El evangelio en Sud América

Liahona Septiembre 1962

El evangelio en Sud América

Por el presidente A. Theodore Tuttle
Director de las Misiones Sudamericanas (Tomado de the Improvement Era)

La nota simpática de la 132a. Conferencia General de la Iglesia, realizada en abril del corriente año, fué provista por el presidente A. Theodore Tuttle, quien visiblemente emocio­nado comenzó su discurso hablando en es­pañol. “Liahona” se complace en presentar a sus lectores el texto completo de dicho dis­curso. (N. del Editor)

Mis queridos hermanos y hermanas, estoy feliz de estar aquí con ustedes esta tarde. No pude resistir la tentación de hablaros en el lenguaje del pueblo que amo, idioma que estoy tratando de aprender.

Os traigo los saludos de los presidentes de seis misiones y de sus devotas esposas, de más de 800 misioneros, y de 20.000 Santos maravillosos que habi­tan Sud América. Quizás lo más interesante, con res­pecto a este número de miembros, no sea la cantidad en sí, sino el promedio de aumento que se ha ido alcanzando paulatinamente, lo cual constituye el cum­plimiento de una profecía.

Quisiera relatar en forma breve los antecedentes de esta declaración. En 1851, Parley P. Pratt fué por primera vez a Sud América, después de haber visitado las Islas de los Mares del Sud, en un intento por introducir allí el evangelio restaurado, desembarcando en Valparaíso (Chile), justamente después de una revolución; pero las condiciones reinantes en el país eran desfavorables para la tarea misional, por lo que un par de meses más tarde debió desistir y regresar a los Estados Unidos. No fué entonces sino hasta 1925 que los élderes Melvin J. Ballard, Rulon S. Wells y Rey L. Pratt, fueron enviados a dedicar la tierra sudameri­cana para la predicación del evangelio. En su oración dedicatoria, el hermano Ballard pronunció palabras altamente inspiradas, algunas de las cuales quisiera repetiros; él dijo: “Y ahora, oh Padre, en virtud de la bendición y el llamamiento dados por tu siervo el Presidente de la Iglesia, y por medio de la autoridad del sagrado Apostolado que poseo, doy vuelta a la llave, destrabo y abro la puerta de estas tierras para la predicación del evangelio; bendecimos y dedicamos todas las naciones de estas tierras para la predicación de Tu evangelio. . . .”

El 4 de julio de 1926, el élder Ballard declaró inspiradamente: “La obra del Señor se llevará a cabo aquí en forma lenta por cierto tiempo, tal como un roble crece lentamente desde una bellota. No florecerá en un día como el girasol, que se desarrolla rápidamente y luego muere, pues miles se unirán a la Iglesia. Esta tierra será dividida en más de una mi­sión y llegará a ser una de las más fuertes del reino. La obra es ahora muy pequeña aquí, pero vendrá el día en que los lamanitas de esta tierra tendrán su oportunidad. La Misión Sudamericana será una poten­cia en la Iglesia.”

El élder Harold B. Lee dió parcial cumplimiento a esta profecía en 1959, cuando creó la 5a. unidad sudamericana—la Misión Andina—, en cuya ocasión hizo una significativa declaración, que considero yo otra profecía: “A mi juicio—dijo—, no hay en todo el mundo otras misiones que encierren tantas promesas como las misiones de Sud América. La obra seguirá creciendo, y no hemos visto aún el número total de misiones que serán aquí establecidas—y muchos de los que están aquí presentes, habrán de presenciar este crecimiento.”

Hace seis meses, y bajo la dirección de la Primera Presidencia, tuvimos el privilegio de organizar la Misión Chilena—la sexta misión de la Iglesia en Sud América. Y puede decirse que el trabajo recién ha comenzado. Treinta años de labor han sido necesarios para con­vertir las primeras 10.000 personas en estas tierras. Pero la conversión de otras 10.000, ha llevado sólo tres años. El año pasado, 6.000 personas fueron bau­tizadas en Sud América. Indudablemente, ésta es una tierra de promisión y profecía.

Estoy muy agradecido por el privilegio de traba­jar en esta parte de la viña del Señor. Ha sido una maravillosa experiencia para la hermana Tuttle y para mí, el habernos trasladado con nuestra joven familia para hacer de Sud América nuestro hogar temporario, y el tener la oportunidad de viajar por todos estos países para “apresurar” la obra del Señor, como dijera el élder Packer. Os aseguro que carezco tanto del tiempo como del vocabulario para poder describiros apropiadamente estas inmensas y variadas regiones, pero quisiera daros un breve vislumbre de lo que son.

Posiblemente, la mejor caracterización de esta tierra podría lograrse comparándola con un gigante dormido—recalcando ambos términos: gigante y dor­mido. Hay allí una tremenda potencialidad. Hay allí portentosos ríos cuyo poder no ha sido aún represado completamente. Hay allí fértiles terrenos, inmensos, inexplotados, Hay allí grandes fuentes de recursos naturales, adormecidas pero latentes. Y pareciera casi que el Señor ha estado permitiendo que así fuera.

El pueblo sudamericano es una combinación de muchas razas, principalmente europeos mezclados con lamanitas, los cuales son las crio­llos de esta tierra. La mitad de los 120 millones de almas que habi­tan Sud América, habla español; la otra mitad, portugués. Estos últimos se encuentran en el gran país de Brasil.

Estas gentes no son perezosas.

Yo sé que han sido generalmente caracterizadas como tales. Es ver­dad que duermen la siesta, pero comienzan sus jornadas temprano y la acaban tarde. Muchas veces he tenido la oportunidad de ver mujeres—particularmente mujeres lamanitas que llevan sus niños atados sobre sus espaldas—cami­nando apresuradamente a lo lar­go de una calle y zarandeando a la vez con increíble destreza el huso manual con que hilan la lana que sostienen con sus mismas ma­nos. Después de tantos cientos de años, estas gentes merecen el evangelio de Jesucristo—y esto también para dar cumplimiento a la profecía.

En cuanto a la política, conozco poco acerca de la situación. Lo que sé, lo lie leído en los diarios.

Pienso, sin embargo, que vosotros, padres y madres, no debéis pre­ocuparos seriamente acerca de la seguridad y el bienestar de vues­tros hijos e hijas que se encuen­tran en estos países. Es verdad que siempre existen amenazas y peligros más o menos frecuentes, pero tengo en mi corazón la tran­quila certeza de que Dios vive y que Él está en los cielos. Esta es Su obra y los antojos de los hombres no habrán ya de estorbarla.

No obstante, quisiera pediros una cosa—que cada uno de vosotros se una en oración con vuestros hijos e hijas, y con nosotros, para rogar por las bendiciones celestiales sobre esa tierra, a fin de que sus líderes y gobernantes sean bendecidos para que puedan preser­var la paz—paz que se hace necesaria para el progreso de la obra del Señor, ya que ésta es el medio por el cual habrá de llevarse a cabo el despertamiento y la salvación de este pueblo.

Una de las características más impresionantes de esta conferencia, es la que observo en estas primeras filas, en que algunos hombres se encuentran partici­pando de ella por medio de radioteléfonos. Quizás porque he estado en países de idiomas extraños para mí, puedo apreciar más prontamente la oportunidad que estos hermanos, habiendo venido de lejanas tierras, tienen de recibir los consejos e instrucciones de las Autoridades de la Iglesia personal y directamente en sus propios lenguajes. En verdad, puedo agregar un sincero “Así sea” a la declaración del hermano Hinck­ley, de que aunque en estos momentos algunas naciones se están reuniendo para resolver sus enigmas políticos, sólo el alma, el corazón y el espíritu de los hombres podrán solucionar el problema de la paz. Porque es en ella que el evangelio ha de ser enseñado, y no es sino por medio de su aceptación y obediencia que la paz habrá de ser lograda. No existe otra manera por la que todos los hombres podrán ser unidos en una Causa mayor que su propio nacionalismo, que mediante la aceptación del evangelio universal de Jesucristo.

He sido fuertemente impresionado en nuestras re­uniones de reportes, al oír a los hermanos rendir el informe de sus amplias labores y actividades desarrolladas tanto aquí como en lugares distantes, tales como Hamburgo, Glasgow, Tokio, Sidney, Helsinki, Manila y Bergen. La Causa de la verdad está actualmente más fortalecida y difundida que nunca en la historia del mundo, pero también lo está el poder de la maldad y el error. Sin embargo, vuelvo a decir que tengo la completa seguridad de que la justicia ha de prevalecer y que la verdad triunfará. Y mientras las naciones del mundo temen, tiemblan y dudan, nosotros per­manecemos en la certeza, la calma y la paz.

Pero, oh, cuánto anhelo la alborada del día en que en estas reuniones los hermanos habrán de darnos los reportes de la Obra en lugares tales como Nanking, Moscú, Delhi, Bombay, Dakar, Leningrado y Jerusalén, y hablarnos de las condiciones existentes en las ramas, distritos, barrios y estacas de esas localidades.

¿Cómo podría apresurarse y llevarse a cabo esto? Mediante la aceptación y la obediencia al evangelio de Jesucristo—obediencia por parte de los que creemos, y aceptación por los que son del mundo, porque este evangelio tiene el poder que ha de cambiar la vida de los hombres. Habiendo estado en los campos misionales, os aseguro que he podido notar más de cerca este poder con que el evangelio cambia la vida de las personas.

Una vez en Brasil oí decir a un presidente de rama recientemente apartado para tal función: “Hermanos, yo trabajo desde las 7 de la mañana a las 7 de la noche. He señalado dos noches de la semana para dedicarlas a mi familia, e intento estar en la rama las otras cinco. Aquí podrán entonces encontrarme cuan­do me necesiten.” El evangelio cambia la vida de los hombres, llamándoles a servir voluntariamente y pro­veyéndoles una causa noble.

En una reunión de oficiales del sacerdocio, reali­zada en Chile, un hermano dijo: “¿Quién iba a pensar hace dos años que un común mecánico como yo, iba a estar hoy parado ante un grupo de hombres, enseñán­doles acerca de las cosas espirituales? Sin embargo, aquí estoy, no haciendo sólo eso, sino presidiendo una rama.” Sí, el evangelio cambia la vida de los hombres, liberando sus latentes potencialidades.

En Uruguay, escuché a un hombre decir lo si­guiente: “Hace dos años, cuando mi hijo fué llamado como misionero, yo no era siquiera miembro de la Iglesia. Ahora que él está a punto de terminar su misión, tendré el privilegio, como Presidente de la Rama, de darle oficialmente la bienvenida a su regreso. Estoy casi colmado de gratitud por las bendiciones que el evangelio ha traído a mi vida, junto con la armonía y unidad que hay ahora en nuestra familia.” El evan­gelio cambia la vida de los hombres, trayendo, amor, armonía, y paz a sus familias.

Un ex-misionero argentino, que en la actualidad es casado y tiene dos hijos, se puso de pie en una reunión y dijo: “Si yo recibiera el llamado para salir nuevamente como misionero, vendería mis muebles con tal de ir.” Cabe destacar, hermanos, que aquel joven no era accionista ni tenía bonos, ni propiedades inmuebles, ni casa, ni automóvil—sólo muebles. Sí, el evangelio cambia la vida de los hombres, levantán­dolos del ámbito del materialismo hasta el reino de la espiritualidad.

Escuché a un hermano de la Misión Andina decir: “Ustedes son mis hermanos; si los de mi familia se unen a la Iglesia, llegarán a ser también mis hermanos, porque yo sé que la relación sanguínea no es tan fuerte como la de esta hermandad que el evangelio ha uni­ficado en la Iglesia.” Os digo nuevamente, el evangelio cambia la vida de los hombres, porque une en la hermandad divina a todos los que aman la verdad.

Tal como en casi todo el mundo, también en Sud América se está desarrollando un gran programa de edificación, el cual requiere siempre la asistencia de un diestro contratista para que los miembros locales pue­dan construir sus capillas. En la actualidad, estoy se­guro de que aquí en Norte América hay algún insospechado contratista de habla hispana que podría reci­bir un llamado telefónico y tener una entrevista, y si es digno y acepta, habrá de vender o alquilar su casa, dejar su trabajo, traspasar sus negocios a sus socios o competidores, tomar su familia y partir rumbo a algún lugar sudamericano que hasta ahora había sido quizás sólo un nombre extraño. Y cuando este hombre arribe a su punto de destino, encontrará allí gente que le enseñará a amar, y a comprender y apreciar la her­mandad; personas que habrán de ayudarle a edificarse en un hombre nuevo, mientras él les ayuda a construir una capilla donde adorar al Señor. El evangelio cam­bia la vida de los hombres y también su locación y medio ambiente, a la vez que requiere sacrificio. Y estoy agradecido por ello. Espero que nunca privemos a la Iglesia de este importante elemento que es el sacrificio. Bien vale la pena este sacrificio, a fin de poder tener la paz y la certeza de saber que Dios vive, porque nuestra voluntad de servirle nos acercará más a Él.

Hay varios miles de jóvenes y señoritas que este año tendrán también una entrevista con sus obispos respectivos, y si están preparados y prueban ser dignos, recibirán el llamado del Profeta del Señor para ir a servir al prójimo mediante la predicación del evangelio restaurado. Entonces, abandonarán sus estudios y sus becas, dejarán sus empleos, su dinero, sus novias y amigos, e irán, a costa propia, y aprenderán un idioma extranjero, a fin de que otras vidas puedan ser cam­biadas. Y declararán que Dios vive y que Él es nuestro Padre y que nos ama. Y proclamarán que Jesucristo es el Hijo de Dios y nuestro Redentor. Y también testi­ficarán que el evangelio de Jesucristo ha sido restau­rado en estos últimos días por intermedio del profeta José Smith. Manifestarán que un nuevo testigo ha sido dado, el cual es el Libro de Mormón, para declarar otra y una vez más (pie Jesús es el Cristo. Asimismo, estos jóvenes irán y darán testimonio de que ésta es una tierra de promisión, como tan impresionantemente lo afirmara el élder Benson, desde donde ha de esparcirse  el evangelio por el mundo, a fin de que todos los hijos de Dios puedan ser bendecidos.

También habrán do declarar nuestros misioneros que el sacerdocio ha sido restaurado para que el hombre volviera a tener poder para bautizar y bendecir con el don del Espíritu Santo, y llevar a cabo todas las ordenanzas necesarias para la exaltación de la humani­dad.

Ahora bien, ¿cómo podemos ayudar, y qué pode­mos hacer? Juventud, preparáos. Vivid limpiamente. Sed honorables. Seguid los consejos que habéis reci­bido durante esta conferencia.

Padres y madres, instruid a vuestros hijos. Acer­cáos aún más a vuestras familias. Quizás lo que sig­nifica el consejo de los padres pueda ser ilustrado con el relato de una conversación telefónica entre una madre de ochenta años de edad, desde los Estados Unidos, y su hijo de cuarenta, allá en San Pablo, Brasil. Ella le decía: “Hijo, conserva tu fe, haz tu trabajo, paga tus diezmos, vive el evangelio, di tus oraciones y mantiene tu testimonio.” Más tarde, el comentó: “Ella me ha estado aconsejando esto durante toda mi vida.”

Estoy agradecido, mis hermanos y hermanas, por mi testimonio en cuanto a la divinidad de esta obra. Estoy agradecido por saber que este grande y noble hombre que la dirige en la tierra, es en verdad un Profeta de Dios. Deseo realmente sostener a estos hermanos de las Autoridades Generales en sus sagra­dos llamamientos. Quiero sosteneros también a voso­tros, hermanos y hermanas, en vuestros llamamientos y oficios. Estoy agradecido de ser miembro de esta Iglesia y de participar de la hermandad de todos voso­tros.

Ruego que el Señor continúe tocando el corazón de Sus hijos, para que respondan al poder de la verdad, de manera que ésta pueda operar en ellos y logren así cambiar la enemistad por el amor, la codicia, y la avari­cia por la generosidad, la apatía por la actividad honesta y el materialismo por la espiritualidad, estre­chando los vínculos de la hermandad promulgada por el evangelio en la paz fundamental. Y lo hago en el nombre de Jesucristo, Amén.

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