El pecado y el sufrimiento

Liahona Abril 1994

El pecado y el sufrimiento

Por el élder Dallin H. Oaks
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Nos preocupa mucho saber que hay personas que demuestran una actitud muy despreocupada con respecto al pecado. Algunos jóvenes piensan: “Voy a hacer lo que quiero ahora; después ya tendré tiempo de arrepentirme rápidamente y cumplir una misión (o casarme en el templo), y no habrá problema”.

Y los jóvenes no son los únicos que tienen esa actitud; sabemos que hay miembros de la Iglesia adultos que, a sabiendas y deliberadamente, cometen transgresiones serias confiando en una supuesta capa­cidad de arrepentirse en seguida y quedar “como nuevos”. Quieren disfrutar de la conveniencia y el goce del pecado en el presente y de las consecuencias de la rectitud en el futuro; desean experimentar el pecado pero al mismo tiempo eludir sus efectos.

El Libro de Mormón describe así a esas personas:

“Y también habrá muchos que dirán: Comed, bebed y divertíos; no obstante, temed a Dios, pues él justificará la comisión de unos cuantos pecados; sí, mentid un poco, aprovechaos de alguno por causa de sus palabras, tended trampa a vuestro prójimo; en esto no hay mal; y haced todas estas cosas, porque mañana moriremos; y si es que somos culpables, Dios nos dará algunos azotes, y al fin nos salvaremos en el reino de Dios” (2 Nefi 28:8).

La manera de ser y la posición que asumen esas personas son totalmente contrarias a las del Salvador, que nunca experimentó el pecado pero que, por Su sacrificio expiatorio, se vio sujeto a toda la angustia que éste causa.

Los pecados que obstaculizan el progreso

Para evitar los malentendidos, daré algunas descripciones de lo que quiero decir cuando me refiero al pecado o transgresión. En su aplicación más amplia, el pecado comprende todo tipo de irregulari­dad en la conducta, toda clase de impureza; pero muchas cosas que se califican de pecado en esta definición son sólo como granos de arena que no obstaculizan nuestro progreso en el camino hacia la vida eterna. Los pecados a los que me refiero son las transgresiones serías, las grandes rocas que obstaculizan el camino y que no se pueden remover a menos que haya un proceso prolongado de arrepentimiento.

Un observador entendido se dedicó a anotar los delitos que publicó un periódico de Utah durante una semana, tachando todos los que no habían sido cometidos por miembros de la Iglesia. La lista que le quedó nos da un ejemplo de la clase de pecados que cometen los Santos de los Últimos Días:

  • Venta ilegal de drogas.
  • Agresión con intento de causar daño.
  • Secuestro agravado.
  • Abuso sexual.
  • Relación sexual de un profe­sional con un cliente.

Los informes disciplinarios de la Iglesia nos ponen al tanto de otras transgresiones graves que raramente se publican en la prensa, por ejemplo: el adulterio, la fornicación, la poligamia y la apostasía.

El Salvador les habló a los nefitas sobre el juicio final, en el que Él será “pronto testigo contra los hechiceros, y los adúlteros, y contra los que juran en falso, y contra los que defraudan en su salario al jornalero…” (3 Nefi 24:5).

He dado algunas descripciones de transgresiones serias; podría dar muchas otras.

Los principios básicos

A modo de antecedente, re­pasemos algunos principios muy conocidos.

1.- Uno de los propósitos principales de esta vida es que Dios pruebe a Sus hijos para ver si obedecen Sus mandamientos (véase Abraham 3:25).

2.- Por lo tanto, esta vida es “un tiempo de probación”, como dice Alma, “un tiempo para arrepentirse y servir a Dios” (Alma 42:4).

3.- La desobediencia a un man­damiento de Dios es pecado.

4.- En el juicio final nos pre­sentaremos ante Dios para ser juzgados de acuerdo con nuestras obras (véase Alma 11:41; 3 Nefi 26:4; D. y C. 19:3).

5.- Para cada pecado “se fijó un castigo” (Alma 42:18; véase también Amos 3:1-2).

6.- Los que hayan desobedecido los mandamientos de Dios y no se hayan arrepentido en esta vida se presentarán “con vergüenza y con terrible culpa ante el tribunal de Dios” (Jacob 6:9) y tendrán un “horrendo espectáculo de su propia culpa y abominaciones” (Mosíah 3:25); las Escrituras lo describen como “un vivo sentimiento de… culpa, dolor y angustia, que es como un fuego inextinguible, cuya llama asciende para siempre jamás” (Mosíah 2:38).

7.- Las terribles exigencias de la justicia que se aplican a los que han violado las leyes de Dios, ese “estado de miseria y tormento sin fin” (Mosíah 3:25) que se describe en estos pasajes de las Escrituras, se pueden reconciliar por medio de la expiación de Jesucristo. Esa es la esencia del Evangelio de Jesucristo.

En el caso particular de un Santo de los Últimos Días despreocupado, que comete deliberadamente un pecado grave con la idea de que puede disfrutar de la transgresión y gozar sus efectos para después pasar por un arrepentimiento rápido y relativamente sin dolor y quedar como nuevo, ¿cómo se aplican esos principios básicos?

El Libro de Mormón enseña que el Salvador no redime al hombre “en sus pecados” (Alma 11:34, 36, 37; Helamán 5:10). “…los malvados permanecen como si no se hubiese hecho ninguna redención, a menos que sea el rompimiento de las ligaduras de la muerte” (Alma 11:41). El Salvador vino “para redimir a los hombres de sus pecados por motivo del arrepentimiento” y en “las condiciones del arrepentimiento” (Helamán 5:11; cursiva agregada).

Una de las condiciones del arrepentimiento es la fe en el Señor Jesucristo, incluso la fe y la confianza en Su sacrificio expiatorio. Como lo enseñó Amulek:

“…Aquel que no ejerce la fe para arrepentimiento queda expuesto a las exigencias de toda la ley de la justicia; por lo tanto, únicamente para aquel que tiene fe para arrepentimiento se realizará el gran y eterno plan de la redención” (Alma 34:16).

El sufrimiento personal por los pecados

Otra condición del arrepenti­miento es la del sufrimiento o castigo por los pecados. Según las palabras de Alma, “el arrepentimiento no podía llegar a los hombres a menos que se fijara un castigo” (Alma 42:16); o sea, donde ha habido pecado debe haber sufrimiento.

Quizás la enseñanza más grandiosa de este principio que se pueda hallar en las Escrituras sea la revelación que el Señor dio al profeta José Smith en marzo de 1830 (véase D. y C. 19). En ella, Él nos recuerda que habrá un “gran día final del juicio” en el que todos seremos juzgados de acuerdo con nuestras obras (vers. 3); también nos explica que el tormento o castigo “sin fin” o “eterno” que es conse­cuencia del pecado no es un castigo realmente sin fin, sino que es castigo de Dios y Él mismo es sin fin y eterno (véanse los vers. 10-12).

Establecidas esas condiciones, el Salvador del mundo nos manda arrepentimos y obedecer Sus mandamientos.

“…Arrepiéntete”, nos dice, “no sea que… sean tus padecimientos dolorosos; cuán dolorosos no lo sabes; cuán intensos no lo sabes; sí, cuán difíciles de aguantar no lo sabes.

“Porque he aquí, yo, Dios, he padecido estas cosas por todos, para que no padezcan, si se arrepienten;

“más si no se arrepienten, tendrán que padecer así como yo;

“padecimiento que hizo que yo, Dios, el mayor de todos, temblara a causa del dolor y sangrara por cada poro y padeciera, tanto en el cuerpo como en el espíritu, y deseara no tener que beber la amarga copa y desmayar.

“Sin embargo, gloria sea al Padre, bebí, y acabé mis preparativos para con los hijos de los hombres.

“Por lo que otra vez te mando que te arrepientas, no sea que te humille con mi omnipotencia; y que confieses tus pecados para que no sufras estos castigos de que he hablado…” (vers. 15-20).

La carga

Al considerar estas serias palabras del Salvador, nos damos cuenta de que hay algo extraño en ese estado mental o emocional de la persona que comete pecados deliberada­mente porque piensa que, cuando llegue el momento, podrá arrepentirse rápida y cómodamente y continuar siendo siervo de Dios, predicando el arrepentimiento y llamando almas a Cristo. Ilustraré la peculiaridad de esa actitud presentando una analogía:

Supongamos que una mujer, madre de muchos hijos, se halla sobrecargada hasta el punto de no poder soportar más. Todas sus horas

las ocupa atendiendo a las necesidades de su numerosa familia: la comida, el cuidado de la ropa, el acompañar a los hijos adonde tengan que ir, el cuidado de los que estén enfermos, el consuelo a los que sufran y la atención a todos los demás aspectos en los que se necesita de la madre. Pero ella se ha comprometido a hacer todo lo posible por atender a las necesidades de sus hijos.

Esa madre está dando la vida por sus hijos, y éstos saben que tratará de sobrellevar cualquier carga que se le imponga. La mayoría de ellos son considerados y hacen todo lo que pueden por aligerar el peso de esa carga; pero hay algunos que, conociendo su buena disposición a servir, echan sobre sus hombros fatigados más y más tareas. Su actitud es: “No hay problema, mamá lo hará; dejemos que lo haga, así lo pasaremos bien”.

En esta analogía, es obvio que comparo a los hijos desconsiderados con aquellos que pecan con la idea de que alguien llevará la carga del sufrimiento; y el que lleva la carga es nuestro Salvador.

El Don no es gratuito

Con esto no quiero decir que los beneficios de la Expiación no estén disponibles para la persona que peca imprudentemente. No es así. Lo que afirmo es que entre el pecado y el sufrimiento existe una relación que no comprenden aquellos que pecan a sabiendas con la esperanza de que El lleve toda la carga del sufri­miento, pensando que el pecado es todo suyo pero que todo el sufri­miento le corresponde a Él. Ese no es el caso. El arrepentimiento, no obstante que es un pasaje seguro hacia una destinación eterna, no es un don gratuito.

Pensemos en estos dos pasajes de las Escrituras:

(1) “…El arrepentimiento no podía llegar a los hombres a menos que se fijara un castigo…” (Alma 42:16); y (2), el Salvador dijo que Él había sufrido todas esas cosas por todos “para que no padezcan, si se arrepienten; más si no se arrepienten, tendrán que padecer así como yo” (D. y C. 19:16-17).

Obviamente, esto quiere decir que el transgresor que no se arrepienta tendrá que sufrir por sus propios pecados. ¿Significa también que el Salvador sobrelleva todo el castigo del que se arrepienta, que éste no tiene por qué sufrir porque se ha arrepentido? No es posible que tenga ese significado, pues eso no estaría de acuerdo con las otras enseñanzas del Salvador. Lo que quiere decir es que la persona que se arrepienta no tendrá que sufrir “así como” sufrió el Salvador por el pecado. Los pecadores arrepentidos pasarán por cierto sufrimiento, pero a causa de su arrepentimiento y de la Expiación, no experimentarán en su plenitud los tormentos tan “intensos” que sufrió el Salvador.

El presidente Spencer W. Kimball, que dejó extensas enseñanzas sobre el arrepentimiento y el perdón, dijo que el sufrimiento personal “es una parte muy importante del arrepentimiento. Una persona no empieza a arre­pentirse hasta después de haber sufrido intensamente por causa de sus pecados… Si no ha sufrido es porque no se ha arrepentido” (The Teachings of Spencer W. Kimball, Salt Lake City: Bookcraft, 1982, págs. 88, 99).

El Salvador enseñó ese principio cuando dijo que Su sacrificio expiatorio era “por todos los de corazón quebrantado y de espíritu contrito; y por nadie más se pueden satisfacer las demandas de la ley” (2 Nefi 2:7). El pecador arrepentido que viene a Cristo con el corazón quebrantado y el espíritu contrito ha pasado por un proceso de dolor y sufrimiento personales por su pecado; y comprende el significado de estas palabras de Alma: “…nadie se salva sino los que verdaderamente se arrepienten” (Alma 42:24).

La tristeza según Dios

Bruce C. Hafen ha comentado sobre algunas personas que buscan “atajos y salidas fáciles hacia el arrepentimiento, pensando que una confesión rápida o una disculpa breve son suficientes” (The Broken Heart, Salt Lake City: Deseret Book Compuny, 1989, pág. 150). El presidente Kimball dijo lo siguiente: “Muchas veces las personas piensan que se han arrepentido y merecen el perdón cuando todo lo que han hecho ha sido expresar pesadumbre y remordimiento por el lamentable hecho” (Teachings of Spencer W. Kimball, pág. 87).

Existe una gran diferencia entre “la tristeza según Dios” que “produce arrepentimiento” (2 Corintios 7:10), la cual lleva implícito el sufrimiento del penitente, y el pesar fácil y relativamente sin dolor de haber sido descubierto, o sea, la errónea pesadumbre a la que se refiere Mormón al decir: “…era más bien el pesar de los condenados, porque el Señor no iba a permitirles que hallasen felicidad en el pecado” (Mormón 2:13),

El joven Alma llegó a comprender muy bien que ese pesar despre­ocupado no era suficiente para arrepentirse; la experiencia que él tuvo, que el Libro de Mormón relata con detalles, es la mejor ilustración que nos ofrecen las Escrituras del hecho de que el proceso del arrepentimiento está lleno de sufrimiento por el pecado cometido.

Alma dijo que, una vez que se vio obligado a detenerse en el curso de iniquidad que llevaba, se halló “en el más tenebroso abismo” (Mosíah 27:29):

“…Me martirizaba un tormento eterno, porque mi alma estaba atribulada en sumo grado, y atormentada por todos mis pecados.

“Sí, me acordaba de todos mis pecados e iniquidades, por causa de los cuales yo era atormentado con las penas del infierno…” (Alma 36:12-13).

Describió cómo “el sólo pensar en volver a la presencia de… Dios atormentaba [su] alma con indecible horror”, diciendo que le “atribulaba el recuerdo de [sus] muchos pecados” (Alma 36:14, 17). Después de “tres días y tres noches… en el más amargo dolor y angustia de alma”, imploró misericordia al Señor Jesucristo y recibió “la remisión de… pecados” (Alma 38:8).

Nuestras propias experiencias confirman el hecho de que debemos pasar por un sufrimiento en el proceso de arrepentimos, y que en los casos de transgresiones graves ese sufrimiento puede ser muy profundo y prolongado.

Otro pecador arrepentido, que fue excomulgado, lo describe hablando de “horas de muchas lágrimas”, de “desear [verse] cubierto por un millón de montañas”, de hallarse “aplastado por la vergüenza”, en “profunda tiniebla” y una “angustia que parecía tan grande como la eternidad”.

Por qué es necesario pasar por el sufrimiento

¿Por qué tenemos que sufrir en nuestro camino hacia el arrepen­timiento cuando hemos cometido pecados graves? Tendemos a considerar que el efecto del arrepentimiento es simplemente quedar limpios del pecado; pero ese punto de vista es incompleto. Una persona que peca es como el árbol que se dobla fácilmente con el viento; en un día ventoso y lluvioso, el árbol se dobla tanto que llega a rozar el suelo y sus hojas se ensucian en el barro, como el pecado ensucia; si nos dedicamos solamente a limpiar las hojas, la debilidad del árbol que lo llevó a doblarse y ensuciarse quizás permanezca. De la misma manera, una persona que sólo siente pesar porque el pecado la ha ensuciado volverá a pecar cuando vuelva a soplar un viento fuerte; mientras el árbol no se haya fortalecido, continuará siendo susceptible a que el hecho se repita.

Una vez que el pecador haya pasado por ese proceso que da como resultado lo que las Escrituras describen como un corazón que­brantado y un espíritu contrito, el Salvador hace por él algo más que limpiarlo de pecado, le da una nueva fortaleza. Ese fortalecimiento es indispensable para que nos demos cuenta del propósito de la purificación, que es poder volver junto a nuestro Padre Celestial. A fin de estar en Su presencia, se necesita algo más que estar limpios: debemos haber cambiado de una persona moralmente débil que ha pecado a una fuerte y con el calibre espiritual que le permita estar en la presencia de Dios. Como dice en las Escrituras, debemos convertirnos en un “santo por la expiación de Cristo el Señor” (Mosíah 3:19). Esto es lo que significa cuando se nos dice que una persona que se haya arrepentido de sus pecados “los abandonará” (D. y C. 58:43), lo cual significa mucho más que limitarse a no repetirlos; abandonar el pecado implica que se opere un cambio total en el individuo.

Un gran cambio de corazón

Tanto el rey Benjamín como Alma hablaron de un gran cambio de corazón. Los de la congregación del rey Benjamín describieron ese gran cambio diciendo que ya no tenían

“más disposición a obrar mal, sino a hacer lo bueno continuamente” (Mosíah 5:2). Alma se refirió a ese cambio que habían tenido los de su pueblo diciendo que “despertaron en cuanto a Dios”, “pusieron su confianza en El” y “fueron fieles hasta el fin” (Alma 5:7, 13). Y exhortó a los demás a mirar “hacia adelante con el ojo de la fe” hacia el día en que nos presentemos “ante Dios” para ser juzgados de acuerdo con nuestras obras (Alma 5:15). Las personas que han experimentado ese cambio en el corazón han logrado la fortaleza y el calibre espiritual para morar con Dios. A esto es a lo que llamamos “salvación”.

Prestemos atención a las advertencias

Algunos Santos de los Últimos Días que erróneamente piensan que es fácil arrepentirse afirman que es más ventajosa la posición de la persona que ha pecado y se ha arrepentido. El argumento que presentan es: “Tener alguna expe­riencia con el pecado está bien, porque eso capacita a la persona a comprender a los demás y aconsejarlos; siempre hay lugar para arrepentirse”.

Pero yo ruego a todos mis hermanos, mis amigos jóvenes y viejos, que eviten las transgresiones. La idea de que se puede pecar deliberadamente pensando en la facilidad de arrepentirse o de que es más ventajosa la posición de la persona que ha pecado y se ha arrepentido es una mentira diabólica que proviene del adversario. ¿Sería alguien capaz de defender el argumento de que es mejor aprender por experiencia que determinado golpe le romperá un hueso o que cierta mezcla de substancias químicas explotará y lo quemará? ¿Estaremos mejor después de habernos lesionado de esa manera y quedado con cicatrices? Obviamente, sería mejor prestar atención a las advertencias de las personas que tienen conocimiento y saben qué efectos causarían en nuestro cuerpo ciertos traumas.

De la misma manera en que nos beneficiaría la experiencia de otra persona en esos asuntos, también nos beneficiarían las advertencias que contienen los mandamientos de Dios. Para saber que las transgresiones graves son nocivas para nuestra alma y que pueden destruir nuestro bienestar eterno, no es necesario que experi­mentemos en carne propia sus efectos.

Hace unos años, uno de nuestros hijos me preguntó por qué no era bueno probar las bebidas alcohólicas y el tabaco para saber cómo eran; él conocía la Palabra de Sabiduría y sabía los efectos que tienen esas substancias en la salud, pero ponía en tela de juicio la razón por la cual no debía experimentar él mismo con ellas. Le contesté que si tenía deseos de probar algo, fuera al establo y probara un poco de estiércol. El exclamó con horror: “¡Ah, pero eso es asqueroso!”

“Me alegro de que opines así”, le dije, “pero, ¿por qué no pruebas un poco sólo para experimentar tú mismo el sabor? Si piensas que está bien probar una cosa que sabes que no es buena para ti, ¿por qué no aplicar ese principio a otras cosas?” Mi ilustración de la necedad de “probar uno mismo” fue sumamente persuasiva para el muchacho de dieciséis años.

No echemos un lastre en nuestro mañana

Cuando somos jóvenes, a veces nos comportamos como si el mañana no existiera; en esa época de la vida, es fácil olvidarse de que uno ha de crecer, casarse, criar una familia y —fíjense en este importante punto— continuar relacionándose con algunas de las mismas personas que en ese momento son testigos o partícipes de sus picardías o transgresiones.

Muchachos, la jovencita con la que están saliendo ahora puede llegar a ser su esposa dentro de unos años, pero lo más probable es que no lo sea; más bien, posiblemente sea la esposa del obispo de su barrio o del presidente de su estaca. Jovencitas, el muchacho con el que ahora salen puede llegar a ser su marido, pero lo más probable es que no sea así; en cambio, puede ser el marido de su hermana o de su mejor amiga; puede incluso llegar a ser uno de los consejeros en el obispado de su barrio o un empleado que ustedes tengan que supervisar en su trabajo. Jóvenes, conduzcan su vida de tal manera que su mañana no esté abrumado con el lastre de recuerdos malos o vergonzosos.

“Quien se ha arrepentido”

Casi todo lo que he dicho aquí se ha dirigido a las personas que piensan que el arrepentimiento es fácil. En el extremo opuesto se encuentran los que creen que el arrepentimiento es demasiado difícil. Esas almas son tan sensibles y conscientes que ven el pecado hasta en lo más mínimo de sus acciones y les desalienta la idea de que jamás podrán purificarse. Un llamado al arrepentimiento que sea bastante claro y fuerte para animar a los despreocupados a reformarse puede producir un desánimo paralizante en los de conciencia muy sensible. Este es un problema bastante común; cada vez que hablamos nos dirigimos a un público muy variado, y no podemos libramos de la realidad de que lo que para algunos no es una dosis bastante fuerte de doctrina, para otros puede ser una porción excesiva.

Quiero concluir con un mensaje de esperanza que es verdadero para todos, pero que es especialmente necesario para los que consideran demasiado difícil arrepentirse.

El arrepentimiento es un proceso continuo que todos necesitamos, porque “por cuanto todos pecaron… están destituidos de la gloria de Dios” (Romanos 3:23). El arrepentimiento es posible, y cuando tiene lugar, el perdón es certero. El presidente Spencer W. Kimball escribió lo siguiente:

“Hay ocasiones en que… cuando el arrepentido mira a sus espaldas y ve la vileza, la repugnancia de la transgresión, casi se da por vencido y se pregunta: ¿Podrá el Señor perdonarme alguna vez? ¿Podré yo mismo perdonarme alguna vez? Sin embargo, cuando uno llega al fondo del desánimo y siente la deses­peranza en que se encuentra, y cuando en su impotencia, pero con fe, suplica misericordia a Dios, llega una voz apacible y delicada, pero penetrante, que susurra a su alma: ‘Tus pecados te son perdonados’.” (El milagro del perdón, pág. 352).

Y cuando eso sucede, ¡qué hermosa es la promesa de que Dios depurará “nuestros corazones de toda culpa, por los méritos de su Hijo”! (Alma 24:10.)

¡Qué gran consuelo es esta otra promesa de que “si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos”! (Isaías 1:18.)

¡Qué gloriosa la promesa de Dios mismo de que “quien se ha arrepentido de sus pecados es perdonado; y yo, el Señor, no los recuerdo más”! (D. y C. 58:42; véase también Jeremías 31:34; Hebreos 8:12.)

Estos conceptos son verdaderos. Testifico de Jesucristo, que hizo posible que así fuera y que nos enseñó las condiciones del arrepentimiento y nos proveyó el camino hacia la perfección por medio de Su sacrificio expiatorio. □

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