La llave de la fe

Liahona Mayo 1994

La llave de la fe

Por el presidente Thomas S. Monson
Segundo Consejero de lo Primera Presidencia

Hace varios años, antes de recibir mi llamamiento como Autoridad General, tuve la buena suerte de aceptar un , llamamiento para prestar servicio como miembro del Comité de Genealogía del Sacerdocio y tuve el privilegio de visitar estacas y misiones, y hablar a los miembros de la Iglesia acerca de este tema sagrado, que es quizás, entre todos los programas de la Iglesia, el que menos se comprende.

Nuestra responsabilidad principal en esa época era la de convencer a los miembros de la Iglesia de que no era preciso ser especialistas en la materia, que no tenían que esperar hasta tener ochenta años ni ser genealogistas profesionales para comprender la responsabilidad que todos tenemos de buscar datos e información acerca de nuestros parientes muertos y efectuar la obra del templo en beneficio de ellos.

Creo que existe y siempre ha existido la idea de que la investigación de historia familiar es exclusivamente para unos pocos y no para los miembros de la Iglesia en general. De la serie de conferencias que llevamos a cabo en ese entonces, uno de los resultados beneficiosos que se obtuvieron fue la creación de las organizaciones familiares. En todas partes, los miembros de la Iglesia van adquiriendo un conocimiento cada vez más profundo de la responsabilidad que tenemos hacia los miembros de nuestra familia.

Debido a que mis antepasados provienen de diferentes países (parte de ellos vienen de Suecia, donde los apellidos patronímicos crean grandes problemas [apellidos derivados del apellido o del nombre del padre; por ejemplo, Fernández proviene del nombre Fernando. Esto crea un problema, ya que cada generación tiene un apellido compuesto o derivado del original], y otros provienen de Escocia e Inglaterra), siento que he heredado todos los problemas que pueden sobrevenirle a alguien que debe buscar información acerca de sus antepasados muertos.

En mi línea ancestral sueca, el nombre de mi abuelo era Neis Monson; el nombre de su padre (mi bisabuelo) no era Monson sino Mons Okeson; el del padre de este último (mi tatarabuelo), Oke Pederson, y el nombre del padre de éste, Peter Monson —con lo que volvemos nuevamente al apellido Monson— y finalmente el nombre del padre de este último era Mons Lustig, el cual era un apellido dado por el ejército sueco para diferenciar a los Peterson, los Johnson y los Monson unos de otros cuando entraban en el servicio militar.

A pesar de la confusión de apellidos, es extraordinario todo lo que nuestra asociación familiar [diversos familiares abocados a una misma tarea] ha logrado con respecto a esta línea de nuestros antepasados. Hemos tenido un éxito similar en la búsqueda de información concerniente a los ascendientes de mi madre, de los cuales obtuvimos los apellidos de Condie y Watson.

Hace algunos años, tuvimos con mi esposa la oportunidad de visitar Suecia y, una vez allí, ir a la pequeña aldea agrícola de Smedjebacken, donde su padre, los once hermanos y hermanas de éste, y sus padres vivieron en una casa de campo compuesta de dos cuartos pequeños. Me siento profundamente agradecido de que haya sido mi tío abuelo quien llevara el evangelio a esta familia escogida. Por un momento, imaginé las experiencias por las que debieron haber pasado esos misioneros, sentados frente al fuego comiendo platillos a los cuales no estaban acostumbrados, presentándose ante los ojos de personas amigables pero que los recibían quizás con un poco de sospecha, y finalmente orando juntos para que la luz de los cielos los bendijera y se comprendieran mutuamente y de esa forma se efectuara la conversión al Evangelio de Jesucristo. Y agradecí a nuestro Padre Celestial Su divina ayuda.

En esa época de nuestra visita a Suecia, el presidente de misión era el hermano Reid H. Johnson, primo de mi esposa. Mientras viajábamos con él y nuestro grupo por la zona, nos dirigimos a una gran iglesia luterana. Al entrar en el edificio, el presidente Johnson dijo: “Creo que les interesaría conocer una experiencia que tuvimos mi compañero, Richard Timpson, y yo en esta ciudad al final de nuestras misiones, allá por el año 1948”.

Y nos relató lo siguiente: “Vinimos a este pueblo porque sabíamos que nuestra historia familiar estaba registrada aquí y que nuestros antepasados habían vivido en la zona. Al entrar en este edificio tan grande de la iglesia luterana, nos recibió el encargado de registros más hostil que puedan imaginar. Y cuando se enteró de que habíamos terminado nuestra misión y contábamos con unos pocos y valiosos días, los cuales deseábamos utilizar para investigar los registros que se guardaban en esa iglesia, nos dijo que a nadie se le había permitido jamás examinar esos valiosos registros, y mucho menos se le iba a dar permiso a un mormón. Él nos explicó que se encontraban guardados bajo llave y nos mostró la enorme llave de la bóveda donde se encontraban guardados los libros de registros. Luego agregó; ‘Mi trabajo, mi futuro y el sustento de mi familia dependen de la forma en que cuide y proteja esta llave. No, lo lamento, pero es imposible que ustedes examinen esos registros; sin embargo, si desean ver la iglesia, con mucho gusto los acompañaré y les mostraré su arquitectura y el cementerio que la bordea, pero los registros no; ésos son sagrados”’.

El presidente Johnson nos contó que se sintieron profundamente decepcionados, pero que sin embargo, le dijeron al encargado de los archivos que aceptaban su amable invitación. Durante todo el tiempo que duró el recorrido, él y su compañero oraron fervorosa e intensamente para que algo sucediera que hiciera que el encargado de los registros cambiara de opinión y les permitiera examinar los registros.

Luego de un largo recorrido por el cementerio y de contemplar el edificio de la iglesia, el encargado de los archivos les dijo de improviso: “Voy a hacer algo que nunca he hecho antes. Me puede costar el empleo, pero voy a prestarles esta llave por quince minutos”.

El presidente Johnson pensó: ¡Quince minutos.1 i Lo único que tendremos tiempo de hacer en quince minutos es abrir la cerradura de la puerta!

El encargado les dio la llave y ellos pudieron abrir la puerta y contemplar los valiosos registros que eran en sí un tesoro en valor genealógico. A los quince minutos, llegó el encargado y los encontró inmóviles, sobrecogidos en un estado de admiración por lo que tenían delante.

Ellos entonces le preguntaron:

—Por favor, ¿podemos quedarnos más tiempo?

— ¿Cuánto más? —les dijo el encargado mirando su reloj.

—Unos tres días —le contestaron los jóvenes.

—Nunca he hecho antes nada parecido. No puedo explicarme por qué, pero siento que puedo confiar en ustedes. Aquí está la llave; quédense con ella y entréguenmela cuando hayan terminado. Yo voy a venir todos los días a las ocho de la mañana y a las cinco de la tarde en punto.

Durante tres días consecutivos, los dos misioneros examinaron y anotaron, para que pudiéramos utilizar en la actualidad información que hubiera sido imposible obtener de ninguna otra forma. El presidente Johnson, embargado de emoción, nos contó ese episodio. Él dijo: “Dios obra de una manera misteriosa a fin de efectuar los milagros”.

Al escuchar esa declaración, me di cuenta de que esa experiencia me había bendecido a mí al igual que a mi esposa, ya que gran parte de la información que él y su compañero obtuvieron, tenía que ver con nuestros antepasados.

Al pensar en la llave que el encargado de los archivos le había dado a esos dos misioneros, reflexioné que mientras ésta había abierto el cerrojo de la puerta que había dado acceso y dejado al descubierto información acerca de los nombres que ellos buscaban, existe otra llave mucho más importante, una que todos deseamos obtener con fervor y que abrirá los cerrojos de los invalorables tesoros del conocimiento que deseamos adquirir. Se trata de la llave de la fe. En esta obra, ninguna cerradura se abre si no poseemos esa llave.

Yo les testifico que cuando hacemos todo lo que podemos para llevar a cabo esta obra, el Señor pondrá a nuestro alcance la sagrada llave que necesitaremos para abrir el cerrojo del tesoro que buscamos con tanta intensidad. (Véase Eter 12:6-22.)

Cuando el Comité de Genealogía del Sacerdocio se organizó por primera vez, el presidente Hugh B. Brown declaró a un grupo de nosotros que la obra misional se está llevando a cabo en el mundo de los espíritus a un paso acelerado, en comparación con lo que está sucediendo en nuestra existencia terrenal. Después, citó las palabras del presidente Joseph F. Smith que explican que todos los que no tuvieron la oportunidad de escuchar el evangelio sempiterno en esta vida lo están escuchando en este momento:

“Este evangelio revelado al profeta José ya se está predicando a los espíritus encarcelados, aquellos que han salido de este campo de acción al mundo de los espíritus sin conocimiento del evangelio. José Smith les está predicando este evangelio; también Flyrum Smith; también Brigham Young; así como todos los fieles apóstoles que vivieron en esta dispensación bajo la administración del profeta José” (Doctrina del Evangelio, Salt Lake City: Deseret Book Company, 1939, pág 464).

Y como el presidente Smith lo indicó en el año 1916:

“Mediante nuestros esfuerzos en bien de ellos, las cadenas de la servidumbre caerán de sus manos y se disiparán las tinieblas que los rodean, a fin de que brille sobre ellos la luz y en el mundo de los espíritus sepan acerca de la obra que sus hijos han hecho aquí por ellos, y se regocijarán con vosotros en vuestro cumplimiento de estos deberes” (Doctrina del Evangelio, págs. 469-470).

Me agrada el término deber. El no dijo: “Se regocijarán pon vosotros en el cumplimiento de una asignación, debido a un llamamiento”; sino que dijo: “En vuestro cumplimiento de estos deberes”.

La persona que es diligente en hacer la obra de su historia familiar concuerda con la descripción de alguien que cumple con su deber. Yo sé el trabajo que da, el dinero que se gasta y las dificultades por las que se pueden pasar para encontrar un nombre. Yo sé que nuestro Padre Celestial está al tanto del esfuerzo que hacemos y sé también que las personas por las que efectuamos las sagradas ordenanzas también lo saben. A veces, de una forma milagrosa, se presenta delante de nosotros, en forma clara y sencilla, la vía por medio de la cual podemos vencer esas dificultades.

Cuando presté servicio como presidente de misión en el Este de Canadá, había una encantadora dama que servía como secretaria del comité genealógico en uno de nuestros mejores distritos. ¡En qué forma trabajaba ella en esa asignación! Esa buena señora era responsable de casi toda la investigación genealógica que se había llevado a cabo en esa zona de Canadá; sin embargo, había llegado a un punto en el cual le era imposible continuar. En consecuencia, se dirigió en oración a nuestro Padre Celestial y literalmente le rogó que El interviniera para que de alguna forma ella pudiera seguir adelante. Sin esperar una respuesta específica, la hermana continuó con su investigación.

Un día en que se encontraba caminando por la calle principal de Belleville, en la provincia de Ontario, Canadá, llegó ante las puertas de una librería y sintió una fuerza que la instaba a entrar. Una vez dentro, mientras miraba las filas de innumerables libros que llenaban los estantes, sus ojos se detuvieron en dos tomos que se encontraban en el estante más alto, y sintió que debía examinarlos. Le pidió al empleado que se los alcanzara, y una vez que los tuvo en las manos, leyó el título: Pioneer Life on the Bay of Quinte [Vida de los pioneros en la Bahía de Quinte], tomos I y II; hojeó la primera, la segunda y la tercera página. Era increíble, lo único que contenían los dos tomos era historia familiar, desde la primera hasta la última página, y uno de los tomos era la llave que descubría el misterio que había frustrado su obra.

Ella se sintió realmente entusiasmada hasta que preguntó el precio; entonces todo su entusiasmo se transformó en duda. “Doscientos dólares por dos tomos excepcionales”, le dijo el empleado de la librería. De todas maneras, el quorum de élderes del distrito pudo comprarlos luego que se verificó su valor genealógico. Los libros fueron enviados a los archivos de genealogía de Salt Lake City y se informó que ellos también proporcionaron algunas llaves perdidas de la investigación del fallecido presidente Henry D. Moyle, de la Primera Presidencia, ya que algunos de sus antepasados provenían de Bay of Quinte, cerca de Belleville, en Ontario. Todo ello fue para muchísimas personas una gran bendición debido a que una buena mujer “con fe, no dudando nada” había cumplido con su deber.

La tan citada epístola de Santiago no es exclusivamente para los investigadores. Está también dirigida a nosotros, a ustedes y a mí:

“Y si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, el cual da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada.

“Pero pida con fe, no dudando nada; porque el que duda es semejante a la onda del mar, que es arrastrada por el viento y echada de una parte a otra” (Santiago 1:5-6).

Cuando nos encontramos ante algún obstáculo, debemos buscar la compañía del Espíritu Santo para que nos guíe, con el fin de poder resolver el problema que enfrentamos. Yo les testifico que el Espíritu se hará presente, el camino se abrirá y se proporcionará la llave necesaria.

Hace algunos años, el élder John H. Groberg presidía la misión de Tonga, mucho antes de que hubiera un templo en ese lugar. En una ocasión, él bajó al puerto a recibir a cuarenta miembros de la Iglesia que habían ido al Templo de Nueva Zelanda. Ellos habían sacrificado todo lo que poseían para ir al templo. Durante años habían vivido muy modestamente con el fin de ahorrar el dinero necesario para poder ir y recibir la investidura y sus bendiciones selladoras. Al regresar, esperaban que el presidente Groberg los recibiera con entusiasmo y los alabara por el viaje que habían hecho. Tiempo después él me comentó: “Yo no sentí que debía hacerlo; por lo contrario, tuve la impresión de que debía reprenderlos un poco”. Cuando arribaron todos sonrientes, me preguntaron:

—Presidente Groberg, ¿qué le parece lo que hemos logrado?

—Pienso que han logrado mucho. Han hecho un largo viaje, han padecido bastante y han contribuido mucho a la felicidad de las personas por quienes han oficiado. Pero, díganme, ¿cuántos nombres eran tonganos? ¿Cuántos de ellos eran sus antepasados?

Al hablarles en forma tan hermosa y fluidamente en tongano, la gente admitió que aparte de recibir la investidura personal y de hacer la obra quizás por uno o dos nombres de sus familiares, la obra de las ordenanzas que habían efectuado en el Templo de Nueva Zelanda fue la misma obra que cualquier persona que tuviera una recomendación para el templo podía efectuar en el Templo de Salt Lake, o en el Templo de Logan, o en cualquier otro templo. Una visión de la eternidad se desplegó ante ellos mientras el presidente Groberg les habló por espacio de una hora acerca de las responsabilidades que tenían para con sus antepasados muertos.

Ese episodio promovió un activo interés en la investigación de historia familiar en las islas tonganas. Ellos organizaron excelentes comités de historia familiar y desde entonces han efectuado la obra por innumerables antepasados suyos.

Yo soy un hombre de fe y les puedo testificar que la inspiración que el presidente John Groberg recibió fue el resultado de los ruegos de quienes habían esperado mucho tiempo y estaban ansiosos de ser librados de las cadenas que los mantenían cautivos, tal como lo dijo el presidente Joseph Fielding Smith; personas que habían permanecido en las tinieblas, pero que ahora tenían el deseo de ver la luz del cielo brillar sobre ellas, para de esa forma seguir adelante hacia la exaltación.

Mis hermanos y hermanas, no se cansen de hacer el bien. Si piensan que sus contribuciones son pocas e insignificantes, recuerden que el valor de las almas es precioso ante la vista de Dios. Nuestra oportunidad es preparar el camino y llevar a cabo la obra de las ordenanzas luego de una fiel investigación, para que de esa forma las almas puedan prepararse para la gloria, la cual es su oportunidad divina. ¿Podemos entonces asombrarnos de que la persona que haya recibido un testimonio de esta obra sienta el deseo de colaborar todo lo que pueda para su progreso? ¿Podemos asombrarnos de que los obstáculos se disipen como la bruma al salir el sol de la mañana, cuando alguien haya efectuado la obra, experimentado la prueba de la fe y se haya calificado para recibir las bendiciones que anhelaba?

A lo largo de las Escrituras, se ha probado que la llave de la fe ha sido uno de los requisitos para recibir las bendiciones deseadas y necesarias. Abraham pasó por la torturante prueba de pensar que tenía que sacrificar a su amado hijo Isaac antes de escuchar las palabras: “No extiendas tu mano sobre el muchacho, ni le hagas nada; porque ya conozco que temes a Dios, por cuanto no me rehusaste tu hijo, tu único” (Génesis 22:12). La fe de Abraham tuvo que ser probada.

El profeta Daniel tuvo que ser echado al foso de los leones antes de recibir las bendiciones de Dios. Los tres varones hebreos fueron lanzados a un horno ardiente para que su fe fuera probada. José Smith se dirigió a una tranquila arboleda y se inclinó en oración como prueba de su fe.

¿No es significativo que cuando se puso a prueba la fe de Abraham, no había ningún camero a la vista de él en los matorrales? ¿No es significativo que cuando a Daniel se le amenazó con echarlo al pozo de los leones, éstos no tenían ningún bozal que les impidiera utilizar sus poderosos dientes? ¿No es significativo que los tres varones hebreos no tenían trajes contra el fuego cuando fueron lanzados al horno ardiente? ¿No es significativo que cuando José, el joven profeta, se arrodilló buscando la ayuda del Dios Todopoderoso, Dios el Padre y Jesús el Hijo no se le aparecieron sino hasta que su fe fue probada?

Necesitamos la llave de la fe. Ninguna puerta cerrada puede resistirse a ella. La fe es un requisito para esta obra. A nuestro alcance está la llave que abrirá y pondrá a nuestro alcance lo que tan ansiosamente buscamos.

En la sección 76 de Doctrina y Convenios se registra una visión dada al profeta José Smith y a Sidney Rigdon en Hiram, estado de Ohio, en los Estados Unidos, el 16 de febrero de 1832. Esa revelación contiene la promesa que el Señor da a los fieles:

“¡Oíd, oh cielos, escucha, oh tierra, y regocijaos, vosotros los habitantes de ellos, porque el Señor es Dios, y aparte de él no hay Salvador!

“Grande es su sabiduría, maravillosas son sus vías, y la magnitud de sus obras nadie la puede saber.

“Sus propósitos nunca fracasarán, ni hay quien pueda detener su mano.

“De eternidad en eternidad él es el mismo, y sus años nunca se acaban.

“Porque así dice el Señor: Yo, el Señor, soy misericordioso y benigno para con los que me temen, y me deleito en honrar a los que me sirven en rectitud y en verdad hasta el fin.

“Grande será su galardón y eterna será su gloria.

“Y a ellos les revelaré todos los misterios…” (D. y C. 76:1-7).

La llave de la fe puede ser nuestra; ruego que la utilicemos con sabiduría, para que de esa manera dejemos a la vista de quienes han partido antes que nosotros la gran visión de la oportunidad que les espera en el reino de nuestro Padre Celestial. □

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