Un consejo para los miembros de la Iglesia

Liahona, Febrero de 1994

Un consejo para los miembros de la Iglesia

Por el presidente Ezra Taft Benson

Dios estableció el matrimonio con un eterno y sabio propósito. La familia es la base para una vida recta.

E l mensaje que quiero dejarles tiene como fin proporcionar consejo sobre la forma en que podemos llevar la obra de Dios a todo el mundo, tanto a nivel de Iglesia como en forma individual.

Primero, debemos fortalecer la institución familiar. Es necesario que reconozcamos que la familia es la piedra angular de la civilización y que ningún país podrá llegar jamás a un nivel de excelencia que sobrepase el de las familias que vivan en dicho país. La familia es el firme cimiento sobre el cual se levanta la Iglesia. Por lo tanto, hacemos un llamado a todo jefe de familia para que fortalezca su hogar.

Creemos que Dios estableció el matrimonio con un eterno y sabio propósito. La familia es la base de una vida recta, y ya desde el comienzo del mundo Dios designó cuáles serían las funciones del padre, la madre y los hijos.

Dios le dio al padre la responsabilidad de presidir en el hogar; por consiguiente, él debe mantener, amar, enseñar y guiar a su familia. Dios designó también el papel de la madre, la cual debe concebir, dar a luz, cuidar, amar y enseñar a sus hijos. La madre es a la vez la compañera y consejera de su marido.

En el plan de Dios no existe la desigualdad entre los sexos, sino más bien una división de responsabilidades.

En las Escrituras también se aconseja a los hijos acerca de los deberes que tienen para con sus padres. El apóstol Pablo dijo:

“Hijos, obedeced en el Señor a vuestros padres, porque esto es justo.

“Honra a tu padre y a tu madre, que es el primer mandamiento con promesa;

“para que te vaya bien, y seas de larga vida sobre la tierra’’ (Efesios 6:1-3).

Cuando los padres, unidos en amor, cumplen con esa responsabilidad de procedencia divina, los hijos responden con amor y obediencia y, como resultado, reina gran gozo en el hogar.

Hace poco recibí una carta de un miembro de la Iglesia en la que me describía algunas de las dificultades y los problemas por los cuales él y su esposa estaban pasando para criar a sus hijos.

Se habían casado en el templo, pero poco a poco ambos se habían vuelto inactivos y sólo recientemente habían vuelto a la Iglesia. En la carta, ellos pedían consejo sobre lo que debían hacer para que sus hijos permanecieran fieles en el evangelio y evitaran los peligros y las dificultades por los que ellos habían pasado y por los que habían visto pasar a otras familias.

En otras palabras, la pregunta que tenían era: “¿Cómo podemos fortalecer espiritualmente a nuestra familia?”

Quisiera pedir a cada uno de ustedes que medite sobre esa importante pregunta. Y como respuesta a esta petición, me gustaría exhortarlos a que consideraran la fórmula tantas veces comprobada, y que tantas familias han utilizado con éxito a través de los años, para que en el hogar haya amor y unidad, para que los familiares se mantengan leales el uno al otro, y para que todos comprendan los principios del evangelio.

Los integrantes de esas familias se aman y respetan entre sí, y todos saben que se les quiere y se les aprecia. Los hijos sienten el amor de sus padres, lo cual les brinda seguridad y confianza.

Las familias unidas cultivan el atributo de la buena comunicación. En el seno familiar se habla de los problemas, se hacen planes y todos cooperan a la pal­para alcanzar sus objetivos. Con ese fin se utilizan y se llevan a cabo las noches de hogar y los consejos familiares. Los padres y las madres de esos firmes hogares mantienen fuertes vínculos de unión con sus hijos; ellos hablan y se comunican. Algunos padres entrevistan formalmente a cada uno de sus hijos; otros, lo hacen en forma informal, y hay algunos que con regularidad buscan pasar tiempo a solas con cada uno de ellos.

En todas las familias hay problemas y dificultades; sin embargo, en los hogares fuertes, sus integrantes se esfuerzan por encontrar las soluciones, en lugar de recurrir a la crítica y a la contención. Oran juntos, expresan sus opiniones y se dan ánimo mutuamente. En ocasiones, ayunan juntos para ayudar a uno de los miembros de la familia que lo necesite.

Este tipo de familias hace cosas juntos: Proyectos familiares, trabajo, vacaciones, momentos de diversión y reuniones.

Los padres que han logrado buenos resultados con sus hijos se han dado cuenta de que no es fácil criarlos en medios contaminados por el mal, do manera que han tomado las medidas necesarias para contrarrestarlos con influencias positivas. En su hogar, se enseñan principios morales y se tienen y se leen buenos libros; se escogen buenos programas de televisión y se oye música inspiradora. Pero lo más importante es que se leen y se analizan los Escrituras como un medio para ayudar a los miembros de la familia a desarrollar una orientación espiritual.

En los hogares de los miembros de la Iglesia en los que existe una buena relación entre todos, los padres enseñan a los hijos a comprender los principios de la fe en Dios, el arrepentimiento, el bautismo y el don del Espíritu Santo (véase D. y C. 68:25).

La oración familiar es parte intrínseca de su vida, ya que es el medio por el cual se puede expresar agradecimiento por las bendiciones recibidas y aceptar con humildad que dependemos del Dios Todopoderoso para recibir fortaleza y apoyo.

De manera que ésta es la muy probada fórmula para criar una buena familia, y les recomiendo que la pongan en práctica.

Como padres, abuelos y bisabuelos en Sión, mi esposa y yo tenemos la esperanza de que todos lleguemos a estar juntos en las eternidades, que todos seamos dignos de estar allí, sin que falte uno solo de nuestros seres queridos.

Esa es también mi más ferviente oración y esperanza por todas las familias de la Iglesia.

Más que en ninguna otra época de nuestra historia tenemos necesidad de mayor espiritualidad, la cual podemos lograr si nos deleitamos en las palabras de Cristo, tal como se encuentran reveladas en las Escrituras.

Hemos pedido a los líderes del sacerdocio que reduzcan a un mínimo las reuniones adminis­trativas los domingos con el fin de que las familias pasen más tiempo juntas y dediquen ese día a adorar al Señor. Esperemos que ese día lo utilicen para asistir a las reuniones, prestar servicio caritativo, visitar a otros miembros de la familia, llevar a cabo las noches de hogar y estudiar las Escrituras.

Les aconsejamos que acepten los llamamientos que se les extiendan en la Iglesia y que sirvan fielmente en las posiciones a las cuales se les llame. Préstense servicio los unos a los otros; magnifiquen sus llamamientos y, al hacerlo, se convertirán en el medio por el que muchas personas recibirán bendiciones, a la vez que aumentará la espiritualidad en ustedes mismos.

Les instamos a prestar atención a las necesidades de los pobres, de los enfermos y los necesitados. Tenemos la responsabilidad cristiana de asegurarnos de que las viudas y los huérfanos rengan lo necesario para subsistir.

“La religión pura y sin mácula delante de Dios el Padre es ésta: Visitar a los huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones y guardarse sin mancha del mundo” (Santiago 1:27).

Los amonestamos a guardar los mandamientos de Dios, ya que al hacerlo, se verán libres de las ataduras del pecado.

“Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, alma, mente y fuerza; y en el nombre de Jesucristo lo servirás” (D. y C. 59:5).

Confesarás la mano de Dios en todas las cosas (véase D. y C. 59:21).

“Sé paciente en las aflicciones” (D. y C. 24:8).

“Animaos” (D. y C. 61:36).

Sostengan y apoyen el sacerdocio en el hogar y en la Iglesia (véase D. y C. 107:22).

Paguen su diezmo fielmente y contribuyan con una ofrenda de ayuno generosa (véase D. y C. 119:4; Mosíah 4:21).

“Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (D. y C. 59:6).

Enseñen a sus hijos. Críenlos en la luz y la verdad (véase D. y C. 93:40, 42-43).

“Cesad de inculparos el uno al otro” (D. y C. 88:124).

“Debéis perdonaros los unos a los otros” (D. y C. 64:9).

Sean frugales y no contraigan deudas (véase D. y C. 19:35).

No sean codiciosos (véase D. y C. 88:123).

Trátense honradamente los unos a los otros (véase D. y C. 51:9).

Santifiquen el día de reposo (véase D. y C. 59:10, 12-13).

Absténganse de las bebidas alcohólicas, el tabaco y las bebidas calientes (véase D. y C. 89:5-9).

“Cesad de ser impuros” y desechad la pornografía (D. y C. 88:124).

Busquen las palabras de sabiduría de los mejores libros (véase D. y C. 88:118). Eviten cualquier libro, revista o película que represente lo malo como algo bueno y lo bueno como algo malo.

No cometan adulterio, “no… ninguna cosa semejante” (D. y C. 59:6); lo cual incluye también las caricias impúdicas, la fornicación, la homosexualidad y toda clase de inmoralidad.

“Deja que la virtud engalane tus pensamientos incesantemente” (D. y C. 121:45).

Pongan “en práctica la virtud y la santidad” continuamente (D. y C. 38:24).

“Vestíos con el vínculo de la caridad” (D. y C. 88:125).

Vivan “de acuerdo con toda palabra que sale de la boca de Dios” (D. y C. 98:11).

Sean valientes en el testimonio que tienen de Cristo (véase D. y C. 76:51,79).

Honren los convenios que han hecho (véase D. y C. 25:13).

Perseveren “hasta el fin” (D. y C. 14:7).

En pocas palabras, ¡aunque vivan en el mundo, no pertenezcan a él!

La misión de la Iglesia es la de salvar almas por medio de la proclamación del evangelio, el perfeccionamiento de los santos y la redención de los muertos.

Les instamos a hacer todo lo que esté a su alcance para que por medio de sus talentos y bienes ayuden en la edificación del reino de Dios sobre la tierra. Esta es la obra del Señor.

Les testifico que Dios vive y que en la actualidad Él comunica a Sus siervos Su voluntad divina.

Yo les testifico que ésta es la Iglesia de Jesucristo, el reino de Dios aquí en la tierra.

¡Santos de los Últimos Días, los felicitamos! Admiramos su fidelidad. Nunca han sido tan grandes nuestras oportunidades y bendiciones. El profeta José Smith preguntó: “¿No hemos de seguir adelante en una causa tan grande? Avanzad, en vez de retroceder. ¡Valor… e id… adelante a la victoria!” (D. y C. 128:22).□

(Adaptado de un discurso que el presidente Ezra Taft Benson dio en la conferencia general del 7 de abril de 1984.)

 

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