José Smith y el Libro de Mormón

Liahona Febrero  1996

José Smith y el Libro de Mormón

Por el presidente James E. Faust
Segundo Consejero de la Primera Presidencia

José Smith y el Libro de Mormón son el núcleo de la obra del Señor Jesucristo en los postreros días. Los profetas de la Biblia y del Libro de Mormón tenían conocimiento de José Smith y de la obra que él efectuaría. La gran profecía que se encuentra en Ezequiel dice:

“Vino a mí palabra de Jehová, diciendo:

“Hijo de hombre, toma ahora un palo, y escribe en él: Para Judá, y para los hijos de Israel sus compañeros. Toma después otro palo, y escribe en él: Para José, palo de Efraín, y para toda la casa de Israel sus compañeros.

“Júntalos luego el uno con el otro, para que sean uno solo, y serán uno solo en tu mano” (Ezequiel 37:15-17).

La Biblia y el Libro de Mormón son uno en nuestras manos. En Egipto, José vio a los nefitas en una visión y profetizó en cuanto a José Smith y a la aparición del Libro de Mormón:

“Porque José en verdad testificó diciendo: El Señor mi Dios levantará a un vidente, el cual será un vidente escogido para los del fruto de mis lomos…

“Por lo tanto, el fruto de tus lomos escribirá, y el fruto de los lomos de Judá escribirá; y lo que escriba el fruto de tus lomos, y también lo que escriba el fruto de los lomos de Judá, crecerán juntamente para confundir las falsas doctrinas, y poner fin a las contenciones, y establecer la paz entre los del fruto de tus lomos, y llevarlos al conoci­miento de sus padres en los postreros días, y también al conocimiento de mis convenios, dice el Señor…

“y su nombre será igual que el mío; y será igual que el nombre de su padre. Y será semejante a mí, porque aque­llo que el Señor lleve a efecto por su mano, por el poder del Señor, guiará a mi pueblo a la salvación” (2 Nefi 3:6, 12, 15).

El proceso de la traducción del Libro de Mormón fue una educación para José Smith. Cuando recibió el lla­mado del Señor, era un jovencito inexperto, sencillo y, ante los ojos del mundo, sin nada especial. Eso, natural­mente, iba de acuerdo con el modelo establecido en las Escrituras, el cual describió Pablo:

“…sino que lo necio del mundo escogió Dios, para avergonzar a los sabios; y lo débil del mundo escogió Dios, para avergonzar a lo fuerte” (1 Corintios 1:27).

El presidente Brigham Young enumeró las cualidades que deben tener los siervos del Señor:

“Si un hombre… por su buen discernimiento natural, no poseyera ninguna otra cualidad más que la fidelidad y la humildad para acudir… al Señor para recibir todo conocimiento y… confiar en El para que lo haga fuerte, lo preferiría a él… que al sabio” (“General Church Minutes”, 1839-1877, 23 de octubre de 1859, pág. 2).

Sin embargo, incluso aquellos que son humildes, faltos de conocimiento y dóciles tienen necesidad de un maes­tro así como de los medios a través de los cuales puedan saber los propósitos que Dios tiene para ellos. Este fue el caso de José Smith. Para él, el Espíritu fue el maestro, y traducir el Libro de Mormón le proporcionó la educación. El proceso de la traducción le brindó a ese jovencito inexperto de Nueva York lecciones esenciales que eran de vital importancia para su llamamiento como Profeta de la Restauración. Al igual que el Libro de Mormón se considera la “clave de nuestra religión” (Enseñanzas del Profeta José Smith, pág. 233), el proceso de la traducción fue la clave para la educación del Profeta (Ron Esplín, memorándum privado enviado al autor, 2 de junio de 1987).

El Libro de Mormón fue fundamental para que José Smith comprendiera las doctrinas del evangelio y su papel en la Restauración. Ciertamente, la Primera Visión le previno al joven en cuanto a sus responsabilidades especiales, pero sólo mediante la traducción del Libro de Mormón le fue concedido un conocimiento más amplio. Durante los cuatro años antes de que le fuera permitido siquiera obtener las planchas, llegó a entender clara­mente cuál era la naturaleza de sus responsabilidades proféticas. Quizás la confirmación de la responsabilidad que tenía de traducir el registro la haya recibido única­mente después de haber tenido las planchas en su poder y de habérsele dado el mandato de poner ese registro al alcance de esta generación.

El Señor le dijo: “Y tienes un don para traducir las planchas; y éste es el primer don que te conferí; y te he mandado no profesar tener ningún otro don sino hasta que mi propósito se cumpla en esto; porque no te conce­deré ningún otro don hasta que se realice” (D. y C. 5:4).

El Señor dejó bien claro que el don de traducir, pese a su importancia trascendental, era sólo el primero de todos los demás que recibiría; una vez que se terminara la tra­ducción, le seguirían otros dones y otras responsabilidades.

Es interesante observar con cuánta rapidez empezó a desenvolverse la misión profética de José Smith después de terminada la traducción y publicación del Libro de Mormón. Durante ese proceso de traducción, se restau­raron la autoridad del sacerdocio y muchas doctrinas del evangelio. Una vez que se concluyó la traducción, los primeros misioneros salieron sin demora y la Iglesia se organizó. De todo esto podemos deducir que el Libro de Mormón fue necesario tanto para entretejer los hilos del manto profético de José Smith como para poner los cimientos para la restauración de la dispensación del cumplimiento de los tiempos.

En el proceso de sacar a luz el Libro de Mormón, el joven José Smith aprendió, línea por línea, las cosas que tenía que saber para llegar a ser el Profeta de la Restauración. No obstante, la educación de José Smith continuó aun después de la traducción y a través de res­ponsabilidades y experiencias subsiguientes. Al mismo tiempo, aumentó la conciencia de sus responsabilidades; ciertamente fue mucho lo que aprendió durante la dedi­cación del Templo de Kirtland y de las visitas celestiales registradas en la sección 110 de Doctrina y Convenios.

Pero el haber traducido el Libro de Mormón le sirvió de fundamento esencial para poder adelantar la obra. La exhortación bíblica que se encuentra en Santiago: “Y si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, el cual da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada” (Santiago 1:5), lo indujo a ir a la Arboleda Sagrada en busca de la salvación y el conoci­miento. Del mismo modo, los poderosos pasajes del Libro de Mormón en cuanto a la fe, el arrepentimiento y el bautismo sirvieron para que José Smith hiciera otras indagaciones al Señor, el fruto de las cuales fue abun­dante: el regreso de Juan el Bautista, la restauración del sacerdocio y de sus llaves, la venida de Elías el Profeta y otros seres celestiales.

Podemos esperar que los ataques a José Smith como Profeta y al Libro de Mormón vayan en aumento; Satanás atacará el núcleo mismo de la Restauración y nuestra creencia en ella: el profeta José Smith y su divina misión. Para cualquier persona imparcial, las obras inspi­radas de él son más que suficientes para que se le consi­dere un gran Profeta. Su misión es un legado que cobra cada vez más importancia a medida que los eruditos aprenden más en cuanto a la antigüedad y a las raíces de lo que él restauró en su plenitud.

No tenemos por qué aseverar que José Smith haya sido perfecto de la manera que lo fue el Salvador; ade­más, el hecho de que el Profeta mismo nunca afirmó ser perfecto hace que su mensaje cobre aún más fuerza y cre­dibilidad. Asimismo, debido a que nunca profesó ser per­fecto, nosotros tampoco debemos tratar de afirmar algo que él mismo no afirmó. Él sabía que era únicamente un ser mortal con imperfecciones y sentimientos humanos, que trataba honradamente de cumplir su misión divina. En unas palabras que impartió a algunos miembros de la Iglesia que acababan de llegar a Nauvoo, el 29 de octu­bre de 1842, el Profeta se describió a sí mismo de la siguiente manera:

“Les dije que yo no era sino hombre, y no debían de esperar que yo fuese perfecto; si exigían la perfección en mí, yo la exigiría en ellos; pero si soportaban mis debili­dades y las debilidades de los hermanos, en igual manera yo soportaría sus debilidades” (Enseñanzas del Profeta José Smith, pág. 328).

La franqueza total que tuvo al registrar las tiernas reprimendas que el Señor le hacía es una prueba de que no escribía con el propósito de ensalzarse. Uno de esos ejemplos se encuentra en Doctrina y Convenios 5:21: “Y ahora, mí siervo José, te mando que te arrepientas y camines más rectamente ante mí, y no cedas más a las persuasiones de los hombres”.

No nos encontraremos jamás en el camino hacia la conversión hasta que por lo menos empecemos a tener un testimonio de que José Smith fue un Profeta de Dios y de que el Libro de Mormón es otro testamento de Cristo. Más aún, los miembros y los misioneros de esta Iglesia deben aceptar y enseñar algunas ideas fundamen­tales y absolutas, entre las que figuran las siguientes:

1.-  Que Jesús es el Cristo, el Salvador y el Redentor de toda la humanidad mediante Su expiación.

2.-  Que por medio de José Smith, un Profeta de Dios, el Evangelio de Jesucristo fue restaurado en su plenitud.

3.-  Que el Libro de Mormón es otro testamento de Cristo.

4.-  Que todos los Presidentes de la Iglesia desde José Smith han poseído las llaves y la autoridad que fue res­taurada por medio de él.

5.-  Que Gordon B. Hinckley es el Profeta, Vidente y Revelador para el mundo en esta época.

El sinónimo para, el mensaje del Libro de Mormón es “la palabra”. Alma comparó la palabra con una semilla. Cuando se planta una semilla en el corazón de los con­versos, empieza a hincharse en su pecho, a ensanchar su alma e iluminar su entendimiento (véase Alma 32:28). La palabra, así como nuestra fe en ella, son una escali­nata. Doctrina y Convenios nos dice:

“Porque la palabra del Señor es verdad, y lo que es verdad es luz, y lo que es luz es Espíritu, a saber, el Espíritu de Jesucristo.

“Y el Espíritu da luz a todo hombre que viene al mundo; y el Espíritu ilumina a todo hombre en el mundo que escucha la voz del Espíritu” (D. y C. 84:45-46).

La importancia del Libro de Mormón en la obra de los últimos días no se puede subestimar. En una ocasión, el presidente David O. McKay relató una anécdota acerca de su padre, el obispo David McKay, quien, en 1881, fue llamado como misionero a su país natal de Escocia, en donde llevó a cabo una gran obra y presidió el Distrito de Glasgow. En ese año, los misioneros sufrían gran persecu­ción en aquel país, y siempre que él trataba de enseñar acerca del evangelio, parecía que la gente le hacía oídos sordos. Reinaba la enemistad contra cualquier cosa que se relacionara con nuestra fe y sus comienzos. Con sólo mencionar el nombre de José Smith parecía surgir el antagonismo. Refiriéndose a su padre, el presidente McKay dijo:

“Un día llegó a la conclusión de que la mejor forma de acercarse a esa gente era predicarle simplemente algunos principios sencillos, por ejemplo la expiación del Señor Jesucristo y los primeros principios del evan­gelio, sin dar testimonio de la Restauración. Al cabo de aproximadamente un mes, se sintió abatido con un sen­timiento de melancolía y depresión que no le permitió sumergirse en el espíritu de su obra. Realmente no sabía lo que le pasaba, pero se le entorpeció la mente, se sumió en la depresión, se sentía oprimido y abatido, y ese sentimiento de angustia persistió hasta que cayó en un estado tal de abatimiento que acudió al Señor y le dijo: ‘A menos que me pueda despojar de este senti­miento, tendré que regresar a casa. No puedo continuar haciendo mi trabajo en estas condiciones’.

“Siguió sintiendo ese desaliento algún tiempo después de esa súplica, pero una mañana, antes de que amane­ciera y después de una noche de insomnio, decidió reti­rarse a una caverna, cerca del océano, en donde sabía que podría alejarse completamente del mundo, y ahí entregarse en sincera oración a Dios y preguntar por qué se sentía tan acongojado, qué había hecho, y qué podía hacer para despojarse del desánimo y continuar su tra­bajo. Todavía era obscuro cuando se dirigió a la caverna; estaba tan ansioso de llegar ahí que empezó a correr… Parecía como si algo lo estuviera empujando; era impres­cindible librarse de ese sentimiento que le causaba tanta depresión. Entró en la caverna y dijo: ‘Oh, Padre, ¿qué puedo hacer para despojarme de este sentimiento? Debo librarme de él o no podré continuar en esta obra’. A con­tinuación, oyó una voz, tan clara como el tono que estoy usando en este momento, que le dijo: ‘Testifica que José Smith es un Profeta de Dios’. Recordando en ese momento lo que tácitamente había decidido hacía apro­ximadamente seis semanas, y sintiéndose sumamente abrumado por ello, se dio cuenta de cuál era el problema: él estaba ahí para una misión especial, y no le había pres­tado a esa misión especial la atención que merecía. En lo profundo de su corazón clamó: ‘Señor, ¡ahora com­prendo!’, y salió de la caverna”.

“Aquellos que lo conocen”, agregó el presidente McKay, “saben todo el éxito que tuvo durante su misión” (Cherished Experiences from the Writings of President David O. McKay, recopilado por Clare Míddlemiss, Salt Lake City: Deseret Book Company, 1976, págs. 11-12).

En 1923, mientras prestaba servicio misional en South Shields, Inglaterra, el presidente Ezra Taft Benson tuvo una experiencia similar sobre la que contó lo siguiente:

“Ayunamos y oramos con fervor para decir sólo aque­llo que llegara al corazón de los investigadores, después, de lo cual nos dirigimos a la reunión sacramental. Mi compañero tenía pensado hablar sobre los primeros prin­cipios del evangelio; yo me había preparado para hablar en cuanto al tema de la Apostasía.

“El salón estaba lleno y en la reunión se sintió un espí­ritu maravilloso- Mi compañero habló primero, dando un mensaje de inspiración. Yo hablé después que él y lo hice con una soltura que jamás había sentido en mi vida. Al sentarme, me di cuenta de que no había mencionado la Apostasía. Había hablado en cuanto al profeta José Smith y dado mi testimonio de su divina misión y de la veracidad del Libro de Mormón. Después de que terminó la reunión, varias personas que no eran miembros se nos acercaron y dijeron: ‘Esta noche hemos recibido un testi­monio de que su Iglesia es verdadera; estamos listos para el bautismo’” (Ensign, julio de 1987, págs. 8-9).

Un arco se mantiene fijo por medio de una clave; sin ella, el arco entero se derrumbaría. ¿Por qué es el Libro de Mormón la clave de nuestra religión? Porque nuestra historia y teología se basan en él; es el texto para esta dispensación. Nada hubo que tuviera prioridad sobre la traducción y la publicación del Libro de Mormón; todo se detuvo hasta lograr eso; no hubo Apóstoles hasta que el libro salió a luz. Diez días después de su publicación, se organizó la Iglesia. La publicación del Libro de Mormón precedió a la obra misional, ya que Samuel Smith debía tenerlo antes de poder salir como el primer misionero de la Iglesia. Las secciones del 17 a 20 de Doctrina y Convenios indican que los hermanos no podían saber con plenitud la divinidad de la obra de los postreros días hasta que se tradujera el Libro de Mormón.

Siendo un joven misionero, yo también aprendí en cuanto a la importancia de la misión profética de José Smith y del Libro de Mormón en la obra misional. El élder William Grant Bangerter, el élder Lynn A. Sorensen y yo, en compañía de otros dedicados jóvenes, fuimos misioneros “pioneros” en Brasil hace medio siglo. En un año convertimos solamente a tres personas; en 1986, en ese mismo país, se convirtieron 22.109 almas. En la actualidad hay más de cien estacas de Sión en Brasil. Actualmente hay cinco estacas en la ciudad en donde el élder Bangerter y yo encontramos a los prime­ros miembros de la Iglesia cuando éramos misioneros.

¿Cuál es la diferencia entre aquel entonces y ahora? ¿Por qué fue tan difícil en el principio y por qué se logra tanto éxito hoy? Fue en gran parte porque el único libro de Escrituras que teníamos era la Biblia. La única expresión concerniente al Libro de Mormón provenía de nuestros testimonios expresados en un idioma extraño. A diferencia de Samuel Smith, nosotros no teníamos el Libro de Mormón en la mano para dejár­selo a las personas que tuvieran interés en él. No fue sino hasta que el Libro de Mormón fue publicado en portugués que se logró la gran cosecha de conversos. El Señor ha dejado bien claro que esta generación perma­necerá bajo condenación “hasta que se arrepientan y recuerden el nuevo convenio, a saber, el Libro de Mormón” (D. y C. 84:57).

En la sección 135 de Doctrina y Convenios, el presi­dente John Taylor escribió acerca del martirio de José Smith el Profeta y de Hyrum Smith el Patriarca, en Carthage, Illinois, el 27 de junio de 1844:

“José Smith, el Profeta y Vidente del Señor, ha hecho más por la salvación del hombre en este mundo, que cualquier otro que ha vivido en él, exceptuando sólo a Jesús” (D. y C. 135:3).

El presidente Brigham Young, un hombre inteligente y práctico que murió con el nombre de José Smith en los labios, dijo: “Rindo honor y reverencia al nombre de José Smith. Lo amo y me complace oírlo. Amo su doctrina…

El sólo pensar en que conocí a José Smith, el Profeta quien el Señor levantó me hace sentir ganas constante­mente de cantar aleluyas… Me atrevo a decir que, con excepción de Cristo, jamás vivió ni vive sobre esta tierra un hombre mejor. Yo soy su testigo” (Díscourses of Brigham Young, compilados por John A. Widtsoe, Salt Lake City: Deseret Book Company, 1978, págs. 458-459).

Ruego que todos seamos sus testigos. Que nuestra vida sea un testimonio del Evangelio de Jesucristo que él restauró; que nuestros testimonios resuenen con poder, autoridad y convicción en lo que respecta a José Smith, el Profeta más maravilloso que jamás haya vivido, y con­cerniente al Libro de Mormón, el cual él sacó a luz. Lo que el Señor le dijo se ha cumplido:

“Los extremos de la tierra indagarán tu nombre, los necios se burlarán de ti y el infierno se encolerizará en tu contra;

“en tanto que los puros de corazón, los sabios, los nobles y los virtuosos buscarán consejo, autoridad y bendiciones de tu mano constantemente” (D. y C. 122:1-2). □

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