12.) Pedro consideraba que esas cosas no se podían comer porque eran “comunes o inmundas”. Sin embargo, una voz celestial le ordenó que comiera. Como resultado de esta gran manifestación, Pedro llegó a saber que el evangelio era para todos los hijos de los hombres y no solamente para los judíos. En conse­cuencia, acompañó a los emisarios a Cesárea y allí bautizó a Cornelio y a todos los familiares y amigos de éste, que se habían congregado en tal oportunidad. Después de la ceremonia del bautismo, el Espíritu Santo descendió sóbrela entera congregación de gentiles convertidos, asombrando a los “fieles de la circuncisión.”

A fines de una década de suntuosa gloria, Cesárea comenzó a declinar rápidamente bajo la nefasta ad­ministración del inicuo procurador Floro. La cruel política de éste, que fué el último de los Procuradores romanos, incitó a los judíos a una rebelión que culminó con la masacre de unos 20.000 israelitas y la sublevación de Jerusalén que determinó la destrucción de la Ciudad Santa, en el año 69 de nuestra era. Y aun en este trágico drama final, Cesárea jugó un papel importante: allí fué establecida la base de operaciones mediante las cuales Jerusalén fué arrasada.

Durante los últimos años, en que se ha estado desarrollando el actual programa de excavaciones pa­trocinado por el gobierno de Israel y la Universidad Hebrea de Jerusalén, con el aporte de fondos por parte de otras universidades y sociedades del mundo entero, las ruinas de Cesárea y de otros importantes sitios bíblicos han sido profusamente investigadas.

En la actualidad, Cesárea y sus alrededores consti­tuyen una febril colmena de actividades, con cuadrillas de trabajadores que operan modernos equipos, bajo la hábil supervisión de conocidos arqueólogos. En una de las secciones de las ruinas, una enorme pala mecánica acumula escombros desde los cuales se extraen, en inmensa variedad, fantásticos artefactos. En otra área, los arqueólogos’ trabajan personalmente con imple­mentos manuales y cepillos suaves, a fin de remover la tierra y el polvo de preciosas estatuas, finos bajo relieves y grandes piedras fundamentales sobre las que perfectamente se pueden leer y descifrar notables inscripciones.

De los artículos de alfarería, las monedas, las estatuas y columnas de mármol y las inscripciones correspondientes, es todo esto y mucho más lo que los eruditos pueden conocer acerca de la maravillosa y trágica historia de la que una vez fué magnífica ciudad. A medida que las ruinas van saliendo a la luz y que los fundamentos de los varios edificios van apareciendo, este espectacular sepulcro de la Historia está llegando a ser una de las maravillas del mundo arqueológico actual.

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