¿Es necesaria una Iglesia?

Liahona Junio 1968

¿Es necesaria una Iglesia?

Por el élder Howard W. Hunter
Del Consejo de los Doce

¿Cuantas veces habéis oído hacer la declara­ción o expresar la opinión de que no es necesario tener una Iglesia, o participar en una orga­nización religiosa, para ser un buen cristiano o llevar una vida cristiana? Quisiera ahora examinar con vosotros la validez de tal declaración en su rela­ción con las Escrituras y el razonamiento, el cual se basa en hechos.

A fin de comenzar una investigación en este tema, parece indispensable que nos volvamos al autor del Cristianismo. Al dirigirse a las multitudes, el Maestro dijo: “No todo el que me dice Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos.” (Mateo 7:21)

Cuando oigo estas palabras me parece que el Señor estuviera diciendo: “Sólo porque una persona reconozca mi autoridad, crea en mi naturaleza divi­na, o simplemente exprese fe en mis enseñanzas o en el sacrificio expiatorio que realicé, esto no signi­fica que entrará en el reino de los cielos, ni que lo­grará un grado más alto de exaltación.” Implícita­mente está diciendo: “Creer sólo, no es suficiente.” Y entonces agrega: “sino el que hace la voluntad de mi Padre” o sea aquél que trabaja y poda la viña para que dé buenos frutos.

En la revelación que se refiere principalmente a la mejor manera de vivir, que nos fue dada por el Señor como palabra de sabiduría, se mencionan tan­to las cosas que son buenas para el hombre como las que no lo son, y luego el Señor agrega esto: “Y todos los santos que se acuerden de guardar y hacer estas cosas, rindiendo obediencia a los mandamientos, recibirán salud en sus ombligos, y médula en sus huesos; y hallarán sabiduría y grandes tesoros de conocimiento, aun tesoros escondidos; y correrán sin cansarse, y no desfallecerán al andar. Y yo, el Señor, les hago una promesa, que el ángel destructor pasará de ellos como de los hijos de Israel, y no los matará.” (Doc. y Con. 89:18-21) “Guardar y hacer estas cosas” parecen ser las palabras clave. Una vez más debemos ser hacedores de la palabra y no solamente oidores a fin de obtener la bendición.

En su epístola dirigida a las doce tribus disper­sadas por doquier, Santiago las amonesta de esta manera: “. . . ser hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores, engañándoos a vosotros mismos. Porque si alguno es oidor de la palabra pero no hacedor de ella, éste es semejante al hombre que considera en un espejo su rostro natural. Porque él se considera a sí mismo, y se va, y luego olvida cómo era. Más el que mira atentamente en la per­fecta ley, la de la libertad, y persevera en ella, no siendo oidor olvidadizo, sino hacedor de la obra, éste será bienaventurado en lo que hace.” (Santiago 1:22-25)

Hay una razón histórica para esta declaración de Santiago. De acuerdo a los informes que han llegado hasta nosotros, la primera Iglesia, estable­cida por Cristo y extendida por el mundo bajo la dirección de los apóstoles, seguía la misma forma de guardar el Día del Señor que practicaba el pue­blo judío en las sinagogas. Durante estos servicios, se leían escrituras del Antiguo Testamento. Los escritos de los libros conocidos ahora como el Nuevo Testamento no habían sido recopilados todavía, pero indudablemente habían sido introducidas las ense­ñanzas de Jesús y sus apóstoles; cantaban los sal­mos y los primeros himnos cristianos y ofrecían ora­ciones. Parecería que Santiago se refiriera a la par­ticipación en los servicios religiosos al decir “pero sed hacedores de la palabra y no tan solamente oidores”. El valor de participar en servicios de la Iglesia, según Santiago, ha sido comprendido cuando la palabra oída se convierte en la acción. Si al­guien se considera devoto sin llevar a su vida diaria las verdades que ha oído, su devoción es tan inútil como la mirada al espejo, que inmediatamente se olvida.

El apóstol Pablo hizo una declaración que re­sulta similar a la anterior; con estas palabras, se refirió a los requerimientos de la ley en su epístola a los santos en Roma: “porque no son los oidores de la ley los justos ante Dios, sino los hacedores de la ley serán justificados.” (Romanos 2:13) En otras palabras, los justos no son los oidores de la ley, sino los hacedores. Las observaciones de Pablo se dirigen a aquellos que viven bajo la idea errónea de que una honrosa adherencia a la religión tradicional here­dada, los convertirá en creyentes merecedores de las bendiciones. Ellos son devotos de boca, pero no hacedores de la ley.

Refiriéndose a la parábola de las dos casas, Lu­cas recoge las palabras de Jesús concernientes al servicio de boca: “¿Por qué me llamáis, Señor, Se­ñor, y no hacéis lo que yo digo? Todo aquel que viene a mí y oye mis palabras y las hace, os indi­caré a quién es semejante. Semejante es al hombre que al edificar una casa, cavó y ahondó y puso el fundamento sobre la roca; y cuando vino una inun­dación, el río dio con ímpetu contra aquella casa, pero no la pudo mover, porque estaba fundada sobre la roca. Más el que oyó y no hizo, semejante es al hombre que edificó su casa sobre tierra, sin funda­mento; contra la cual el río dio con ímpetu, y luego cayó, y fue grande la ruina de aquella casa.” (Lucas 6:46-49)

Este mismo principio es verdadero cuando afecta otro tipo de relaciones. La amistad no puede perdu­rar si está edificada en la arena del egoísmo. Los matrimonios no son duraderos cuando no tienen otro cimiento que el de la atracción física, y no están basados en un amor profundo y en la lealtad. El mismo principio es verdadero cuando se trata de la relación entre el individuo y la Iglesia. La tradición no es suficiente; tampoco lo son los dogmas orto­doxos, ni los credos formales. No es suficiente decir “Señor, Señor”. Tales creencias tienen su funda­mento en la arena.

Toda naturaleza que sea del dominio de Dios presenta el mismo principio: La abeja que no tra­baje pronto se verá echada de la colmena. Al mirar a las laboriosas hormigas en sus caminos o alrededor del hormiguero, quedo impresionado por el hecho de que no son solamente creyentes sino hacedoras; a la gallina no le basta con cloquear para conseguir semillas, tiene que escarbar; un pozo de aguas estan­cadas, verdes por las algas y la escoria de la inacti­vidad, es el lugar de procreación de bacterias, pero la corriente clara que baja de las montañas saltan­do sobre las rocas, es una invitación a beber.

Las palabras del Maestro referentes a la casa sin fundamentos me dicen que el hombre que tenga la somera y temeraria idea de que se basta a sí mis­mo, no puede edificar su vida sobre un fundamento que la haga fácil y agradable. Mientras el tiempo le sea favorable, su locura puede pasar desapercibida; pero un día vendrán las inundaciones, las aguas fangosas de alguna pasión repentina, la corriente tempestuosa de una tentación no prevista. Si su carácter no tiene una base más firme que la del servicio de boca, toda su estructura moral se vendrá abajo.

¿Qué podemos hacer conscientemente para edifi­car una base fuerte, y colocarnos en una posición tal que podamos hacer la voluntad de nuestro Padre? ¿Cómo podemos recibir mejor ayuda, más allá del hecho de ser meros oidores o creyentes, para con­vertirnos en hacedores de la palabra? Si estudiamos las leyes de Dios y las enseñanzas del Salvador, encontramos que, en casi todos los casos hay referen­cias a nuestras relaciones con los demás. El indi­viduo encuentra limitaciones en llegar a ser un hacedor, si está en soledad y aislamiento.

Un hombre solo no puede construir su automóvil, sino que es una asociación de hombres unidos con un propósito lo que provee los medios para que el producto sea fabricado y vendido. En la sociedad en la cual vivimos, muy pocas personas son autodi­dactas; confiamos en la organización de una gran cantidad de gente para lograr el objetivo. En los negocios y la industria, logran el éxito aquellos que se unen enérgicamente con un propósito común. Hay muchas cosas que puede lograr el hombre uniéndose a otros, que de otra manera resultarían casi imposibles, trabajando solo.

Aparte del individuo, el grupo más pequeño en la sociedad es la familia. Un hogar basado en los principios enseñados por Cristo, es uno de los ejem­plos más hermosos de vida cristiana; todos los miem­bros de la familia tienen la oportunidad y el privi­legio de ser hacedores, y de ampliar sus posibilida­des de vivir los mandamientos con mayor perfección. Extender la unidad familiar a la gran comunidad de la Iglesia, ofrece oportunidades aún mayores de ser hacedores de la palabra. Es de esta ampliación de la relación familiar que sacamos nuestro vocabulario cristiano, llamando a Dios “Padre”, a Jesucristo nuestro “Hermano Mayor”, y refiriéndonos los unos a los otros como a “hermano” y “hermana”.

Los objetivos de la Iglesia son: enseñar las leyes del Señor y los principios del evangelio; ayudar al individuo en su educación religiosa; implantar el fir­me testimonio de que Dios vive y de que Jesús es el Cristo y el Salvador del mundo; y alentar a todos los miembros en el camino hacia la exaltación celes­tial y eterna, mediante la oportunidad de “hacer’. Hay una razón real por la cual Cristo estableció su Iglesia durante su ministerio en la tierra. Para po­der comprender, sólo tenemos que escuchar sus pa­labras, y las enseñanzas de aquéllos que Él envió al mundo.

“No todo el que me dice: Señor, Señor, entraran en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos.” (Mateo 7:21) “Y todos los santos que se acuerden de guardar y hacer estas cosas. . .” (Doc. y Con. 89:18) “. . . sino los hacedores de la ley serán justificados.” (Romanos 2:13) “Todo aquél que viene a mí, y oye mis pa­labras y las hace. . .” (Lucas 6:47). . . todas estas son las amonestaciones.

Del hecho de que la Iglesia fuera establecida por Cristo durante su ministerio, debemos sacar en con­clusión que ella es esencial para el hombre, y no optativa; su vida y su ministerio fueron dedicados a establecer un patrón y crear el modelo: El estableció esas cosas con la admonición de que las sigamos.

Yo os aseguro que la Iglesia de Jesucristo es tan necesaria en la vida del hombre actualmente, como lo era cuando fue establecida por El; no con un interés pasivo ni con la mera declaración de la fe, sino con el atributo de una responsabilidad activa.

En este sentido la Iglesia nos saca de la oscuridad de una vida aislada a la luz del evangelio, donde la creencia se convierte en la acción, de acuerdo a las amonestaciones de las escrituras. Esta es la única esperanza para el individuo, la familia, la Iglesia de las naciones de la tierra.

Trece mil hombres y mujeres, en su mayoría jó­venes, se encuentran en el mundo comprometidos en una misión, declarando que la Iglesia establecida por Cristo durante su ministerio, y perdida para el mundo por causa de la corrupción de los hombres en las épocas de oscurantismo de la historia, ha sido restaurada otra vez sobre la tierra; que aquella Igle­sia es la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días; que el poder y autoridad para actuar en el nombre de Dios, ha sido de nuevo conferido a los hombres. Quiero agregar mi testimonio para confirmar estos hechos. Sé que Dios vive y que Jesús, su Hijo, es el Cristo y el Salvador del mundo. Que cada uno de nosotros pueda convertirse en un hacedor de la palabra por medio de la participación activa en la Iglesia lo ruego humildemente, en el nombre de Jesucristo. Amén.

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