Religión y responsabilidad social

Liahona Agosto 1968

Religión y responsabilidad social

Por Lowell L. Bennion

“¿Con qué me presentaré ante Jehová, y adoraré al Dios Altísimo? ...
—Miqueas 6:6

“¿Quién subirá al monte de Jehová? ¿Y quién estará en su lugar santo?”
-—Salmos 24:3

Esta es la ardiente pregunta de las escrituras que hicieron una y otra vez los profetas, salmistas y todo aquel que buscaba fervorosamente a Dios. Y la respuesta no es sólo una; puede expresarse de varias maneras. Todo el que responda a la pregunta puede encontrar un pasaje en las escrituras que co­rrobore su punto de vista. Cualquiera que sea la respuesta, para todo hombre existe la pregunta fun­damental: ¿con qué me presentaré ante Jehová? ¿En qué consiste la vida religiosa?

Dimensiones de la vida religiosa

Toda persona que se considera a sí misma como religiosa, tiene una base para esta creencia y senti­miento. Es religiosa a causa de sus convicciones y su manera de vivir. Es interesante examinar las maneras típicas en que los hombres viven su religión, los patrones de vida y los pensamientos mediante los cuales se aseguran a sí mismos que son religiosos.

Hay por lo menos cinco maneras en que las per­sonas viven su religión; nuestras vidas podrán carac­terizarse por cualquier combinación de las cinco. Aquí se describirán sin ningún esfuerzo por evaluar­las hasta que todas estén ante nosotros.

(1) Un hombre es religioso porque posee ciertas creencias que piensa son verdaderas. Por ejemplo, los Santos de los Últimos Días creen en la restaura­ción del evangelio, los Artículos de Fe, la inspira­ción divina en la vida del Profeta viviente y en otras doctrinas propias de su credo. La creencia es un pilar básico de la vida religiosa.

(2) Un hombre tiende a identificar su vida reli­giosa con el conocimiento de sus creencias. En el campo misional, piensa que es religioso porque aprende las escrituras y estudia los preceptos de su fe, sabiendo que la doctrina contribuye a la seguri­dad de que es religioso.

(3) Otra forma es participar en la Iglesia. Para un Santo de los Últimos Días ésta es fácil y puede ser compensadora. Miles son las formas en que uno puede adorar al Señor, servir a su prójimo, participar de los dones del evangelio y edificar el reino de Dios con manos, corazón, alma y mente; mediante los fanales de la institución que conocemos como la Iglesia de Jesucristo.

(4) Una cuarta y diferente manera de ser reli­gioso es entrando en una relación con la Deidad: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. A esto desea­ríamos llamarle la dimensión espiritual de la vida. Un hombre es religioso en esos momentos y hasta el grado en que siente gratitud, humildad, temor, reve­rencia, adoración, confianza y amor hacia Dios. Estos sentimientos están ilustrados en Salmos:

“. . . Jehová es mi luz y mi salvación; ¿de quién temeré?” (Salmos 27:1)

“Jehová es mi pastor; nada me faltará.” (Salmos 23:1)

“¿A quién tengo yo en los cielos sino a ti? Y fuera de ti nada deseo en la tierra. Mi carne y mi corazón desfallecen; más la roca de mi corazón y mi porción es Dios para siempre.” (Salmos 73:25, 26)

“¿A dónde me iré de tu Espíritu? ¿Y a dónde huiré de tu presencia? Si subiere a los cielos, allí estás tú; y si en el sol hiciere mi estrado, he aquí, allí tú estás. Si tomare las alas del alba y habitare en el extremo del mar, aun allí me guiará tu mano, y me asirá tu diestra.” (Salmos 139:7-10)

(5) La quinta dimensión de la religión está ex­presada en su relación con el prójimo. En nuestra fe Judeo-Cristiana uno vive su religión practicando la justicia y misericordia con los hombres.

“Así que, todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así también haced vos­otros con ellos. . . .” (Mateo 7:12)

“La religión pura y sin mácula delante de Dios el Padre es ésta: Visitar a los huérfanos y a las viu­das en sus tribulaciones, y guardarse sin mancha del mundo.” (Santiago 1:27)

“. . . Amarás a tu prójimo como a ti mismo.” (Mateo 1:27)

Evaluación de la vida religiosa

Estas cinco maneras de ser religioso son legíti­mas. Una persona religiosa tiene creencias las cua­les le animan y dirigen en la vida. Un estudio de éstas debería elevar el conocimiento y profundizar su significado. En la vida de la Iglesia, el creyente recibe instrucción, los dones y bendiciones del evan­gelio y fortalece a sus semejantes; y seguramente la fe en Dios y la consideración hacia el prójimo son maneras fundamentales de vivir la religión.

En los resúmenes de la vida religiosa, se da én­fasis a las dos últimas maneras de ser religioso. Por ejemplo, en el decálogo, los primeros cuatro manda­mientos son referentes a la relación del hombre con Dios, y los últimos seis, a la relación del hombre con sus semejantes. La respuesta de Miqueas a la pregunta: “¿Con qué me presentaré ante Jehová?” encierra los dos mismos énfasis:

“Oh hombre, él te ha declarado lo que es bueno, y qué pide Jehová de ti: solamente hacer justicia, y amar misericordia, y humillarte ante tu Dios.” (Miqueas 6:8)

Y en una manera similar Jesús contestó la pre­gunta: “Maestro, ¿cuál es el gran mandamiento en la ley?” diciendo:

“. . . Amarás al Señor tu Dios con todo tu cora­zón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el primero y grande mandamiento. Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas.” (Mateo 22:36-40)

De estas declaraciones se deduce que la creencia, el conocimiento de la religión, y la participación en la Iglesia tienen poco valor en sí, y para ellos mismos. Para ser eficaz en la vida, deben enseñar a uno a amar a Dios y al hombre. Santiago supo esto:

“Tú crees que Dios es uno; bien haces. También los demonios creen, y tiemblan. ” (Santiago 2:19)

Y Pablo sabía de las limitaciones de conocimien­to sin el amor:

“Y si tuviese profecía, y entendiese todos los misterios y toda ciencia, y si tuviese toda la fe, de tal manera que trasladase los montes, y no tengo amor, nada soy. . . Ahora vemos por espejo, oscu­ramente; más entonces veremos cara a cara. Ahora conozco en parte;… Y ahora permanecen la fe, la esperanza y el amor, estos tres; pero el mayor de ellos es el amor.” (1 Corintios 13:2, 12, 13)

La religión profética comienza con una revela­ción dada al fundador, la cual lo induce a actuar en beneficio del prójimo. Moisés, al estar frente a la zarza ardiente, comprendió que estaba en tierra sa­grada y que Dios lo había llamado porque había vis­to la aflicción de Israel. Jesús pasó cuarenta días en el desierto resistiendo la tentación y recibiendo la fortaleza de su Padre, y después, “anduvo hacien­do bienes.” El apóstol Pablo estuvo frente al Cristo que cambió su manera de pensar y acciones hacia los paganos y cristianos. José Smith vio al Padre y al Hijo, después de lo cual vino la restauración del evangelio con el gran énfasis de llevar a cabo “la inmortalidad y la vida eterna del hombre”. La reli­gión principia con un mensaje de Dios lo cual des­pierta la preocupación del profeta por el hombre.

A medida que la religión se convierte en una institución, el mensaje divino original es a menudo ensombrecido por los intereses humanos. El antiguo amor por Dios y el hombre tiende a ser reemplazado por un gran interés en los asuntos de la organización, ritos, ceremonias, acciones superficiales y en los papeles legales. Esto se encuentra enérgicamente ilustrado en los escritos de Amos, Oseas, Miqueas, Isaías y Jeremías. En esos días, el pueblo escogido de Jehová estaba practicando superficialmente to­das las formas de la religión en el lugar y hora seña­lados, y al mismo tiempo, continuaban felizmente en sus negocios de vender al pobre a la esclavitud por el precio de un par de zapatos, de falsificar pese y medidas, de mezclar desperdicios con el trigo; agobiaban con impuestos a las viudas y huérfanos, sobornaban a los jueces en las cortes, bebían “vino en tazones, y se ungen los ungüentos más preciosos,” y no se “afligen por el quebrantamiento de José”. (Véase Amos 6:6)

Nadie ha declarado tan enfáticamente la nece­dad, futilidad e hipocresía de alabar y honrar a Dios a través de la religión formal, mientras que al mismo tiempo se ignoran y transgreden las obliga­ciones morales hacia los hombres, como los profetas de Israel. Jehová declaró por boca de Amos:

Aborrecí, abominé vuestras solemnidades, y no me complaceré en vuestras asambleas,

“Y si me ofreciereis vuestros holocaustos y vues­tras ofrendas, no los recibiré, ni miraré a las ofren­das de paz de vuestros animales engordados.

“Quita de mí la multitud de tus cantares, pues no escucharé las salmodias de tus instrumentos.

“Pero corra el juicio como las aguas, y la justi­cia como impetuoso arroyo.” (Amos 5:21-24)

Este es el corazón del mensaje profético, repetido como el tema de una sinfonía. Dios es moral por naturaleza, una Persona de integridad y compasión. Ningún hombre puede servirle aceptablemente a me­nos que practique la integridad y misericordia en sus relaciones con el prójimo.1

En las enseñanzas de Miqueas o Jesús, Dios está igualmente interesado en los otros hombres así como lo está en mí, ni más, ni menos. No hay ma­nera de honrar a Dios al mismo tiempo que estamos deshonrando “el trabajo de sus manos.” Esta ense­ñanza fundamental viene repentinamente de las es­crituras. Ilustrémoslo: Amulek exhorta a su pueblo a orar por sus necesidades personales y entonces concluye:

“. . . No creáis que esto es todo; porque si des­pués de haber hecho todas estas cosas, despreciáis al indigente y al desnudo y no visitáis al enfermo y afligido, si no dais de vuestros bienes, si los tenéis, a los necesitados, os digo que si no hacéis ninguna de estas cosas, he aquí vuestra oración será en vano y no os valdrá nada, más seréis como los hipócritas que niegan la fe.” (Alma 34:28)

Juan escribió algo similar:

“El que dice que está en la luz, y aborrece a su hermano, está todavía en tinieblas-” (1 Juan 2:9)

Aplicación en la actualidad

Es fácil discutir principios generales e ilustrar su aplicación en tiempos antiguos. Nadie parece estar profundamente inquieto o molesto por los acontecimientos pasados, pero cuando estas proscripciones bíblicas son interpretadas al idioma actual, parece haber situaciones de defensa y problemas. Alguien ha dicho: “Es muy fácil amar al prójimo (en lo abs­tracto); lo difícil viene cuando nos especializamos.”

En el siglo veinte, la sociedad ha llegado a ser alarmantemente compleja. Los asuntos no son ni sencillos ni claros; esto lo reconocemos. Uno no pue­de regirse por reglas de una era pasada y simple­mente dar al menesteroso y vestir al necesitado. Mu­chos problemas de la sociedad deben resolverse de una manera diferente al de un simple fundamento de persona a persona. Sin embargo, la filosofía bá­sica, el énfasis fundamental que se enseñó a través de las edades, es todavía válido. Para servir a Dios, el hombre debe servir a su prójimo. Quizá discuta­mos la manera de hacerlo pero no el precepto.

Por lo tanto, sin tratar en ningún sentido de juzgar a las personas, concluimos este artículo su­giriendo algunas de las responsabilidades sociales de todos aquellos que desean “subir al monte de Je­hová.” No podemos—más de lo que los antiguos israelitas pudieron—vivir la religión en la soledad de nuestras moradas y capillas e ignorar el efecto de nuestra conducta en la vida de otros, ya sea en los centros comerciales, escuelas, carreteras y caminos.

La vida moderna tiende a ser fríamente imper­sonal. Los seres humanos, fuera del círculo íntimo, se convierten en medio para nuestras metas, autóma­tas que trabajan en nuestro beneficio o nos dan ganancias. Pueden ser sólo estadísticas de los desocupados, personas que mueren anualmente en acci­dentes en carreteras, estudiantes de universidad, e incluso aquellas bautizadas en la Iglesia. Considere­mos algunos conceptos de la preocupación social en esta era del menoscabo de la persona.

Tratos honestos y justos

En estos días de relaciones impersonales de ne­gocios—ejemplificadas con las grandes compañías, supermercados, estaciones de servicio a lo largo de las carreteras, y los contratos gubernamentales—la tentación de ser deshonesto y desconsiderado con las personas se multiplica cada día. Las personas engañarán a un extraño o injustamente obtendrán ganancias del gobierno, pero nunca pensarían en ro­barle a un vecino. Se alteran los velocímetros de los autos con el propósito de volverlos a vender, los in­formes de los impuestos están incompletos, se sube el precio de las mercancías y con propaganda para una venta especial. Los maestros, abogados y doc­tores son tentados a satisfacer sus propios intereses antes que los de sus clientes.

Muchos de nosotros necesitamos afilar nuestro principios de ética y religión y entonces regirnos estrictamente por ellos en los negocios y actividades profesionales. Es fácil vivir una vida doble, una en las relaciones privadas, y otra para los negocios.

Participación en una comunidad grande

La Iglesia, con su rico programa de actividad y dirección secular, tiende a consumir el tiempo libre de sus miembros activos y esto de por sí, es algo bueno. ¿En dónde puede una persona servir mejor a Dios y al hombre? Sin embargo, también somos miembros de una gran sociedad, ciudadanos de la comunidad, el estado, la nación y el mundo. Los Santos de los Últimos Días necesitan ser ciudada­nos responsables en esta comunidad así como en sus círculos religiosos.

Es necesario estudiar y discutir los asuntos so­ciales y políticos de la actualidad en todos los niveles de la sociedad, así como ser activo en la vida cívica. En la ciudad moderna existen numerosas agencias sociales, por ejemplo: servicio familiar, centros de salud mental, consejos de servicio de la comunidad, las cuales necesitan el apoyo verdadero de los bue­nos ciudadanos. Todo adulto Santo de los Últimos Días, con algunas excepciones debido a la salud y circunstancias personales, debe prestar un buen ser­vicio a su comunidad, así como a su Iglesia.

Derechos humanos

El problema más grande en el mundo actual, desde el punto de vista del autor, aún más grande que el comunismo, es la necesidad de que los hom­bres de todas las razas, culturas y sociedades, sien­tan su propio valor y dignidad como seres humanos. El hombre tiene una larga y vergonzosa historia de subyugar y humillar a sus semejantes por razones económicas, políticas, religiosas, raciales y otras.

En el nombre de la religión y la humanidad, esta práctica tiene que llegar a su fin. Los hombres po­drán tener mayores talentos, más posesiones y ven­tajas sobre otros, pero como personas no son supe­riores. Todos somos hijos de la misma tierra y del mismo Creador. Dios ama a uno como a otro, ¿pue­de hacer menos? Todo ser humano tiene la misma necesidad de alimento, vestido, refugio, amor, autorrespeto y habilidad de expresarse. En las palabras del Libro de Mormón:

“Considerad a vuestros hermanos como a vos­otros mismos. . . en su vista un ser es tan precioso como el otro. . . .” (Jacob 2:17, 21)

“. . . pues él (el Señor) hace lo que es bueno entre los hijos de los hombres. . . y los invita a venir a él, y participar de sus bondades; y a ninguno de los que a él vienen desecha, sean negros o blan­cos, esclavos o libres, varones o hembras; y se acuer­da de los paganos; y todos son iguales ante Dios, tanto lo judíos como los gentiles.” (2 Nefi 26:33)

Los hombres son seres sociales. El amor frater­nal es la ley básica del evangelio y la vida, no im­porta cuánto tengamos, ni el puesto que tengamos en el Evangelio o la Iglesia de Cristo; si no tenemos amor “de nada os aprovechará.” “En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros.” El aprender y practicar el amor y la justicia entre los hombres deberá ser nuestra meta principal al someternos al amor de Dios a través de Jesucristo. □

1.-Léase por ejemplo Isaías 1, Oseas 4, Miqueas 3, y Jeremías 7.

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