El respeto

Liahona Abril 1968

El respeto

Por John H. Vandenberg

Durante el ministerio terrenal del Salvador, ya estuviera con el leproso, el lisiado, el sabio, ya se arrodillara en solemne oración ante su Padre, demostró poseer un profundo respeto hacia los demás. Aun durante la dura prueba, cuando aquellos que Él amaba, lo traicionaron, y aquellos a quienes había venido a servir se mofaron de Él y lo maldijeron, jamás salió de su boca una palabra irrespetuosa. Aun cuando la multitud gritó: “¡Crucificadlo! ¡Crucifi­cadlo!” y fue llevado al Gólgota para sufrir los más dolorosos tormentos, sus pensamientos fueron para el bienestar de su madre, para aquellos que amaba, y aun para los que lo crucificaron, y de sus labios no salió una palabra de menosprecio.

Jóvenes de ambos sexos: es esta importante ca­racterística del respeto lo que deseo considerar con vosotros. Esta es una virtud que a menudo resulta difícil que la juventud aprecie; sin embargo es una de las características de la madurez, la dignidad y la grandeza. Aunque el respeto es una virtud que puede aplicarse a cada etapa de nuestra vida, qui­siera discutir con vosotros algunos de sus aspectos que parecen ser de particular importancia en nuestros días.

El respeto a los padres

Desde los tiempos de Adán a los de Sinaí, y a nuestros días, siempre ha acompañado al joven la responsabilidad de respetar a sus padres; todos los grandes hombres lo han hecho. Cristo, nuestro Maes­tro, el más grande de todos, mientras colgaba san­grante en la cruz, pensó en su madre. El respeto a los padres es básico para llegar a ser un hombre o una mujer dignos.

Se cuenta el caso de un muchacho inglés que fue enviado a vigilar el campo de su padre. Bajo ningún concepto, debía dejar entrar a nadie en él. Apenas había tomado su puesto cuando llegaron algunos cazadores y le ordenaron abrir los portones. El mu­chacho declinó la orden, diciendo que se proponía obedecer las instrucciones de su padre. Por fin, uno de los señores se adelantó y le dijo con voz autori­taria: “Hijo, tú no me conoces, pero yo soy el Duque de Wellington, y no estoy acostumbrado a que se me desobedezca. Te ordeno que abras los portones.” El muchacho se quitó la gorra, y respondió con voz firme: “Estoy seguro de que el Duque de Wellingten no desea que obedezca sus órdenes. Debo mantener cerrados los portones, y nadie puede pasar por ellos, a no ser con el expreso permiso de mi padre.” En­tonces el Duque se quitó el sombrero, y dijo: “Ad­miro al hombre o muchacho que no se deja asustar ni sobornar para desobedecer órdenes. Con un ejér­cito de tales soldados, yo podría conquistar no sólo a Francia sino al mundo.”

La obediencia a los padres es la forma más su­blime del respeto, y a menudo son las así llamadas “pequeñas” cosas las que lo expresan. Sería bueno, jóvenes, que os dierais cuenta de que todo lo que sois, y todo lo que tenéis, se lo debéis a vuestros padres. No hay en vuestra vida nadie que merezca mayor respeto.

Muchas veces oímos comentar a los jóvenes que desearían que se les respetara más, y esta queja tiene su motivo; sin embargo, una regla básica de las relaciones humanas es aquella de que “el respeto engendra respeto”. Encontraréis que ganáis el res­peto de vuestros padres y otras personas, al tiempo que los honráis y respetáis a ellos.

Hace poco, un hombre que ahora camina encor­vado y cuyo cabello ha sido blanqueado por los años, contó un incidente. Cuando era joven, volvía una noche del campo de heno en la granja paterna, des­pués de haber trabajado desde el alba, cuando su padre le salió al encuentro pidiéndole que fuera has­ta el pueblo para llevar un recado. El anciano relató:

“Yo estaba cansado, sucio y hambriento. El pue­blo quedaba a más de tres kilómetros, y yo quería ir a casa a comer. Mi primer impulso fue rehusar ásperamente, porque estaba enojado con mi padre por ir a pedirme que fuera después de mi larga jor­nada de trabajo. Pero sabía que si me negaba iría él mismo, así que le dije: ‘Claro que voy, papá’ y le alcancé mi guadaña a uno de los hombres. ‘Gracias Jim’ replicó mi padre. ‘Pensaba ir yo pero no sé por qué no me siento muy bien hoy’. Me acompañó hasta el camino que conducía al pueblo, y antes de alejarse, poniéndome la mano en el brazo, me dijo otra vez: ‘Gracias, hijo. Siempre has sido un buen hijo, Jim’.

“Me apuré en el camino de ida y también al re­greso. Al acercarme a la casa, vi que había pasado algo. Todos los peones estaban reunidos alrededor de la puerta en lugar de estar cumpliendo con sus tareas. Cuando me acerqué a ellos, uno se dio vuelta y con lágrimas en los ojos me dijo: ‘Tu padre. . . ha muerto. Cayó al llegar a la casa. Sus últimas palabras fueron para ti.’

“Soy viejo ahora; pero he agradecido a Dios durante todos los años que han pasado desde aquel día, por aquellas últimas palabras de mi padre. ‘Siempre has sido un buen hijo.’ ”

El respeto a vuestros padres es el primer paso hacia la nobleza.

El respeto a los demás

El respeto es una actitud que a menudo se encuen­tra en lo que comúnmente se llama “cortesía co­mún”. Una de las tragedias de nuestro tiempo es que esta “cortesía común” no es tan común como debiera ser. Es una forma básica y esencial, del res­peto y la consideración. “Todas las puertas están abiertas a la cortesía,” dijo Thomas Fuller. Y Tennyson observó que “Cuanto mayor la grandeza del hombre, mayor su cortesía”.

La cortesía es una forma de respeto indispensa­ble para llegar a ser un hombre o una mujer dignos, y refleja confianza en sí mismo y autoestima. Ha­blando sobre esto, E. S. Martin dijo: “El autorespeto es la base de los buenos modos. Estos son la expresión de la disciplina, la benevolencia, del res­peto hacia los derechos, los sentimientos y la como­didad de los demás.”

Sería bueno, jóvenes, que nos examináramos, y cuidáramos que en todas nuestras acciones; seamos corteses y considerados, con ese respeto que brota de adentro.

Cicerón dijo: “Nada puede hacer más por la grandeza de un hombre, que la cortesía.”

El respeto a la ley

El respeto a la ley y a la autoridad civil es una parte básica de nuestras creencias. El profeta José Smith declaró que “creemos en estar sujetos a los reyes, presidentes, gobernantes, y magistrados; en obedecer, honrar y sostener la ley”. En nuestra so­ciedad, hay quienes se burlan y ridiculizan esto.

El respeto a la autoridad divina

El apóstol Pablo tuvo que aprender el respeto a la autoridad antes de ser llamado al ministerio. El libro de los Hechos nos cuenta del viaje de Saulo hacia Damasco, interrumpido cuando la voz del Se­ñor le clamó: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?” Y él le dijo: “Señor, ¿qué quieres que yo haga? Y el Señor le dijo: Levántate y entra en la ciudad, y se te dirá lo que debes hacer.” (Hechos 9:4, 6)

El Señor podría haberle dicho en pocas palabras lo que debía hacer, pero El conocía a Saulo y sabía que tendría dificultad en reconocer y respetar la autoridad de los líderes de la Iglesia, tal como lo probaron hechos posteriores. Por eso, en un esfuerzo por grabar en él la importancia vital del respeto a la autoridad de la Iglesia, el Señor envió al letrado Saulo a Ananías, el humilde presidente de la Iglesia en Damasco, precisamente el hombre a quien Pablo iba a arrestar por instrucciones relacionadas con el evangelio de Jesucristo.

El respeto a la autoridad es básico en nuestra doctrina. En las Doctrinas y Convenios, el Señor dio énfasis a este punto cuando declaró: “Lo que yo, el Señor, he hablado, he dicho, y no me excuso; y aunque pasaren los cielos y la tierra, mi palabra no pasará, sino que toda será cumplida, sea por mi pro­pia voz, o por la voz de mis siervos, es lo mismo.” (Doc. y Con. 1:38)

Hay una gran bendición para vosotros, jóvenes del Sacerdocio Aarónico, y para vosotras, señoritas, si lográis comprender lo que se encuentra implicado en esta declaración del Señor. Mirad al Profeta, a vuestro presidente de estaca y a vuestro obispo; res­petad su autoridad y seguid su consejo.

El respeto, como ya hemos dicho, es básico. De­masiado frecuentemente en nuestra sociedad actual, los jóvenes, inseguros en su falsa madurez, se vuelven a la irrespetuosidad, pensando que dará fuerza a la imagen que se han formado de sí mismos. No comprenden que actuando así, están “traicionando su propio derecho a la dignidad”.

Concluyamos parafraseando una declaración del presidente McKay: “Los pequeños hombres pueden lograr éxito, pero sin (el respeto) jamás serán gran­des.”

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