Que te conozcamos a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo

Liahona Febrero 1999

Que te conozcamos a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo

por el presidente James E. Faust
Segundo Consejero de la Primera Presidencia

Toda oración ferviente y sincera es una comunica­ción en la que intervienen dos partes, lo cual contri­buirá a que el Espíritu flu­ya como agua curativa para ayudar en las prue­bas, los infortunios, los malestares y los dolores que todos enfrentamos.

Hay gran humildad y timidez en mi alma al tratar de abordar el tema de llegar a tener un conocimiento personal de Dios, el Padre Eterno, y de Jesucristo, el Redentor del mundo y el Hijo de Dios,

Hace algún tiempo se le preguntó a un experimentado grupo de excelentes misioneros de Sudamérica: “¿Cuál es la necesidad más grande del mundo?”, a lo que uno respondió sabiamente: “La necesidad más grande del mundo es que cada persona tenga una relación personal, diaria y continua con la Deidad”, Tal relación puede liberar lo divino que hay en nuestro interior; nada podría influir más en nuestra vida que el llegar a conocer y comprender nuestra rela­ción divina con Dios y Su Hijo Amado, nuestro Maestro, Tal y como dijo Jesús en Su oración intercesora: “Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado” (Juan 17:3).

Debemos esforzarnos seriamente no sólo por saber acerca del Maestro, sino por luchar, cómo El nos exhortó, a fin de ser uno con .El (véase Juan 17:21) para “ser fortalecidos con poder en el hombre interior por su Espíritu” (Efesios 3:16). Quizás no nos sintamos cerca de El porque pensamos que está muy lejos, o puede que nuestra relación no sea demasiado santificadora porque no lo consideramos como una persona real.

¿Cómo podemos recibir la bendición personal de la in­fluencia divina y glorificante del Maestro en nuestra pro­pia vida? Debido a que nuestros sentimientos son sagrados, y los demás no pueden cuestionarlos, empece­mos con esas convicciones apacibles que nos llegan de vez en cuando y que sabemos que son verdaderas. No siempre podemos probar esas verdades a los demás, pero se presentan en forma de conocimiento. ¿Forma esto par­te de ese algo divino que agita nuestro interior y que lu­cha por regresar a su origen? ¿No es semejante a un testimonio personal de la verdad que fluye a través del fi­no velo que separa este mundo de otro? ¿No hay un an­helo por comprender en la mente lo que hay en el corazón, un sentimiento que no se puede expresar por­que es extremadamente personal? A modo de respuesta, el Maestro dijo que esa realidad apacible puede hablar “paz a tu mente en cuanto al asunto” (D. y C. 6:23).

Quisiera sugerir cinco medidas esenciales que man­tendrán abierto el canal de manera significativa para que a diario fluya “agua viva” desde la fuente misma del ma­nantial (véase Juan 4:7-15).

Primero: La comunión espiritual diaria mediante la ora­ción. Toda oración ferviente y sincera es una comunica­ción en la que intervienen dos partes, lo cual contribuirá a que el Espíritu fluya como agua curativa para ayudar en las pruebas, los infortunios, los malestares y los dolores que todos enfrentamos. ¿Cuál es la calidad de nuestras oraciones en privado? Al orar, deberíamos pensar que nuestro Padre Celestial está cerca, lleno de conocimien­to, comprensión, amor y compasión, la esencia del poder, y que espera mucho de cada uno de nosotros.

Segundo: El servicio diario y desinteresado a los demás. Los seguidores del Cristo divino tienen que ser juzgados por la balanza de sus acciones más que por sus solemnes declaraciones de creencia. La verdadera manera de juz­gar se encuentra en Mateo: “…en cuanto lo hicisteis a uno de estos… más pequeños, a mí lo hicisteis” (Mateo 25:40). Un hombre sabio observó: “El hombre que vive por sí mismo y para sí mismo es probable que se corrompa debido a la compañía que tiene” (Charles Henry Parkhurst, citado en The International Dictionary of Thoughts, 1969, pág. 659).

Tercero: La lucha diaria en busca de una mayor obedien­cia y perfección en nuestra vida. “¿Qué clase de hombres habéis de ser? En verdad os digo, aun como yo soy”, dijo el Salvador (3 Nefi 27:27). Gracias a la Expiación per­fecta de jesús, podemos ser hechos perfectos (véase D. y C. 76:69).

Cuarto: El reconocimiento diario de Su divinidad. Para tener una relación diaria y personal con el Maestro, de­bemos ser Sus discípulos: “Porque ¿cómo conoce un hombre al amo a quien no ha servido, que es un extraño para él, y se halla lejos de los pensamientos y de las in­tenciones de su corazón?” (Mosíah 5:13).

Quinto: El estudio diario de las Escrituras. El presidente Spencer W. Kimball dijo: “He descubierto que cuando descuido mi relación con la Divinidad, cuando parece que ningún oído divino me escucha y que ninguna voz divina me habla, me encuentro muy distanciado. Pero si me sumerjo en las Escrituras, la distancia se acorta y la espiritualidad vuelve” (The Teachings of Spencer W. Kimball, editado por Edward L. Kimball, 1982, pág. 135).

Para aquellos que tengan dudas sinceras, oigamos lo que dijeron sobre Jesús de Nazaret los testigos presencia­les. Los antiguos apóstoles estuvieron allí y lo vieron to­do; formaron parte de ello; no hay nadie con mayor crédito que ellos. Pedro dijo: “Porque no os hemos dado a conocer el poder y la venida de nuestro Señor Jesucristo siguiendo fábulas artificiosas, sino como ha­biendo visto con nuestros propios ojos su majestad” (2 Pedro 1:16). Juan registró lo que dijeron los samarita- nos: “…porque nosotros mismos hemos oído, y sabemos que verdaderamente éste es el Salvador del mundo, el Cristo” (Juan 4:42). Los testigos modernos, José Smith y Sidney Rigdon, declararon: “Porque lo vimos, sí, a la diestra de Dios; y oímos la voz testificar que él es el Unigénito del Padre” (D. y C. 76:23).

Pedro nos aconseja que seamos “participantes de la naturaleza divina” (2 Pedro 1:4). La influencia y las en­señanzas del Mesías deben trascender todos los intereses y las preocupaciones de nuestra vida. Debemos esforzar­nos constantemente por alcanzar las riquezas de la eternidad, pues el reino de Dios está entre nosotros (véase Lucas 17:21).

Por medio de Doctrina y Convenios, Dios promete que el Espíritu Santo contestará a nuestra mente y a nuestro corazón cualquier cosa que le preguntemos (D. y C. 8:1-2).

Si nos santificamos, vendrá el día en que nos “descu­brirá su faz” (D. y C. 88:68). “Y si vuestra mira está pues­ta únicamente en [Su] gloria, vuestro cuerpo entero será lleno de luz y no habrá tinieblas en vosotros; y el cuerpo lleno de luz comprende todas las cosas” (D. y C. 88:67).

En las muchas pruebas de esta vida, cuando nos senti­mos abandonados y cuando la tristeza, el pecado, la de­cepción, el fracaso y la debilidad nos hacen ser menos de lo que deberíamos ser, podrá venir el bálsamo sanador del ilimitado amor en la gracia de Dios. Es un amor que per­dona y olvida, que edifica y bendice, que soporta todo nuevo comienzo en un nivel superior y que, por lo tanto, continúa “de gracia en gracia” (D. y C. 93:13).

Muchas veces en mi vida me he arrodillado para acu­dir en busca de ayuda, con un espíritu humilde, al único lugar que podía hacerlo. A menudo agonizaba en el espí­ritu, suplicando a Dios de todo corazón que me sostuvie­ra en la obra que he llegado a apreciar más que la vida misma. En ocasiones, he sentido la terrible soledad de las heridas del corazón, de la intensa agonía, de los azotes de Satanás y del consuelo cálido y protector del Espíritu del Maestro.

También he sentido la abrumadora carga de las dudas personales en cuanto a mi incapacidad e indignidad, el momentáneo sentimiento de estar desamparado para ser luego fortalecido más de lo que esperaba. He ascendido a un monte Sinaí espiritual docenas de veces en busca de comunicación y de instrucciones. Ha sido como si ascen­diera penosamente a un verdadero monte de la Transfiguración y, en ocasiones, he sentido gran fortaleza y poder en la presencia del Divino. Este sentimiento sa­grado y especial ha sido una sustentadora influencia y, a menudo, un compañero íntimo.

Es mi testimonio que estamos enfrentando momentos difíciles, pero debemos tener valor para obedecer. Testifico que seremos llamados para demostrar nuestra fortaleza espiritual, pues los días venideros se hallan lle­nos de aflicción y dificultad. Pero con la certeza consola­dora de la relación personal con Dios, obtendremos un valor tranquilizador; y de la Divinidad tan cercana reci­biremos la apacible certeza:

“Hijo mío, paz a tu alma; tu adversidad y tus afliccio­nes no serán más que por un breve momento;

“y entonces, si lo sobrellevas bien, Dios te exaltará; triunfarás sobre todos tus enemigos” (D. y C. 121:7-8).

Poseo el conocimiento seguro de que Jesús de Nazaret es nuestro divino Salvador; sé que El vive. Desde los re­cuerdos de mi temprana edad he tenido la certeza de esto. A lo largo de mi vida he tenido una fe sencilla que nunca ha vacilado. No siempre he comprendido, pero he sabido por medio de un conocimiento que para mí es su­mamente sagrado y que no puedo expresar en palabras. Sé y testifico con la absoluta certeza de cada fibra de mi ser y en lo más recóndito de mi alma, que Jesús es el Cristo, el Mesías, el Redentor Divino y el Hijo de Dios. Seamos obedientes al deseo de Él: “Ven a mí, tu Salvador” (D. y C. 19:41). □

Los seguidores del Cristo divino tienen que ser juzgados por la balanza de sus acciones más que por sus solemnes declaraciones de creencia.

El presidente Spencer W. Kimball dijo: “He descubierto que cuando descuido mi relación con la Divinidad, cuando parece que ningún oído divino me escucha y que ninguna voz divina me habla… me sumerjo en las Escrituras… y la espiritualidad vuelve”.

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