La guía de su vida ejemplar

Liahona Febrero 1999

La guía de su vida ejemplar

Por el élder Joseph B. Wirthlin
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Es uña lección de humildad él estudiar en cuanto a las cualidades, de liderazgo del Salvador y luego compartir con los demás nuestros pensamientos en cuanto a ellas. El presi­dente Spencer W. Kimball dijo: “Hay muchísimas co­sas que uno podría decir tocante a la tremenda capacidad de liderazgo del Señor Jesucristo, mucho más de lo que podría expresarse en un discurso o en un libro… Todas esas ennoblecedoras, perfectas y hermosas cualidades de la madurez, de la fortaleza y del valoró se pueden encontrar en esta misma perso­na” (véase “Jesús: el líder perfecto”, Liahona, agosto de, 1983, pág. 7).

Un modelo perfecto

Al dirigirse a “todos aquellos que tienen deseos de hacer salir a luz y establecer esta obra” (D. y C. 12:7), el Señor ha dicho: “Y nadie puede ayudar en ella a menos que sea humilde y lleno de amor, y tenga fe, es­peranza y caridad, y sea moderado en todas las cosas, cualesquiera que le fueren confiadas” (D. y C. 12:8).

Y en la revelación en cuanto al sacerdocio, que se encuentra en la sección 107 de Doctrina y Convenios, el Señor hace referencia a los quórumes presidentes de la Iglesia, cuando presenta: una lista impresionante y casi asombrosa de cualidades que, por cierto, son atri­butos que todo miembro de la Iglesia debería esforzar­se por adquirir: “rectitud… santidad y humildad de corazón, mansedumbre y longanimidad, y… fe, y vir­tud, y conocimiento, templanza, paciencia, piedad, ca­riño fraternal y caridad;

“porque existe la promesa de qué si abundan estas cosas en ellos, no serán sin fruto en cuanto al conoci­miento del Señor” (versículos 30-31).

Todas estas cualidades son, por cierto, característi­cas de Cristo, y nuestra meta más grande debería ser el llegar a ser como Él. De hecho, el Salvador: mismo nos exhortó a que fuéramos “perfectos, como [nues­tro] Padre que está en los cielos es perfecto” (Mateo 5:48). Sin embargo, pese a lo mucho que deseamos obedecer ese mandamiento, también comprendemos la dificultad de lograr la perfección en esta vida.

En lo concerniente a esa meta, estoy agradecido por la perspectiva del élder Neal A. Maxwell, del Quórum de los Doce Apóstoles, quien escribió: “La forma grie­ga en la que se tradujo, el término perfectos, que se encuentra en Mateo 5:48… significa ‘totalmente desa­rrollado’, llegar a un ‘término’ en lo que respecta a nuestro potencial individual y el haber ‘completado’ el curso a seguir que Dios ha establecido para todos no­sotros…Todos los atributos divinos, al grado que se desarrollen mediante nuestra ‘diligencia y obediencia’, en realidad se levantarán con nosotros en la resurrección, dándonos ‘hasta ese grado… la ventaja en el mundo venidero’ (D. y C. 130:19)” (Menand Women of Christ, 1991, págs. 21-22).

Vale la pena esforzarse por alcanzar la perfección aun si al final es algo que no se puede obtener en esta vida. La lucha para llegar a ser como el Salvador y Su Padre es la forma mediante la cual nosotros mismos nos perfeccio­namos. Si seguimos el modelo que Cristo estableció, es­taremos respondiendo al mandato que se dio en las Escrituras: “…venid a Cristo, y perfeccionaos en él” (Moroni 10:32).

“He aquí”, dijo el Salvador a los nefitas, “yo soy la luz; yo os he dado el ejemplo” (3 Nefi 18:16). Con frecuencia decía a Sus discípulos “Venid en pos de mí” (Mateo 4:19). Su enseñanza consistía en lo siguiente: “haz lo que hago” en vez de “haz lo que digo”. Una vez que hubo mi­nistrado humildemente a Sus apóstoles al arrodillarse an­te ellos y lavarles los pies, les enseñó: “Porque ejemplo os he dado, para que como yo os he hecho, vosotros tam­bién hagáis” (Juan 13:15).

Naturalmente, Jesús, que fue nuestro modelo perfecto en todas las cosas, tenía Su propio modelo de perfección. Tal como El enseñó: “De cierto, de cierto os digo: No puede el Hijo hacer nada por sí mismo, sino lo que ve ha­cer al Padre; porque todo lo que el Padre hace, también lo hace el Hijo igualmente” (Juan 5:19).

Lo mismo sucede con los miembros de la Iglesia de hoy. No podemos hacer nada por nosotros en Su obra; pero mediante la guía del Espíritu Santo, podemos y de­bemos hacer las cosas que nuestro Salvador haría. Durante Su ministerio terrenal, Él nos mostró por lo me­nos tres maneras importantes de conducirnos y guiarnos unos a otros.

Un ejemplo en cuanto a la oración

Primeramente, Jesús compren­dió y enseñó la importancia de la oración; pero mucho más que eso, Él vivió ese con­cepto. Continuamente oraba al Padre para suplicar guía y fortaleza, porque Su gran deseo era hacer la voluntad del Padre.

En las Escrituras hay numerosas referencias en cuanto a las oraciones de Cristo. Marcos nos dice que Jesús se le­vantaba temprano por la mañana, salía “a un lugar de­sierto”, y oraba (Marcos 1:35). Lucas también hace referencia a la forma en que el Salvador “se apartaba a lu­gares desiertos, y oraba” (Lucas 5:16). La transfiguración de Cristo ocurrió después de que Él y tres de Sus discípu­los subieron “al monte a orar” (Lucas 9:28; véanse tam­bién los versículos 28-36). Las Escrituras registran que Él oró por Pedro (véase Lucas 22:32), por Sus discípulos (véase Juan 17:9) y, en la víspera de Su terrible expia­ción, por sí mismo (véase Mateo 26:39).

En uno de los relatos más poderosos de todas las Escrituras, leemos en 3 Nefi acerca de las oraciones del Señor resucitado entre los nefitas: “No hay lengua que pueda hablar, ni hombre alguno que pueda escribir, ni co­razón de hombre que pueda concebir tan grandes y ma­ravillosas cosas como las que vimos y oímos a Jesús hablar; y nadie puede conceptuar el gozo que llenó nues­tras almas cuando lo oímos rogar por nosotros al Padre” (17:17).

Más tarde, en ese mismo relato, Jesús “tomó a sus ni­ños pequeños, uno por uno, y los bendijo, y rogó al Padre por ellos” (versículo 21), después de lo cual hubo una in­creíble manifestación espiritual, con “ángeles que des­cendían del cielo cual si fuera en medio del fuego; y bajaron y cercaron a aquellos pequeñitos, y fueron rodeados de fuego; y los ángeles les ministraron” (versí­culo 24).

Varias veces Jesús oró por los nefitas, y les enseñó la forma de orar. Luego, señaló este punto importante: “Alzad, pues, vuestra luz para que brille ante el mundo. He aquí, yo soy la luz que debéis sostener en alto: aque­llo que me habéis visto hacer. He aquí, habéis visto que he orado al Padre, y todos vosotros habéis sido testigos” (3 Nefi 18:24).

La lección para cada uno de nosotros es evidente: de­bemos orar. Al acercarse el final de Su ministerio, el profeta Nefi expresó la importancia de la oración: “Mas he aquí, os digo que debéis orar siempre, y no desmayar; que nada debéis hacer ante’ el Señor, sin que primero oréis al Padre en el nombre de Cristo, para que él os con­sagre vuestra acción, a fin de que vuestra obra sea para el beneficio de vuestras almas” (2 Nefi 32:9).

Una característica del estudio y de las enseñanzas de las escrituras

La segunda característica del liderazgo ejemplar de Jesucristo es que Él conocía y comprendía las Escrituras y las utilizaba para enseñar e inspirar a las personas. Desde que era niño, debió haberle gustado estudiar y analizar las palabras de los profetas según se encuentran en las Santas Escrituras. Con frecuencia hizo hincapié en la im­portancia de las mismas.

“Escudriñad las Escrituras”, dijo a Sus discípulos en Jerusalén; “porque a vosotros os parece que en ellas te­néis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí” (Juan 5:39). Mateo registra que cuando los saduceos trataron de confundir al Salvador con puntos difíciles de doctrina, “Jesús, les dijo: Erráis, ignorando las Escrituras y el poder de Dios” (Mateo 22:29).

¿Conocemos, en verdad, las Escrituras y, por lo tanto, el poder de Dios? ¿O erramos al poner nuestra confianza en la sabiduría del hombre? Es imperativo que sigamos el ejem­plo de Cristo y que hagamos del estudio de las Escrituras una parte integral de nuestra vida cotidiana. Nefi nos acon­sejó con prudencia: “Deleitaos en las palabras de Cristo; porque he aquí, las palabras de Cristo os dirán rodas las co­sas que debéis hacer” (2 Nefi 32:3). Ese estudio no sólo nos fortalecerá espiritualmente y: nos ayudará a acercarnos al Señor, sino que también hará posible que enseñemos como Jesús enseñó: basándonos en las Escrituras.

Debemos tener presente que el Señor explicó las Escrituras y el Evangelio en maneras simples y sencillas. Por ser el más inteligente de todos los hijos de nuestro Padre Celestial, seguramente Él podría haber impresiona­do a Sus seguidores con Su gran conocimiento y sabiduría, pero no sé hasta qué punto habría podido enseñarles. En cambio, se dirigió a ellos basándose en el nivel de la expe­riencia y la comprensión de aquellos. Cuando deseaba enseñar un principio, en lugar de hablarles de conceptos e ideas abstractas, se valió de cosas comunes: el cordero y el pastor, la red del pescador; la semilla de mostaza, la sal, las velas, el maestro, el siervo.

No hay duda de que tuvo mucho éxito con ese méto­do. Simplemente veamos a Pedro, un pescador sencillo y simple, cuando Cristo por primera vez le dijo “Venid en pos de mí” (Mateo 4:19). Bajo la divina tutela del Maestro de Maestros, Pedro se transformó, pasando del humilde seguidor al discípulo amado de fe débil, y luego al poderoso apóstol presidente. Advirtamos la percepción espiritual de ese gran líder, que escribió:

“Más vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, na­ción santa, pueblo adquirido por Dios, para que anun­ciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable;

“vosotros que en otro tiempo no erais pueblo, pero que ahora sois pueblo de Dios; que en otro tiempo no ha­bíais alcanzado misericordia, pero ahora habéis alcanza­do misericordia” (1 Pedro 2:9-10).

¿Adquirió Pedro esa clase de información mientras re­mendaba las redes o estaba pescando? Creo que no. Es más probable que haya obtenido esa información poco a poco, durante tres años de viajar con Cristo y de escu­charlo revelar el significado de las Escrituras a los que iban para oírle, y durante los años subsiguientes de reci­bir la dirección inspirada del Salvador. El transmitió ese conocimiento a aquellos que acudían a Él para recibir di­rección. De igual modo, nosotros debemos estar prepara­dos para compartir con los demás los tesoros que encontramos mediante nuestro estudio de las Escrituras y del testimonio del Espíritu Santo.

Un ejemplo perfecto de toda virtud

Un tercer atributo del liderazgo de Cristo tiene que ver con la obediencia, la dignidad y la rectitud personal. Jesús es el modelo perfecto de la rectitud personal; Él es el ejemplo físico de toda virtud y atributo divinos al que alguien podría aspirar. Quisiera centrar nuestra atención en algunos de esos maravillosos rasgos del carácter.

Un rasgo es la lealtad, en particular la lealtad hacia Dios. Nunca había duda en cuanto a lo que era lo más importante para Cristo; Él dijo: “porque no busco mi vo­luntad, sino la voluntad del que me envió, la del Padre” (Juan 5:30). Debemos aprender a seguir a Jesús y su mag­nífico ejemplo, tal como El siguió a Su Padre Celestial.

El presidente Thomas S. Monson, Primer Consejero de la Primera Presidencia, dio en una ocasión un ejemplo excelente de la importancia de permanecer fieles al Salvador y a Sus instrucciones, las cuales nos da por me­dio de la inspiración del Espíritu Santo. En una de las pa­redes de la oficina del presidente Monson se encuentra un pintura grande del Salvador. El presidente Monson di­ce que siempre que confronta un problema difícil, mira la pintura y se pregunta a sí mismo: “¿Qué querría el Salvador que yo hiciera?”.

Otro importante rasgo del carácter de liderazgo que ejem­plificó Cristo es el valor. No obstante que siempre tenía tacto y compasión, el Maestro nunca vaciló en decir o en hacer lo que fuese necesario. Con valentía hizo frente a los mercaderes que estaban convirtiendo el templo en una “cueva de ladrones” (Mateo 21:13). Él no vacilaba en reprender cuando era necesario, a fin de señalar una injusticia o hipocresía.

Y cuando una compañía de soldados y alguaciles fue­ron a tomarlo prisionero para finalmente matarlo, les hi­zo frente con resolución, preguntando: “¿A quién buscáis?”. Los hombres respondieron que buscaban a Jesús de Nazaret.

“Yo soy”, respondió Jesús con tanto valor y poder que muchos de los que se encontraban en la multitud retro­cedieron y cayeron a tierra.

Por segunda vez, Jesús les preguntó: “¿A quién bus­cáis?”. Y cuando respondieron que era a Él, les dijo: “Os he dicho que yo soy; pues si me buscáis a mí, dejad ir a éstos [Sus discípulos]” (véase Juan 18:1-8).

Ésa es la clase de líder valeroso que estaríamos dis­puestos a seguir a dondequiera y a cualquier hora.

Otro rasgo del carácter del Salvador es la habilidad que tiene para delegar. Él dio a Sus discípulos cosas específicas e importantes para hacer. Todos conocemos a líderes que, en su afán por ser demasiado competentes, tratan de ha­cer todo por sí mismos, lo cual produce muy poco pro­greso en los demás. Jesús confiaba en Sus seguidores de tal modo que compartió con ellos Su obra, e incluso Su gloria, a fin de que pudiesen progresar.

Es mucho más difícil enseñar a un niño a tender la ca­ma que tenderla uno mismo. Pero si a la criatura no se le da ese privilegio, nunca aprenderá a hacerlo. De igual manera, Jesús sabe que esta vida está llena de significado y propósito, y que se nos ha puesto en este planeta con el fin de actuar y de progresar. A través de Su existencia te­rrenal, Él nos ha facilitado el progreso al delegar asigna­ciones importantes a los demás, desde la guerra preterrenal en los cielos hasta el ministerio de los líderes actuales de Su Iglesia.

Naturalmente, se debe aclarar que ese progreso se lle­va mejor a cabo cuando las asignaciones se entienden claramente, y cuando se define con claridad cada área de responsabilidad. Las personas deben tener la libertad pa­ra actuar y completar sus asignaciones, y se les debe indi­car que son responsables ante aquel que les haya delegado la tarea. Esta responsabilidad es una parte vital del proceso del progreso de todas las personas involucra­das. Delegar durante una entrevista personal puede ser un momento propicio para la comunicación eficaz y constructiva, para ofrecer ayuda y al mismo tiempo reci­birla, así como para alabar y reprochar en un espíritu de amor.

El Salvador alienta la hermandad. Él no era un líder que dirigía la obra desde lejos; andaba y trabajaba con aque­llos a quienes dirigía. Él no tenía temor de formar fuertes vínculos de amistad; pasó muchas horas con Sus discípu­los, y formó estrechos lazos con ellos. Jesús dijo:

“Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando.

“Ya no os llamaré siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; pero os he llamado amigos, porque to­das las cosas que oí de mi Padre, os las he dado a cono­cer” (Juan 15:14-15).

También llamó amigos a Sus siervos de los últimos dí­as: “Y además, os digo, mis amigos, porque desde ahora os llamaré mis amigos, conviene que os dé este manda­miento para que lleguéis a ser como mis amigos en los días en que Viajaba con ellos para predicar el evangelio con mi poder” (D. y C. 84:77).

El amor del Salvador se extiende a todos: al débil y al fuer­te, al valiente y al, temeroso, al pecador y al justo. Debido a que Jesús amaba a ‘Sus seguidores y ellos sabían que Él los amaba, podía hablarles en forma abierta y franca? En oca­siones reprendió a Pedro porque lo amaba, y porque de­seaba ayudarle a llegar a ser todo lo que era capaz de llegar a ser. Y debido a que Pedro sabía que el Señor lo amaba, pudo aceptar la reprimenda y beneficiarse debido a ella.

Debemos orar para recibir el don del amor a fin de que todos aquellos a quienes sirvamos sientan nuestro amor. Del mismo modo que los seguidores de Cristo estaban unidos unos a otros por medio de Su amor, así también los miembros de todos los barrios y ramas deben estar “unidos en amor” (Colosenses 2:2).

Jesús es manso y humilde. A Él no le interesaba la glo­ria ‘ para sí mismo sino “gloria sea al Padre” (D. y C. 19:19). El no reclamaba ningún mérito para sí. Él dijo: “he descendido del cielo, no para hacer mi voluntad, si­no la voluntad del que me envió” (Juan 6:38).

No obstante que con frecuencia ministró entre las mul­titudes, el Salvador nunca olvidó la importancia de la mi­sión que tenía para con la persona individual. El mismo Cristo que creó “incontables mundos” (Moisés 1:33), también tuvo tiempo para hacer un poco de lodo con tierra y saliva y restaurar la vista del ciego (véase Juan 9:6-7).

Me siento conmovido por la historia de la mujer que se acercó a Jesús en medio de la multitud. Ella había es­tado enferma durante 12 años y había gastado todo lo que tenía para tratar de mejorarse, pero su condición ha­bía empeorado.

Cuando oyó hablar de Jesús, creyó de inmediato y, aunque pensaba que no había manera de hablar con Él, pensó que sería suficiente si tan sólo pudiera tocar Su manto. Lo hizo e inmediatamente fue sanada.

Esa sería una anécdota maravillosa si terminara ahí, pero me encanta, lo que sucedió después. A pesar de que estaba rodeado de decenas de personas que se agolpaban contra Él de todos lados y Jesús de inmediato sintió que al­guien había extraído fuerza de Él, Se volvió y preguntó: “¿Quién me ha tocado?” (Marcos 5:30).

Los discípulos que se encontraban con Él probablemen­te se sorprendieron; Él estaba rodeado de cientos de perso­nas, y Jesús quería saber quién lo había tocado. La mujer se acercó y contó lo que había sucedido. Jesús respondió: “Hija, tu fe te ha hecho salva; ve en paz y queda sana de tu azote” (versículo 34; véanse también los versículos 25-33).

Lo que me impresiona de ese relato es la forma en que el Señor pudo encontrar la manera de bendecir la vida de una persona a pesar de las exigencias de la multitud que lo rodeaba. Me hace pensar en cuán a menudo todos nos encontramos en situaciones similares. ¿Nos preocupamos lo suficiente por cada uno de los hijos de nuestro Padre Celestial que nos es posible tomar el tiempo para esa per­sona en particular a pesar de las exigencias que tengamos sobre nosotros?

El Salvador es desinteresado. Él se consideraba a sí mis­mo y a Sus propias necesidades como algo secundario, y ministró a los demás en forma incansable, amorosa y efi­caz. Nefi escribió: “Él no hace nada a menos que sea pa­ra el beneficio del mundo; porque él ama al mundo, al grado de dar su propia vida para traer a todos los hom­bres a él. Por tanto, a nadie manda él que no participe de su salvación” (2 Nefi 26:24).

Una gran mayoría de los problemas del mundo actual derivan del egoísmo. Las personas egoístas se concentran en sus propias necesidades y no en las de los demás. A modo de ilustración, el presidente Heber J. Grant solía de­cir que él nunca le asignaba una tarea a nadie que él mis­mo no estuviera preparado para llevar a cabo. Por cierto, Jesús es un ejemplo maravilloso de esa cualidad. De bue­na gana, dio el sacrificio más grande de todos, Su vida, pa­ra beneficio de toda la humanidad. “Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos” (Juan 15:13)

Aunque a ninguno jamás se nos pedirá padecer de la misma manera que Jesucristo padeció por nosotros, aún así, se nos pide sacrificarnos de acuerdo con nuestra ha­bilidad. Pero en realidad no es ningún sacrificio servir al Señor y a nuestros hermanos y hermanas, sino que es una bendición y un privilegio dar lo poco que tenemos, en lo que respecta a tiempo y talentos, a la obra del reino. Cuando se considera de esa manera, el mayor reto de es­te concepto del sacrificio es el llegar a darnos cuenta de que cada vez que tratamos de dar de nosotros mismos, re­cibimos más a cambio.

Por encima de todo, el liderazgo del Salvador está edifica­do en un cimiento de amor y de servicio. Prácticamente to­do lo que Él dijo o hizo manifiesta este punto. Él dijo:

“El Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino pa­ra servir” (Mateo 20:28).

“El que es el mayor de vosotros, sea vuestro siervo” (Mateo 2.3:11).

“Porque el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido” (versículo 12).

Hace muchos años, se me enseñó una gran lección en lo que respecta al servicio amoroso. Me dirigía a una se­sión de la conferencia general, cuando alguien me alcan­zó y me tomó del codo. Era el presidente David O. McKay, a quien había llegado a conocer a través de la re­lación que mi padre tenía con él.

“Ven conmigo, Joseph”, dijo el presidente McKay. “Yo te ayudaré a encontrar un buen asiento”.

Durante esos momentos en que caminábamos hacia la conferencia, el presidente McKay pareció concentrar to­da su atención en mí; habló en forma reverente del amor que sentía por el Señor, así como por los miembros de la Iglesia. Me miró directamente a los ojos mientras me ex­presaba con firmeza su testimonio.

“Quiero que sepas, Joseph”, dijo, “que el Presidente de la Iglesia del Señor recibe revelación de nuestro Señor Jesucristo”. En ese momento, el Espíritu le susu­rró a mi corazón que el presidente David O. McKay me estaba diciendo la verdad. Ese testimonio ha permane­cido conmigo durante toda mi vida, llenándome de reverencia y respeto por el oficio de nuestro Presidente.

Fueron cositas insignificantes: el presidente McKay llamándome por mi nombre, el caminar conmigo hasta el Tabernáculo, el encontrar un lugar en donde sentarme, y el compartir su testimonio conmigo. Pero sentí su amor y me sentí enriquecido por su humilde acto de bondad du­rante esos pocos minutos en que estuvimos juntos. Creo que jamás volví a ser el mismo después de eso.

¡Cuán maravilloso sería si nuestros pequeños actos de servicio pudieran tener esa clase de impacto en la vida de los que nos rodean! Creo con todo mi corazón que si pro­curamos adquirir las virtudes de liderazgo eficaz que ejemplificó el Salvador, Él nos hará capaces de hacer frente al desafío.

El presidente Kimball dijo: “Nos resultará muy difícil llegar a ser líderes productivos a menos que reconozca­mos la realidad de ese líder perfecto, Jesucristo, y le per­mitamos ser la luz que alumbre nuestro camino” (véase Liahona, agosto de 1983, pág. 11).

Recordemos orar con frecuencia, deleitarnos en las palabras de Cristo y enseñarlas de manera sencilla y di­recta, y obtener y perfeccionar los perfectos atributos del Señor Jesucristo. Seamos leales, valientes y humildes; en­señémonos unos a otros mediante la delegación; realce­mos y edifiquemos la hermandad, y estemos dispuestos a sacrificarnos en bien del reino. Y seamos todos llenos de amor y servicio hacia toda la humanidad.

La letra de la tercera estrofa del bello y sagrado himno “Más santidad dame”, establece los altos ideales para aquéllos que estén dispuestos a seguir al Salvador y diri­gir a los demás:

Más íntegro hazme, más triste al pecar,
más puro y limpio, más pronto en amar,
más digno del reino, más libre de error,
más justificado, más como el Señor,
(Himnos, número 71).

El seguir la vida perfecta y las divinas cualidades de li­derazgo del Salvador nos brindará gran éxito en nuestras responsabilidades como padres, en nuestros llamamien­tos en la Iglesia y en nuestros deberes como discípulos del Señor Jesucristo. □

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