El Libre Albedrío

Liahona Junio 1962

El Libre Albedrío

Por el presidente David O. McKay

Aparte de la vida en sí, el derecho de gobernar la misma es el don más grande que Dios ha dado al hombre. Hoy en día, la necesidad más importante de la humanidad es la conservación de la libertad individual. La libertad de elección es un tesoro superior a cualquier otra posesión te­rrenal. Es inherente al espíritu del hombre, 1111 don de Dios dado a todo ser normal. No importa que haya nacido en la más ignominiosa pobreza o en medio de grandes riquezas heredadas, todo ser humano trae consigo al mundo la más preciosa de todas las gracias divinas: el don del libre albedrío, derecho privativo e inalienable del hombre.

El libre albedrío es la fuente impulsora del progreso del alma. El propósito del Señor es que el hombre llegue a ser como El. Y a fin de poder lograrlo, lo hizo primeramente libre. Alguien dijo que “la libertad personal es el supremo principio de la dignidad y la felicidad humanas.”

Las Escrituras testifican que este principio es (1) esen­cial para la salvación del hombre, y (2) la vara de medir en base a la cual serán juzgadas las acciones de los hombres, las organizaciones y las naciones.

No ha habido época como la presente, en toda la historia del mundo, en que el demonio haya estado tratando de anular esta fundamental virtud del libre albedrío. Es una blasfemia imputar a Dios la causa de las catástrofes del mundo. Yo no puedo creer que la miseria actual se deba a Dios. Las condiciones del mundo de hoy, son directa consecuencia de la desobedien­cia a las leyes divinas.

Uno de los mayores atributos de Dios es el amor. Por consiguiente, es lógico pensar que El, como nuestro Padre, desea la felicidad y la vida eterna para nosotros, sus hijos. Podemos escoger lo justo o lo incorrecto, podemos caminar en la luz o en las tinieblas. Pero Dios 110 ha dejado al hombre sin la luz. Ella está allí, gene­rosa, eterna.

Junto al don del libre albedrío camina su sombra, que es la responsabilidad. Los princi­pios de la justicia demandan que se confiera al hombre el poder de actuar independientemente, si es que ha de ser recompensado por su rectitud o castigado por su maldad. Para su progreso sobre la tierra, es esencial que el hombre tenga conocimiento de lo bueno y de lo malo. Si fuera inducido a hacer el bien o impulsado a hacer el mal, no sería cabal merecedor de recom­pensa ni de castigo, según corresponda. La responsabilidad del hombre está estrechamente vinculada a su libre albedrío. Las acciones que estén en armonía con las leyes divinas y las leyes de la naturaleza, harán feliz al hombre, y aquellos procederes que sean opuestos a las ver­dades divinas, le causarán miseria. El hombre es no sólo responsable de cada uno de sus actos, sino también de cada una de sus palabras o pensamientos insustanciales.

La libertad de propósito y la responsabilidad que ella implica, son aspectos fundamentales de las enseñanzas de Jesucristo. Durante todo Su ministerio, El recalcó el mérito de cada in­dividuo y ejemplarizó lo que fuera posterior­mente definido en Sus revelaciones modernas como “Su obra y Su gloria”. (Véase Moisés 1:39) Y sólo por medio del divino don de la libertad del alma, dicho progreso es posible.

Por otro lado, la compulsión emana del propio Satanás, quien intentó obtener, aún en la preexistencia del hombre, el poder para obligar a la familia humana a obedecerle, argu­yendo que el plan del libre albedrío era inade­cuado. Si el diabólico plan hubiera sido acep­tado, los seres humanos serían simples títeres en las manos de un dictador y el propósito de la venida del hombre a la tierra, habría sido frustrado. Pero el proyecto de gobierno que Satanás propusiera fué rechazado, y en su lugar se promulgó el plan del libre albedrío:

Existe aún otra faz de la responsabilidad que acompaña al libre albedrío, la cual muy pocas veces es destacada: el efecto o consecuencia de los pensa­mientos del hombre. Todo ser humano irradia su per­sonalidad y moralidad, tanto a través de sus actos como de sus pensamientos; y dicha irradiación afecta en mayor o menor grado a cada persona relacionada con él.

El mundo actual está regido por el poder de la fuerza. Las rivalidades internacionales y los falsos ideales políticos están amenazando constantemente la libertad del hombre. Una administración indiscreta, muy frecuentemente inspirada por intereses creados o conveniencias políticas, mina el libre albedrío del hombre y le priva de la libertad de derecho, haciendo de cada individuo un simple engranaje de la aplastante rueda del régimen.

Debiera tenerse siempre presente que el estado es para el individuo y no éste para el estado. Toda clase de gobierno que destruya o impida el libre ejercicio del albedrío, está en el error. La libertad se convierte entonces en libertinaje y el hombre en transgresor. La finalidad del estado es proteger al violado y evitar la violación.

Me parece ver a Dios, parado a la sombra de la eternidad, contemplando a la humanidad y deplorando las consecuencias del desatino, las transgresiones y los pecados que sus hijos cometen. Pero no podemos cul­parle de estas cosas, como tampoco podemos culpar al padre que haya dicho a su hijo: “Hay dos caminos, hijo mío: uno va hacia la derecha y guía hacia el éxito y la felicidad; el otro va hacia la izquierda y lleva hacia la desdicha y la miseria, y aun quizás a la muerte. Tú debes escoger cuál has de tomar; yo no puedo forzarte a seguir ninguno de los dos. Tú debes decidirlo.”

El joven comienza a andar, y viendo los espejismos y las atracciones del camino de la izquierda, lo toma porque piensa que será el más corto hacia la dicha. Su padre sabe qué ha de sucederle a su hijo; sabe que no muy lejos del florido sendero, su hijo caerá en un inmundo lodazal y de allí en una ciénaga infran­queable. Ve a otros que, habiendo escogido el mismo camino de la ciénaga, tratan infructuosamente de alcan­zar la tierra firme y seca. Pudo ver lo que le acon­tecería a su hijo, aún antes de que éste tomara ese rumbo y por ello fué que se lo previno. El padre ama a su hijo y aunque no puede obligarlo, seguirá amones­tándolo y rogándole que regrese al sendero del bien.

También Dios, por medio de profetas que han existido desde la fundación del mundo, ha advertido que muchos de sus hijos, tanto hombres como naciones, habrían de escoger el camino que lleva a la miseria y a la muerte; y también predijo que la responsabilidad descansaría no sobre El, sino sobre todos aquellos que no prestaran sana atención a Sus mensajes.

El poder para escoger está en nosotros. Los sen­deros están perfectamente demarcados. ¡Quiera Dios damos una visión clara, una férrea voluntad y un corazón valiente, mediante sus benéficas inspiraciones, para que podamos hacer siempre una sabia selección!

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