El Principio de la Reverencia

Liahona Octubre 1962

El Principio de la Reverencia

Por el presídeme David O, McKay

A reverencia es una de las más hermosas virtudes del hombre, que destaca no su debilidad sino su poder. Se ha dicho que el amor es el supremo atributo humano; y también que la simpatía mutua es otro de los principales dones. Pero yo colocaría a la reverencia inmediatamente después del amor. ¿Qué es la reverencia? Es un profundo respeto amalgamado con el amor—“una compleja emoción que emana de los sentimientos combinados del alma.”

La reverencia contiene contemplación, deferencia, dignidad y estima. Sin un cierto grado de la misma, por consiguiente, la cortesía, la gentileza o la consideración por los sentimientos o los derechos de otros, no serían posibles.

Esta incomparable virtud constituye uno de los principales fundamentos de la religión. La reverencia hacia Dios y las cosas sagradas es una de las más grandes características de toda alma noble. El hombre puede triunfar, pero si no sabe ser reverente nunca llegará a ser un gran hombre. Un gran hombre es reverente ante Dios y todo lo que con Él se asocia. Precisa­mente el mayor de los problemas mundiales en la actualidad, deriva de la actitud de los indi­viduos hacia Dios y Su Hijo Jesucristo.

No hace mucho estuvo cerca do la Cortina de Hierro. Pude sentir la presencia de una sombra pendiendo sobre aquella ciudad de Berlín. En la antiquísima China, el Cristianismo y la fe en Cristo han sido también aplastados por los comunistas. La reverencia y la fe en Dios están esfumándose de la mente de innumerables personas en aquellas naciones dominadas por el comunismo, y no necesitamos prueba mayor para demostrar el error de esa ideología.

Cierta vez visité el Taj Mahal, en la India- todo “un poema de arquitectura”—el más hermoso edificio en el mundo entero, conforme a la aseveración de muchos, mandado a construir por Shah Jehan en memoria de su esposa, Mumtaz Mahal. No se trata de una capilla o casa de oración; es, en realidad, una tumba. Cuando me encontraba allí, observé una gran cantidad de visitantes, turistas, curiosos y lu­gareños. Todos hablaban quedamente. En verdad, podría decirse que el ambiente creaba un espíritu de reverencia. Todos los visitantes procedían reverentemente porque sabían que el edificio no había sido erigido precisamente para dar cabida a actitudes irrespetuosas o descon­sideradas.

En la Iglesia, los edificios han sido construidos con el propósito de proveernos de un ambiente propicio para la comunión con nuestro Padre Celestial. No puedo concebir que alguien entre en nuestra casa de oración y solaz espiritual, animado en su corazón por impulsos alborotados.

Cuando entramos en una capilla, lo hacemos con el deseo de adorar al Señor. Queremos participar de Su Espíritu y por medio del mismo desarrollar nuestra fuerza espiritual. La primera frase de la oración que nos recomendara el Maestro, dice; “Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre.” (Mateo 6:9.) La palabra “santificado” está estrechamente asociada con el espíritu de la reverencia, porque ésta es el más sagrado de los atributos del alma. Si fuéramos a visitar o a entrevistar a uno de los reyes o gobernantes del mundo, indudablemente consideraríamos cuál sería la forma correcta de vestir y de presentarnos ante él. Quizás hasta consultaríamos a los entendidos y gastaríamos dinero a fin de poder estar propiamente ataviados. Y en este caso, sólo llegaríamos a estar en la presencia de un simple potentado o gobernante terrenal por quien tenemos gran respetó.

Pero cuando entramos en la casa de oración, nos allegamos a la presencia de nuestro Padre Celestial. Y este solo pensamiento debiera ser suficiente incentivo para que preparemos nuestros corazones, nuestras mentes y aun nuestra vestimenta, de manera que podamos estar adecuada y convenientemente en Su presencia.

Los niños, mediante el ejemplo y el precepto de los mayores, deben ser enseñados e impresionados acerca de lo improcedentes que en las reuniones de culto resultan la confusión y el desorden. Debiera con­vencérseles durante la niñez y recalcárseles en su juventud, que el conversar o aun murmurar durante un sermón constituye una marcada falta de respeto, y que es el colmo de la rudeza el abandonar el lugar de la reunión antes de finalizada la misma.

Los niños debieran ser enseñados en la sala de clase, dándoseles la oportunidad de hablar y de participar libremente en las actividades y los programas corres­pondientes, pero a ninguno de ellos debiera permitírsele perturbar o distraer a otros por medio de vulgares movimientos o frívolos comentarios. El buen orden en la clase es esencial para poder sembrar en los corazones y en las vidas de los jóvenes, el principio del auto­dominio. Además, es menester que desde nuestra edad temprana sepamos todos que nadie puede atropellar los derechos de nuestros semejantes.

Sea que nos reunamos en una humilde capilla o en “un poema de arquitectura”, nuestro acercamiento y actitud ante el Señor no varía. El sólo saber que Él está allí debe ser el factor que determine nuestra conducta.

En la vida hogareña hay tres influencias principales que despiertan el espíritu de la reverencia en nuestro niños y contribuyen al desarrollo de sus almas: la ternura en la orientación, la cortesía entre los padres y de éstos hacia sus hijos, y la oración familiar. Enseñad a vuestros niños estas lecciones desde temprano en sus vidas.

En todo hogar, la reverencia hacia el nombre de Dios debe ser algo predominante. En ninguna familia de la Iglesia debiera manifestarse expresión alguna de profanación al respecto. Esto es malo; es absoluta­mente irreverente tomar el nombre de Dios en vano. No existe una sola provocación que lo justifique. Apli­quemos constantemente en nuestras vidas diarias esta cualidad virtuosa de la reverencia.

Si hubiera más reverencia en los corazones de los hombres, habría menos lugar para el pecado y el dolor, y una creciente capacidad para el gozo y la alegría. El hacer que de entre todas las brillantes virtudes, esta joya que es la reverencia sea más atractiva, más adaptable y mucho más practicada, es un proyecto digno de todo esfuerzo por parte de los padres, y especialmente entre los miembros de la Iglesia.

 

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