El Camino de la Paz

Liahona Septiembre 1962

El Camino de la Paz

Por el presidente David O. McKay

Con frecuencia escuchamos la siguiente pre­gunta: “¿Por qué envía la Iglesia a millares de misioneros anualmente a todas las partes del mundo Cristiano?” La respuesta podría ser dada específicamente así: “Para que proclamen la res­tauración del evangelio de Jesucristo,”

La restauración del evangelio de Cristo lleva implícito el reconocimiento de que ha habido una apostasía de las enseñanzas y organización originales, que fueran proclamadas y establecidas por el Salvador y Sus apóstoles en el principio de nuestra era.

En cierto modo, podríamos también respon­der a la interrogación mencionada, con aquellas palabras pronunciadas por las huestes celestiales en ocasión del nacimiento de Jesús: que somos enviados a testificar la existencia de Dios y a predicar la paz en la tierra y la buena voluntad entre los hombres, en el nombre de Jesucristo.

Hoy los hombres hablan de paz, pero recha­zan el único plan verídico dado bajo los cielos para la obtención de esa paz. Pedro, el superior de los apóstoles del meridiano de los tiempos, dijo a ciertos individuos que parecían ser de los que mataron al Salvador:

“Sea notorio a todos vosotros, y a todo el pueblo de Israel, que en el nombre de Jesucristo de Nazaret, a quien vosotros crucificasteis y a quien Dios resucitó de los muertos, por él este hombre está en vuestra presencia sano. . .

“Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hom­bres, en que podamos ser salvos.” (Hechos 4:10, 12)

Nuestros misioneros andan actualmente en­señando al mundo la verídica existencia de Dios, y predicando la hermandad del hombre.

Por casi dos mil años, los así llamados se­guidores de Cristo han estado asociando su nacimiento con aquel anunciamiento celestial: ¡En la tierra paz, buena voluntad para con los hombres! En verdad, desde que el hombre ha­bita la tierra, la paz ha sido una de sus más nobles aspiraciones. Y en su búsqueda, procura entonces la libertad individual, la libertad de hablar y escribir conforme a sus propios pensa­mientos, la libertad para ir de un lado a otro sin restricciones ni compulsión, la libertad para orar sin impedimento ni molestias, la libertad de poder edificar un hogar donde nidos usurpadores ni los déspotas puedan entrar sin su consenti­miento. Todas éstas son posesiones incalculable­mente valiosas, como también condiciones o elementos indis­pensables para el logro de la paz. Pero, hasta ahora, la ma­yoría de las naciones y de los hombres, ciega y empecinada­mente, persiste en rechazar el único plan eterno que nos ha de conducir a ella.

En el meridiano de los tiempos, Jesús sabía, mientras contemplaba proféticamente los siglos venideros de la humani­dad, que la paz dependería del lento pero infalible proceso de cambiar, paulatinamente y uno a uno, la actitud mental y espiritual de cada individuo. Sabía que las costumbres y los hábitos del mundo habrían de ser determinados por los más íntimos pensamientos y convicciones de los hombres que componen las asociaciones, los estados y las naciones. Por consiguiente, si el mundo tenía que ser cambiado, había que comenzar por convertir a sus habitantes. Sólo conforme a los deseos de paz y hermandad que los hombres tuvieren, y al grado en que estén dispuestos a seguir el sendero que lleva hacia esas benditas condiciones, podrá el mundo llegar a ser un lugar mejor y más saludable donde vivir. Sólo por medio de una cabal identificación con los principios fundamentales de justicia, podrán tanto los individuos como las naciones alcanzar la paz.

La paz duradera, la paz genuina, no puede ser en­contrada en las cosas abstractas o externas. La esencia de la paz emana del alma humana. No puede haber paz cundo tenemos cauterizada nuestra conciencia, o cuan­do somos conscientes de estar realizando actos des­favorables. La paz emerge de la nobleza del corazón y de una vida honesta. Si deseamos la paz, nuestra es la responsabilidad de conseguirla.

El evangelio restaurado enseña que nuestros ho­gares deben ser lugares santificados, donde nuestros hijos, al amparo de hombres y mujeres nobles, puedan ser protegidos contra las maldades del mundo; donde el amor pueda encontrar una intimidad sana, la vejez un cálido reposo, la oración un altar privado y la na­ción una legítima fuente de vigor y perpetuidad.

Nadie puede estar en paz con su conciencia ni con Dios, si no es fiel a lo mejor de sí mismo y falta a la ley del derecho, ya sea en sus íntimos procederes—mediante la indulgencia a sus propias pasiones o apetitos desme­didos, o cediendo a las tentaciones y abogando todo re­mordimiento—, o en sus negociaciones con sus seme­jantes, siendo desleal a la confianza que éstos le prodi­guen.

La paz no puede ser lograda por el transgresor de la ley, porque aquélla no es sino el fruto de ésta. Y es ése el mensaje que Jesucristo nos ha encomendado para que lo proclamemos a la humanidad.

Si queremos alcanzar la paz como individuos, debe­mos suplantar la enemistad por la paciencia. Y ten­dremos el poder para ello, siempre y cuando anidemos en nuestros corazones los ideales de Cristo, que dijo:

“Si traes tu ofrenda al altar, y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti,

“Deja allí tu ofrenda delante del altar, y anda, reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven y presenta tu ofrenda.” (Mateo 5:23-24.)

Esta pareciera ser una simple ley; pero es uno de los pasos necesarios para la obtención de la paz uni­versal. Si el mundo ha de tener la paz, es menester substituir la ley de la fuerza por la ley del amor.

El mensaje de la Iglesia es proclamar a Jesucristo como el real y divino Hijo de Dios. Uno de los más importantes objetivos de Su evangelio es establecer la paz en los corazones de los hombres, en la vida fami­liar, y en los pueblos, ciudades y países del mundo— y esta es, precisamente, la declaración de la Iglesia de Jesucristo.

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