El profeta José Smith: Maestro por medio del ejemplo

Liahona Junio 1994

El profeta José Smith: Maestro por medio del ejemplo

Por el presidente Thomas S. Monson
Segundo Consejero de la Primera Presidencia

Nuestro testimonio del Salvador se fortalecerá si emulamos al profeta José Smith, que nos enseña grandes principios por medio de toda una vida de buenos ejemplos.

“Nací en el año de nuestro Señor mil ochocientos cinco, el día veintitrés de diciembre, en el pueblo de Sharon, Condado de Windsor, Estado de Vermont” (José Smith—Historia 1:3). Eso dijo el primer Profeta de esta gran dispensación, la dispensación del cumplimiento de los tiempos. Esas palabras del profeta José Smith y su testimonio, que está a continuación, han sido traducidas al portugués, al español, al chino, al ruso, al alemán, al francés, al polaco y a casi todos los demás idiomas del mundo civilizado. Al ser leídas por los hombres y mujeres de integridad, esas profundas palabras han cambiado su manera de pensar y su vida. Y en eso consiste el valor del sencillo testimonio del joven Profeta, José Smith.

Remontémonos en el tiempo al año 1805 de nuestro Señor, al día veintitrés de diciembre, en el pueblo de Sharon, Condado de Windsor, estado de Vermont. Invito al lector a ir conmigo en esa jornada, a acompañarme en la contemplación de los importantes acontecimientos que tuvieron lugar ese día. Estoy seguro de que, al mirar con orgullo al pequeño infante que había llegado a su hogar, Joseph Smith y su esposa, Lucy Mack, estarían complacidos y sumamente agradecidos al Señor porque el período de gestación había transcurrido sin problemas y les había nacido aquel hermoso niño. Me imagino que hayan podido exclamar, como el poeta, que el pequeño era “un delicado renuevo humano, recién salido del hogar de Dios para florecer en la tierra” (Gerald Massey). Un espíritu escogido había venido a morar en su tabernáculo terrenal.

Hay quienes preguntan: “¿Tuvo una infancia o adolescencia fuera de lo común?” “¿Era el profeta José Smith diferente de mí o de mis hermanos?” Tal vez obtengamos más luz en cuanto a la infancia del Profeta al leer las palabras de su madre, Lucy, que escribió: “Seguramente, algunos de mis lectores se desilusionarán, puesto que… hay quienes piensan que es posible que yo tenga para relatar muchos hechos extraordinarios de su infancia; pero, como durante los primeros años de su vida no ocurrió nada fuera de las situaciones triviales que son particulares en esa época de la existencia humana, no escribo nada sobre ese período” (Lucy. Mack Smith, History of Joseph Smith hy His Mother, Salt Lake City: Bookcraft, 1979, pág. 67). Eso es todo lo que tenemos de su madre con referencia a los primeros años de su niñez.

Sin embargo, todavía en la época de su infancia la mala salud y el infortunio parecen haber perseguido a la familia. El padre, un buen hombre, trató de establecer una granja en varias localidades, pero no tuvo éxito en ninguna. Cuando el niño tenía siete años, él y sus hermanos cayeron enfermos de fiebre tifoidea; los otros se recuperaron rápidamente, pero él quedó con una dolorosa herida en la pierna, que no sanaba; los médicos, haciendo todo lo que podían según las condiciones de esa época, lo sometieron a tratamientos que no dieron resultados; la herida continuaba abierta, hasta que al fin los doctores pensaron que la única solución sería amputarle la pierna.

Podemos imaginar la preocupación y el dolor de los padres a quienes se les diga que es necesario amputarle una pierna a su pequeño hijo. Felizmente, un día llegaron los médicos a la casa de los Smith para decir a la familia que iban a intentar una nueva operación, en la que extraerían un trozo del hueso, con la esperanza de que contribuyera a la cicatrización de la herida. Habían llevado un trozo de cuerda con el que pensaban atar al niño a la cama, porque no contaban con ningún anestésico, nada con que mitigarle el dolor, para hacerle el corte en la pierna con el fin de extraer el pedazo de hueso.

No obstante, el pequeño José les dijo: “No me atarán; soportaré mucho mejor la operación si me dejan libre”. Los doctores, entonces, trataron de persuadirlo a tomar licor, diciéndole: “Debes tomar algo, de lo contrario, no podrás soportar esta grave operación”.

Y nuevamente el Profeta rehusó: “No… pero les diré lo que haremos: Mi padre se sentará en la cama y me tendrá en sus brazos; y yo haré lo que sea necesario para que ustedes puedan extraer el hueso”.

Así fue que Joseph Smith tuvo a su hijo en brazos mientras los médicos le abrían la pierna y le extraían el trozo de hueso que estaba infectado. Aunque anduvo cojeando durante un tiempo después de la operación, José Smith sanó y quedó bien (véase de Lucy Mack Smith, History of Joseph Smith, págs. 54-58). A los siete años, el Profeta nos dejó una lección de valor por medio de su ejemplo.

Cuando el pequeño José tenía diez años, su familia, que consistía entonces de once personas, se mudó del estado de Vermont a Palmyra, condado de Ontario, en el estado de Nueva York; cuatro años después, se mudaron a Manchester, localidad del mismo condado. Estando ahí se encontraron rodeados de un gran resurgimiento religioso, que José Smith describió y que, según parece, prevalecía y era de gran interés para toda persona. Estas son sus palabras:

“…eran tan grandes la confusión y la contención entre las diferentes denominaciones, que era imposible que una persona tan joven como yo, y sin ninguna experiencia en cuanto a los hombres y las cosas, llegase a una determinación precisa sobre quién tenía razón y quién no…

“Agobiado bajo el peso de las graves dificultades que provocaban las contiendas de estos grupos religiosos, un día estaba leyendo la Epístola de Santiago, primer capítulo y quinto versículo, que dice: Y si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, el cual da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada.” (José Smith—Historia 1:8, 11).

El Profeta dijo que después de leer ese versículo supo con certeza que tendría que poner a prueba la promesa del Señor y preguntarle directamente o, de lo contrario, exponerse a permanecer en tinieblas para siempre. Luego, continuó diciendo que cuando se retiró al bosque para orar, era la primera vez que intentaba orar en voz alta a su Padre Celestial. Pero, había leído aquel pasaje de las Escrituras, lo había comprendido y había puesto su confianza en Dios el Padre Eterno; así que se arrodilló y oró, sabiendo que Dios le daría la luz que tan ansiosamente buscaba. De esa manera, el profeta José Smith nos enseñó el principio de la fe por medio del ejemplo.

Podemos imaginar la ridiculización, el escarnio y las burlas a que lo habrán sometido sus amigos, jóvenes y viejos, y sus enemigos por igual cuando les contó que había tenido una visión. Me supongo que la situación habrá llegado a serle insoportable; sin embargo, fue honrado consigo mismo, diciendo:

“…Yo efectivamente había visto una luz, y en medio de la luz vi a dos Personajes, los cuales en realidad me hablaron; y aunque se me odiaba y perseguía por decir que había visto una visión, no obstante, era cierto; y mientras me perseguían, y me vilipendiaban, y decían falsamente toda clase de mal en contra de mí por afirmarlo, yo pensaba en mi corazón: ¿Por qué me persiguen por decir la verdad? En realidad he visto una visión, y ¿quién soy yo para oponerme a Dios?, o ¿por qué piensa el mundo hacerme negar lo que realmente he visto? Porque había visto una visión; yo lo sabía, y sabía que Dios lo sabía; y no podía negarlo…” (José Smith—Historia 1:25). El profeta José Smith enseñó la honradez por medio del ejemplo.

Después de aquella grandiosa primera visión, sucedió algo extraño: José Smith no tuvo ninguna comunicación divina durante tres años. No obstante, no vaciló, no cuestionó lo que había visto, no dudó del Señor, sino que esperó pacientemente. De esa forma, el profeta José Smith nos enseñó el principio de la paciencia por medio del ejemplo.

Después de las visitaciones del ángel Moroni y de la entrega de las planchas de oro en manos del Profeta, comenzó la difícil tarea de la traducción, que le absorbía todo momento de vigilia, todo pensamiento y toda acción, día y noche, quizás hora tras hora. Es difícil darnos cuenta de la dedicación, la devoción, que exigió la traducción, en menos de noventa días, de aquel registro de más de quinientas páginas, el cual contenía la historia de un período de 2.600 años. En todo ci libro no hay una sola frase absurda, imposible ni contradictoria. José Smith trabajó, estudió, se aplicó diligentemente a su labor. Así nos enseñó la diligencia por medio del ejemplo.

Me gustan las palabras con las que Oliver Cowdcry describió el tiempo que pasó ayudando al profeta José en la traducción:

“Estos fueron días inolvidables: ¡Estar sentado oyendo el son de una voz dictada por la inspiración del cielo despertó la más profunda gratitud en este pecho!. Día tras día yo continuaba escribiendo las palabras de su boca, sin interrupción, según él traducía con el Urim y Tumim… la historia o relato llamado ‘El Libro de Mormón’ ” (José Smith—Historia, Nota al pie, primer párrafo).

El Profeta fue bendecido con una verdadera habilidad de inspirar fe. Una hermosa mañana de sol se acercó al hermano John E. Page y le dijo: “Hermano John, el Señor lo llama a una misión en Canadá”.

John E. Page se quedó un tanto atónito y exclamó: “Hermano José, ¡yo no puedo ir a una misión en Canadá! Ni siquiera tengo una chaqueta”.

José Smith se quitó la chaqueta que llevaba puesta, se la entregó y le dijo: “Tome, John, use ésta, y el Señor lo bendecirá”. El hermano Page tomó la chaqueta, fue a Canadá y en los dos años que estuvo allí recorrió a pie ocho mil kilómetros y bautizó a seiscientas personas, porque había confiado en las palabras de un Profeta de Dios (véase The Historiad Record, vol, 5, N . mayo de 1886, pág. 57).

En otra oportunidad, el profeta José Smith estuvo hablando a un grupo de hermanos de Nauvoo sobre la importancia de la obra misional y conmovió de tal forma el corazón de la congregación que, al concluir su discurso, trescientos ochenta élderes se ofrecieron para embarcarse de inmediato en una misión (véase Hisiory of the Church, 5:139).

El Profeta creía en la obra misional. Mientras él y Sidney Rigdon se hallaban predicando en Perrysburg, Nueva York, después de haber estado alejados de sus respectivas familias y sintiendo gran inquietud por ellas, el 12 de octubre de 1833 recibieron la siguiente revelación:

“De cierto, así os dice el Señor a vosotros, mis amigos Sidney y José, vuestras familias están bien; están en mis manos y haré con ellas como me parezca bien, porque en mí se halla todo poder.

“Por tanto, seguidme y escuchad los consejos que os daré.

“He aquí, tengo mucha gente en este lugar, en las regiones inmediatas; y se abrirá una puerta eficaz en las regiones circunvecinas en estas tierras del Este…

“Por tanto, de cierto os digo, alzad vuestra voz a este pueblo; expresad los pensamientos que pondré en vuestro corazón, y no seréis confundidos delante de los hombres;

“porque os será dado… en el momento preciso, lo que habéis de decir…

“Y os prometo que si hacéis esto, se derramará el Espíritu Santo para testificar de todas las cosas que habléis” (D. y C. 100:1-3, 5-6,8).

José Smith y Sidney Rigdon continuaron en sus labores misionales.

El profeta José Smith no sólo inspiraba a los hombres a ofrecerse para ir a misiones, no sólo tomó la chaqueta que tenía puesta y se la dio a John Page para que pudiera ir a cumplir una misión, sino que también enseñó la importancia de la obra misional por medio del ejemplo.

Creo que una de las lecciones más hermosas que enseñó el Profeta, y también una de las más tristes, tuvo lugar poco antes de su muerte. Él había visto en una visión a los santos abandonando Nauvoo y yendo hacia las Montañas Rocosas. Me imagino que se sentiría como se debe de haber sentido Moisés, ansioso de conducir a su pueblo lejos de sus atormentadores hasta la Tierra Prometida que el Señor su Dios le había mostrado. Pero no iba a ser así. En cambio, se le exigió dejar de lado su plan y su visión de las Montañas Rocosas y entregarse para enfrentar un tribunal de supuesta justicia. Éstas fueron sus palabras: “…‘Voy como cordero al matadero; pero me siento tan sereno como una mañana veraniega; mi conciencia se halla libre de ofensas contra Dios y contra todos los hombres…’ ” (D. y C. 135:4)- Esas palabras del Profeta nos enseñan la obediencia a la ley y la importancia de tener la conciencia limpia ante Dios y ante nuestros semejantes. El profeta José Smith enseñó esos principios por medio del ejemplo.

Y hubo una gran lección final antes de que su vida terrenal llegara a su fin. Había sido encarcelado en la cárcel de Carthage, junto con su hermano Hyrum y con John Taylor y Willard Richards. El populacho enfurecido había asaltado la cárcel; unos hombres armados hasta los dientes subieron la escalera, profiriendo blasfemias y maldiciones, y empezaron a disparar. Los disparos hirieron a Hyrum mortalmente, y John Taylor recibió varios balazos en el pecho. El Profeta, con el arma en la mano, se esforzaba por defender su vida y la de sus hermanos, al mismo tiempo que se daba cuenta, por los golpes que resonaban en la puerta, de que el populacho estaba a punto de echar la puerta abajo y entrar, y que, en el intento de quitarle la vida, matarían también a John Taylor y Willard Richards; por eso, en su último acto de grandeza en esta tierra, se alejó de la puerta conduciendo al hermano Richards a lugar seguro, después de lo cual tiró el revólver al suelo y se acercó a la ventana a fin de que lo vieran y la atención del cruel populacho se enfocara en él olvidando a los demás. José Smith dio su vida; la de Willard Richards se salvó y John Taylor se recuperó de sus heridas. “Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos” (Juan 15:13). El Profeta nos enseñó lo que es el amor por medio del ejemplo.

El 27 de junio de este año se cumplen los ciento cincuenta años de aquel solemne acontecimiento en el que el primer Profeta de esta dispensación selló su testimonio de la Restauración con su sangre. Testifico que él era un Profeta de Dios. He visto cómo el Señor convierte a las personas a Su plan de salvación por medio del testimonio que éstas obtienen sobre el profeta José Smith. Hace muchos años fui presidente de la Misión de Canadá. En la ciudad de Oshawa, Ontario, dos de nuestros misioneros estaban predicando de puerta en puerta en una fría y nevosa tarde. No habían tenido éxito en ninguna parte. Uno tenía experiencia en la misión; el otro era nuevo.

Los dos llegaron a la casa de un señor llamado Elmer Pollard que, sintiendo lástima de los dos misioneros casi congelados, los invitó a entrar. Ellos le presentaron su mensaje, después de lo cual le preguntaron si podían orar; su anfitrión les dijo que sí, con la condición de que le permitieran a él ofrecerla. La oración que ofreció los dejó asombrados, porque dijo:

“Padre Celestial, bendice a estos dos infortunados y errados misioneros, para que regresen a su hogar y no pierdan el tiempo hablando a la gente de Canadá de un mensaje tan fantástico sobre el cual es tan poco lo que saben”.

Cuando se levantaron, el señor Pollard les dijo que no volvieran a pisar su casa; y al salir, burlonamente agregó: “De todos modos, ¡no me van decir que realmente creen que José Smith es un Profeta de Dios!”, y les cerró la puerta.

Los dos jóvenes habían caminado apenas unos pasos, cuando el más nuevo de ellos le dijo a su compañero: “Élder, no le contestamos al señor Pollard lo que nos dijo”.

El compañero mayor respondió: “Nos ha echado. Busquemos un terreno más fértil”.

El otro élder insistió, por lo que los misioneros regresaron hasta la puerta del señor Pollard. Al abrirla y verlos, les dijo muy enojado: “¡Jóvenes, creo que les dije que no volvieran a pisar mi casa!”

El misionero nuevo, juntando todo el valor que tenía, le contestó: “Señor Pollard, cuando salimos de su casa usted nos dijo que nosotros no podemos afirmar que realmente creemos en que José Smith fue un Profeta de Dios. Yo quiero testificarle, señor, que yo sé que José Smith es un Profeta de Dios, que que tradujo por inspiración divina los anales sagrados conocidos como el Libro de Mormón, y que que es verdad que él vio a Dios el Padre y a Jesús el Hijo”. Dicho esto, los misioneros se retiraron.

En una reunión de testimonios escuché a este mismo señor Pollard contar las experiencias de aquel día memorable, diciendo:

“Esa noche, no me podía dormir; me daba vueltas en la cama constantemente. Una y otra vez oía las palabras ‘José Smith es un Profeta de Dios. Lo sé… lo sé… lo sé’. Esperé ansioso que llegara la mañana, y llamé por teléfono a los misioneros, al número que aparecía en la tarjeta que me habían dejado, que contenía los Artículos de Fe. Volvieron, y entonces, con el debido espíritu, mi esposa, mi familia y yo escuchamos las charlas con el deseo sincero de saber la verdad. Como resultado, todos hemos abrazado el Evangelio de Jesucristo. Y estaremos por siempre agradecidos a aquellos valientes y humildes misioneros por su testimonio de la verdad”.

En la sección 135 de Doctrina y Convenios leemos las palabras de John Taylor sobre el profeta José Smith:

“José Smith, el Profeta y Vidente del Señor, ha hecho más por la salvación del hombre en este mundo, que cualquier otro que ha vivido en él, exceptuando sólo a Jesús. En el breve espacio de veinte años ha sacado a luz el Libro de Mormón, que tradujo por el don y el poder de Dios, y lo ha hecho publicar en dos continentes; ha enviado la plenitud del evangelio sempiterno, que el libro contiene, a los cuatro ángulos de la tierra; ha publicado las revelaciones y los mandamientos que integran este libro de Doctrina y Convenios, así como muchos otros sabios documentos e instrucciones… ha congregado a muchos miles de los Santos de los Últimos Días; ha fundado una gran ciudad y ha dejado un nombre y una fama que no pueden fenecer. Vivió grande y murió grande a los ojos de Dios y de su pueblo; y como la mayoría de los ungidos del Señor en tiempos antiguos, ha sellado su misión y obras con su propia sangre…” (D. y C. 135:3).

¡Qué tributo tan apropiado para un Profeta de Dios! Ruego que aprendamos del ejemplo que nos dejó, que incorporemos en nuestra vida los grandes principios que él tan bellamente enseñó; que lo emulemos en todo; que nuestra manera de vivir refleje el conocimiento que tenemos de que Dios vive, que Jesucristo es su Hijo y que somos guiados en la actualidad por un Profeta de Dios. □

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