El Mormonismo y la Antropología

Liahona Octubre 1962

El Mormonismo y la Antropología

por Dee F. Green
(Tomado de the Instructor)

A antropología es frecuentemente definida como la “ciencia del hombre.” Su objetivo ha sido siempre descubrir la naturaleza humana del individuo, problema que resulta ser más complejo y variado que los de cualquier otra ciencia.

El principal interrogante de la antropología es el Mormonismo, o la doctrina de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, porque si hemos de vivir para siempre y alcanzar las posibilidades declara­das en Doctrinas y Convenios 132:20, es menester que tengamos un íntimo y amplio conocimiento con respecto al hombre y sus acciones:

Entonces serán dioses, porque no tienen fin; por consiguiente, existirán de eternidad en eternidad, porque continuarán; entonces estarán sobre todo, porque todas las cosas estarán sujetas a ellos. Entonces serán dioses, porque tendrán todo poder, y los ángeles estarán sujetos a ellos. (Doc. y Con. 132:20.)

Ante el inmenso panorama que los antropólogos se han trazado, será necesario que trabajen en estrecha correlación con muchas otras disciplinas además de las aceptadas tradicionalmente. La antropología incluye la investigación y el estudio de las ramas de la arqueología, psicología, sociología, biología, lingüística, etnología y toda otra materia que pueda proveernos de indicios o evidencias concernientes a la verdadera naturaleza del hombre. Precisamente, entre estos otros campos de investigación podríamos contar la religión.

La coordinación de verdades religiosas con los datos antropológicos, facilita el esclarecimiento de los problemas y provee de resultados más completos a las tareas de investigación concerniente al hombre y su medio ambiente. Por otra parte, la misma antropología ha contribuido y aún contribuirá en lo futuro a un mayor entendimiento del evangelio de Jesucristo. He aquí algunos ejemplos específicos.

A diferencia de los animales, que pueden depender enteramente de sus instintos naturales, el hombre debe aprender un sinnúmero de hábitos culturales que le son tan indispensables como para los seres irracionales lo es el instinto. En efecto, tal como la cultura no podría prevalecer sin el hombre, éste no sobreviviría sin la cultura. Esta educación cultural comienza con su propio nacimiento y es transmitida, de generación en generación, a través de toda su descendencia. La conservación de esta corriente de cultura tradicional es tan importante como la propagación misma de la raza. No existe institución social tan idealmente identi­ficada como la familia, con respecto al adiestramiento de los hijos conforme a los moldes de cultura básica que éstos deben conocer para poder sobrevivir. Ni las escuelas, ni las iglesias, ni los clubes, ni las entidades de puericultura resultan ser tan fehacientes o adecuados como el seno familiar.

Todo padre que eluda la responsabilidad de enseñar a sus hijos las normas fundamentales de la cultura social, está contribuyendo a la destrucción de su linaje. Las actitudes tales como “Yo quiero que crezca y decida por sí mismo,” son un desatino y a ello se debe en gran parte la desorganización social pre­dominante en nuestros días. Esto no es nuevo para los miembros de la Iglesia. Nuestros profetas han dado siempre énfasis a la importancia del hogar y de la familia. Y de una larga lista enumerativa, ello constituye otro caso en que nuestros profetas y maestros han sido corroborados por los hallazgos de la ciencia.

Otra de las áreas en que la antropología puede llegar a ser de gran servicio para la Iglesia es el pro­grama misional. Las costumbres, hábitos, maneras y cultura de las gentes entre las que predicamos, son frecuentemente muy distintas a las nuestras. En efecto, el Mormonismo significa una cultura muy peculiar, con costumbres marcadamente distintivas y normas de vida que deben ser cabalmente asimiladas por todo aquel que desee experimentar una conversión decididamente positiva.

Nuestros misioneros son constantemente exhortados a amar y comprender a las personas entre las que trabajan. Esto puede conseguirse sólo si el misionero entiende y respeta las costumbres que para él y su cultura puedan resultar extrañas. Un antropólogo mormón no podría anticipar el campo de labor ni las circunstancias peculiares a que un joven o una señorita fueren llamados. No obstante, sí puede señalarles las diferencias de cultura y proveerles de puntos de vista y pormenores que habrán de desarrollar en ellos una mayor tolerancia hacia esos pueblos. Esto no significa que alguna de nuestras doctrinas o principios deban o puedan ser comprometidos; poro con un mejor entendimiento respecto de las gentes entre las que han de predicar, nuestros misioneros pueden realizar una tarea más efectiva.

La arqueología—estrechamente vinculada con la antropología—ha venido recibiendo últimamente más y mayor atención por parte de los miembros de la Iglesia, especialmente en cuanto a su relación con el Libro de Mormón. Nosotros, los Santos de los Últimos Días, proclamamos que el Libro de Mormón es genuino, mientras que el mundo generalmente declara que es falso. En medio de esta fundamental discre­pancia en puntos de vista, los miembros de la Iglesia están en una posición tal que les permite reconocer ciertas conformidades entre el libro y la arqueología que los eruditos explican con diversas “teorías”. ¿Es que no aceptará el mundo la prueba del Libro de Mor­món? Y en todo caso, ¿qué es lo que constituye la “prueba” del Libro de Mormón? Sólo el testimonio del Espíritu, como lo promete el Señor:

Y cuando recibáis estas cosas, quisiera exhortaros a que preguntaseis a Dios el Eterno Padre, en el nombre de Cristo, si no son verdaderas estas cosas; y si pedís con un corazón sincero, con verdadera intención, teniendo fe en Cristo, él os manifestará la verdad de ellas por el poder del Espíritu Santo;

Y por el poder del Espíritu Santo podréis conocer la verdad de todas las cosas. (Moroni 10:4-5.)

Todo lo que científicamente se ha descubierto y lo que en el futuro se descubra, debe ser clasificado como evidencia. Pero es aquí donde frecuentemente cometemos el error de buscar pruebas, cuando en reali­dad debemos buscar la verdad. Una “prueba” resulta ser diferentes cosas para distintas personas, y puede no constituir precisamente la “verdad”. Nuestro pri­mordial interés debiera ser la búsqueda de la verdad, dejando entonces que los “fragmentos” de la escultura caigan donde deban caer. Y de una cosa podemos estar seguros: los “fragmentos” nunca caerán en contraposi­ción al Libro de Mormón, porque la veracidad de éste ha sido ya demostrada mediante la evidencia de los testigos, la sangre del Profeta y el testimonio del Espíritu. Podrían, sin embargo, caer en contra de algunos de nosotros que estemos o hayamos estado principalmente apartándonos de las vías de acerca­miento a la verdad y corriendo detrás de cada sombra arqueológica a fin de poder “comprobar”. Dejemos las pruebas a la disposición y voluntad del Señor, y prosiga­mos cumpliendo con Su mandamiento de buscar la verdad.

¿Dónde descansa, entonces, el valor arqueológico y antropológico del Libro de Mormón?

Existen dos características benéficas y primordiales que han derivado de los diversos descubrimientos en esos campos. Primero, constituyen “señales que seguirán a los que creyeren.” (Mormón 9:24.) En otras palabras, después de haber recibido el testimonio dado por el Espíritu Santo, tendremos el privilegio de reconocer evidencias adicionales, proveídas por la ciencia. Tal como se mencionara anteriormente, estas señales y evidencias adicionales no son generalmente reconocidas sino por los Santos de los Últimos Días, debido a que existen otras teorías y explicaciones que resultan aceptables a los que no creen que el libro sea verídico.

Segundo, estas investigaciones pueden llegar a despertar tanto interés entre los pueblos, como lo han logrado los programas de la A.M.M. o las actuaciones del Coro del Tabernáculo, basta el punto de que muchas personas hayan comenzado a investigar seriamente nuestra doctrina. Debemos, asimismo recordar que al igual que las actividades mencionadas y también en cuanto a la obra misional, el Libro de Mormón debe convertir a las gentes por medio del testimonio del Espíritu y no en base a evidencias arqueológicas. Porque si el testimonio no está fundado en el testimonio espiritual, los resultados serán similares a los de aquellos individuos que se convierten por el misionero y no por la doctrina.

Habiendo leído uno de los varios libros que sobre el particular han publicado algunos miembros de la Iglesia, alguien exclamó: “No puedo entender cómo después de leer esta obra puede haber una sola persona que no se convenza de la veracidad del Libro de Mor­món.” Pero este hermano olvidaba que los no miembros de la iglesia carecen del don del Espíritu Santo, y en consecuencia no alcanzan a ver o identificar los mismos significados, conformidades y evidencias que son reveladas al individuo que ha tenido la fe necesaria para investigar, someterse a la prueba de la oración sincera y recibir entonces la respuesta mediante el testimonio del Espíritu.

 

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