“Allí. . . Pusieron a Jesús…”

Liahona Junio 1962

“Allí. . . Pusieron a Jesús…”

Por Doyle L. Green
(Tomado de the Improvement Era)

“Y en el lugar donde había sido crucificado, había un huerto, y en el huerto un sepulcro nuevo. . . . Allí. . . porque aquel sepulcro estaba cerca, pusieron a Jesús.” Juan 19:41, 42.

Atraves de las centurias, todo turista que haya pisado la Tierra Santa ha tenido como meta principal el visitar los tradicionales lugares que se supone fueran escenario de la crucifixión, sepultura y resurrección del Salvador. Estos fueron los impre­sionantes eventos con que la misión del Señor sobre la tierra culminara, y lógicamente todo Cristiano consi­dera dichos lugares como los más sagrados en toda la Tierra Santa. La recuperación de estos sitios, que es­tuvieran en poder de los llamados “infieles”, parece que fué el motivo principal de las famosas Cruzadas, gue­rras que se libraron por espacio de unos doscientos años y en las cuales entre seis y diez millones de personas perdie­ron sus vidas.

El turista podría ser llevado a ver dos lugares distintos del Cal­vario y la Tumba, en la Tierra Santa moderna. Decimos “podría ser llevado a ver” porque el viajero corre el riesgo de que en su gira uno de los sitios sea evitado por completo—aun ignorado—a raíz de los prejuicios tradicionalistas de los guías lugareños. Esto nos sucedió en nuestra primera visita, por lo que esta vez decidimos ser nues­tros propios cicerones y mediante mapas pudimos ubicar el llamado “Calvario de Gordon” y la “Tumba del Jardín.” Aquél lleva el nombre del General “Chino” Gordon, quien asegurara que fué allí realmente donde crucificaran a Nuestro Se­ñor.

Quizás no sea verdaderamente importante conocer la exacta ubi­cación del Calvario o la tumba del Señor, ni aun el Jardín de la Resurrección. En realidad, es más importante determinar lo que para cada uno de nosotros significan estos acon­tecimientos.

Los sitios tradicionales del Calvario y la tumba están cerca de las murallas de la ciudad, y el área correspondiente está ocupada en la actualidad por un edificio conocido como la “Iglesia del Santo Sepulcro.” Millones de peregrinos han visitado el lugar durante cientos de años, y sin lugar a dudas cada uno ha de­bido guardar dentro de su pecho un vivido recuerdo hasta el fin de sus días.

A estar por la tradición, el “Santo Sepulcro” fue descubierto por la Emperatriz Elena y el obispo Maca­rios de Aelia, en el año 320 de nuestra era. Durante el famoso Concilio de Nicea, un año antes, Constantino ordenó al mencionado obispo la exploración de la Tierra Santa, a fin de identificar la tumba en que fuera depositado el cuerpo de Jesucristo y otros lugares rela­cionados con la vida y muerte del Maestro, como así también el madero en que fuera crucificado. Poco des­pués, Elena, la madre del emperador Constantino, se unió a la búsqueda, estando mayormente interesada en el hallazgo de la cruz.

Parece que ni el obispo ni la emperatriz tenían siquiera una idea respecto a por dónde debían comen­zar sus investigaciones. Se dice que el obispo sugirió que pronunciaran una oración, después de la cual de­claró que le había sido concedida una inspiración que le señaló que la cruz se encontraba en algún lugar de­bajo del piso de un templo edificado a una diosa pa­gana. Levantaron, pues, el piso del mencionado edi­ficio y encontraron tres cruces, por lo que llegaron a la conclusión de que habían localizado el Calvario.

La historia también nos cuenta que para poder identificar cuál de las tres era la del Señor, hicieron que una mujer enferma tocara cada uno de los brazos de una de las cruces: cuando la enferma hubo tocado el tercer brazo, fué automáticamente sanada. Y la cruz fué declarada sagrada. Continuando sus excavaciones, encontraron entonces el “santo sepulcro.”

Dos capillas fueron construidas en el mismo sitio; una donde la cruz fuera encontrada y la otra sobre el lugar en que existiera la tumba. Ambas fueron des­truidas por los persas en el año 614. Vueltas a cons­truir, fueron nuevamente derrumbadas, esta vez pol­los turcos, en el año 934 de nuestra era. Cinco años más tarde era reconstruida.

Los famosos Cruzados levantaron posteriormente un enorme edificio que cubría a varios otros más pe­queños, pero un pavoroso incendio lo destruyó por completo. La actual Iglesia del Santo Sepulcro fué erigida en 1810. Consiste de una enorme basílica que es compartida por cinco grupos religiosos-Católicos Romanos, Católicos Griegos, Sirios, Armenios y Coptos. El edificio está en un triste estado de deterioración, y actualmente una red de vigas de hierro sostiene el frente, a fin de evitar su derrumbamiento. El interior del edificio está también extensamente apuntalado,

Se dice que durante los últimos cuarenta años se han efectuado sólo .un par de reparaciones, y que todo se debe a la tirantez entre las mencionadas sectas religiosas en cuanto a la propiedad de la basílica. Como consecuencia de que ninguna de ellas quiere ceder la administración del edificio a cualquiera de las otras, un musulmán cuida las puertas del mismo. Todas las mañanas, al salir el sol, este hombre debe subir una empinada escalerilla para abrir el candado de la puerta principal, el cual está a casi dos metros y medio sobre el nivel del piso; y veinte minutos antes de la media­noche debe repetir la misma maniobra para cerrarlo.

En realidad, la Iglesia del Santo Sepulcro es una que agrupa varias capillas dentro de su estructura, cada una de las cuales simboliza distintos sitios relacionados con la muerte y la resurrección del Señor. El “Calva­rio” es una serie de cuartos dispuestos en el segundo piso, que señalan (1) el lugar en que Jesús fuera des­nudado y clavado en la cruz; (2) donde la cruz fuera levantada; y (3) donde estuviera María al momento en que Jesús fuera bajado de la cruz. Allí se conserva un pilar en el cual, según se alega, el Salvador fuera azotado. Y también la celda donde probablemente permaneció durante los días de su proceso. Hay una capilla que conmemora el repartimiento de las ropas del Maestro. Hay otra capilla en memoria del escarnio y la burla que El soportara. Otra más fué levantada a un tal Longino, quien, según se cree, fué el soldado que abrió de un lanzazo el costado del Señor.

El “Santo Sepulcro” propiamente dicho, está con­tenido en una distinta capilla de mármol. Pasando a través de una puerta inferior, uno se halla de improviso dentro de una pequeña cámara que se supone sea la tumba. El piso de la misma está cubierto de innume­rables hoyos, formados por las rodillas de miles de peregrinos que se han postrado allí.

Pero al final de nuestra visita a la Iglesia del Santo Sepulcro, nos encontrábamos muy deprimidos y desi­lusionados, ya que nada pudimos encontrar que nos ayudara a representar en nuestra mente la escena do la muerte y resurrección del Señor. Las varias capillas, la pomposidad, las ceremonias y las velas, los relicarios y altares, las vestimentas y las estatuas, como toda clase de historias y aseveraciones incrédulas que for­man marco a la escena, parecen ser completamente extrañas al conmovedor acontecimiento. No hay colina ni jardín algunos. Tampoco existe una tumba que pueda inspeccionarse: sólo una oscura cámara. No existe allí—en especial para un Santo de los Últimos Días—nada realmente atractivo o de genuino interés.

Pero justamente al Norte de Jerusalén, fuera de las murallas, se eleva una pronunciada colina de más de veinte metros de altura en relación al área circun­dante. Aunque en los comienzos de la primavera ver­dea allí el césped, la mayor parte del año el terreno es árido y amarillento. No ha sido poblada de edificios a causa de la existencia de un cementerio musulmán cercano. En una de sus laderas—más bien acantilada— su característica rocosa semeja una ladeada calavera humana. Desde esta colina, cerca de la Puerta de Damasco, pueden observarse perfectamente bien tanto el camino que rodea la ciudad y se aleja luego hacia Jericó, como el que lleva hacia el Norte.

Es imposible saber con exactitud si la formación rocosa que tiene apariencia de calavera existió o no en la época del Salvador. Algunos suponen que dicho fenómeno se debe posiblemente a terremotos. Otros dicen que quizás sea obra de la explotación industrial de canteras. De cualquier modo, es interesante notar que por tal motivo, el lugar ha sido denominado el Gólgota o Calvario—o más comúnmente, “el lugar de la calavera.” (Véase Mateo 27:33; Marcos 15:22; Lucas 2-3:33 y Juan 19:17)

No podríamos siquiera vislumbrar más exactamente en nuestra mente otro escenario mejor que éste, en el cual pudiera haberse consumado la crucifixión del Señor.

Justamente al pie de la colina, hacia el Oeste, se extiende el hermoso y primorosamente cultivado Jardín de la Resurrección. Seguramente el florido solar no ha de tener una mayor superficie que un acre. Una alta tapia de piedras lo rodea, a fin de separarlo del fragor de una activa estación terminal de autobuses, como de la confusión de las calles suburbanas de Jeru­salén. Encantadoramente sembrado de flores, arbustos y árboles de mostaza, aliantos y siempre verdes, resulta ser un pacífico y sereno retiro que invita a la medita­ción, a la lectura de las Escrituras y a la oración. . .

Difícilmente podamos imaginar mejor lugar para la sepultura de Jesús, que la tumba vacía que se en­cuentra en este jardín. Varios cientos de sepulcros existentes en las cercanías, han sido removidos en un intento por encontrar uno que coincida con la descrip­ción que las Escrituras hacen de la tumba que, para sí mismo, José de Arimatea hiciera abrir entre las rocas de un terreno de su propiedad, y en la cual “pusieron a Jesús . . .”

La “Tumba del Jardín” es, evidentemente, tal sepulcro. Finamente cincelada en plena roca sólida, tiene casi cuatro metros de largo por dos de ancho, y una profundidad de algo más que dos metros. Está divi­dida en dos partes: una antecámara para los lamentado­res y el compartimiento principal de las “camas” sobre las cuales se depositaba el cuerpo de los difuntos. Esta sección está preparada para tres de las tales “camas”, por lo que se deduce que se trataba de un panteón familiar. Sin embargo, sólo una de las “camas” parece haber sido terminada, la cual se halla en el lado Norte del sepulcro y tiene unos dos metros de largo por uno de ancho. En el extremo Oeste de la misma, existe una especie de almohada hecha de piedra, de manera que el difunto debía yacer con su faz hacia el Este. En la parte opuesta a la cabecera, hay una perforación practicada en la pared rocosa, la cual, evidentemente, fué hecha en una ocasión posterior a la construcción original de la tumba, sin duda para poder acomodar a una persona más alta que la que se tuviera en cuenta cuando se diseñara.

El sepulcro tiene, además, otras características in­teresantes, las cuales no se observan en el resto de las tumbas de la zona que fueran removidas en la investi­gación. Una de ellas es una ventana existente a unos dos metros sobre el nivel del terreno, que permite directo acceso de la luz diurna sobre el sector terminado de la cámara. Esto contestaría el interrogante de cómo pudo ver Pedro que el sepulcro estaba vacío y que los lienzos estaban en el suelo. También hay asientos de piedra a la cabecera y a los pies de la tumba, donde pudieron haber estado sentados los ángeles antes de pararse al lado de las mujeres, para revelarlos que el Señor había resucitado. (Lucas 24:4)

El dintel romano y los nichos excavados en la pared rocosa exterior de la tumba, indican que en un tiempo fué edificada allí una iglesia. Los entendidos consideran que los primeros Cristianos, y quizás los mismos Cruza­dos, posiblemente hayan creído que éste era el lugar donde Jesús fuera sepultado; y para protegerlo y realizar sus cultos cerca del mismo, construyeron allí una iglesia. Probablemente fueron también ellos quie­nes derribaron parte de la pared exterior a fin de poder contemplar directamente hacia la cámara mortuoria mientras realizaban sus servicios religiosos. Actual­mente, esta parte ha sido restaurada con una roca similar. La presente abertura de la pared es quizás dos veces mayor que la original, y un portal de madera provee de protección a la tumba. Entre la cámara y la antecámara, se ha instalado una verja de hierro forjado.

Al frente del sepulcro existe una especie de surco o canal practicado en plena roca. La Guía del Viajero dice que no hay razón para creer que esto haya sido parte de un sistema para abrir y cerrar la tumba, puesto que en tal caso las mujeres que vinieron a traer las especias aromáticas que habían preparado para Jesús, no habrían tenido dificultad alguna en mover la piedra. También dice que posiblemente haya sido utilizado como fuente para alimentar caballos y construida qui­zás por los Cruzados.

Este razonamiento nos extrañó un tanto, por lo que estuvimos deliberando al respecto con el guardián del jardín, señor Salomón J. Mattar, un Cristiano árabe oriundo de Caná (Galilea), que ocupa dicha posición desde 1953. Concordamos en que la zanja en cuestión es muy pequeña para que haya sido expresamente construida para alimentar caballos, y que realmente parece ser más adecuada para hacer rodar por ella la piedra que cerraba la tumba. Dicha piedra posible­mente tuviera un metro y cuarto, o más, de diámetro, y de veinte a treinta centímetros de espesor. Tosca­mente devastada como indudablemente habrá sido, y rozando contra el borde rocoso, no puede haber resul­tado fácil de mover. No en vano las mujeres que acu­dieran a la tumba se dijeron unas a otras: “¿Quién nos removerá la piedra de la entrada del sepulcro?”, y al llegar “vieron removida la piedra, que era muy grande. (Marcos 16:3-4) El señor Mattar nos dijo que reco­mendaría que en la próxima edición de la Guía del Viajero se cambiara la referida explicación.

Cerca de la entrada al sepulcro, se descubrió una fuente bautismal en forma de corazón, excavada en la roca, con la punta de la misma señalando hacia la puerta de la tumba. Debajo del jardín hay tres gran­des estanques, o al menos así se creía hasta hace unos pocos años, cuando uno de ellos se agotó por completo y el señor Mattar descendió dentro del mismo para investigar adonde había ido el agua. Mientras nos contaba esto, él permitió al autor de este artículo entrar en un cuarto subterráneo y descender unos doce metros por medio de una escalera de hierro, hasta el piso. Este cuarto, de unos trece metros de anche por dieciocho de largo, está también excavado en la roca. Sobre la pared oriental existen dos tallados en relieve: uno representa un escudo de las Cruzadas y el otro una cruz de un metro veinte de alto. Del cielorraso pende un gancho, el que seguramente solía usarse para colgar alguna lámpara. No existen muchas dudas en cuanto a la posibilidad de que se trate de una antigua capilla Cristiana subterránea, pero nadie ha podido determinar una fecha apropiada en cuanto a su origen. Es generalmente aceptado que los Cris­tianos no construyeron capillas o iglesias hasta después del tercero o cuarto siglo.

Un día mientras el señor Mattar estaba sacando unos escombros de la entrada al sepulcro, encontró dentro de una grieta una caja de metal conteniendo una hermosa cruz de oro con piedras preciosas incrus­tadas. La caja estaba tan deteriorada que se partió en dos al tomarla, pero la cruz estaba intacta. Nadie sabe cuándo o por qué fué depositada allí.

En la pared exterior oriental de la tumba, existe una cruz pintada, que data del siglo sexto. Sobre la misma, escrita en griego, una leyenda reza: “Jesucristo, Alfa y Omega.”

Estas y otras evidencias dan la pauta de que los primeros Cristianos identificaron y estimaron este se­pulcro como aquél en el que “pusieron a Jesús.”

Sean o no éstos los sitios genuinos donde tuvieran lugar la muerte, sepultura y resurrección del Señor, puede decirse que no existe otro lugar en toda la Tierra Santa que se asemeje más a las descripciones bíblicas. Mirando la cumbre del Calvario de Gordon, es fácil imaginar la posición de las tres cruces con el cuerpo del Salvador en la central de ellas. No es difícil ver con los ojos de la mente aquella tétrica pero conmo­vedora escena en que manos amorosas bajaron a Jesús del madero, lo llevaron al jardín, lo vistieron con lien­zos ―rápidamente, debido a la proximidad del Sábado Judío—, y con ternura lo depositaron en la tumba que fuera apresuradamente alargada para acomodarlo.

Si éste es el lugar donde estos eventos ocurrieran, significa, entonces, que no hay otro sitio más sagrado en toda la tierra, puesto que en la historia del mundo no ha habido acontecimiento comparable, en gloria, al de la resurrección. Nos sentimos infinitamente agrade­cidos hacia las personas que descubrieran estos sitios y hacia aquellos que los mantienen en tan hermoso estado de conservación natural, para gozo e inspiración de los visitantes de la Tierra Santa.

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