Lo que tiene más valor

Liahona, Marzo de 1994

Lo que tiene más valor

Por el presidente Gordon B. Hinckley
Primer Consejero de la Primera Presidencia

Nunca deja de maravillarme la grandiosa enseñanza que dio repetidamente el Señor a las diversas personas que le preguntaron, por medio del profeta José Smith, qué era lo más importante que podrían hacer. Esto es lo que dijo:

“…He aquí, te digo que lo que será de mayor valor para ti será declarar el arrepentimiento a este pueblo, a fin de que traigas almas a mí, para que con ellas reposes en el reino de mi Padre” (D. y C. 15:6).

Las Escrituras contienen muchos ejemplos de hombres y mujeres nobles que dieron a conocer a otras personas la palabra del Señor con determinación y dedicación. Además de esos inspirados relatos, contamos también con infinidad de historias y experiencias de los Santos de los Últimos Días que lo han consagrado todo a la edificación del reino de Dios.

Un ejemplo del siglo pasado que siempre me ha impresionado es la historia de Dan Jones, el galés que estaba con el profeta José Smith la noche antes de que asesinaran a este último. Creo que vale la pena hacer una breve reseña de su vida.

Dan Jones nació el 4 de agosto de 1810 en Halkin, Flintshire, Gales. Cuando tenía diecisiete años, se hizo a la mar; aprendió lo que había que saber sobre barcos y marineros, y sintió el escozor del agua salada agitada por un fuerte viento y las sacudidas del barco en medio de una aterradora tormenta. En 1840 emigró a los Estados Unidos, donde adquirió un pequeño barco que piloteó como capitán en las aguas del río Misisipí, transportando pasajeros principalmente entre Nueva Orleans y Saint Louis. Posteriormente, perdió la embarcación. En 1842, a la edad de treinta y un años, aquel galés robusto de baja estatura era propietario, a medias con otra persona, del barco Maid of lowa, que tenía capacidad para transportar trescientos pasajeros.

Mientras se hallaba embarcado en esta empresa naviera, jones oyó hablar de los mormones, que después de haber sido expulsados del estado de Misuri y haberse refugiado temporalmente en Quincy, estado de Illinois, habían seguido adelante estableciéndose en un lugar donde el río forma un recodo que crea la ilusión de una península y fundando allí “Nauvoo, la Hermosa”. Existen evidencias de que Dan Jones leyó algunos de los artículos que se escribían contra los mormones y que aparecían publicados en periódicos y revistas. Parece que todo eso le despertó la curiosidad y quiso averiguar algo más sobre esa gente. Así fue como los conoció y le enseñaron la verdad, que él aceptó. En enero de 1843 fue bautizado en las aguas heladas del río Misisipí.

En el mes de abril de ese mismo año, navegó por el río con el barco lleno de conversos ingleses conduciéndolos a Nauvoo. Allí conoció a José Smith y desde el primer momento surgió entre ambos hombres la estima y el respeto mutuos.

En junio del año siguiente, apresaron a José Smith y a su hermano Hyrum y los llevaron a Carthage. Dan Jones se hallaba entre los que los acompañaban y fue encarcelado con ellos. La última noche que pasaron en la cárcel, aparentemente después que los demás se habían dormido, el Profeta le susurró al oído a Jones: “¿Tiene usted miedo de morir?”, a lo que él respondió: “¿Cree usted que ha llegado el momento? Embarcado en una causa como ésta, no creo que la muerte sea muy aterradora”.

Entonces José Smith pronunció lo que se cree hayan sido sus últimas palabras proféticas: “Antes de morir, usted verá Gales y cumplirá la misión que se le ha asignado” (Rex LeRoy Christensen, “The Life and Contributions of Captain Dan Jones”, tesis universitaria, Utah State University, 1977, pág. 17).

Al día siguiente, el Profeta le pidió que llevara una carta a Orvil H. Browning, de Quincy, Illinois, en la que le solicitaba al señor Browning que los defendiera a él y a su hermano en el juicio que se aproximaba. Al salir de la cárcel y caminar por entre el populacho, la vida del hermano Jones estuvo en constante peligro; mientras se alejaba a caballo, las balas pasaban a su alrededor, pero ninguna lo tocó; en su apuro por alejarse de allí se desvió del camino, lo que le evitó encontrarse con otro populacho que tal vez lo hubiera matado. Al final, en la calurosa y pesada tarde del 27 de junio de 1844, llegó a Quincy, donde se enteró del asesinato de José y Hyrum Smith. Su afecto por el Profeta jamás disminuyó, y él nunca flaqueó en su lealtad hacia la causa a la que José Smith había dedicado su vida.

El cumplimiento de la profecía hecha en la cárcel se verificó unos meses después, cuando Dan Jones recibió el llamamiento de ir a Gales. Su esposa, Jane, lo acompañaba, y viajaron con Wilford Woodruff y otros hermanos hasta las Islas Británicas. Al élder Jones se le asignó la labor de predicar en el norte de Gales. A pesar de tener la gran ventaja de hablar tanto inglés como galés, fue muy poco lo que pudo lograr al tratar de llegar al corazón de los habitantes de esa zona. Por otra parte, el hermano William Henshaw, que no hablaba galés, tuvo bastante éxito en el sur del país.

Cuando relevaron al hermano Henshaw un año más tarde, llamaron al élder Jones para presidir la obra en todo Gales; él se estableció en Merthyr Tydfil, lugar que se encontraba en la parte sudeste del país, y, trabajando con un pequeño grupo de misioneros, presenció una cosecha extraordinaria: desde 1845 hasta 1848 se bautizaron unas tres mil seiscientas personas; de acuerdo con la población de Gales en aquel entonces, se calcula que uno de cada doscientos setenta y ocho galeses se convirtió a La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.

Los que se oponían a la Iglesia tenían acceso a los periódicos y otras publicaciones para atacar a los misioneros mormones, pero la prensa le negaba al élder jones la oportunidad de defenderse. Por ese motivo, decidió que respondería a los ataques con sus propias publicaciones, para lo cual consiguió la ayuda de su hermano John, que era ministro protestante y dueño de una imprenta. Se dice que su hermano imprimía los escritos durante la semana y los domingos lo atacaba desde el pulpito.

El impreso de Dan Jones fue la primera publicación mormona en un idioma que no fuera inglés; lo publicó en 1846, con el título de “Profeta del Jubileo” (Christensen, “Life and Contributions…”, pág. 24).

En el primero de los artículos, se capta el espíritu de su vivaz personalidad:

“Estimado lector: He aquí el comienzo de una nueva era en nuestra época; sí, la más extraordinaria que ha tenido lugar, la de antecedentes más asombrosos, la más grandiosa en sus hechos y la que ha tenido resultados más gloriosos que cualquier otra. Una vez más se han entregado al hombre las llaves de oro de los cielos, para que abra todos los tesoros, para que descubra todos los misterios y para que aclare todos los errores que existan entre la humanidad. Ya se puede contemplar cómo se abren las puertas de la eternidad con sus herrumbrosas bisagras, y las perlas escondidas y los tesoros de antaño han empezado otra vez a despedir sus fulgores ante los ojos del hombre como en los días de Dios. ¡Que se regocijen los habitantes de la tierra, y que todo galés preste oído a las buenas nuevas de gran gozo que resuenan con el sonido de esta última trompeta!” (Ronald D. Dennis, traductor, Prophct of the Jubilee…, folleto, Provo, Utah: Ronald D. Dennis, 1981, pág. 1).

El hermano jones tenía un método interesante empleando la controversia, que, aunque no sería apropiado para nuestros días, le daba buenos resultados. No le temía a nadie y procedía con gran intrepidez. Se ha escrito lo siguiente describiendo ese método:

“Muchas veces, con varias semanas de anticipación empezaba una campaña de publicidad anunciando que iría para ‘convertir’ al pueblo entero, e informaba sobre sus intenciones al alcalde, al consejo municipal, a los ministros y a las fuerzas policiales; siguiendo sus instrucciones, los miembros de la Iglesia locales repartían miles de folletos por toda la ciudad. Y cuando él llegaba, a menudo estaban en la estación de ferrocarril todos los gobernantes municipales y muchos ciudadanos interesados para recibirlo” (Christensen, “Life and Contributions”, págs. 39-40).

Los ministros de otras iglesias lo atacaban sin piedad tanto en la prensa como desde el púlpito. Dan Jones mismo escribió lo siguiente sobre ese antagonismo: “Muchas de las historias que se contaron sobre el pobre hermano José en los Estados Unidos se han aplicado acá al capitán Jones; y con frecuencia oigo a personas que no conocen a este hombrecillo denunciarlo sin vacilar como ‘una maldición sobre esta nación’ ” (Christensen, “Life and Contributions”, pág. 27).

La opinión pública rugía furiosamente por todos lados; pero, en lugar de acobardarse, el hermano Jones empleaba esa controversia en beneficio de la Iglesia. Hasta tal punto se enfocaba en él la atención del público que la gente se veía forzada a averiguar si el evangelio que predicaban los mormones era verdadero o falso. Al mismo tiempo que se hacía sentir el fragor de la tormenta contra los mormones en general y contra el élder Jones en particular, aumentaba notablemente el número de personas que se convertían a la Iglesia. La prensa lo calumniaba, lo injuriaban en las calles, su vida estaba en peligro. En esas circunstancias, él escribió:

“Me deleita la victoria como trofeo de guerra. He venido aquí a pelear por la libertad espiritual de mis hermanos, y agradezco a los cielos… que el Señor esté rompiendo las cadenas de cientos de ellos. ¿Quién de los que hayan probado los dulces frutos de la libertad podría mandar que la obra se detuviera?” (Christensen, “Life and Contributions”, pág. 27).

Esa era también la época de la congregación de los santos en las Montañas Rocallosas del Oeste de los Estados Unidos. Nauvoo había quedado abandonada, su santo templo profanado e incendiado. Dejando atrás sus casas a orillas del Misisipí, los santos cruzaron trabajosamente el estado de Iowa, hasta llegar al río Misuri, donde establecieron Winter Quarters. Eso ocurrió en 1846. Al año siguiente, la primera compañía de pioneros se abrió camino atravesando los ríos Eikhorn y Platte hasta lo que es ahora el estado de Nebraska, de allí a las montañas de lo que es hoy Wyoming y después al Valle del Gran Lago Salado. El resonante llamado era: “¡Venid a Sión!”

La mayoría de los conversos eran muy pobres, pero igual se les había exhortado a ser económicos y ahorrar para poder participar en la gran congregación. El primer grupo que salió de Gales consistía en más de trescientas personas que se juntaron en Swansea donde abordaron un barco que los llevó a Liverpool, Inglaterra. En ese lugar, fue necesario dividir el grupo: doscientos cuarenta y nueve se embarcaron en el Buena Vista y setenta y siete en el Hartley, que lo seguiría; el élder Jones decidió viajar en el Buena Vista. Para aumentar las muchas preocupaciones que ya tenía, su esposa, Jane, había dado a luz una niña, la pequeña Claudia, poco antes de la partida. Por ese motivo, se decidió entonces que ellas se quedarían allí y que el esposo volvería después a buscarlas. Pero la hermana Jones cambió de idea y, después de la partida de él, se embarcó con su hijita y se reunió con su marido en Council Bluffs, estado de Iowa.

El viaje desde Liverpool hasta Nueva Orleans llevaba siete semanas de navegación. Actualmente, nos sería difícil imaginar las grandes incomodidades de esa travesía, con doscientas cincuenta personas apiñadas en un barco relativamente pequeño durante todo ese tiempo. Era necesario llevar suficientes comestibles para el viaje; aunque la compañía naviera tenía la obligación legal de proveer los alimentos básicos, se les pedía a los pasajeros que llevaran otros que hicieran más apetitosas las comidas.

Al llegar a Nueva Orleans, los pasajeros del Buena Vista tuvieron que pasar a una embarcación fluvial que los transportaría a Saint Louis. A pesar de haber hecho la larga travesía marítima sin haber sufrido muchas pérdidas de vidas, al llegar allí se encontraron con una epidemia de cólera. En el recorrido entre Nueva Orleans y Saint Louis, y desde esta ciudad, navegando en otro barco por el río Misuri hasta Council Bluffs, aproximadamente sesenta y siete personas murieron en el camino. Una persona parecía en perfecto estado de salud un día y al día siguiente moría; el barco se detuvo muchas veces durante el viaje para dar tiempo de que enterraran a los muertos.

En Council Bluffs se organizó la primera rama de habla galesa que tuvo la Iglesia en los Estados Unidos; los inmigrantes también adquirieron allí carretas y yuntas de bueyes. Aquellos galeses habían sido siempre mineros y artesanos, y nada sabían de conducir una yunta de bueyes ni de llevar una carreta cargada por caminos que eran en realidad apenas una huella. Tuvieron que aprender a ponerle los arneses y prender la yunta a la carreta, y a desprenderla, a animar a los bueyes para que caminaran y a curarles las llagas que se les hacían en las patas. El grupo salió de Council Bluffs el 13 de julio de 1849 y pasó ciento ocho días en la travesía hacia el Valle del Gran Lago Salado.

El 18 de octubre se desató una terrible tormenta mientras se hallaban en las montañas de Wyoming, y se les murieron sesenta cabezas de ganado. Finalmente, el 26 de octubre llegaron al Valle del Gran Lago Salado, después de ocho meses de haber salido del puerto de Liverpool. Una quinta parte de la compañía había muerto de cólera, y habían perdido a otros integrantes en el camino, incluso algunos cuyo testimonio se había marchitado durante la penosa jornada.

En la actualidad, se sale de Londres alrededor del mediodía y se llega a Salt Lake City por la noche del mismo día.

Después de llegar a Utah, Dan Jones se estableció en Manti; en 1851 lo eligieron para que fuera el primer alcalde de la ciudad. Pero un año más tarde recibió otro llamamiento para cumplir una segunda misión en su tierra natal, al que también respondió sin vacilar; junto con otros, emprendió la larga marcha hacia el este. Cuando se hallaban a unos ciento cuarenta kilómetros de Salt Lake City, se encontraron con un grupo de santos galeses que iban hacia el valle; eran conversos que él había bautizado en su primera misión y que se sintieron extremadamente felices de encontrarse con su amado líder de antaño, ellos en ruta hacia los valles de las montañas y él en camino a los valles de Gales. Juntos pasaron un día de regocijo en el que cantaron, derramaron lágrimas e intercambiaron sinceras expresiones de afecto. Antes de separarse, el élder Jones le entregó a uno de ellos, William Morgan, una carta para Edward Hunter, Obispo Presidente de la Iglesia. Esa misiva revela el espíritu de aquel hombre extraordinario y el amor que sentía por sus hermanos galeses:

“Estimado obispo Hunter: Muchos compatriotas míos viajan con la Compañía 13. Ignoro las condiciones económicas en que se encuentran, pero quizás estén escasos de dinero y provisiones. Si es así, le agradeceré mucho que cuando lleguen al valle, atienda a sus necesidades por medio del hermano Morgan, lo cual yo mismo me encargaré de reembolsarle en Manti, Valle de San Pete” (citado por Ronald D. Dennis en The Cali of Zion, Provo, Utah: Brigham Young University Religious Studies Center, 1987, pág. 77).

De acuerdo con un editorial que apareció en el periódico Míllenntaí Star, Dan Jones fue el “más grande benefactor que ha tenido Gales” (Christensen, “Life and Contributions”, pág. 44).

De regreso en su país, el élder jones dedicó otra vez toda su energía a poner manos a la obra, y en su segunda misión se bautizaron unos dos mil conversos. Una labor sobresaliente.

En esa época, la Iglesia había establecido el Fondo Perpetuo de Emigración, con el que se financiaba el viaje de los miembros a Sión; con esa ayuda económica y con las naves que la Iglesia contrataba para hacer la travesía del Atlántico, una persona podía viajar desde Liverpool hasta el Valle del Gran Lago Salado con un costo aproximado de cuarenta y cinco dólares. Aun así, a muchos les era difícil reunir el dinero, y sólo gracias a ese fondo les fue posible a la mayoría de los conversos salir de su tierra y trasladarse a Sión.

Debido a su propia experiencia, el élder Jones escribió un folleto con instrucciones detalladas para los que hicieran el viaje. Me gusta el consejo que daba en el primer párrafo:

“Primero, pagad todas vuestras deudas a vuestros acreedores, o tratad de despertar la compasión de éstos pidiéndoles que os perdonen la deuda u os den tiempo para pagarla después que hagáis el viaje; no aconsejamos el viaje a Sión a ninguna persona a menos que haga una de esas dos cosas” (The Guide to Zion, traducido del galés por Ronald D. Dennis. Swansea, Gales: Dan Jones, 1855, pág. 1).

Estas eran condiciones en las que él insistía. La honradez y la integridad eran parte esencial de su carácter.

En 1856, volvió a atravesar el océano con otro grupo grande de santos galeses, que en ese año fatídico formaron parte de las compañías que emigraron con carros de mano; éstos llegaron al valle sin grandes sufrimientos, pero las dos compañías que los siguieron, la de Willie y la de Martin, pasaron terribles aflicciones a causa de las tormentas de nieve que se desataron mientras estaban en camino.

El élder Jones no hizo el recorrido con la compañía de carros de mano, sino que viajó con un grupo de misioneros que regresaban de su misión y que pudieron hacer la travesía más rápidamente que los que llevaban los carros de mano. Su grupo fue el que encontró a las compañías de Willie y Martin atascadas en las montañas de Wyoming, en medio de las ventiscas, y que le llevaron noticias de la tragedia de esas personas a Brigham Young, el que inmediatamente les envió el socorro que necesitaban.

En esa época, el hermano Jones padecía problemas de salud, víctima de una inmensa fatiga a causa de los esfuerzos de su incansable servicio; a partir de entonces, la llama de su vida se fue extinguiendo poco a poco. El 24 de febrero de 1861 falleció Jane, su amada esposa, y menos de un año después, el 3 de enero de 1862, murió él de tuberculosis a la edad de cincuenta y un años.

Había andado con profetas, había sido amigo de José Smith y de Brigham Young. Había permanecido resueltamente leal a la causa que ellos predicaban; su dedicación es indiscutible y su celo en la prédica del evangelio ha sido pocas veces igualado. En 1844, se encontró cara a cara con los que asesinaron al Profeta y a Hyrum; después publicó un relato en galés del trágico acontecimiento. Ya fuera hablando en inglés o en su galés natal, era fuerte y persuasivo de palabra al dar testimonio del Evangelio restaurado de Jesucristo.

En sus esfuerzos por adelantar la obra del evangelio, conoció de cerca el alto precio de la fe, y por ella hubiera dado la vida; de hecho, la dio: las penosas dificultades que pasó, su dedicación incesante en forma verbal y escrita, las largas y duras jornadas de ida y de regreso a través del océano y de las planicies, todo tuvo su costo elevado. Pero él jamás flaqueó en la causa a la cual dedicó su vida entera.

Los miembros galeses de la Iglesia sentían profundo cariño por el “capitán jones”, como lo llamaban, y lo escuchaban, confiaban en él, seguían sus consejos y aceptaban su testimonio, que empleaban como fundamento del suyo propio.

En la actualidad, hay en la Iglesia decenas de miles de miembros descendientes de aquellos a quienes él y sus compañeros enseñaron y bautizaron. Según el número de conversos que hizo, Dan Jones debe de contarse entre la media docena de misioneros más productivos en la historia de la Iglesia. El dedicó su vida a enseñar la rectitud y a edificar la fe de sus semejantes.

Yo también deseo expresar mi testimonio de la grandeza de su contribución a la causa, así como de las consecuencias eternas que tiene en la vida de generaciones enteras el que prestemos oído a la palabra del Señor y demos a conocer el evangelio a otras personas:

“…He aquí, te digo que lo que será de mayor valor para ti será declarar el arrepentimiento a este pueblo, a fin de que traigas almas a mí, para que con ellas reposes en el reino de mi Padre” (D. y C. 15:6).

Que cada uno de nosotros esté dispuesto a examinar su propia vida, sus propias circunstancias, y después, con oración, energías y abnegación se dedique a traer al Señor las almas de sus familiares, vecinos, amigos y conocidos. □

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