El fiador de un mejor pacto

Liahona Septiembre 2003

El fiador de un mejor pacto

Por el Presidente James E. Faust
Segundo Consejero de la Primera Presidencia

Es importante que estudiemos, aprendamos y vivamos las difíciles doctrinas que enseñó el Salvador para que nuestro comportamiento cristiano nos eleve a un nivel superior de logros espirituales.

El fiador de un mejor pacto

El apóstol Pablo estaba bien familiarizado con el ajuste en la forma de pensar que era necesario efectuar en la transición del Antiguo Testamento al Nuevo Testamento. Éste es un trayecto desde la rígida formalidad de la letra de la ley que enseñó Moisés hasta la guía espiritual que hallamos en el Espíritu Santo.

Pablo describió este ajuste en su epístola a los hebreos: “(pues nada perfeccionó la ley, [de Moisés])… [sino que fue] la introducción de una mejor esperanza, por la cual nos acercamos a Dios… Por tanto, Jesús es hecho [el] fiador de un mejor pacto” (Hebreos 7:19, 22; véase también la traducción de la Biblia en inglés de José Smith, Hebreos 7:19–20).

Es importante que estudiemos, aprendamos y vivamos las difíciles doctrinas que enseñó el Salvador, el “fiador de un mejor pacto”, para que nuestro comportamiento cristiano nos eleve a un nivel superior de logros espirituales.

El fiador de un mejor convenio

¿Qué es un fiador? En el diccionario vemos que fiador es la “persona que responde por otra de una obligación de pago, comprometiéndose a cumplirla si no lo hace quien la contrajo” 1 . ¿Acaso el Salvador no se hace merecedor de esta acepción gracias a Su misión?

¿Qué es un pacto? Para nosotros, el significado principal de esta palabra es: convenio con Dios. También es un “acuerdo, convenio, trato; particularmente, tratado, y en especial el de alianza” 2 . Así que el Salvador es ciertamente el fiador de un mejor convenio con Dios.

La doctrina más difícil

El Nuevo Testamento es “un mejor pacto” porque el solo propósito de la persona llega a ser parte de lo correcto o de lo incorrecto de sus acciones; por tanto, nuestra intención de obrar mal o nuestro deseo de hacer el bien se juzgarán independientemente de nuestras obras. Se nos dice que seremos juzgados en parte por la intención que albergue nuestro corazón (véase D. y C. 88:109) y en Mateo hallamos un ejemplo de culpabilidad basada en la intención:

“Oísteis que fue dicho: No cometerás adulterio.

“Pero yo os digo que cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón” (Mateo 5:27–28).

Este Nuevo Testamento es doctrina más difícil.

Debido a la formalidad y la rigidez adquiridas durante la administración del antiguo derecho consuetudinario inglés, a fin de obtener justicia se estableció la ley de la equidad. Una de mis máximas preferidas dice: “La equidad asegura la justicia”. El Nuevo Testamento lleva el concepto de esa ley aún más lejos: En gran medida seremos juzgados no sólo por lo que hayamos hecho, sino por lo que debiéramos haber hecho en una situación determinada.

Una ley más elevada

Gran parte del espíritu de esta ley más elevada del Nuevo Testamento se halla en el Sermón del Monte, en el que Jesús enseñó que Su ley exige una reconciliación de las diferencias que existen entre las personas antes de acudir a Él:

“Por tanto, si traes tu ofrenda al altar, y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti,

“deja allí tu ofrenda delante del altar, y anda, reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven y presenta tu ofrenda” (Mateo 5:23–24).

Otro ejemplo de esta doctrina más difícil se encuentra en este pasaje, en el que el perjurar queda totalmente prohibido:

“Además habéis oído que fue dicho a los antiguos: No perjurarás, sino cumplirás al Señor tus juramentos.

“Pero yo os digo: No juréis en ninguna manera…

“Pero sea vuestro hablar: Sí, sí; no, no; porque lo que es más de esto, de mal procede” (Mateo 5:33–34, 37).

El texto siguiente es más de la doctrina difícil del Nuevo Testamento:

“…No resistáis al que es malo; antes, a cualquiera que te hiera en la mejilla derecha, vuélvele también la otra;

“y al que quiera ponerte a pleito y quitarte la túnica, déjale también la capa…

“Oísteis que fue dicho: Amarás a tu prójimo, y aborrecerás a tu enemigo.

“Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen” (Mateo 5:39–40, 43–44).

El Salvador enseña en el Nuevo Testamento una nueva y más elevada forma de orar e indica qué debemos pedir en nuestras plegarias; es algo tremendamente sencillo y fácil:

“Y orando, no uséis vanas repeticiones, como los gentiles, que piensan que por su palabrería serán oídos.

“No os hagáis, pues, semejantes a ellos; porque vuestro Padre sabe de qué cosas tenéis necesidad, antes que vosotros le pidáis.

“Vosotros, pues, oraréis así: Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre.

“Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra.

“El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy.

“Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores.

“Y no nos metas en tentación, mas líbranos del mal; porque tuyo es el reino, y el poder, y la gloria, por todos los siglos. Amén” (Mateo 6:7–13).

También en el Nuevo Testamento, el Salvador enseña que nuestras buenas obras se deben llevar a cabo de una manera mejor: a saber, en secreto.

“Mas cuando tú des limosna, no sepa tu izquierda lo que hace tu derecha,

“para que sea tu limosna en secreto; y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público” (Mateo 6:3–4).

Pero el desafío más grande, la doctrina más difícil, se halla también en el Sermón del Monte: “Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto” (Mateo 5:48).

Siendo el “mediador de un nuevo pacto” (Hebreos 9:15), el Salvador dio una ley más elevada del matrimonio. Cuando unos fariseos se le acercaron y le preguntaron si “era lícito al marido repudiar a su mujer” (Marcos 10:2), Él respondió:

“…al principio de la creación, varón y hembra los hizo Dios.

“Por esto dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer,

“y los dos serán una sola carne; así que no son ya más dos, sino uno.

“Por tanto, lo que Dios juntó, no lo separe el hombre” (Marcos 10:6–9).

Una tarea monumental

Jesús extendió a la gente el reto de reemplazar la ley rígida y restrictiva de Moisés (por otro lado, necesaria para los espiritualmente inmaduros antiguos hijos de Israel) con el espíritu del “mejor pacto”. ¿Cómo debía hacerse? Había poco tiempo; el Salvador sólo disponía de tres años. ¿Por dónde debía empezar? Evidentemente, debía comenzar por los apóstoles y por el pequeño grupo de discípulos que le acompañaban y que serían los encargados de llevar adelante la obra.

El presidente J. Reuben Clark, hijo (1871–1961), Consejero de la Primera Presidencia, describe ese reto de la siguiente manera: “Ese cambio implicaba la invalidación y en efecto la prohibición de la antigua ley mosaica de los judíos y su substitución por el Evangelio de Jesucristo” 3 .

Ni siquiera resultó fácil que lo comprendieran los apóstoles de Jesús, siendo Tomás un ejemplo de esa falta de comprensión. Éste había oído en varias ocasiones cómo el Salvador predecía Su muerte y resurrección, pero cuando se le comunicó que el Cristo resucitado vivía, dijo: “…Si no viere en sus manos la señal de los clavos, y metiere mi dedo en el lugar de los clavos, y metiere mi mano en su costado, no creeré” (Juan 20:25). Tal vez se pueda disculpar a Tomás, ya que nunca antes se había producido un acontecimiento de semejante magnitud.

La conversión de Pedro al gran principio de que el Evangelio de Jesucristo es para todo el mundo constituye otro ejemplo de esa lentitud en comprender. Él mismo había sido testigo, como declara en 2 Pedro: “Porque no os hemos dado a conocer el poder y la venida de nuestro Señor Jesucristo siguiendo fábulas artificiosas, sino como habiendo visto con nuestros propios ojos su majestad” (1:16). ¿Qué había visto con sus propios ojos?: Todo lo relacionado con el ministerio del Salvador.

Tras el encuentro de Cristo con la mujer samaritana en el pozo de Jacob, Pedro lo había visto recibir a samaritanos, aborrecidos por los judíos (véase Juan 4), pero cuando tuvo una visión y oyó la voz del Señor diciéndole: “…Lo que Dios limpió, no lo llames tú común” (Hechos 10:15), quedó absolutamente confuso. Finalmente, cuando se convirtió por completo a la instrucción y hubo recibido una confirmación espiritual, “…abriendo la boca, dijo: En verdad comprendo que Dios no hace acepción de personas, sino que en toda nación se agrada del que le teme y hace justicia” (Hechos 10:34–35).

Con el tiempo, los apóstoles llegaron a entender y a aceptar el “mejor pacto”. Sentimos gratitud por sus profundas declaraciones como “[testigos de] su majestad”, puesto que forman parte de los principios básicos de nuestra fe en la ley más elevada que el Salvador enseñó.

Es reconfortante repasar los testimonios de los apóstoles de que Jesús es, en efecto, el Cristo. También ellos son un “fiador de un mejor pacto”. Por ejemplo, tras el gran sermón del pan de vida, en el que el Salvador dejó bien claro a los que habían sido alimentados con los panes y los peces que Él y Su doctrina eran el pan de vida, Juan registra:

“Desde entonces muchos de sus discípulos volvieron atrás, y ya no andaban con él.

“Dijo entonces Jesús a los doce: ¿Queréis acaso iros también vosotros?

“Le respondió Simón Pedro: Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna.

“Y nosotros hemos creído y conocemos que tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente” (Juan 6:66–69).

Sin embargo, los milagros que realizó el Salvador, así como los testimonios de aquellos que vieron y oyeron, carecen de fuerza para convencer a nadie, tal vez porque el testimonio es una convicción muy personal y espiritual.

Nuestro desafío actual

El Nuevo Testamento es “un mejor pacto” porque recalca la gran importancia de las intenciones del corazón y de la mente, así como también de las impresiones del Espíritu Santo. Este refinamiento del alma forma parte del refuerzo de un testimonio personal de Jesucristo. Si el corazón y la mente carecen del testimonio que se recibe por el poder del Espíritu Santo, no puede haber testimonio.

Estudiemos, aprendamos y vivamos las difíciles doctrinas que enseñó el Salvador para que nuestro comportamiento cristiano nos eleve a un nivel superior de logros espirituales.

Siendo el “mediador de un nuevo pacto”, Jesús extendió a la gente el reto de reemplazar la rígida y restrictiva ley de Moisés con el espíritu del “mejor pacto”.

Gran parte del espíritu de esta ley más elevada del Nuevo Testamento se halla en el Sermón de Monte.

 

Notas

1. Diccionario de la Real Academia Española, 2001.
2. Diccionario de uso del español de María Moliner, 2ª edición, Ed. Gredos, 1998.
3. Why the King James Version, 1956, pág. 51.

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