La fiesta de la Pascua

Liahona Abril 1968

La fiesta de la Pascua

Por Helen Black Smith

Nunca había sido maestra en la Escuela Domini­cal, a pesar de que había pertenecido a la Igle­sia por casi cincuenta años. Ahora, con la asigna­ción de enseñar a los estudiantes de 16 y 17 años, la cual se me dijo era la edad “difícil”, estaba pre­ocupada.

“¡Preparen una lección interesante!”, era lo que aconsejaban los mejores manuales de entrenamiento de maestros.

“¡Queremos una fiesta!”, insistió la clase.

¿Cómo podría hacer una lección interesante para una clase apática? ¿Son las fiestas una característica de la Escuela Dominical? ¿Qué podía hacer una maestra inexperta?

Estábamos en la novena lección de El Mensaje del Maestro, hasta que tristemente me di cuenta de que no estaba comunicando el mensaje a mis oyen­tes mientras les describía la fiesta de la pascua. Re­pentinamente se me ocurrió combinar las órdenes del maestro de capacitación con las de los estudian­tes y tener nuestra propia “Pascua”. Era la época propicia para ello y dicha celebración podría ayu­darme a unirme más estrechamente a mis alumnos.

La respuesta a mi sugerencia fue algo menos que entusiasta, pero la idea fue aceptada—quedando en­tendido de antemano que alguien haría el trabajo. Incluso las invitaciones que compuse en un tipo de lenguaje bíblico, escritas sobre papel parecido al papiro y enrolladas como pergaminos, en pedazos de madera delgados y atadas con tiras de paja, no despertaron mucho interés. Los oficiales de la clase convinieron en distribuirlas y naturalmente invita­mos a nuestros miembros inactivos.

Un estudio de la Pascua

Decidiendo que la sorpresa era el ingrediente principal de cualquier fiesta, opté por ser mi propio productor. La biblioteca pública y unos cuantos amigos judíos fueron mis principales fuentes de in­formación. Combinando las costumbres de las tres formas de la fe judía, pude inventar un plan que mantendría su autenticidad aunque se usara en for­ma modificada.

A medida que progresaban mis investigaciones so­bre esta antigua celebración, me quedé impresionada por las evidencias del amor hacia Dios en la fe judía, y la creencia de que el hogar y la familia son los cimientos de una buena vida. Me enteré de que el Ceder (que literalmente significa “orden de servi­cio”) se verificaba en la noche de la pascua y era el punto culminante de la celebración que duraba ocho días.

Los platos que se usan solamente para la semana de la pascua se sacan y lavan. Asimismo los cubier­tos de plata se limpian y se lustran. El hogar bri­llante refleja la radiante felicidad de la familia que se reúne para participar de las tan antiguas costum­bres bajo la dirección del patriarca de la familia o el varón de más edad.

Envuelta en el espíritu de la ocasión

Al preguntar a la madre del presidente de nues­tra clase si podíamos usar su comedor para servir una comida para 28 personas, me descubrí a mí mis­ma dando una descripción bastante exagerada del acontecimiento. Nuestra futura anfitriona captó el espíritu y no deseaba otra cosa que usáramos su comedor con los hermosos muebles de roble, su man­tel, porcelana y cubiertos más finos.

Al acercarse la fecha, llamé por teléfono a varios miembros de la clase, diciéndoles a cada uno que necesitaba ayuda en varios asuntos y les ofrecí la asignación. Dichas tareas, que fueron aceptadas con sentido de cooperación, se llevaron a cabo con todo detalle.

La Pascua

Nos reunimos en mi casa, la cual tenía en el dintel una marca simbólica de la “sangre del cor­dero”. Fue allí donde el presidente de la clase asu­mió el papel de patriarca, o “padre” de la familia.

Leyó de las Sagradas Escrituras, después que to­dos los varones se habían puesto sus yamakas (es­pecie de casquetes) los cuales habíamos confeccio­nado con papel crepé negro. (Dichos yamakas re­presentan la protección o cubrimiento de la mano de Dios.) Las jovencitas pasaron una hermosa jarra azul y servilletas de lino para la ceremonia del lavado de manos, y todos permanecimos de pie mientras participábamos de las “hierbas amargas”.

Más tarde, en el hogar de nuestra anfitriona, estuvimos sentados frente a su hermosa mesa con el tradicional candelabro de siete brazos en el centro. Colocada frente a la cabecera de la familia había una fuente que contenía los símbolos de Ceder: un hueso de cordero asado, para representar al cordero de los sacrificios; un huevo asado, símbolo de la vida y la esperanza; raíces de rábano y perejil para las hierbas amargas, para simbolizar la amargura de per­der los derechos personales; y una mezcla de man­zanas, nueces y vino (nosotros usamos jugo de uva) para sugerir por medio de su color rojo, los ladrillos que los esclavos israelitas fueron forzados a hacer en Egipto.

Nuestro “patriarca” presidió a la cabecera de la mesa, mientras que mi propio hijo, un invitado, pero además el varón más joven de los presentes, hacía las “cuatro preguntas” tradicionales; y se contaba el antiguo relato de cómo los hijos de Israel escapa­ron de la esclavitud.

Porque en la Tora está escrito:

“Y cuando mañana te pregunte tu hijo, diciendo: ¿Qué es esto?, le dirás: Jehová nos sacó con mano fuerte de Egipto, de casa de servidumbre… (La Tora, Éxodo 13:14)

Nuestra anfitriona entonces leyó una oración hebrea de acción de gracias para las madres de fa­milia, recitando las palabras de Salomón concernien­tes a una mujer casta. Esta fue seguida por la ora­ción hebrea sobre los alimentos.

Viviendo una experiencia

Aunque hubo un gran respeto cuando actuamos en las ceremonias sagradas, esto no interfirió con la diversión y el gozo de la ocasión. Era un placer ver el interés en las caras jóvenes a medida que les ex­plicaba cada ceremonia. Sus ojos chispeantes dije­ron más claramente que las palabras, que estaban disfrutando no sólo de una fiesta diferente, sino de una ocasión de aprender a medida que vivían y experimentaban.

Cerramos la noche con broche de oro, con una gira por la Tierra Sagrada, por medio de una pelí­cula en colores; seguimos los pasos del Maestro a lugares de renombre en donde El efectuó milagros y dijo las parábolas que habíamos discutido previa­mente en la clase; después continuamos la jornada hacia las angostas y torcidas calles de Jerusalén y hacia el Calvario.

Nuestra fiesta de la pascua había terminado. Sentí que cada joven y jovencita, incluyendo los invitados especiales, habían tomado parte en una antigua celebración bíblica. En ningún momento los jóvenes pensaron o indicaron que esto era una “idea tonta”, sino que cada uno mostró el anhelo de saber el significado y propósito de todo lo que comimos e hicimos.

El domingo siguiente, sus acciones me dijeron todo lo que deseaba saber. Primero, su saludo fue un simple ademán con la mano y un “hola”. Había desaparecido el estilo formal de la manera de comu­nicarnos. Segundo, pude notar más atención cuando empecé la lección con, “Era la COSTUMBRE cuando Jesús anduvo en la tierra…” Por fin pude sentir que estaba comunicando el mensaje. □

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