“Nacer nuevamente”

6 de Abril 1968

“Nacer nuevamente”

El presidente Alvin R. Dyer

El siguiente es el texto del discurso pronunciado por el presidente Alvin R. Dyer en la sesión de la tarde del sábado, 6 de abril de 1968 durante la 138a. Conferencia General Anual.

Ciento a mi querida esposa a mi lado, ella, junto con mi familia han sido una gran ayuda para mí en mi esfuerzo por servir al Señor.

Hace muchos años un hombre de la ley buscó a Jesús de Nazaret para preguntarle cuáles eran los re­quisitos que un hombre debía cumplir para llegar a la vida eterna. La respuesta que le dio el Señor, aunque simple, no fue entendida completamente por este hombre docto en la sabiduría de los hombres. El Señor le dio la respuesta de que el hombre debe “nacer nuevamente” si es que quiere entrar en el Reino del Cielo y vivir otra vez en la presencia de Dios, el Padre, y de su Hijo, Jesucristo.

El nacer nuevamente es una parte esencial para la conversión al evangelio, tal como Cristo instruyó a Nicodemo. Pero los hombres tienen en una manera simi­lar, aunque tal vez no con la misma potencia, muchos renacimientos de diferentes formas en el curso de la vida mortal. Usualmente estos renacimientos están re­lacionados con hechos importantes o casi tragedias. Pero el “nacer nuevamente” no es parte de la regeneración en las vicisitudes de la vida.

Recuerdo haber estado al borde de la muerte en dos ocasiones, una siendo un niño de la edad de los diáconos cuando estúpidamente me puse un alfiler de sombrero en la boca. Estaba sentado en el sillón al lado de la ventana cuando el ruido súbito de un trueno hizo que me lo tragara. Cuando me di cuenta de lo que había hecho me asusté grandemente. Me puse de rodillas y oré para que ese accidente no me causara la muerte. Le prometí al Señor en ese momento que le serviría todos los días de mi vida. Creo que en esa comunicación con el Señor tuve un “renacimiento”.

En otra ocasión, junto con mi esposa May y nuestros dos hijos, Gloria y Brent, fuimos a la playa en California después de un viaje por el desierto, en un auto sin aire acondicionado. Pronto nos pusimos los trajes de baño y nos dirigimos a la playa; mi esposa y los niños se detu­vieron para jugar en la arena disfrutando de la fresca brisa, pero eso no fue suficiente para mí; me lancé en el océano y comencé a nadar internándome en el mar sin darme cuenta de cuán lejos iba, y cuando traté de re­gresar me di cuenta que estaba en una corriente que no me dejaba avanzar. Luché con todas mis fuerzas pero mis esfuerzos no dieron resultado.

Pronto comprendí la situación y me enfrenté con la posibilidad de ahogarme y no volver a ver a mis seres queridos. En unos pocos segundos pasaron por mi mente los recuerdos de mi vida, y nuevamente supliqué que fuera rescatado de la situación en que yo mismo me había metido, al entrar en el agua sin prestar atención a la señal indicada por una bandera roja.

Comencé a gritar pidiendo ayuda, y a pesar del ruido producido por las olas y la niebla, mis gritos fueron es­cuchados por un salvavidas que vino a mi rescate en un bote, justo cuando mis fuerzas se estaban terminando.

Llegamos a la costa después de expresar mi agra­decimiento al guardia, me senté sobre la arena a medi­tar y dar gracias a mi Padre Celestial. Creo que ese día volví a nacer, comprendí lo que significa estar vivo y tuve el sentimiento interior de tratar de vivir una vida digna.

Tal vez el “renacer” significa tener otra oportunidad, renovar nuestros esfuerzos para hacer nuestra parte. Mu­chas veces en mi vida he sentido eso al recibir llama­mientos para servir al Señor. Tuve ese sentimiento cuan­do fui llamado al apostolado en la conferencia de octu­bre próximo pasado. En este día siento como que un nuevo “renacimiento” está teniendo lugar.

A menudo ciento remordimiento ante la idea de no haber pensado bien de otros, y tal vez ante la posibilidad de que otros no hayan pensado bien de mí. Hay hom­bres que se dedican a ciertos temas a los cuales me opongo, pero trato de no tener sentimientos adversos hacia esas personas.

Si mi vida fuera cortada en este momento, o fraca­sara en mi “renacimiento”, de todas maneras estaría agra­decido por lo que he tenido durante mi existencia.

Estoy agradecido, a tal punto que no se puede expre­sar con palabras, por la comprensión del presidente Mc­Kay a quien quiero profundamente. Nuestro afecto y re­lación comenzó hace muchos años.

Al pensar en él, recuerdo una visita que hizo a una reunión sacramental en el barrio en el que yo servía como obispo. Dijo que había venido por su propia volun­tad porque había tenido noticias del éxito que teníamos con la juventud. Su visita, para aquellos que estuvieron presentes, será inolvidable, y para mí fue el principio de un afecto por un gran hombre, verdadero Profeta de Dios, que es inspirado y que todavía está al timón de esta gran obra.

Sus cartas y conversaciones telefónicas mientras pre­sidía la Misión Europea fueron siempre evidencia de su profundo interés y siempre me aseguraron de su con­fianza. Recuerdo una llamada telefónica que recibí en Noruega a las dos de la madrugada mientras permane­cía desvelado en mi cama; necesitaba alguna clase de apoyo por causa de algo que había sucedido y me tenía preocupado; la voz del presidente McKay a esa hora fue como una luz del cielo.

Ahora estoy agradecido por la asignación que me ha dado de ser un vigía sobre Misurí, tierra consagrada y dedicada para la gran obra de nuestro Padre Celestial en los últimos días.

En muchas ocasiones he sentido un acercamiento es­piritual con el presidente McKay, he puesto mi mejilla contra la suya y he sentido la humedad de sus lágrimas. Me siento profundamente agradecido por su confianza que nunca traicionaré.

También aprecio la confianza de los hermanos inves­tida sobre mí, tengo un respeto ilimitado por su devoción y valor en la administración de los asuntos de la Iglesia.

Esta es la obra del Señor, mis hermanos, y no debe­mos temer el resultado triunfal de la misma. Tenemos un Profeta que nos preside, por medio de quien como muchas veces he testificado, Dios se comunica.

Recordad las palabras que le dijo el Señor al profeta José Smith en un momento de frustración. Lo que era válido en esa época también lo es en ésta.

“Las obras, los designios y los propósitos de Dios no pueden ser frustrados ni anulados.

“Porque Dios no anda por vías torcidas, ni se vuelve a la derecha ni a la izquierda, ni se aparta él de lo que ha dicho, por lo tanto, sus sendas son rectas y su curso, un giro eterno.

“Recuerda, recuerda que no es la obra de Dios la que se frustra, sino la obra de los hombres.” (Doc. y Con. 3:1-3)

También tenemos otra declaración del Señor en la época en que los santos fueron forzados a salir de la tierra consagrada del Condado de Jackson en Misurí, la cual había sido designada por el Señor como un lugar de refugio en donde recibirían sus herencias, y en donde, cuando el Señor lo determinara, se edificaría la Nueva Jerusalén.

El profeta José oró fervientemente para saber cuál era la razón de esa tribulación. También envió una carta a los afligidos santos, en la que reconocía el gran sufrimiento que los santos de Misuri habían soportado, y el hecho de que los inocentes estaban pagando por los pecados de los culpables. Esto es lo que escribió:

“. . . difícilmente puedo contener mis sentimientos cuando sé que vosotros, hermanos míos, con quienes he pasado horas tan felices—sentados, por decirlo así, en lugares celestiales en Cristo Jesús; y teniendo el testi­monio que siento y que siempre he sentido de la pureza de vuestros motivos—sois echados fuera y venís a ser como extranjeros y peregrinos sobre la tierra, padeciendo hambre, frío, desnudez, peligros y la espada. Sí, cuando pienso en estas cosas, difícilmente puedo refrenarme de hablar y murmurar contra esta dispensación; pero sé que no sería bueno, y ruego a Dios que no obstante vuestras aflicciones y sufrimientos, El no permita que nada os separe del amor de Cristo.” (DHC 1:54)

En la respuesta que el Señor le dio a José Smith es donde encontramos esas palabras que nos dan seguridad y consuelo:

“Consuélense, pues, vuestros corazones concerniente a Sión, porque toda carne está en mis manos; estad quie­tos y sabed que soy Dios.

“Sión no será quitada de su lugar, a pesar de que sus hijos son esparcidos.

“Los que quedaren, y fueren puros de corazón, vol­verán a sus heredades, ellos y sus hijos, con cantos de gozo sempiterno, para poblar los lugares desolados de Sión.” (Doc. y Con. 101:16-19)

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