La Dispersión de Israel

Liahona Octubre 1962

La Dispersión de Israel

Por O. Preston Robinson
(Tomado de the Instructor)

Aproximadamente mil cuatrocientos años antes de Jesucristo (los historiadores no han podido precisar una fecha exacta), una caravana de cerca de 600.000 esclavos hebreos, “sin contar los niños” Éxodo 12:37, escaparon de sus opresores egipcios, iniciando una lenta y difícil marcha hacia la Tierra Prometida. Estos eran los descendientes literales de José, Jacob, Isaac y Abrahán, que unos 400 años antes habían bendecido a Egipto mediante sus virtudes y su la­boriosidad, y quienes. . . fructificaron y se multi­plicaron, y fueron aumentados y fortalecidos en extremo. . . . ” (Éxodo 1:7.) Pero después de un tiempo los gobernantes egipcios olvidaron las bendiciones de José y sometieron a estas gentes a la esclavitud, exigiéndoles pesados gravámenes y haciéndoles construir ciudades y monumentos dedicados a sus extraños dioses.

Bajo la dirección y el empeño de Moisés, los israelitas iniciaron su milagroso éxodo y después de unos cuarenta años de venturoso y esperanzado deambular por el desierto, llegaron a las montañas de Moab. Y desde estas cumbres pudieron ver ¡al fin!, allá abajo, el encantado oasis de Jericó y el indudablemente im­presionante panorama de la Tierra Prometida.

Fué precisamente en Moab que Moisés fué tomado de entre ellos. Pero antes de separarse, el gran profeta les predijo tanto sus victorias como sus derrotas. Por motivo de sus maldades y de su obstinación en no cumplir con las leyes que les fueron dadas, Moisés predijo al pueblo de Israel:

“Jehová traerá contra ti una nación de lejos, . . . nación cuya lengua no entiendas; gente fiera de rostro, que no tendrá respeto al anciano, ni perdonará al niño; … Y Jehová te esparcirá por todos los pueblos, desde un extremo de la tierra hasta el otro extremo; y allí servirás a dioses ajenos que no conociste tú ni tus padres. …” (Véase Deuteronomio 28:15-64; cursiva agregada.)

Es indudable que éste es uno de los eventos históricos que han sido más detalladamente predichos y documentados. Uno a uno, directores y profetas amonestaron al pueblo, a través de las edades, que si no se arrepentía de sus pecados y se volvía al Dios de sus padres, sería sacado de su tierra, sus ciudades habrían de ser arruinadas y sus gentes esparcidas como rastrojo al viento.

Los profetas del Libro de Mormón, que salieron de Jerusalén 600 años antes de Jesucristo, tenían tam­bién mucha información con respecto a la dispersión de Israel. Durante su viaje desde Jerusalén hasta la costa del mar—lo cual constituyó parte de la referida dispersión—, el profeta Lehi predijo que los judíos caerían en la incredulidad, crucificarían al Mesías y serían luego esparcidos por toda la faz de la tierra. (Véase 1 Nefi 10:11-12.) Este mismo Lehi y los profetas que le sucedieron, recibieron y declararon revelaciones detalladas con respecto al compromiso de Israel por causa de su maldad, y también en cuanto a la división y esparcimiento de sus propias gentes debido a sus actitudes negativas hacia las enseñanzas y principios del evangelio.

La historia testifica innegablemente el literal complimiento de estas profecías. No ha habido en la historia otro pueblo que haya sido tan completamente desarraigado y esparcido como el de Israel. Más aún, nadie ha sido tan despreciado y tan violentamente perseguido como los israelitas. Desde los tiempos en que Moisés lo profetizó, hasta las recientes acciones y cámaras de gas de la Segunda Guerra Mundial, estos infortunados aunque potencialmente bendecidos in­dividuos han sido constantemente perseguidos, espanta­dos, asesinados, despojados y dispersados por todas las naciones del mundo.

Los preliminares de la dispersión israelita quedaron establecidos con la división del pueblo, después del reinado de Salomón. El hijo de David y Betsabé heredó el trono de Israel en momentos en que éste había alcanzado su más alto nivel con respecto a estrategia y poder. A diferencia de su padre, Salomón no aumento las posesiones de Israel, sino que concentró particular­mente su atención en el desarrollo cultural y económico. Fortaleció el intercambio comercial, construyó grandes ciudades y completó la edificación del hermoso templo de Jerusalén. Para mantener tan amplio programa económico, dividió la tierra en distritos a fin de facilitar la aplicación y administración de impuestos. Esta división administrativa se ajustó a la distribución geográfica previamente establecida entre las Doce Tribus y determinó el comienzo de una era de discordias y conflictos entre éstas que posteriormente trajo como consecuencia la destrucción del pueblo.

Después de la muerte de Salomón, el reino que David había unificado fué nuevamente dividido en dos partes. La tribu de Judá, incluyendo una parte de las de Simeón .y de Benjamín, se estableció en el Sur del país, con Jerusalén como cabecera. Israel, com­prendiendo las demás tribus, se instaló en el Norte, con asiento en Samaría. Así comenzó un período, aproxi­madamente 900 años antes de Jesucristo, de severas contiendas entre Roboam, el hijo de Salomón, rey de Judá, y Jeroboam, el joven oficial de la tribu de Efraín que en un tiempo gozara del favor de Salomón. Las guerras entabladas entre estos dos caudillos y sus respectivos pueblos, terminaron por dividir y debilitar sus reinos, abriendo paso a la subsiguiente conquista por parte de las potencias extranjeras.

Fué en esta época entonces (entre los años 875 y 850 antes de Jesucristo), que los profetas Elías y Elíseo amonestaron firmemente a las gentes, advirtiéndoles que si persistían en sus iniquidades serían severa­mente perseguidos y dispersados. Fué también durante este período que Samaría fué sitiada, siendo entonces cuando encontramos la primera referencia a una parcial dispersión de los hijos de Israel.

La división hebrea entre los dos fragmentos (Israel y Judá), y las guerras y conflictos consiguientes, como dijimos antes, abrió las puertas a la invasión extranjera. En esa época, conforme la historia lo relata, los egipcios hicieron exitosas incursiones en las comarcas de Judá y conquistaron varias ciudades de Israel. Parece evi­dente, asimismo, que estos invasores, en adición a los esperados botines de guerra, capturaron a muchos israelitas, llevándolos cautivos a Egipto.

Algo más tarde, durante el reinado de Acah, Samaría fué otra vez sitiada y aunque los invasores fueron derrotados, las Escrituras contienen evidencias de que muchos israelitas fueron expulsados hacia el Norte y se establecieron en las ciudades cercanas a Damasco, (1 Beyes 20:34.)

Sin embargo, la primera migración en gran escala tuvo lugar durante el reinado de Tiglat-pileser III, rey de Asiría. Cerca del año 734 a.J.C., habiendo dominado las ciudades del oriente, este monarca puso sus ojos en las comarcas occidentales, tomó Damasco y luego colocó al pueblo todo de Israel bajo su control. Y en el transcurso de su conquista, Tiglat-pileser llevó cautivos a Asiría a un gran número de caudillos y personas prominentes de Israel.

Samaría, no obstante, resistió exitosamente la invasión, pero el sucesor de este rey, Salmanasar, sitió la ciudad durante tres años el cabo de los cuales, otro rey de Asiría, Sargón II, la conquistó llevando entonces en calidad de esclavos a 27.290 israelitas, la mayoría de ellos de alta jerarquía, a la ciudad de Babilonia. En su esfuerzo por destruir definitivamente el reino de Israel, Sargón reemplazó a estos esclavos por gentes de Babilonia y de Media. Este fué el origen de los Samaritanos, “los extranjeros en la tierra” que tanto despreciaban los judíos en los tiempos de Jesús. En esa época, los profetas Amos, Oseas y posteriormente Isaías predicaron al pueblo, sin un éxito constante, tratando de persuadir al pueblo hacia el camino del bien.

La caída de Samaría dejó a Judá todavía indepen­diente pero en una situación difícil e insegura. Siendo que Uzías accedió a pagar tributos a los Asirios, éstos permitieron que Judá no fuese perturbada, al menos hasta después de la muerte de Sargón. Sin embargo, en el año 701 tuvo lugar una revuelta y el nuevo rey do Asiría, Sonaquerib, invadió Judá y cercó Jerusalén, conquistando los pequeños pueblos de los alrededores. En esta oportunidad, Isaías proclamó a Jerusalén como la Ciudad de Dios y la declaró inviolable, lo cual evitó que fuese destruida, pero muchos judíos fueron llevados cautivos por los invasores. Aparentemente, en esta misma época fueron establecidas en Egipto varias colonias judías. (Jeremías 44:10.)

No obstante haber sido preservada gracias a las palabras de Isaías, tal como las poblaciones circun­vecinas la ciudad de Jerusalén quedó en una situación muy precaria. El pueblo dormía cada vez más pro­fundamente en la iniquidad y el gran maestro Jeremías comenzó a declarar entonces sus proféticas predicciones concernientes a la final destrucción de la Ciudad Santa, Y fué durante este período que muchos judíos, incluso Lehi y su familia, abandonaron el país.

Mientras tanto, un nuevo ejército comenzaba a prepararse en el Este. El reino asirio tambaleaba y Nabucodonosor, el dinámico caudillo babilonio, iniciaba su marcha. En el Occidente, los egipcios aumentaban su poderío y en el año 608 a.J.C.. Necao, el rey de Egipto, envió sus ejércitos en contra de Palestina y capturó muchos judíos.

Pese a sus victorias militares, el imperio babilónico —característica de todos los pueblos que conquistan por la espada—comenzó a desintegrarse desde adentro, y tal como ha sucedido siempre en la historia, un nuevo poder estaba listo para tomar control de la situación. En el año 539 a.J.C., Ciro el Grande, rey de Persia, completó su conquista de Babilonia y saqueó lo que quedaba de Judá y de Israel.

La administración persa, sin embargo, fué bene­volente. A diferencia de los asirios y de los babilonios, Ciro invirtió la política de deportación aplicada a las gentes de Israel e instituyó un programa de restable­cimiento de los cautivos a sus respectivos hogares. Y éste fué el principio de la reconstrucción del estado hebreo que continuó luego bajo la regencia de Darío I y de Artajerjes. Conducidos por los profetas Ezra y Nehemías respectivamente, sendos contingentes de israelitas regresaron a sus lares y comenzaron a reencauzar sus vidas en los cánones originales de la religión hebrea. En el año 516 a.J.C. fué completada la re­construcción del templo de Jerusalén. Ezra compiló y editó los cinco primeros libros que actualmente forman parte del Antiguo Testamento (el Pentateuco) y estableció los preliminares para la restauración de la vida judía conforme a las leyes de Moisés. Gracias a la obra de Ezra y de Nehemías y a la vigilante aproba­ción de los gobernantes persas, el reino hebreo logró recuperar eventualmente casi la mitad del tamaño que tenía antes de ser destruido por los babilonios, unos 125 años atrás.

Durante este período de administración persa, muchos hebreos prosperaron y llegaron a tener influen­cia en las ciudades orientales. Un gran número de ellos nunca regresó a Palestina. Sus descendientes formaron los núcleos de la comunidad judía que se arraigó en Irak hasta el año 1948 de nuestra era, cuando los grandes conflictos árabe-judíos causaron su regreso al nuevo Estado de Israel.

Nuevamente la historia se repitió y el imperio persa comenzó a decaer, y terminó siendo conquistado por Alejandro Magno, quien en el año 331 a.J.C. incorporó el territorio al imperio griego. El reinado de Alejandro, sin embargo, fué relativamente corto y cuando éste murió ocho años después, sus dos generales principales, Seleuco Nicátor y Ptolomeo I, lucharon por el trono y concluyeron por dividir el reino.

Seleuco estableció las cabeceras de su dominio en Siria y en Fenicia, en tanto que Ptolomeo centralizó su poderío en Egipto y en Alejandría. Palestina, estando ubicada en medio de ambos reinos, debió soportar las continuas guerras entabladas entre ellos. Y así encontramos en la historia que durante los subsi­guientes 25 años Jerusalén cambió de dueño siete veces, mientras que miles de hebreos fueron nuevamente, tomados cautivos y dispersados en distintos lugares. El historiador Filón estimó que aproximadamente unos 40 años antes del nacimiento de Jesús había en Egipto más de un millón de judíos. Cientos de miles más emigraron o fueron llevados a Antioquía y a las ciudades del Norte, desde donde se esparcieron por Persia, Media, Armenia y más aún hacia el Este y el Norte.

Un segundó período de restauración, sin embargo, tuvo lugar durante el reinado de los Macabeos. En el año 168 a.J.C., un sacerdote hebreo llamado Matatías rehusó someterse a la voluntad de Antíoco, quien había hecho erigir una serie de altares a todo lo largo del país y dispuso que todos sus habitantes debían adorar al dios Zeus. En su rebeldía, el sacerdote hebreo mató a un soldado griego, por lo que debió huir al desierto junto con su familia. Enteradas de esta rebelión, muchas otras familias judías comenzaron a reunírseles y pronto la situación desembocó en un conflicto en gran escala. Judas Macabeo, uno de los hijos de Matatías, organizó una serie de guerrillas contra los griegos y sus guarni­ciones, logrando recuperar la mayor parte de Palestina, incluso el templo de Jerusalén. Algo más tarde, otro guerrero macabeo, Alejandro Janneo, reconquistó toda la Palestina y reestableció el Estado Hebreo.

Sin embargo, estas felices circunstancias no duraron mucho tiempo. A poco, una nueva división se produjo entre los judíos. Los Fariseos, que practicaban la reli­gión en base a una pureza ritual, comenzaron a disputar y contender con los Saduceos, quienes profesaban la religión en directa conexión con sus actividades y pro­cederes humanos. Después de la muerte de Janneo, sus dos hijos, Hircano II y Aristóbulo II, a favor de los Fariseos uno y en pro de los Saduceos el otro, lucharon por el reino, cometiendo ambos un error al recurrir—ignorado el uno las intenciones del otro— al romano Pompeyo en busca de ayuda. Pompeyo se tomó su tiempo y cuando ambas potencias estaban debilitadas, atacó Jerusalén y tomó todo el territorio de Palestina en el año 63 a.J.C. Este fué el principio del imperio romano v el fin de la independencia judía hasta el año 1948 de nuestra era, cuando el nuevo Estado de Israel fué declarado y establecido.

Así vemos que las profecías concernientes a los pesares, afanes y dispersión de Israel, pronunciadas aun antes del nacimiento de Jesús, se han cumplido literal­mente. Sin embargo, los israelitas no fueron dejados sin promesas o esperanzas. También los profetas han predicho el recogimiento de Israel. Todos aquellos que predijeron su dispersión, prometieron también que algún día los israelitas iban a ser restaurados y con­gregados nuevamente. Pero esta promesa ha sido dada siempre con la condición de que retornaran a las enseñanzas de sus padres y aceptaran a Jesucristo como el Hijo de Dios.

Pero he aquí, así dice el Señor Dios: Cuando llegue el día en que crean en mí y que yo soy Cristo, he pactado con sus padres que entonces serán restaurados, en la carne, a los países de su herencia sobre la tierra.

Y acontecerá que serán reunidos de su larga dis­persión, desde las islas del mar y desde las cuatro partes de la tierra. … (2 Nefi 10:7-8.)

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Una respuesta a La Dispersión de Israel

  1. María Eugenia Altamirano Sonnier dijo:

    Me ha gustado tanto este Discurso. Presenta una visión panorámica y a la vez, los datos históricos son muy interesantes. A tal punto que lo leímos completo con mi esposo. También guardamos el enlace permanente, para estudiarlo con detenimiento. Miles de gracias por compartirlo.

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