El obispo

Liahona Agosto 1968

El obispo

Por Victor L, Brown
Del Obispado Presidente

En la sección central de este histórico Taber­náculo se encuentra un grupo de hombres de diversas partes del mundo; cada uno posee responsa­bilidades que lo diferencian de las otras personas que no pertenecen a este grupo. Casi todos los fines de semana tenemos la oportunidad de visitar a los obispos de la Iglesia en sus propias estacas; hoy tenemos el privilegio de tenerlos con nosotros en esta conferencia general. Sentimos un gran amor y respeto por ellos y estamos agradecidos por la gran obra que están desempeñando.

Antes de que me nombraran como obispo, sabía muy poco acerca de las responsabilidades de este cargo; he pensado que quizá otros miembros de la Iglesia carezcan de información, como pasó conmigo. El obispo es, o debería ser, una de las personas más importantes en la vida de todo miembro de la Igle­sia. Si es importante para nosotros, entonces nos­otros debemos ser importantes para él. Ruego que pueda decir algo que acerque más a los obispos a sus miembros, pero aún más, los miembros a sus obispos.

Para entender al obispo, debemos saber algo acerca de sus responsabilidades, las cuales son bas­tantes. El tiempo es limitado, así que sólo discutire­mos unas pocas. Primero, revisaremos dos de sus responsabilidades temporales: el cuidado del nece­sitado, y las finanzas.

En conexión con el Programa de Bienestar, fre­cuentemente escuchamos esta declaración; que la Iglesia cuida de lo suyo. El obispo es la clave prin­cipal al administrar el Programa de Bienestar, él y sólo él, determina quién recibirá ayuda, la manera en que la recibirá y, con la ayuda de la presidenta de la Sociedad de Socorro, hasta qué grado.

El obispo afronta esta asignación con un espíritu de amor, benevolencia y entendimiento. Una de sus metas principales es ayudar a las personas a conservar su autorrespeto y dignidad; y tiene ciertos principios sobre los cuales se basa para la adminis­tración de dicho programa.

El primer principio es que se espera que nos­otros, como miembros de la Iglesia, tengamos con­fianza en nosotros mismos y seamos independientes. Se nos amonesta a que tengamos almacenaje de ali­mentos en reserva para casos de serias dificultades. Si las circunstancias tales como un serio accidente o enfermedad resultaran en necesidad de ayuda, de­bemos recurrir a nuestras familias; si éstas no pue­den ofrecernos ayuda, es entonces que debemos ir al obispo.

Después de una cuidadosa investigación personal, el obispo decide sí la Iglesia debe prestar ayuda. Si su decisión es afirmativa, ésta deberá limitarse a las necesidades de la vida, y sólo hasta que la familia pueda valerse por sí misma nuevamente. El obispo no tiene la responsabilidad de sacarnos de nuestros problemas financieros causados por el imprudente manejo de nuestro salario.

Si él nos presta ayuda, espera que trabajemos por ella si estamos físicamente capacitados; su mo­tivo al hacer esto es ayudarnos a mantener el auto­rrespeto y no sentir que estamos recibiendo limosna. Francamente, muchas veces le sería mucho más fá­cil dar limosna; pero reconoce esto como un mal, y su deseo es beneficiarnos con este programa, y no debilitamos.

Hay muchas otras facetas referentes a este pro­grama, tales como las ofrendas de ayuno, proyectos de bienestar, presupuestos y almacenes del obispo. Como miembros de la Iglesia, se espera que respon­damos al llamado del obispo y su comité de bienes­tar en cada fase de dicho programa. En algunos lugares del mundo, este programa de bienestar es muy limitado; en tales casos, se espera que de todos modos apoyemos al obispo dentro de las normas establecidas.

En cuanto a las finanzas: el obispo debe recurrir a los miembros de su barrio para la ayuda financiera que sea necesaria para llevar a cabo los asuntos del barrio.

Uno de los problemas que más preocupa a los obispos es el de recolectar los fondos para el presu­puesto del barrio. Dichos fondos se necesitan para los gastos de las organizaciones del barrio y los cos­tos de mantenimiento de la capilla. Nosotros, como miembros del barrio, podemos ser una gran ayuda para el obispo si respondemos a sus peticiones por ayuda financiera. El Señor dijo que si pagábamos nuestros diezmos y ofrendas, abriría las ventanas del cielo y derramaría tantas bendiciones que casi no habría lugar para ellas.

El obispo sabe que todos los fondos que él re­cibe son sagrados, y que se aceptan como ofrendas voluntarias. Mediante nuestra voluntad para sostenerlo en los asuntos financieros, aligeramos su carga.

Hasta ahora hemos discutido sólo los asuntos temporales; ahora hablemos acerca de algunas de sus responsabilidades espirituales.

Por revelación del Señor, el obispo es el presi­dente del quorum de presbíteros. Él y sus conse­jeros constituyen la presidencia del Sacerdocio Aarónico de su barrio; él es la piedra angular en todos los asuntos referentes a los jóvenes de ambos sexos, y recibe ayuda de sus consejeros, maestros orienta­dores, secretarios generales, asesores, oficiales de las organizaciones auxiliares y maestros; pero con todo ello, él es la piedra angular en todo lo que se lleva a cabo.

Jóvenes: el obispo ha sido llamado mediante la inspiración de nuestro Padre Celestial para ser vues­tro consejero espiritual; ha sido designado como juez común por el Señor; él tiene una bendición es­pecial que le confiere el poder de discernir y enten­der; a él es a quien tenemos que acudir para con­fesar nuestros pecados. Tenemos que hacer esto si deseamos arrepentimos verdaderamente; el obispo reconoce que mediante la bendición del Señor él pue­de ser un juez, y a menos que sea justo, está sujeto a la condenación, ya que en las escrituras dice: “Que los derechos del sacerdocio están inseparable­mente unidos a los poderes del cielo, y que éstos no pueden ser gobernados ni manejados sino conforme a los principios de justicia.

“Cierto es que se nos confieren; pero cuando tratamos de cubrir nuestros pecados, o de gratificar nuestro orgullo, nuestra vana ambición, o de ejercer mando, dominio o compulsión sobre las almas de los hijos de los hombres, en cualquier grado de in­justicia, he aquí, los cielos se retiran, el Espíritu del Señor es ofendido, y cuando se aparta, ¡se acabó el sacerdocio o autoridad de aquel hombre!” (Doc. y Con. 121:36-37)

El obispo está inalterablemente opuesto al pe­cado en cualquier forma, al mismo tiempo que tiene gran comprensión y misericordia por el pecador. Re­conoce muchos problemas de la vida y está listo para dar ayuda, especialmente cuando lo que está suce­diendo es algo difícil. Él puede ayudarnos en mu­chas formas sí le damos la oportunidad. Cualquier cosa que le confiéis permanecerá como un secreto. Deseo exhortaros a que dejéis que vuestro obispo os bendiga con su sabiduría; escuchadlo, él nunca estará demasiado ocupado para atenderos.

Existe otra responsabilidad básica espiritual que puede sobrepasar a todas las demás. El obispo es el padre espiritual del barrio, el sumo sacerdote que dirige; esta responsabilidad se extiende como un inmenso paraguas que nos cubriera a todos.

Él tiene un número de personas que lo ayudan en esto: los maestros orientadores. Esta es una responsabilidad de los poseedores del sacerdocio, la cual, si se lleva a cabo devotamente, quitará una gran carga de los hombros del obispo. El maestro orientador es en realidad un ayudante del obispo; él es el que se pone más en contacto con la familia. Un obispo comentó que uno de los más grandes cum­plidos que había recibido fue cuando una familia llamó primero al maestro orientador en un caso de enfermedad. El presidente McKay ha dicho que si los maestros orientadores desempeñan su deber, és­tos deben ser llamados antes que el obispo en un caso de muerte en la familia. Deseo exhortar a todo maestro orientador a que aprecie su responsabilidad y lleve a cabo su deber como ayudante del obispo.

Como padre del barrio, el obispo tiene muchos otros ayudantes; todo oficial y maestro le presta ayuda. Nosotros, como miembros del barrio, tene­mos la responsabilidad de responder a los llamados del obispo. El deberá poder depender de nosotros al llevar a cabo nuestras asignaciones; él necesita la ayuda de todos. Con esa ayuda, no sólo la obra del Señor progresa, sino que personalmente somos ben­decidos con una felicidad que no puede venir de ninguna otra fuente, a causa de que mostramos amor por nuestro Padre Celestial; porque las escrituras dicen: “, . . cuando os halláis en el servicio de vuestros semejantes, sólo estáis en el servicio de vuestro Dios.” (Mosíah 2:17)

¿Quién es este obispo del que hemos estado ha­blando? Podrá ser el vecino, el hijo de vuestros amigos íntimos, podrá ser ese muchacho ruidoso que teníais en la clase de la Escuela Dominical hace sólo unos pocos años, aquél a quien estuvisteis a punto de expulsar de la clase, para que nunca jamás re­gresara.

Casi siempre es esposo, generalmente padre, siem­pre el que gana el sustento. Afronta todos los pro­blemas que tenemos, tiene sus flaquezas e imperfec­ciones, sus gustos y aversiones y también su idio­sincrasia. Sí, es un ser humano, un ser humano especial a causa del llamamiento especial con una bendición también especial. Esto es lo que el Señor dijo que tiene que ser: “Pero es necesario que el obispo sea irreprensible, marido de una sola mujer, sobrio, prudente, decoroso, hospedador, apto para enseñar;

“No dado al vino, no pendenciero, no codicioso de ganancias deshonestas, sino amable, apacible, no avaro;

“Que gobierne bien su casa, que tenga a sus hijos en sujeción con toda honestidad.

“(Pues el que no sabe gobernar su propia casa ¿cómo cuidará de la Iglesia de Dios?)

“No un neófito, no sea que envaneciéndose caiga en la condenación del diablo.” (1 Timoteo 3:2-6)

Este hombre, vuestro obispo, no solicitó el pues­to, ni siquiera se ofreció como voluntario. Es más factible que aceptara el llamamiento con temor, sin embargo, con la fe y deseo de perfeccionarse a sí mismo como una medida de lo que el Señor espera de él.

Su leal y amorosa esposa y sus hijos también han aceptado compartir su responsabilidad, al no quejarse cuando está fuera de casa la mayor parte del tiempo, estando siempre alegres cuando el telé­fono suena a la hora de la comida o a las tres de la mañana, y al estar dispuestos a llevar a cabo algu­nas de las responsabilidades que normalmente co­rresponden al esposo y padre.

Que el Señor derrame sus más ricas bendiciones sobre estos maravillosos y fieles obispos, sus esposas e hijos; y ojalá que nosotros, los miembros de sus barrios, respondamos a sus llamados, aun cuando al­gunos de ellos parecen tan jóvenes, y a pesar de que nosotros no los hubiéramos escogido. El Señor nos bendecirá por sostener a los siervos que ha lla­mado a dirigirnos.

Os doy mi testimonio de que esta es la Iglesia de Jesucristo, que los obispos de la misma han sido llamados por nuestro Padre Celestial mediante la inspiración extendida a aquellos que nos dirigen, en el nombre de Jesucristo. Amén. □

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