José Smith entre los profetas

Liahona Junio 1994

José Smith entre los profetas

Por Robert L. Millet
Decano del Departamento de Educación Religiosa y profesor de Escritura antigua de la Universidad Brigham Young.

Él es el testigo preeminente de Cristo en ésta, la dispensación final.

José Smith, el Profeta mormón, fue sumamente incomprendido por la gente del siglo diecinueve y quizás cause una perplejidad aún mayor a los que viven a fines del siglo veinte. “Nadie conoce mi historia”, dijo él una vez. “Yo no la puedo explicar y nunca lo intentaré. No culpo a nadie por no creerla; si yo mismo no hubiera experimentado lo que pasó, tampoco yo la creería” (History of the Church, 6:317).

Como su Maestro, Jesucristo, José Smith se vio obligado a soportar cierta clase de soledad durante su vida. El muchacho de granja que creció para ser Profeta podía dar un testimonio personal del divino Redentor, puesto que, como Jesús, él también fue hasta cierto punto un “varón de dolores, experimentado en quebranto” (Isaías 53:3). Su vida estuvo marcada no sólo por la persecución y las sospechas, sino también por un aislamiento que únicamente conocen aquellos que andan en los gloriosos rayos del sol del mediodía pero deben ministrar entre los que se contentan con andar en la tenue luz moribunda del ocaso.

“Dios es mi amigo”, le escribió el Profeta a su esposa Emma en un momento de dificultad. “En El encontraré consuelo. He puesto mi vida en Sus manos y estoy dispuesto a responder a Su llamado. Mi deseo es estar con Cristo. El único valor que tiene mi vida para mí es el de hacer Su voluntad” (en The Personal Writings of Joseph Smith, comp. por Dean C. Jessee, Salt Lake City: Deseret Book Company, 1984, pág. 239).

Esas palabras nos dan una idea del profundo secreto de su humildad y su éxito: él sabía, y quería que todos lo supieran, que andaba en la luz del Todopoderoso. Él era el portavoz del convenio del Todopoderoso. Dios lo sabía y él lo sabía.

Conocido por los antiguos

La dispensación del cumplimiento de los tiempos estaba destinada a consumar la obra del Señor. Por ser ésta la época en que Dios reuniría “todas las cosas en Cristo… así las que están en los cielos, como las que están en la tierra” (Efesios 1:10), eran días que los primeros santos esperaban y ansiaban; sabían que llegarían y hablaron de ellos así como del hombre que dirigiría la dispensación final.

El presidente Brigham Young dijo lo siguiente de José Smith:

“En los concilios de la eternidad se decretó, mucho antes de que se establecieran los fundamentos de esta tierra, que él, José Smith, sería el hombre que sacaría a luz la palabra de Dios para la gente en esta última dispensación del mundo, y que recibiría la plenitud de las llaves y del poder del Sacerdocio del Hijo de Dios. El Señor tenía puestos los ojos en él y en su padre, y en el padre de su padre, y en sus antepasados remontándonos hasta Abraham, y desde Abraham hasta el Diluvio, y desde el Diluvio hasta Enoc, y desde Enoc hasta Adán. Él ha observado circular esa sangre desde su origen hasta el nacimiento de ese hombre, que fue preordenado en la eternidad para presidir esta última dispensación” (en Discourses of Brigham Young, sel. por John A. Widtsoe, Deseret Book Company, 1954, pág. 108; cursiva agregada).

Hubo algunos que supieron de la vida de José Smith en los últimos días y de la función vital que él tendría en los acontecimientos finales de esta época. José de la antigüedad (véase 2 Nefi 3:7, 18), el Salvador resucitado cuando estuvo entre los nefitas (véase 3 Nefi 21:9-11),

Moroni (véase Mormón 8:14-16, 23-25) y Juan el Bautista (véase TJS, Juan 1:20-22), todos ellos hablaron de un gran Profeta, un gran Elías que restauraría todas las cosas antes de la segunda venida del Mesías (véase Enseñanzas del Profeta José Smith, pág. 452).

José Smith fue también conocido entre los antiguos de otra manera: ellos lo capacitaron y le enseñaron durante el ministerio terrenal del Profeta. Con la excepción solamente de Jesucristo, no ha habido en el mundo un erudito más competente de las Escrituras que José Smith. Una cosa es leer un libro de Escrituras y otra muy diferente es ser instruido personalmente por su autor. Entre los eruditos y líderes religiosos del mundo, ¿quién puede declarar que ha visto cara a cara a Adán, Enoc, Noé, Moisés, Elías, Juan el Bautista, Pedro, Santiago y Juan? ¿Quién puede hablar con autoridad sobre la vida de la antigua América por haberlo aprendido de Nefi, Mormón, Moroni y otros antiguos israelitas americanos? (véase Journal of Discourses, 13:47; 17:374; 21:94, 161-164; 23:362). Muchos de los visitantes celestiales que él tuvo le pusieron las manos sobre la cabeza y le confirieron las llaves y autoridades que ellos poseían (véase D. y C. 128:20). Resumiendo estos acontecimientos, el presidente John Taylor dijo lo siguiente:

“En primer lugar, José Smith fue apartado por el Todopoderoso, de acuerdo con los concilios de los dioses en los mundos eternos, para dar a conocer los principios que se aplican a la vida… Los principios que él conocía lo pusieron en comunicación con el Señor, y… con los profetas y apóstoles de la antigüedad; hombres como Abraham, Isaac, Jacob, Noé, Adán, Set, Enoc, y Jesús y el Padre, y los apóstoles que vivieron en este continente, así como los de Asia. Él parecía conocer a todas esas personas tan bien como nosotros nos conocemos los unos a los otros, ¿y por qué? Porque él tuvo que introducir una dispensación que se conoce como la dispensación del cumplimiento de los tiempos, y por ese nombre la conocían los antiguos siervos de Dios” (en Journal of Discourses, 21:94; cursiva agregada).

José Smith conocía las Escrituras, conocía sus preceptos, conocía a los profetas que éstas mencionan y conocía el Personaje central de todas ellas: el Señor Jesucristo.

Cabeza de una dispensación

El apóstol Pablo explicó que “los espíritus de los profetas están sujetos a los profetas” (1 Corintios 14:32). Existe un orden aun entre los que han sido llamados como oráculos y portavoces del Todopoderoso. El élder Bruce R. McConkie, Apóstol ya fallecido, hizo esta observación:

“Se comienza por el Señor Jesús, y luego están Adán y Noé. Después, los que son cabeza de cada dispensación. A continuación, más abajo en la escala, están los apóstoles y profetas, los élderes de Israel y los hombres buenos y perspicaces que tienen consigo el espíritu de luz y entendimiento” (“This Generation Shall Have My Word through You”, en Hearken O Ye People: Discourses on the Doctrine and Covenants, Simposio de Sperry 1984, Sandy, Utah: Randall Book Company, 1984, pág. 4).

José Smith, igual que Adán, Enoc, Noé, Abraham, Moisés y otros, es el cabeza de una dispensación; la persona que ocupa esa posición es el medio por el cual Dios transmite Su conocimiento y poder a los hombres y las mujeres de la tierra; el medio por el cual se revela nuevamente el Evangelio de Jesucristo, o sea, el plan de salvación y exaltación; el medio por el que los poderes divinos que tienen la facultad de cambiar a la gente, incluso los convenios y ordenanzas salvadores, se extienden a los seres humanos durante un periodo llamado “dispensación”. El cabeza de la dispensación se destaca como el preeminente testigo profético de Cristo; él tiene un conocimiento íntimo y personal de todo ello, porque lo ha visto y oído, y lo ha sentido y lo ha vivido. Por el lugar central que ocupa en el plan, y porque es por medio del poder de su testimonio que hombres y mujeres llegan a conocer al Señor y gozar de la luz del Espíritu, sus seguidores testifican de su llamamiento y posición. El élder McConkie lo explicó así:

“Todo Profeta es testigo de Cristo; todo cabeza de una dispensación es en su época un revelador de Cristo; y todo profeta o apóstol es un reflejo, un eco y un representante del cabeza de la dispensación; todos ellos vienen para repetir al mundo, para exponer y desarrollar lo que Dios haya revelado por medio del hombre al que El haya nombrado en esa época para exponer Su palabra eterna al mundo” (“This Generation Shall Have My Word through You”, págs. 4-5).

Ciertamente, nosotros adoramos al Padre en el nombre del Hijo; Cristo nuestro Señor es la única vía que existe para llegar al Padre, y el suyo es el único nombre bajo los cielos por el cual el hombre puede salvarse. Pero, como hemos visto, el que es cabeza de una dispensación es el preeminente revelador profético de Jesucristo. Por ese motivo, dar testimonio de José Smith es dar testimonio de Cristo, que lo envió, del mismo modo que el testimonio de Cristo lleva claramente implícito un testimonio del Padre Eterno, que lo envió a Él. Por otra parte, negar a José Smith —negar las impresiones espirituales que atestiguan de su llamamiento profético— es negar al Señor que lo envió. Jesús les dijo a los discípulos que “el que a vosotros desecha, a mí me desecha; y el que me desecha a mí, desecha al que me envió” (Lucas 10:16; véase también D. y C. 1:38; 84:36; 112:20).

Existe un poder divino, una investidura espiritual especial del Señor a quien adoramos, que se recibe al ofrecer un testimonio puro y ferviente de José Smith y de la Restauración. Sin duda, esa investidura o poder indican claramente la aprobación de los cielos. El presidente Joseph F. Smith, sobrino del Profeta, dijo lo siguiente:

“Creo en la divinidad de Jesucristo, porque, más que nunca, estoy más próximo a la posesión del conocimiento verdadero de que Jesús es el Cristo, el Hijo del Dios viviente, mediante el testimonio de José Smith… de que él lo vio, de que lo oyó, de que recibió instrucciones de Él, que obedeció dichas instrucciones…” (Doctrina del evangelio, pág. 488).

“…Exceptuando sólo a Jesús…”

No es difícil vislumbrar la singular misión de José Smith en esta etapa final del mundo. Con un espíritu de gratitud y honra, el presidente John Taylor, hombre no inclinado a la exageración, escribió:

“José Smith, el Profeta y Vidente del Señor, ha hecho más por la salvación del hombre en este mundo, que cualquier otro que ha vivido en él, exceptuando sólo a Jesús…” (D. y C. 135:3).

¿Más que Enoc? ¿Más que Abraham? ¿Más que Jacob? ¿Más que Moisés? ¿Qué quiso decir con eso el presidente Taylor? Consideremos los siguientes puntos:

1.- José Smith fue el administrador legal de esa época de la cual profetizó Joel diciendo que el Señor derramaría Su Espíritu sobre toda carne (véase Joel 2:28-29). Cuando Moroni apareció por primera vez ante el Profeta, en septiembre de 1823, le citó esos versículos del libro de Joel y le dijo que todavía no se había cumplido, “pero que se realizaría en breve” (José Smith—Historia 1:41). En los años que siguieron a las visitas de Moroni, sin duda ha habido muchas personas que han tenido sueños y visiones. Y sobre todo, el Espíritu de Dios ha sido la influencia motivadora en el esparcimiento de la verdad eterna y en la transformación espiritual de los que se han sometido a los preceptos y condiciones del Evangelio restaurado de Jesucristo.

Además, el Espíritu ha tenido su efecto también en los que no profesan nuestra fe. Después de citar la profecía de Joel, el presidente Joseph Fielding Smith hizo la siguiente aclaración:

“Desde entonces, ha habido muchos grandes descubrimientos. De hecho, desde el establecimiento del evangelio, estos descubrimientos e invenciones han aumentado más rápidamente, y hemos visto, posiblemente… más de lo que se vio durante todos los años anteriores, desde los días del Renacimiento… y de la reforma, hasta la visita de Moroni al profeta José Smith” (Doctrina de salvación, págs. 172-173).

En resumen, el Espíritu de Dios —o sea, la Luz de Cristo— ha inspirado los desarrollos intelectuales, científicos y tecnológicos desde la época de la revolución industrial hasta nuestra propia época de tanto conocimiento. José Smith preside esta etapa de iluminación y expansión.

2.- Aunque nos emocionamos al pensar que Dios continúa guiando Su Iglesia y reino, la mayor parte de la doctrina que hoy conocemos la recibimos por medio de José Smith. Con su llamamiento se iniciaron “los tiempos de la restauración de todas las cosas, de que habló Dios por boca de sus santos profetas que han sido desde tiempo antiguo” (Hechos 3:21), una época de restauración que continuará durante el Milenio y que lleva el nombre de “dispensación del cumplimiento de los tiempos”. José Smith fue llamado para dar a conocer “las cosas que jamás se han revelado desde la fundación del mundo, antes fueron escondidas de los sabios y entendidos, [y] serán reveladas a los niños pequeños y a los de pecho en ésta, la dispensación del cumplimiento de los tiempos” (D. y C. 128:18; véase también 124:41).

3.- Con la visita que hizo el Salvador al mundo de los espíritus, comenzó la obra por la redención de los muertos; pero después de la Gran Apostasía, dicha responsabilidad reapareció en esta dispensación final. ¡Pensemos en lo que eso significa! Que sobre José Smith y sus sucesores recae la enorme responsabilidad de enseñar el evangelio en el mundo de los espíritus y de llevar a cabo las ordenanzas salvadoras por miles de millones de los hijos de nuestro Padre. El presidente Brigham Young pronunció estas claras palabras:

“José Smith posee las llaves de esta última dispensación y se encuentra ahora detrás del velo embarcado en la gran obra de los últimos días… No habrá persona alguna de esta dispensación que pueda entrar en el Reino Celestial de Dios sin el consentimiento de José Smith. Desde el día en que el sacerdocio fue retirado de la tierra hasta la finalización de todas las cosas, todo hombre y toda mujer tendrá que contar con la confirmación de José Smith como pasaporte de entrada a la mansión donde moran Dios y Cristo… Él tiene en su poder las llaves de ese reino para esta última dispensación, las llaves para gobernar en el mundo de los espíritus…

“¿No debería ser esa idea un consuelo para todos? Poco a poco, en el futuro estarán… agradecidos por un hombre como José Smith… Él tiene la misión de asegurarse de que todos los hijos de los hombres de esta última dispensación que puedan ser salvos lo sean, por medio de la redención” (en Journal of Discourses, 7:289; cursiva agregada).

Un tributo

Como ya lo mencionamos, la vida de José Smith siguió hasta cierto punto el modelo establecido por su Maestro, Jesucristo, y vemos que fue así aun hasta el trágico fin que tuvo; al igual que el Maestro, José Smith derramó su sangre para que el testamento final, el restablecimiento del nuevo convenio, pudiera estar en pleno efecto (véase Hebreos 9:16). Se cuenta que, poco antes de su muerte, el Profeta hizo este comentario:

“Estoy cansado; se me ha perseguido y he sufrido mucho. Algunos hermanos piensan que pueden llevar a cabo esta obra mucho mejor que yo. Le he pedido al Señor que me lleve de este mundo. He soportado todo lo que he podido. Ahora debo sellar con mi sangre mi testimonio a esta generación. Debo hacerlo, porque esta obra jamás progresará hasta que yo me vaya, pues un testamento no está en vigencia hasta la muerte del testador. Los que hablan de mí ignoran quién soy, y nada sabrán de mí hasta que me vean pesado en la balanza del reino de Dios. Entonces sabrán quién soy, me verán tal como soy” (Mary Elizabeth Rollins Lightner, en They Knew the Prophet, comp. por Hyrum y Helen Mae Andrus, Salt Lake City: Bookcraft, 1974, págs. 26-27).

El presidente Brigham Young ofreció el siguiente testimonio: “¿Quién puede decir con justicia lo más mínimo contra José Smith?… me atrevo a decir que, con la excepción de Jesucristo, no ha vivido ni vive en esta tierra un hombre mejor que él” (Discourses of Brigham Young, pág. 459). Y el presidente Wilford Woodruff hizo esta observación: “En esta generación no existe otro hombre tan grandioso como José… Su mente, como la de Enoc, se expande como la eternidad, y sólo Dios puede comprender su alma” (en “Journal History”, 9 de abril de 1837).

Uno de los cometidos más importantes que enfrentamos los Santos de los Últimos Días al acercarnos al fin del siglo veinte es ser verídicos y fieles al legado que José Smith nos dejó. El salmista dijo que en los últimos días los malos tenderían el arco para atacar a los rectos de corazón y tratar de destruir los fundamentos de su fe (véase Salmos 11:1-3), o sea, que tratarían de minar las verdades fundamentales que sostienen nuestra fidelidad a la Iglesia y reino de Dios. Esto ha ocasionado y todavía ocasiona los intentos, malignos y sutiles al mismo tiempo, de vilipendiar el nombre y las labores de José Smith, el Profeta fundador de esta dispensación. Pero es necesario recordar que el Dios de los cielos fue quien aprobó y llamó a José Smith; y aquellos que traten de ensuciar el nombre y la reputación del Profeta de la Restauración tendrán algún día que responder ante Dios de sus acciones.

El presidente George Albert Smith dijo:

“Muchas personas han menospreciado a José Smith, pero los que lo han hecho quedarán olvidados en lo profundo de la madre tierra y la hediondez de su infamia los acompañará para siempre; no obstante, el honor, la majestad y la fidelidad a Dios, que José Smith ejemplificó y que van junto con su nombre, jamás desaparecerán” (citado por el presidente Harold B. Lee en “Conference Report”, oct. de 1973, pág. 166).

José Smith fue y es un Profeta del Dios viviente. Sé que el Señor estuvo con él, le dio un llamamiento y le dio poder para revelar al Padre y al Hijo, así como las doctrinas de salvación, a un mundo que había estado errando espiritualmente durante siglos en las tinieblas.

Que el Señor invista a cada uno de nosotros con la determinación y la fortaleza espiritual de vivir lo que creemos, a fin de que podamos ser una evidencia del aprecio y la gratitud que tenemos por Dios nuestro Padre, por Jesucristo Su Hijo y por José Smith el Profeta, Su preeminente testigo profético en estos postreros días. □

Robert L. Milla es decano del Departamento de Educación Religiosa y profesor de Escritura antigua de la Universidad Brigham Young.

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