Los verdaderos valores de la vida

Liahona Agosto 1968

Los verdaderos valores de la vida

Por el presidente David O. McKay

Con toda mi alma, mego a todos los miembros de la Iglesia así como a las personas de todo el mundo, que piensen más en el evangelio; que desarrollen el espíritu que en él se encuentra; que dediquen más tiempo a los verdaderos valores de la vida, y menos a aquellas cosas que se acaban.

Estoy completamente de acuerdo con las admoni­ciones que se han dado en esta conferencia, de resistir las tentaciones que nos rodean. Si los miembros de la Iglesiaadoptaran estas sugerencias, eso sería suficiente para que fueran una “luz” sobre un mon­te, una luz que no se puede esconder. Algunas veces nos referimos a tales enseñanzas como “cositas”, pero en realidad son las más grandes en esta vida. Si pusiéramos más atención a tales consejos, y estu­diáramos más las revelaciones modernas que se en­cuentran en las Doctrinas y Convenios, apreciaría­mos más la magnitud de la gran obra que se ha establecido en esta dispensación.

A menudo se ha declarado que la Iglesia es la cosa más grandiosa del mundo, ¡y lo es! Cuanta más atención le demos—dándonos cuenta de lo bien adaptada que está a nuestra vida, en el hogar y en nuestra vida social—cuanto más estudiemos desde el punto de vista de los descubrimientos científicos y del punto de vista del destino del hombre, más se regocijarán nuestros corazones por la misericordia de Dios para con nosotros al darnos el privilegio de conocer el Evangelio de Jesucristo.

Lo que necesitamos hoy en día es fe en el Cristo viviente, lo cual es más que un simple sentimiento: es un poder que nos induce a actuar, es la fe que pondrá un propósito en la vida y valor en el corazón. Necesitamos un evangelio de aplicación, ese evan­gelio que se predica con actos nobles y que requiere la atención y aún el respeto hacia los enemigos. Una simple creencia en Jesús como un gran maestro, o como el hombre más grande que haya vivido, ha probado ser inadecuada para combatir las enferme­dades de la sociedad y el mundo.

Evidentemente, la necesidad del mundo—y par­ticularmente a la luz de las condiciones actuales que nos rodean—va más allá de una simple aceptación del Hombre de Galilea como el hombre más gran­dioso. Lo que es verdaderamente esencial es la fe en El como un ser divino, ¡como nuestro Señor y Salvador! Es la fe que el apóstol Pedro experimen­tó cuando declaró: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente.” (Mateo 16:16)

Los miembros de la Iglesia reciben las amonesta­ciones de que adquieran la verdad mediante el estu­dio, la fe y la oración, y que busquen todo lo “vir­tuoso, bello, o de buena reputación o digno de ala­banza.” (Artículo de Fe 13)

Las escuelas e iglesias deberían irradiar el hecho de que en la vida hay ciertos fundamentos que nun­ca cambian, los cuales son esenciales para la felicidad de toda alma. Los padres y oficiales en la Iglesia deben enseñar más cuidadosa y diligentemente los principios de la vida y salvación a los jóvenes de Sión y al mundo entero para poder ayudar a la juventud a mantenerse en un nivel apropiado duran­te los años formativos de su vida.

Deseo recordaros jóvenes poseedores del Santo Sacerdocio, que estudiéis nuevamente esa divina re­velación, tan sencilla pero tan eficaz, concerniente al gobierno por el sacerdocio:

“Ningún poder o influencia se puede ni se debe mantener, en virtud del sacerdocio, sino por per­suasión, longanimidad, benignidad y mansedumbre, y por amor sincero;

“Por bondad y conocimiento puro, lo que enno­blecerá grandemente el alma sin hipocresía y sin malicia:

“Reprendiendo a veces con severidad, cuando lo induzca el Espíritu Santo, y entonces demostrando amor crecido hacia aquel que has reprendido, no sea que te estime como su enemigo.” (Doc. y Con. 121: 41-43)

Esta es una maravillosa admonición y lección concerniente al gobierno, no sólo en quórumes del sacerdocio, sino también en nuestro hogar, y natural­mente en todos los aspectos de la sociedad.

Hermanos, el evangelio es nuestra ancla. Sabemos lo que representa. Si lo vivimos y sentimos, si habla­mos bien de él, del sacerdocio, de nuestras familias y vecinos, seremos más felices, y en realidad estare­mos predicando el Evangelio de Jesucristo. Se nos ha dado la responsabilidad de comunicar el evan­gelio a nuestro prójimo. Algunos de nosotros espera­mos hasta que nos llegue una oportunidad especial de proclamar el Evangelio de Jesucristo, y sin em­bargo recae sobre nosotros el deber de proclamar esas buenas nuevas cada día de nuestra vida. Lo proclamamos con nuestros actos, en el hogar, los ne­gocios, los círculos sociales, la política; de hecho, dondequiera que nos asociemos con las personas que nos han dado esta responsabilidad de propagar las buenas nuevas a todo el mundo.

Vigilemos nuestros pensamientos y lengua. Una de las mejores maneras de edificar un hogar, ya sea en una ciudad, estado o nación, es siempre hablando bien de ese hogar, ciudad, estado o nación. Contro­lemos siempre nuestra lengua.

Dios bendiga a los miembros de la Iglesia por su devoción y lealtad, por sus oraciones en beneficio de todas las Autoridades Generales y oficiales. Vos­otros sabéis, y yo os aseguro, que esas oraciones son eficaces.

Os testifico, así como a todo el mundo, que la inspiración y protección de un Padre Celestial mise­ricordioso son verdaderas; Él está al cuidado de la Iglesia, y sé con todo mi corazón que no es tan sólo una fuente abstracta y alejada como algunos pien­san; es un Padre benévolo, que cuida por el bienes­tar de sus hijos y está alerta y dispuesto a escuchar y contestar sus llamados. La respuesta podrá ser negativa, como algunas veces un padre sabio da una respuesta negativa a su hijo suplicante, pero Él está listo para escuchar y contestar en el momento que sea más propicio para el que suplica.

Dios bendiga a nuestros misioneros que se en­cuentran en las 78 misiones del mundo. Estos mara­villosos jóvenes y señoritas con fuertes testimonios del evangelio, ricos en fe y excelentes representantes del Señor y su Iglesia. Estamos orgullosos de todos ellos. Estamos agradecidos a nuestros presidentes de misiones y a estos misioneros por su servicio de­sinteresado. Estamos agradecidos también por los padres y otras personas que apoyan a estos jóvenes.

Las palabras son insuficientes para expresar la angustia y pena que sentimos por los sufrimientos que han ocurrido en varios hogares a causa de las víctimas de la guerra. Nuestras oraciones están con los jóvenes que están poniendo todo lo que está de su parte por preservar la libertad y otros derechos inherentes del hombre. Mi corazón está rebosante de gratitud y agradecimiento por los informes que me han traído personalmente acerca de su fe en Dios, de su lealtad y de las largas distancias que tienen que viajar para asistir a las reuniones de la Iglesia. ¡Pensad lo que significa para ellos la confianza en Cristo, su Redentor, mientras se encuentran luchando contra las tentaciones, penas y horrores de la guerra! Les da consuelo en el momento en que se sienten solos o desalentados; hace su determinación más eficaz para mantenerse moralmente limpios y en condición de prestar servicio; les da valor al cum­plir con su deber; los llena de esperanza cuando es­tán enfermos o heridos; y si afrontan lo inevitable, llena sus almas con la confianza de que así como Cristo vivió después de la muerte, ¡también ellos vivirán! Que Dios bendiga y proteja a estos hombres en las Fuerzas Armadas.

Que Dios os bendiga representantes regionales, presidentes de estaca, obispos y todos los oficiales de la Iglesia que estáis sirviendo y dando vuestro tiempo para la edificación del reino de Dios.

Que vosotros padres y madres seáis bendecidos en vuestros hogares; que busquéis sabiduría y en­tendimiento para dar a vuestros hijos salud y carác­ter limpio y sin mancha. La tarea más grande que los padres tienen que efectuar es el entrenamiento y desarrollo religioso del carácter de sus hijos.

Que Dios os bendiga a cada uno de vosotros y a las personas en todo el mundo. Que nos volvamos hacia Él y busquemos los valores verdaderos de la vida y los más espirituales. Él es nuestro Padre; El conoce nuestros deseos y esperanzas; y nos ayudará si lo buscamos y aprendemos acerca de Él.

Mis bendiciones os acompañan ahora que regre­sáis a vuestros hogares. Que Dios nos ayude a todos a desempeñar nuestras responsabilidades y de esta manera crear un ambiente en el hogar, escuela, Igle­sia y nuestra comunidad que sea de progreso, sano e inspirador. Lo ruego en el nombre de Jesucristo. Amén. □

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