La Palabra de Sabiduría

7 de Abril de 1968

La Palabra de Sabiduría

Por el presidente N. Eldon Tanner

El siguiente es el texto completo del discurso del presiden­te N. Eldon Tanner, pronunciado a las 10:00 horas del domingo 7 de abril de 1968, durante la 138a. Conferen­cia General Anual en el Tabernáculo.

Hace 135 años, un Profeta de Dios nos dio una revelación conocida como “Una Palabra de Sabi­duría. . . dada como un principio con promesa, adap­tada a la capacidad del débil y del más débil de todos los santos, que son, o que pueden ser llamados santos. He aquí, de cierto, así os dice el Señor: Por motivo de las maldades y los designios que existen y que existirán en los corazones de hombres conspiradores en los últimos días, os he amonestado, y os prevengo, dándoos esta pala­bra de sabiduría por revelación.” (Doc. y Con. 89:1-4) Entre otras cosas, nos amonesta contra el uso del tabaco y las bebidas alcohólicas.

Y entonces nos da esta promesa:

“Y todos los santos que se acuerden de guardar y hacer estas cosas, rindiendo obediencia a los manda­mientos, recibirán salud en sus ombligos, y médula en sus huesos;

“Y hallarán sabiduría y grandes tesoros de conoci­miento, aun tesoros escondidos;

“Y correrán sin cansarse, y no desfallecerán al andar.

“Y yo, el Señor, les hago una promesa, que el ángel destructor pasará de ellos como de los hijos de Israel, y no los matará.” (Doc. y Con. 89:18-21)

Nosotros, como miembros de la Iglesia, hemos con­siderado la Palabra de Sabiduría como una dirección del Señor mismo, con una amonestación y una promesa. En la actualidad, con la evidencia científica a disposición de todos, el mundo entero debería, no importa la religión o raza, observar esta advertencia científica.

Diariamente leemos en los periódicos y revistas en­cabezamientos alarmantes como: CIGARRILLOS CAU­SAN INCENDIO Y MUERTE EN UN APARTAMEN­TO — AUMENTA LA DEMANDA DE DROGAS ENTRE LA JUVENTUD

Estos señalan claramente los peligros del tabaco, dro­gas y alcohol. A causa de estos grandes peligros, mis propias experiencias y observaciones, y a causa de la profunda preocupación que tenemos por nuestra juven­tud, quienes determinarán el futuro de este gran país y del mundo, he decidido discutir las perversidades del alcohol, drogas y tabaco.

Antes de hacerlo, sin embargo, deseo aclarar perfec­tamente que a través de mi vida, algunos de mis com­pañeros íntimos de negocios eran hombres que usaban el tabaco y el alcohol. Muchos de ellos eran muy ca­paces y tenían gran éxito en sus negocios, se preocupa­ban por su comunidad y se les tenía en alta estima; y ciertamente no deseo criticar o dudar del carácter de ellos u otros que hacen uso de los mismos. Pero doy énfasis a mi preocupación por los peligros en conexión con su uso. Muchos hombres han dicho: “Ojalá que nunca hubiera tocado la cizaña o el vicio; son realmente una maldición.”

Últimamente se ha dicho tanto acerca de los peli­gros del tabaco que parecería redundante que pasara tiempo revisando las estadísticas al respecto. Sin embargo, deseo dar varios hechos y cifras con relación a las con­secuencias del cigarrillo.

El Colegio Real Británico de Médicos informó que 400 ingleses por semana, o 20.000 personas, murieron el año pasado en la Gran Bretaña de cáncer pulmonar cau­sado por fumar cigarrillos. Aquí en Utah, se estima que en 1966 se gastaron 20 millones de dólares para la com­pra de cigarrillos, o sea $21.69 por cada hombre, mujer y joven en el estado; y esto es menor que el promedio nacional.

La Asociación Americana de Salud Pública ha de­clarado que se espera que un millón de los jóvenes en edad escolar que hay actualmente morirán de cáncer pul­monar antes de llegar a los 70 años. Estas asombrosas predicciones deberían ayudarnos a darnos cuenta de que debemos redoblar nuestros esfuerzos para educar a los jóvenes sobre los efectos nocivos del tabaco a fin de que estén mejor preparados para afrontar el problema.

Habiendo tenido un amigo íntimo y un pariente que murieron de cáncer pulmonar causado por el cigarrillo, siento el fuerte deseo y la determinación de hacer lo que pueda para salvar a otros jóvenes de este horrible hábito. Ha surgido la pregunta de cuán eficaz podrá ser una campaña contra los cigarrillos, si los jóvenes constan­temente encuentran adultos, incluyendo muchos en el campo de la enseñanza y la profesión médica, así como sus padres, con cigarrillos en la boca.

Ahora, volviendo nuestra atención hacia las drogas, deseo compartir con vosotros sólo dos de mis experiencias desde la conferencia de octubre. Precisamente antes de la conferencia, un obispo me llamó de California para hacer una cita y traer a un joven de su barrio que an­daba con hippies. Pensé que podría ayudarlo. Vinieron después de la conferencia; su cabello largo, su vestido y su apariencia en general no dejaba dudas de que era un hippie. Le pedí que me contara su historia. Brevemente, esto es lo que dijo:

“Fui misionero, soy un hombre casado y tengo un hijo; y aquí me encuentro, convertido en hippie, mor­finómano y soy culpable de muchos delitos y hasta de crímenes. Soy muy infeliz, y esto no es lo que quiero.”

Le pregunté cómo era posible que un hombre con esos antecedentes pudiera haberse mezclado con esas per­sonas. Dijo que un día, cuando se sentía desalentado y abatido, decidió que quería ser libre, que no deseaba estar atado a ninguna tradición o restricción de la Igle­sia. Se había unido a un grupo de estos individuos en un espíritu de rebelión, y entonces se dijo: “Aquí estoy, en lugar de ser libre, soy un esclavo. En cierta manera soy un fugitivo. Quisiera que me ayudaran; realmente no sé qué hacer.”

Antes de partir me aseguró que se cortaría el pelo, se arreglaría y separaría de esta personas, y que él mis­mo se entregaría a la ley y haría todo lo que pudiera para arrepentirse y vivir como debía. El siguiente párra­fo es de una carta que me escribió el 22 de marzo de 1968:

“Estimado presidente Tanner, ruego porque en esta ocasión usted conozca los sentimientos de mi corazón. Ahora estoy viviendo dentro de las paredes de la prisión. Es mi deseo que otros no caigan en las manos de Satanás como yo. Si el relatar mis experiencias a otros jóvenes co­mo yo puede ser de algún valor en sus vidas, ésa es mi esperanza. . . estoy agradecido porque fui bendecido con un obispo que ha sido mi mejor amigo durante todas mis aflicciones. Estoy agradecido por su interés, presi­dente Tanner.”

La razón por la que pongo a este joven como ejem­plo es que sus antecedentes debieron haberle dado la fortaleza para resistir. Ese fue un caso muy triste y llegó a mi corazón.

La siguiente experiencia que deseo compartir con vos­otros es similar a los cientos y cientos de otras. He habla­do con la joven implicada y con sus padres, y aunque se dan cuenta que muchos podrán reconocer que es de ellos de quienes estoy hablando, dijeron que si iba a ser de ayuda para alguien, estarían contentos de que la contara.

Ella proviene de una buena familia. El padre es un conocido doctor y la familia ha sido activa en la Iglesia y la comunidad. Tienen un hijo que ha cumplido una misión, y otro que la está cumpliendo. Tienen una hija mayor que es miembro activa en la Iglesia y contrajo matrimonio en el templo. La joven de la que quiero hablar es una brillante muchacha, pero empezó a salir con otras chicas y jóvenes, algunos de los cuales estaban usando cigarrillos, alcohol, y drogas; en lugar de dejar que la consideraran “chapada a la antigua”, empezó a ceder, encontrándolo más fácil que resistir la tensión, y en realidad, no tenía miedo de llegar nunca a convertirse en morfinómana.

Por la falta de comunicación, fracasando en acer­carse a su hija, y bajo la falsa asunción de que todo marchaba bien, sus padres no se enteraron de sus ac­ciones hasta que finalmente supieron, con gran horror y pena, que estaba haciendo uso del tabaco, alcohol y drogas. Naturalmente se acongojaron y avergonzaron terriblemente, al darse cuenta de que no había nada que pudieran hacer más que enviarla a una institución en donde creyeron que recibiría la mejor ayuda. Todavía se encuentra ahí, pero mediante una determinación y un verdadero esfuerzo, y con la ayuda de la institución, ha progresado hasta el punto en que puede venir a casa los fines de semana con sus padres.

Cuando le hablé, lo que más los preocupaba a ella y a sus padres era ¿qué haría cuando saliera de la insti­tución? ¿Sería libre y se sentiría segura? ¿Cómo la acep­tarían las personas? Ella se siente determinada y segura y esperamos que así sea, que se recupere totalmente. Cuando le pregunté si tendría el valor y la fortaleza para mantenerse alejada de sus antiguas amistades, me ase­guró que lo haría, y angustiada comentó que varios de ellos estaban en instituciones o en prisión. También me contó de varios casos tristes en la institución, por ejemplo, un joven de 19 años que ha quedado completamente arruinado. Además sabemos de otros que amenazan y cometen suicidio.

Tales experiencias deberían ayudar a los padres y a la juventud, a entender los problemas y los grandes peli­gros que los acechan. Padres, estad alertas. Uno de éstos podría ser vuestro propio hijo.

Ahora, quisiera dirigir vuestros pensamientos hacia el problema del alcohol, el cual es muy serio dondequiera que lo encontremos. Quisiera deciros, tan exacta como sea posible, la historia que me contó un hombre a quien conocí muy bien. Era uno de los más prósperos perfo­radores de pozos de petróleo en Alberta, Canadá; un hom­bre bastante respetado, un buen ciudadano, pero que como muchos otros, llegó a convertirse en un alcohólico a través de las bebidas sociales. Fue uno de los afortu­nados que, con la ayuda de los Alcohólicos Anónimos, y como él dice, con la ayuda del Señor, pudo vencer esta terrible enfermedad.

Un día, cuando lo invité a hablar ante un grupo de jóvenes, su pronta respuesta fue: “Si puedo ayudar a cualquier joven a entender lo perjudicial que es el alco­hol y lo que hará en él, estaré ansioso por hacerlo.” Esta fue su historia:

“Cuando estaba en los negocios, acostumbraba a beber con los otros en fiestas y recepciones, sin con­siderar que me estaba perjudicando. De hecho, nunca me preocupé por ello. Ni siquiera cuando me descubrí tomando una tercera y cuarta copa y deseando beber durante el día, cuando yo sabía que no debía hacerlo; no tenía idea de que realmente me estaba convirtiendo en alcohólico. Rehusé aceptar el hecho hasta que me encontré literalmente en lo más bajo de la degradación humana.

“El resultado fue que mis colegas y asociados en los negocios, todos los que me conocían, incluyendo mi es­posa y familia, se dieron cuenta de que no podían de­pender de mí y me perdieron el respeto. Como resultado de ello, perdí a mi esposa; después de suplicarle y tratar de persuadirla, se divorció de mí, y me encontré solo. Había perdido el respeto por mí mismo, había perdido mi hogar, familia, todo.

“Cuando me encontraba totalmente inútil y solo, se me aconsejó que fuera a Alcohólicos Anónimos. Con su ayuda y determinación, pude vencer el hábito después de meses y meses de severas luchas.” Entonces señaló que sólo uno de cada cinco puede vencer este horrible hábito.

Al concluir, dijo: “Ningún hombre sabe cuándo toma una copa si llegará a ser un alcohólico o no; por tanto, ningún hombre, no importa su riqueza o posición, puede arriesgarse a tomar una copa de licor.”

Les suplicó a cada uno que no dieran este paso, y entonces dio énfasis al hecho de que una de cada 15 per­sonas que beben llegará a ser alcohólico, y a menudo el más inteligente y capaz, el que menos lo espera, es el desafortunado.

Esta es otra anécdota que os cuento con el permiso de los padres, quienes también expresaron un verdadero deseo de hacer todo lo que pudiesen para ayudar a otros jóvenes a impedir una tragedia como la que le sucedió a su hijo.

En el archivo que me mostraron se encontraba un recorte de periódico escrito antes de su tragedia, que te­nía la fotografía de un bien parecido jovencito. El artí­culo decía: “En dondequiera que haya actividad o se necesite dirección, ahí es donde encontrarán a Jim. Como una figura prominente en obras escolares, gobierno es­tudiantil y actividades de la clase, sus habilidades para dirigir siempre han sido extraordinarias.”

He aquí un joven con todas las promesas de una vida feliz y de éxito. Pero una noche, cuando no regresó a casa como de costumbre después de cerrar la gasolinera donde trabajaba, sus padres preocupados empezaron una búsqueda que terminó en las primeras horas de la ma­ñana, cuando el padre encontró el cuerpo golpeado y machacado de su hijo en el asiento trasero de un auto estacionado. Había estado muerto por algún tiempo. ¡Imagínense la impresión y pena de los padres!

Con las investigaciones, los padres se enteraron de que Jim se había unido a una pareja de jóvenes de la ciudad y otros dos de la ciudad vecina; después de comprar y consumir licor, surgió una pelea entre los jóvenes de diferentes ciudades. Aparentemente alguien le pegó a Jim, perdiendo éste el conocimiento en el momento que otro pasaba con el auto sobre él, entonces colocaron su cuerpo en el asiento trasero del coche en el que más tarde fue encontrado. También se enteraron de que ésta era sólo la tercera vez que había estado bebiendo. Nunca soñó que el tomar la primera copa lo llevaría a una muerte prematura.

Podríamos seguir indefinidamente, dando estadísti­cas, hechos y cifras para mostrar que las experiencias similares a las que he relatado, están sucediendo por cientos y miles. Hay varios prominentes ejecutivos, hom­bres de negocios y profesionales por quienes tengo un gran respeto, que se dejan dominar por el uso del licor.

Sé también que eso influirá a muchos de nuestros jóvenes a llegar a ser bebedores sociales. Me entristece, sin embargo, saber que uno de cada 15 de ellos llegará a ser un alcohólico. Nuestro corazón siempre está con el vecino o amigo y su familia quienes tienen que sopor­tar las calamidades del alcoholismo.

Estoy convencido de que nuestra juventud no desea ser mala. No desean ser alcohólicos ni morfinómanos, tampoco desean sufrir o morir de cáncer pulmonar o alguna otra enfermedad relativa a los pulmones.

Sin embargo, ven personas tomando a su alrededor, hombres y mujeres que son ciudadanos prominentes; lo ven en sus hogares con ningún efecto evidente de maldad; lo ven anunciado en todas las revistas populares, en el diario, en televisión, en la mayoría de las películas y la radio; sí, y esta propaganda se muestra con hombres de negocios bien vestidos, saludables y bien parecidos, con coches último modelo y modernas oficinas; con jóvenes y señoritas que participan en toda clase de deportes, asis­ten a actividades sociales en donde las personas presentes tienen un cigarrillo en una mano y un vaso en la otra, todos los cuales parecen estar gozando de un buen rato.

¿Cómo puede la juventud resistir sin nuestra ayuda? Estos potentes medios de propaganda nunca muestran a un hombre o mujer sufriendo de un terrible dolor de ca­beza la mañana siguiente, ni muestran los coches choca­dos, los cuerpos mutilados o los hogares destruidos, ni a los hombres ebrios en las calles. Tampoco muestran a un hombre a quien el doctor le acaba de dar la noticia de que tiene cáncer en la garganta o pulmones, ni a los pacientes a quienes se alimenta en los hospitales median­te un tubo en la nariz a causa de que no pueden deglu­tir.

Estoy seguro de que muchos dirán; ¿y para qué toda esta plática cruel? No, he omitido mucho de lo hiriente, las muchas experiencias realmente tristes y desalentado­ras que suceden a las familias todos los días. Debemos afrontar la realidad, debemos hacer nuestra parte.

He leído con interés los diez mandamientos del Dr. William Terhune, sobre cómo disminuir el riesgo de que lleguemos a ser alcohólicos. Los dos últimos son:

“Nunca tomes una copa para escaparte de las moles­tias, ya sean físicas o mentales”; y “Nunca tomes una copa en la mañana, con la creencia de que calmará el males­tar.”

Deseo presentar un mandamiento como un sustituto por los diez, y el cual sería mucho más eficaz, y es: “Nunca tomes una copa.” El alcoholismo es una enfer­medad que nadie necesita tener. La única manera se­gura de librarnos de ella es no tomando nunca.

En nombre de la Primera Presidencia, y con su apro­bación, exhorto a cada miembro de la Iglesia a guardar estrictamente la Palabra de Sabiduría; y a todos los ciu­dadanos responsables, a aceptar sus responsabilidades de guardar y proteger a nuestra juventud, contra las per­versidades y designios de hombres conspiradores que es­tán determinados por todos los medios, a llevarlos hacia la destrucción. No podemos permitir que nuestra juventud sea destruida a causa de nuestra negligencia. Debe­mos no sólo alejarlos de la tentación, sino librarlos del mal.

Hay aquellos que disputan que en los intereses del turismo, el licor debería ponerse más fácilmente al al­cance de todos. Seguramente toda madre, padre y ciuda­dano digno pueden ver la insensatez en esto y lo que haría a nuestra juventud. No debemos vender nuestra herencia por un plato de lentejas. Hay mejores maneras de aumentar el turismo.

No puedo imaginarme a ningún padre o vecino de­seando contribuir en cualquier aspecto para que su hijo o su vecino lleguen a ser alcohólicos y de esa manera aumentar el turismo en nuestra ciudad. El ejemplo es el más grande de todos los maestros. En los intereses de nuestra juventud, ruego que todos podamos seguir la admonición del Señor, de que el alcohol no es bueno para el hombre.

Es mi testimonio para todos, que aquellos que siguen las palabras del Señor las cuales fueron dichas a través de un profeta, y aquellos que guardan sus mandamientos, “hallarán sabiduría y grandes tesoros de conocimiento, aun tesoros escondidos; y correrán sin cansarse”. Y el Señor ha prometido: “. . . que el ángel destructor pasará de ellos como de los hijos de Israel, y no los matará.” (Doc. y Con. 89:12-21)

Con el testimonio que poseo de que Dios vive y que Jesús es el Cristo, el Salvador de todos nosotros, y que están interesados en nuestro bienestar, ruego humilde­mente que el espíritu y bendiciones del Señor nos ayu­den a hacer todo lo que podamos para proteger a nuestra juventud de las maldades y designios que existen y exis­tirán en los corazones de hombres conspiradores; que podamos no sólo alejarlos de la tentación, sino librarlos del mal, porque de Él es el reino, poder y la gloria para siempre. Amén.

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