Enseñar es más que decir

Liahona Agosto 1968

Enseñar es más que decir

Por Lyman C. Berrett

Hace algún tiempo, dos niños se encontraban cruzando una calle. Cuando estaban en medio de la misma, el menor se soltó de la mano de su hermano mayor, precipitándose hacia un automóvil. El niño murió instantáneamente. Los padres sin pensarlo bien acusaron al hermano de ser el respon­sable de la muerte de su hermano menor.

Tan traumática fue la experiencia de la muerte repentina de su hermano y las acusaciones de sus padres, que el niño se aisló en una coraza y pronto empezó a ser un problema en su casa y en la es­cuela. El que antes fuera un niño modelo, llegó a ser un déspota.

Los oficiales de la escuela trataron de expulsarlo porque llegó a ser intolerable, y parecía que nadie podía controlarlo. Sin embargo, la coraza por fin fue penetrada por una comprensiva maestra de la Iglesia. Mostrando amor y preocupación por él, ésta pudo gradualmente enterarse de la razón de su pro­blema; cuidadosamente se ganó su confianza. En la última conferencia con los oficiales de la escuela pública antes de que el niño fuera expulsado, el con­sejero le preguntó si tenía a alguien que pudiera ayudarlo antes de que fuera demasiado tarde. El niño entonces nombró a su maestra y preguntó si ella podría estar presente en la conferencia y expli­car la razón de sus problemas. Pronto se le com­prendió y con consejos profesionales el niño res­tauró su buen comportamiento.

El punto al que se debe dar énfasis en cuanto a este incidente, es que una maestra se preocupó lo suficiente por saber más acerca del alumno, no sola­mente su nombre; se preocupó por conocerlo per­sonalmente; por llegar a comprometerse personal­mente en la vida de él. La maestra mostró amor por el alumno haciendo algo por él; se interesó por él y lo amó lo suficiente como para darle algo más que meros datos en la clase.

La mayoría de los maestros reflejan su filosofía personal en la clase. Los polos opuestos de pensa­mientos filosóficos en cuanto al valor de los jóvenes se pueden expresar en las siguientes declaraciones. (1) “Para el existencialismo, el hombre es un deri­vado de la nada, es prácticamente nada, y está des­tinado a la nada.” (Truman G. Madsen, Eternal Man, p. 28.) (2) Los habitantes de la tierra son hijos e hijas de Dios, y como tales, tienen el poten­cial de llegar a ser dioses. (Ver Doc. y Con. 76:24)

Probablemente sería difícil encontrar una maes­tra en la Iglesia que crea literalmente en la primera declaración, pero la observación ha mostrado que algunos maestros no creen en la segunda tampoco. Parecen tener la actitud de: “No importa lo que diga a estos chicos; de todas maneras terminarán metidos en algún problema.”

Los psicólogos han verificado la importancia de las grandes enseñanzas del Salvador en cuanto al amor. El único mandamiento que viene inmediata­mente a la mente del autor y que el Salvador dio al hombre cuando vivió en la tierra tiene que ver con el amor. (Ver Juan 13:34-25 y Mateo 22:34-40) El psicólogo, Louis P. Thorpe, ha escrito: “Las ne­cesidades fundamentales del hombre. . . animar al individuo a comportarse en la manera calculada para satisfacer sus demandas. La naturaleza humana se entiende más rápidamente desde el punto de vista de estas necesidades y su satisfacción. . . . Sin embargo, la siguiente fórmula, parece útil como funda­mento de las tendencias del comportamiento. 1. La necesidad de mantenerse bien físicamente; 2. La necesidad de reconocimiento personal o ser consi­derado como una persona de mérito e importancia; 3. La necesidad de seguridad, amor, afecto, comodi­dad y resguardo.” (Louis P. Thorpe, The Psychology of Mental Health, New York: Ronald Press; pp. 39- 40)

¿Ha pensado alguna vez en porqué a los alumnos les gustan ciertas personas más que otras, cooperan con ellas más ampliamente, o confían y están más ligados a ellas? Las personas que gozan de esta clase de armonía con la juventud son aquellas que demuestran su amor por ellos. En el caso de un maestro, lo que más influye en los alumnos no es el decirles que los ama, sino el involucrarlos, animarlos, y aceptarlos.

Los maestros que aman a sus alumnos llegan a penetrar en sus vidas y actividades; saben cuándo uno de ellos recibe un premio y lo elogian en forma apropiada y sincera; saben cuándo es el cumpleaños de uno de sus alumnos, le envían una tarjeta, lo lla­man por teléfono o le dan algún obsequio. Los maes­tros que aman a sus alumnos simplemente no se pueden aislar de la vida de éstos. Un entusiasta “muy bien hecho” al alumno que ha ganado en un juego deportivo, coro, banda, o drama, hace saber a esa persona cómo su maestro se interesa y preocupa por él.

Hay muchas maneras por medio de las cuales un maestro puede mostrar su amor a los alumnos, tales como animarlos a que vivan de acuerdo con las normas de la Iglesia, a ponerse del lado de la decencia y la rectitud, a obedecer las leyes y ser ejemplos apropiados, y a conformarse haciendo sola­mente lo mejor. Hay ejemplos de héroes genuinos que los maestros pueden llevar a su clase para re­forzar sus lecciones en estos puntos; los alumnos necesitan saber que no están solos, que no son anticuados, incautos o patanes, si se mantienen den­tro de las normas de la Iglesia. Los maestros pueden animarlos en sus quehaceres, mostrándoles interés genuino, o pueden desanimarlos fallando al darles el reconocimiento apropiado. Los comentarios fa­vorables de un maestro acerca de los estudiantes que son buenos ejemplos en el vestir, deportes, normas o asistencia, fortalecerán a la juventud hasta el pun­to en que estas actitudes lleguen a ser una forma de vida.

Muchas veces se oye decir a los alumnos, “¿A quién le importa? La última vez hice esto y esto y no recibí nada más que las gracias.” El agradeci­miento es una cortesía común que ningún maestro debería olvidar. Un simple “gracias,” lo reconocen tanto los adultos como los jóvenes. Es más que expresar aprecio; muestra que alguien está intere­sado, se preocupa y desea premiar y animar.

Los maestros que aman a sus alumnos recorda­rán que enseñar es más que decir. Los jóvenes aprenden haciendo. Parecería que la clave está en hacer, no solamente lo que ellos pueden y deben hacer por sí mismos, sino también lo que es nece­sario hacer por ellos. Esto puede incluir cosas como animarlos a vivir las normas de la Iglesia, darles oportunidades de servir, saber lo que están haciendo, mostrarles que se les acepta como gente digna y que son hijos de Dios con potenciales divinos, y hacerles saber que el maestro se interesa por ellos.

El Salvador preguntó a Pedro, “¿Me amas?” Pe­dro le contestó, “Tú sabes que te amo.” Él le dijo, “Apacienta mis ovejas.” Tres veces el Maestro pre­guntó a Pedro si lo amaba, y tres veces Pedro con­testó que sí, que lo amaba. En cada ocasión el Maes­tro pidió a Pedro que hiciera una cosa: apacentar sus ovejas. (Ver Juan 21:15-17)

Maestros de la Iglesia, haced algo por vuestros alumnos: Amadlos, y para amarlos debéis hacer algo por ellos.               □

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