Porque yo vivo, vosotros también viviréis

Liahona Abril 1994

 “Porque yo vivo, vosotros también viviréis”

Por el presidente Ezra Taft Benson

Enseñemos esta verdad a nuestra familia: Porque Jesús vive, nosotros también viviremos. Porque Él vive, el amor y las relaciones familiares que nos resultan tan preciadas de este lado del velo pueden continuar por la eternidad.

Últimamente, ha habido mucha publicidad y los medios de comunicación se han referido repetidamente en cuanto a experiencias que parecen verificar el hecho de que la vida después de esta existencia es una realidad. Se ha renovado el interés en la pregunta que un profeta se hizo hace ya siglos: “Si el hombre muriere, ¿volverá a vivir?” (Job 14:14.) O en otras palabras, ¿qué le pasa a una persona cuando muere? El ministerio del Salvador en el mundo de los espíritus, después de Su crucifixión, muerte y sepultura, provee una respuesta muy definida a esa pregunta.

Aun antes de la caída de Adán, la cual trajo como consecuencia la muerte en el mundo, nuestro Padre Celestial había preparado un lugar para los espíritus que salieran de esta vida terrenal. Cuando Jesús murió, el mundo de los espíritus estaba ocupado por innumerables hijos de nuestro Padre que habían muerto —desde la época de la familia de Adán hasta la muerte de Jesús— tanto justos como inicuos.

En el mundo de los espíritus había dos grandes divisiones: los espíritus de los justos habían ido al paraíso, que es un estado de felicidad, paz y serena labor; los espíritus de los inicuos (o malvados) habían ido a la prisión, que es un estado de tinieblas y desdicha (véase Alma 40:12-15). Jesús estuvo sólo entre los justos, en el paraíso.

A continuación, hay una parte de la gloriosa Visión de la Redención de los Muertos que se dio al presidente Joseph F. Smith y que la Iglesia aceptó y sostuvo como Santa Escritura en abril de 1976:

“Y se hallaba reunida en un lugar una compañía innumerable de los espíritus de los justos, que habían sido fieles en el testimonio de Jesús mientras vivieron en la carne,

“y quienes habían… padecido tribulaciones en el nombre de su Redentor.

“Todos éstos habían partido de la vida terrenal, firmes en la esperanza de una gloriosa resurrección…

“…estaban llenos de gozo y de alegría, y se regocijaban juntamente porque estaba próximo el día de su liberación.

“Se hallaban reunidos esperando el advenimiento del Hijo de Dios al mundo de los espíritus para declarar su redención de las ligaduras de la muerte…

“Mientras esta innumerable multitud esperaba y conversaba, regocijándose en la hora de su liberación de las cadenas de la muerte, apareció el Hijo de Dios y declaró libertad a los cautivos que habían sido fieles;

“y allí les predicó el evangelio sempiterno, la doctrina de la resurrección y la redención del género humano de la caída, y de los pecados individuales, con la condición de que se arrepintieran…

“y los santos se regocijaron en su redención, y doblaron la rodilla, y reconocieron al Hijo de Dios como su Redentor y Libertador de la muerte y de las cadenas del infierno.

“Sus semblantes brillaban, y el resplandor de la presencia del Señor descansó sobre ellos, y cantaron alabanzas a su santo nombre” (D. y C. 138:12-16, 18-19, 23-24).

Jesús no fue a visitar a los inicuos, o sea, no fue a la prisión. Los que estaban allí eran los que no se habían arrepentido y “se habían profanado mientras estuvieron en la carne” (vers. 20).

Más aún, el Señor “organizó sus fuerzas y nombró mensajeros de entre los justos, investidos con poder y autoridad, y los comisionó para que fueran y llevaran la luz del evangelio a los que se hallaban en tinieblas…

“A ellos se les enseñó la fe en Dios, el arrepentimiento del pecado, el bautismo vicario para la remisión de los pecados, el don del Espíritu Santo por la imposición de las manos,

“y todos los demás principios del evangelio que les era menester conocer, a fin de habilitarse para que fuesen juzgados en la carne según los hombres, pero vivieran en espíritu según Dios” (D. y C. 138:30, 33-34).

El mundo de los espíritus no se halla lejos de éste. Desde el punto de vista del Señor todo se halla comprendido en un extenso programa que se lleva a cabo a ambos lados del velo; a veces, y no tengo duda de esto, el velo que separa esta vida de la del más allá se vuelve muy delgado. Nuestros seres queridos que han partido de este mundo no se encuentran muy lejos de nosotros.

Un Presidente de la Iglesia hizo esta pregunta: “¿Dónde está el mundo de los espíritus?” Y él mismo la respondió, diciendo:

“Está aquí mismo… ¿Pasan los espíritus más allá de los límites de esta tierra, tal como está organizada? No, no lo hacen. Son conducidos a esta tierra con el propósito determinado de habitarla por toda la eternidad”. Y también dijo:

“Cuando el espíritu abandona el cuerpo, va ante la presencia de nuestro Padre y Dios y está preparado para ver, oír y entender asuntos espirituales… Si el Señor lo permitiera, y Su voluntad fuera que sucediera así, podríamos ver a los espíritus que han salido de este mundo con tanta claridad como vemos los cuerpos con los ojos carnales” (Brigham Young, en Journal of Discourses, 3:369, 368).

Sí, indudablemente, existe la vida después de la muerte. La vida terrenal es una condición temporal, y también lo es el mundo de los espíritus. Así como la muerte es inevitable para el ser terrenal, también lo es la resurrección para los que se encuentran en el mundo de los espíritus.

Al tercer día después de la crucifixión de Jesús, hubo un gran terremoto. La gran piedra que cerraba el sepulcro fue removida. Algunas de las mujeres, que estaban entre Sus seguidores más devotos, fueron al lugar llevando especias y “no hallaron el cuerpo del Señor Jesús”. A continuación, se les aparecieron unos ángeles que les dijeron: “¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí, sino que ha resucitado” (Lucas 24:3, 5-6). En toda la historia no puede haber otra expresión que iguale a aquel extraordinario anuncio: “No está aquí, sino que ha resucitado”.

Los acontecimientos más grandiosos de la historia son aquellos que afectan al mayor número de personas durante el período más largo; guiándonos por esa norma, no hay ninguno que haya podido ser ni sea más importante para el hombre que la resurrección del Maestro, tanto desde el punto de vista personal como colectivo. La resurrección de toda alma que haya vivido y muerto en esta tierra es una certeza confirmada por las Escrituras, y, por supuesto, no hay ningún otro acontecimiento para el que debamos prepararnos con mayor esmero. Puesto que se trata de una realidad indiscutible, la meta de todo hombre y de toda mujer debe ser alcanzar una resurrección gloriosa. No hay nada que sea más universal que la Resurrección, y todo ser viviente será resucitado. “Porque así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados” (1 Corintios 15:22).

Mateo escribió en el registro lo siguiente, que sucedió inmediatamente después de la gloriosa resurrección del Señor:

“Y se abrieron los sepulcros, y muchos cuerpos de santos que habían dormido, se levantaron;

“y saliendo de los sepulcros, después de la resurrección de él, vinieron a la santa ciudad, y aparecieron a muchos” (Mateo 27:52-53).

Efectivamente, la resurrección de Jesucristo fue una realidad gloriosa; Él fue las primicias de los que dormían; ciertamente, se levantó del sepulcro al tercer día, tal como Él y Sus profetas lo habían profetizado, convirtiéndose en verdad en “la resurrección y la vida” (Juan 11:25). Rompió las cadenas de la muerte para todos nosotros y, gracias a Él, todos los seres humanos seremos resucitados cuando nuestro espíritu se reúna con nuestro cuerpo para no volver a separarse jamás.

Tenemos infinidad de testimonios y evidencias de la resurrección de Jesucristo; los testigos son muchos.

El Señor resucitado apareció a varias mujeres, a los dos discípulos que iban en camino a Emaús, a Pedro, a todos los Apóstoles, y “después”, según escribió Pablo, “apareció a más de quinientos hermanos a la vez… y al último de todos… me apareció a mí” (1 Corintios 15:6, 8).

Durante los cuarenta días siguientes a la Resurrección, el Señor se manifestó en diversas ocasiones y dio instrucciones con respecto al reino de Dios. Mucho de lo que hizo y dijo no se ha escrito, pero las cosas que se escribieron, nos asegura Juan, “se han escrito para que [creamos] que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo, [tengamos] vida en su nombre” (Juan 20:31).

Dijo a Sus seguidores que debía ascender pronto a donde estaba Su Padre. Al acercarse el momento de Su ascensión, antes de partir el Señor dio a Sus discípulos las últimas instrucciones en una solemne reunión.

Después que Cristo y los discípulos fueron “hasta Betania”, donde vivían María, Marta y Lázaro, El alzó “sus manos, los bendijo” (Lucas 24:50); a continuación, fue arrebatado y lo recibió una nube que lo ocultó a su mirada. Y estando los once Apóstoles todavía con los ojos puestos en el cielo se les aparecieron dos personajes vestidos de blanco y les hablaron, diciendo:

“Varones galileos, ¿por qué estáis mirando al cielo? Este mismo Jesús, que ha sido tomado de vosotros al cielo, así vendrá como le habéis visto ir al cielo” (Hechos 1:9-11).

Los Apóstoles regresaron a Jerusalén con un espíritu de adoración y gran gozo. Se había cumplido la ascensión del Señor, y, puesto que Su resurrección había consistido en la unión literal de Su espíritu con Su cuerpo, la suya había sido la partida literal de un ser físico. Los discípulos empezaban a comprender mejor algunas de las cosas que Él les había dicho antes de partir, por ejemplo: “Confiad, yo he venido al mundo” (Juan 16:33). Gracias a Cristo, el sepulcro no tuvo una victoria permanente. ¡Él venció a la muerte!

Él vive hoy, y doy de ello un testimonio solemne. Este mismo Jesús ya ha venido a la tierra en nuestra época. El Cristo resucitado, glorificado y exaltado —el Dios de este mundo bajo la dirección del Padre— apareció al muchacho llamado José Smith en 1820. Este mismo Jesús, que era el Dios de Abraham, Isaac y Jacob, el Dios de Moisés, el Creador de esta tierra, ha estado aquí en nuestra época. Nuestro Padre Celestial lo presentó a José Smith con estas palabras: “Este es mi Hijo Amado. ¡Escúchalo!” (José Smith—Historia 1:17).

Hay quienes dicen que la aparición de Dios el Padre y su Hijo, Jesucristo, no fue real, sino que fue probablemente producto de la imaginación de José Smith. Eso no es cierto. Es simplemente un intento de desacreditar el testimonio del Profeta, y también el del mismo Jesús, que estuvo con José Smith como testimonio de Su propia resurrección.

La aparición de Dios el Padre y su Hijo, Jesucristo, a José Smith es el acontecimiento más grandioso que ha ocurrido en este mundo desde la resurrección del Maestro. Humildemente/y llenos de gratitud, en nombre de la Iglesia restaurada de Jesucristo expresamos este testimonio a toda la humanidad; es la verdad y debe llegar a todos los hijos de nuestro Padre. Y éste es el testimonio de José Smith y de Sidney Rigdon, que recibieron juntos esta gloriosa visión en febrero de 1832:

“Y ahora, después de los muchos testimonios que se han dado de él, éste es el testimonio, el último de todos, que nosotros damos de él: ¡Que vive!

“Porque lo vimos, sí, a la diestra de Dios; y oímos la voz testificar que él es el Unigénito del Padre;

“que por él, por medio de él y de él los mundos son y fueron creados, y sus habitantes son engendrados hijos e hijas para Dios” (D. y C. 76:22-24)-

Sí, Jesús es el Cristo. Él rompió las cadenas de la muerte; Él es nuestro Salvador y Redentor, es el Hijo de Dios; y volverá a la tierra como nuestro Señor resucitado. Ese día no está muy lejos. Para todos los que aceptan la resurrección literal del Salvador, es evidente que la vida no termina con la muerte. Nuestro Señor nos prometió: “Porque yo vivo, vosotros también viviréis” Cuan 14:19).

Para los que creemos en la revelación de los últimos días y la aceptamos, Su resurrección tiene un significado más importante. Por medio de José Smith Dios reveló que el núcleo familiar perdurará más allá del sepulcro, que las simpatías, los afectos y el amor de los unos por los otros pueden existir para siempre. Uno de los primeros Apóstoles de esta dispensación, el élder Parley P Pratt, escribió lo siguiente:

“José Smith fue quien me enseñó a valorar las preciadas relaciones entre padres, entre marido y mujer, entre hermanos, entre padres e hijos.

“De él aprendí que es posible asegurarme, por esta vida y toda la eternidad, la compañía de la mujer de mi corazón; que las simpatías y el cariño que nos atrajeron brotaron de la fuente del divino amor eterno; y de él aprendí que podemos cultivar esos sentimientos y progresar y hacerlos crecer por toda la eternidad…

“De él aprendí la verdadera dignidad y el destino que esperan a un hijo de Dios, investido con el sacerdocio eterno, como patriarca y soberano de su familia. De él aprendí que la mayor honra de la mujer consiste en ser reina y sacerdotisa con su marido…

“Yo había amado antes, pero no sabía el porqué. Mas entonces amé con una pureza e intensidad propias de sentimientos más nobles que elevaban mi alma por encima de todo lo bajo de este mundo y la engrandecían. Sentí sin ninguna duda que Dios era mi Padre Celestial, que Jesús era mi Hermano, y que la esposa de mi corazón era una compañera eterna e inmortal, algo así como un ángel ministrante que se me había concedido para darme consuelo, y una corona de gloria para siempre jamás. En resumen, me era posible amar con el espíritu y comprender por qué amaba así” (Autobiography of Parley P. Pratt, Salt Lake City: Deseret Book Company, 1968, págs. 297-298).

Nos hacemos merecedores de estas bendiciones cuando vamos a la casa del Señor con nuestro compañero o compañera y recibimos allí las ordenanzas selladoras que unen a la familia más allá de la muerte. No hay ninguna otra manera de recibirlas, porque el Señor ha decretado lo siguiente: “A menos que te rijas por mi ley, no puedes alcanzar esta gloria” (D. y C. 132:21); y la gloria a la que se refiere es la continuación eterna de la posteridad (véase D. y C. 132:19).

Pero, al unir a las familias, tenemos también otra responsabilidad, la cual ha sido revelada por medio del Profeta de esta dispensación. Jesús les dijo a Sus Apóstoles: “Las obras que yo hago, [el que en mí cree] las hará también; y aún mayores hará, porque yo voy al Padre” (Juan 14:12).

Una de las obras que Él ha mandado hacer en estos postreros días es que nosotros, los que hemos recibido las ordenanzas de la exaltación, hagamos la obra de ordenanzas y sellamientos por nuestros antepasados que no tuvieron la oportunidad de recibir el evangelio mientras se hallaban en su existencia terrenal. Tenemos el privilegio de abrir las puertas de la salvación a las almas que quizás estén cautivas y en tinieblas en el mundo de los espíritus, para que reciban la luz del evangelio y se les juzgue como a nosotros. Efectivamente, “las obras” que El hizo —las que proveen las ordenanzas salvadoras del evangelio— también las haremos nosotros. ¿Cuántos miles de nuestros antepasados aguardan todavía esas ordenanzas de sellamiento?

Sería bueno que nos preguntáramos: “¿He hecho todo lo que está a mi alcance en esta vida? ¿Seré el salvador de mis propios antepasados?”

Recordemos que sin ellos no podemos perfec­cionarnos. La exaltación es un asunto familiar.

Sí, porque Él vive, nosotros también viviremos. Porque Él vive, el amor y las relaciones familiares que nos resultan tan preciadas de este lado del velo pueden continuar por la eternidad. Porque Él vive, podremos ser partícipes de la gloria del más Santo, nuestro Padre Celestial. □

Mediante José Smith, el Dios de los cielos reveló la verdad de que la unidad familiar puede prolongarse más allá de la muerte, que las simpatías, los afectos y el amor mutuos pueden existir para siempre.

Nos hacemos merecedores de estas bendiciones cuando vamos a la casa del Señor con nuestro compañero o compañera y recibimos allí las ordenanzas salladoras que unen a la familia más allá de la muerte.

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