La oración diaria

5 de Abril 1968

La oración diaria

Por el presidente Joseph Fielding Smith
De la Primera Presi­dencia

El siguiente es el texto completo del discurso pronunciado por el presidente José Fielding Smith de la Primera Presi­dencia en la sesión de la mañana del viernes 5 de abril de 1968 durante la 138a. Conferencia General Anual de la Iglesia en Salt Lake City, Utah

Mis queridos hermanos, es un gran placer para mí tener la oportunidad de estar aquí con vosotros en esta conferencia.

Como Santos de los Últimos Días tenemos muchos deberes que cumplir. Algunas veces me pregunto si no somos un poco descuidados, desconsiderados y olvidadi­zos, no prestando mucha atención a las cosas sencillas del evangelio.

Me pregunto si alguna vez nos detenemos a pensar porqué el Señor nos ha mandado que oremos. ¿Nos lo pidió porque desea que nos inclinemos delante de Él y lo adoremos? ¿Es esa la razón principal? No creo que lo sea. Es nuestro Padre Celestial, y nos ha mandado que lo adoremos y oremos a Él en el nombre de su Ama­do Hijo, Jesucristo. Pero el Señor puede pasar muy bien sin nuestras oraciones; su obra seguirá adelante ya sea que le oremos o no. El conoce el fin desde el principio.

Hay muchos mundos que han pasado por las mismas experiencias por las que nosotros estamos pasando. Evi­dentemente ha tenido otros hijos en otros mundos en donde tuvieron los mismos privilegios y oportunidades de servirle y los mismos mandamientos que se nos han dado. La oración es algo que necesitamos nosotros, y no el Señor. Él sabe cómo dirigir sus asuntos y organizar los sin necesitar de nuestra ayuda. Nuestras oraciones no tienen el fin de indicarle cómo manejar sus asuntos, y si pensamos que es así, por supuesto estamos equivo­cados. Las oraciones que ofrecemos son para nuestro beneficio, para edificarnos, fortalecernos y darnos valor para aumentar nuestra fe en El.

La oración es algo que ennoblece el alma. Aumenta nuestra comprensión y agudiza la mente, nos acerca a nuestro Padre Celestial. Necesitamos su ayuda, no hay ninguna duda de ello; necesitamos la guía de su Santo Espíritu; necesitamos saber cuáles son los principios que se nos han dado por los cuales podemos volver a su presencia; necesitamos que nuestras mentes sean alertadas por la inspiración que viene de Él, y por estas ra­zones es que le oramos, para que nos ayude a vivir de manera tal que conozcamos su verdad, podamos andar en su luz, y por medio de nuestra fidelidad y obediencia, volver nuevamente a estar en su presencia.

Si somos fieles y cumplimos con cada convenio, con cada principio de verdad que se nos ha dado, entonces después de la resurrección volveremos a su presencia y seremos como El, tendremos cuerpos que brillarán como el suyo; si somos fieles mientras estamos acá, seremos sus hijos.

Pero el Señor va a hacer una gran segregación des­pués de la resurrección de la humanidad, y muchos, en realidad la mayor parte de los habitantes de la tierra no serán llamados hijos e hijas de Dios, sino que irán al próximo mundo a ser sirvientes. Sabéis lo que dijo en el maravilloso Sermón del Monte:

“Entrad por la puerta estrecha; porque ancha es la puerta, y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos son los que entran por ella.

“Porque estrecha es la puerta y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan.” (Mateo 7:13-14)

La vida eterna es el don maravilloso reservado para aquellos que están dispuestos a guardar los mandamien­tos del Señor acá, en la mortalidad.

Todos recibirán la resurrección. ¿Es ésa la vida eter­na? Por cierto que no en las palabras de nuestro Padre que está en los cielos, a eso lo llaman inmortalidad, o sea el derecho de vivir para siempre, pero el Señor ha dado su interpretación sobre lo que es vida eterna. La vida eterna es tener la misma clase de vida que tiene nuestro Padre Celestial y ser coronados con las mismas bendiciones, glorias y privilegios que El posee para que podamos ser sus hijos, miembros de su familia.

Para llegar a ser hijos e hijas de Dios debemos ser fieles a todos los convenios que son parte del evangelio, y serlo hasta el fin de nuestros días. Si lo hacemos, en­tonces heredaremos, seremos llamados herederos y sere­mos coherederos con Jesucristo; pero ¿qué heredaremos? No es que Él vaya a descender de su trono para que nosotros podamos ascender, sino que heredaremos las mis­mas bendiciones, privilegios y oportunidades de progreso que El posee, para que a su tiempo podamos llegar a ser como El, teniendo reinos y tronos.

Cualquiera de vosotros los que estáis aquí presentes, si así lo desea cuando llegue al otro lado, podrá ser sier­vo y tal vez ir al reino terrestre, ése es vuestro privilegio. No tenéis que cumplir con los mandamientos, no tenéis que pagar vuestros diezmos, ni siquiera tenéis que ser bautizados para la remisión de vuestros pecados si es que queréis ir a esos otros reinos. Pero si queréis volver a la presencia de Dios, morar en el Reino Celestial y ver las glorias de la exaltación, entonces debéis vivir cada palabra que procede de la boca de Dios. Debemos orar y mantenernos humildes; acercarnos a nuestro Padre Ce­lestial para que podamos tener una mejor comunicación con El.

Debemos aprender a ser fieles, obedientes, sinceros y tener el deseo de cumplir cada mandamiento que el Señor nos ha dado.

Cuando un hombre confiesa que es difícil guardar los mandamientos del Señor, triste cosa confiesa: que ha violado los mandamientos de la ley del evangelio. Los hábitos son fáciles de formar y es tan fácil formar los buenos como malos. Por supuesto que no es sencillo decir la verdad cuando somos mentirosos; no es fácil ser honestos cuando hemos formado hábitos deshonestos.

El hombre encuentra que es muy difícil orar cuando nunca lo ha hecho. Por otra parte, cuando un hombre ha sido siempre fiel, le es difícil mentir; si siempre ha sido honesto y hace algo que no lo es, su conciencia protesta y no encontrará paz a no ser en el arrepentimien­to; si un hombre que tiene el espíritu de oración goza con ella, le es fácil dirigirse al Señor con la seguridad de que su pedido será contestado; el pagar los diezmos no es difícil para la persona convertida completamente al evan­gelio, que paga la décima parte de lo que recibe. Así que el Señor nos ha dado una gran verdad: su yugo es fácil y su carga liviana ¡SI DESEAMOS HACER SU VOLUN­TAD! El Señor ha dicho:

“Por lo tanto, oh vosotros que os embarcáis en el servicio de Dios, mirad que le sirváis con todo vuestro corazón, alma, mente y fuerza, para que aparezcáis sin culpa ante Dios en el último día.” (Doc. y Con. 4:2)

Si le servimos de esa manera tendremos mucho que hacer. El Señor no nos pide nada que no sea razonable, sino aquello que está en armonía con la ley que El mismo obedece. ¿Podéis acaso imaginar al Padre Eterno y a Jesucristo sin hacer nada? Podemos ver que la gran obra del Padre y el Hijo no es para sí mismos; ellos trabajan como lo han hecho hasta ahora, para el beneficio del hombre. Cuando una persona se une a la Iglesia es sobre el principio de fe en el Padre, en      el Hijo y en el Espíritu Santo. Es sobre este principio que acepta todo lo que es parte del evangelio. Esos requisitos se hacen a todos los hombres que buscan arrepentimiento y lugar en el reino de Dios. Si alguien trata de entrar de alguna otra manera es clasificado como ladrón. ¿Por qué razón? Porque está tratando de obtener la vida eterna por medio del fraude; está tratando de pagar el premio de la exalta­ción con moneda falsa, y eso no es posible.

La obediencia a las ordenanzas del evangelio es re­querida de todos, y no pueden entrar en el reino sin cumplir con la ley que Dios les ha dado. Nuestro Sal­vador vino al mundo para enseñarnos a amarnos los unos a los otros, y al expresar esa gran lección por medio de su gran sufrimiento y muerte para que poda­mos vivir, ¿no deberíamos acaso nosotros expresar nues­tro amor por nuestros semejantes, por medio del ser­vicio rendido en su beneficio?

¿No deberíamos acaso mostrar nuestro aprecio por el servicio infinito que nos rindió sirviendo en su causa? El hombre que hace en la Iglesia sólo las cosas que le conciernen personalmente, nunca llegará a la exaltación. Por ejemplo, el que está dispuesto a orar, pagar sus diezmos y ofrendas y cumplir con los deberes ordinarios que conciernen a su vida personal y nada más, nunca alcanzará la meta de la perfección. Debemos prestar servicio en bien de los demás; debemos extender nues­tra mano a los desafortunados, a aquellos que no han escuchado la verdad y están en las tinieblas de la es­piritualidad, a los necesitados y oprimidos. ¿Estáis dis­puestos a hacerlo? Pensemos en las palabras del poeta Will L. Thompson al pensar en ser salvadores en el Monte de Sión.

“En el mundo acaso he hecho hoy,
a alguno favor o bien?
y hacerle sentir lo que es el vivir,
si no yo merezco desdén.”
(“¿He Hecho Hoy un Bien?” página 136 de los Himnos de Sión.)

Espero y ruego que ninguno de nosotros FRACASE en servir a nuestro Padre Celestial.

Que el Señor continúe bendiciéndonos y mantenién­donos en su senda, lo ruego humildemente en el nom­bre de nuestro Señor Jesucristo. Amén.

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