En pos de la Excelencia

Liahona Septiembre 1999
MENSAJE DE LA PRIMERA PRESIDENCIA

En pos de la Excelencia

Por el presidente Gordon B. Hinckley

Hallarán su mayor ejemplo en el Hijo de Dios. Espero que cada uno de ustedes sea Su amigo. Espero que se esfuercen por andar en Sus caminos, siendo miseri­cordiosos, bendiciendo a los que tengan problemas, viviendo con menos egoísmo y extendiendo una mano de ayuda a los demás.

Leí por primera vez las siguientes palabras en una clase de inglés de la universidad: “¡Qué obra maestra es el hombre! ¡Cuán noble por su razón! ¡Cuán infinito en facultades! En su forma y movimiento, ¡cuán expresivo y maravilloso! En sus acciones, ¡qué pare­cido a un ángel! En su inteligencia, ¡qué semejante a un dios! ¡La maravilla del mundo! ¡El arquetipo de los seres!” (William Shakespeare, Obras completas, “Hamlet”, acto 2, escena 2, Aguilar, S. A. de Ediciones, Madrid, 1967, pág. 1353).

Reconozco que estas palabras de Hamlet fueron dichas con ironía, pero sin embargo hay mucho de verdad en ellas. Describen el gran potencial de exce­lencia del hombre y de la mujer. Si Shakespeare no hubiese escrito nada más, creo que habría sido recordado por las breves palabras de ese soliloquio, pues van de la mano con las que mencionó David:

“Cuando veo tus cielos, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que tú formaste, “Digo: ¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria, y el hijo del hombre, para que lo visites?

“Le has hecho poco menor que los ángeles, y lo coro­naste de gloria y de honra” (Salmos 8:3-5).

Estas palabras se suman a las que el Señor habló a Job desde el torbellino:

“¿Dónde estabas tú cuando yo fundaba la tierra? Házmelo saber, si tienes inteligencia…

“Cuando alababan todas las estrellas del alba, y se regocijaban todos los hijos de Dios?” (Job 38:4, 7).

Estas magníficas palabras declaran la gran maravilla que es el hombre; y cuando digo hombre, desde luego me refiero también a la mujer. Todos somos hijos de Dios y hay algo de Su divinidad en el interior de cada uno de nosotros. Somos más que un hijo o una hija de los señores de Fulanito de Tal, de tal y cual lugar. Todos pertenecemos a la familia de Dios, con un potencial inmenso de excelencia. La distancia entre la medio­cridad y la excelencia puede ser muy pequeña. Podremos ver de nuevo, cuando los juegos olímpicos de invierno lleguen a Salt Lake City en el 2002, que esa diferencia se medirá en décimas de segundo. Todo pequeño esfuerzo extra que hagamos influirá considera­blemente en el resultado.

Oí a una de las Autoridades Generales relatar una visita reciente que realizó a una prisión, donde se percató de un joven de apariencia elegante y de gestos inteligentes.

Esa Autoridad General le dijo al oficial de la prisión: “¿Qué está haciendo aquí ese joven?”.

La respuesta fue que un día el joven había tomado el coche de su madre, había conseguido y bebido cerveza, y luego, fuera de control, había manejado el coche por la acera, matando a dos niñas.

No sé por cuánto tiempo estará en la prisión, pero sí sé que nunca podrá sobreponerse del todo a los senti­mientos relacionados con el hecho que le llevaron a esa situación. En qué bisagras tan pequeñas se apoya la puerta de nuestra vida. Los pequeños errores, que nos parecen carecer de importancia al principio, determinan el rumbo eterno que seguimos.

Quiero invitarnos a todos a caminar por el sendero más elevado de la excelencia. Recientemente seleccioné un libro antiguo, escrito por Lytton Strachey, para leer acerca de la vida de Florence Nightingale. Creo que actualmente no se leen mucho los libros de ese tipo. Lo había leído por primera vez hacía mucho tiempo, pero leerlo de nuevo me proporcionó un renovado senti­miento de admiración y de respeto por esa joven inglesa que ejerció tan grande influencia en su época.

Pertenecía a la clase alta. Su destino era bailar y asistir a fiestas, ir a las carreras y tener buena presencia en la sociedad; pero a ella no le gustaba ese tipo de vida. Sus padres no podían entenderla, pues su mayor deseo era aliviar el dolor y el sufrimiento, acelerar la curación, hacer que los hospitales de su época pareciesen menos temibles. Nunca se casó, sino que dedicó su vida a su profesión de enfermera y llegó a ser una experta en el cuidado de los demás, de acuerdo con la capacitación del momento.

Gran Bretaña se vio inmersa en la guerra de Crimea. Ella tenía amigos en las altas esferas del gobierno e insistió e insistió hasta que fue nombrada directora del hospital de Escutari, a donde eran llevadas miles y miles de víctimas de la guerra.

El ambiente en el que fue recibida era de absoluta desesperación. Un antiguo almacén hacía las veces de hospital, donde las condiciones higiénicas eran terribles, al igual que las dependencias destinadas a cocina. Los heridos se apiñaban en grandes cuartos malolientes e inundados por los lamentos del dolor.

Esta joven y delicada mujer, junto con las personas que había reclutado para acompañarla, se puso manos a la obra. Derribaron los muros de la burocracia y vencieron a los burócratas. Cito al señor Strachey: “A los que la contemplaban trabajando entre los enfermos, yendo día y noche de cama en cama con ese valor inque­brantable, con esa infatigable determinación, les parecía como si la fuerza concentrada de una devoción indivisible y sin paralelo fuese apenas suficiente para esa primera parte de la tarea. Allí, en las enormes salas del hospital, donde hubiese sufrimiento y la necesidad de ayuda fuese grande, aparecía la señorita Nightingale como por arte de magia”.

Las camas sobre las que se apiñaban los heridos abar­caban más de seis kilómetros, con apenas espacio entre ellas para poder caminar. Pero de algún modo, en el período de seis meses, “la confusión y la presión en las salas del hospital habían llegado a su fin; el orden reinaba ahora en ellas, junto con la limpieza; las provisiones eran abundantes y llegaban prestas, y se habían llevado a cabo importantes medidas sanitarias. Una simple comparación de cifras fue más que suficiente para revelar el cambio extraordinario que se había producido: la tasa de morta­lidad entre los casos tratados había descendido del 42 por ciento al 22 por mil” (Life of Florence Nightingale, 1934, pág. 1186).

Esta mujer había obrado un milagro. Las vidas de miles de hombres habían sido salvadas, el sufrimiento había sido mitigado. El ánimo, la calidez y la luz habían vuelto a las vidas de unos hombres que, de otro modo, habrían fallecido en aquel oscuro y terrible lugar.

La guerra finalizó. Ella podría haber regresado a Londres siendo una heroína. La prensa la alababa, su nombre resultaba familiar para todos; pero ella regresó de incógnito para huir de la adulación que podría haber recibido.

Continuó trabajando durante otros cincuenta años, cambiando tanto los hospitales militares como los civiles. Murió a una edad avanzada, tras haber estado postrada en cama durante un buen tiempo, pero todavía mejorando las circunstancias de las personas que sufrían.

Quizás ninguna otra mujer en la historia del mundo haya hecho tanto por reducir la desdicha humana como lo hizo esta dama de luz que recorrió las espaciosas salas de Escutari a mediados del siglo XIX, esparciendo ánimo, consuelo, fe y esperanza a los que se retorcían de dolor. La suya fue una vida de excelencia.

A mi esposa le gusta contar la historia de una amiga suya que se quedó huérfana de pequeña. Apenas conoció a su madre y, al crecer, se preguntaba qué tipo de niña y de mujer habría sido su progenitora.

Un día encontró el informe de las notas escolares de su madre, en el que la maestra había anotado: “Esta alumna es excelente en todos los aspectos”.

Cuando lo leyó, su vida cambió por completo, pues reconoció que su madre había sido una mujer excelente. Hubo un cambio en su actitud y toda ella adoptó un aura de excelencia, llegando a ser una mujer notable por derecho propio. Se casó con un hombre de prestigio en muchas comunidades y sus hijos se han distinguido por su excelencia.

Estoy hablando de la nece­sidad de hacer un poco más de esfuerzo, de ejercer un poco más de autodisciplina, de realizar un poco más de esfuerzo consagrado en nuestra vida con rumbo a la excelencia.

Éste es el gran día para que cada uno de nosotros tome la decisión de hacerlo. Para muchos es el momento de dar comienzo a algo que surtirá efecto durante el resto de la vida. Les suplico: ¡No sean mediocres! Elévense hasta el grandioso nivel de exce­lencia. Pueden hacerlo. Quizás no sean unos genios o puede que carezcan de algunas destrezas, pero muchos de nosotros podemos superarnos más de lo que lo estamos haciendo ahora. Somos miem­bros de esta grande Iglesia, cuya influencia se siente en la actualidad en todo el mundo.

Somos personas con un presente y con un futuro. No dejen escapar sus oportuni­dades; sean excelentes.

Aquellos de ustedes que no están casados esperan, entre otras cosas, poder encontrar un compañero. No podría desearles nada mejor que un matrimonio bueno, feliz y fructífero en las cosas gratas y satisfactorias de la vida. Su matrimonio no será excelente si se ve debilitado por la discusión, si está lleno de irrespetuosidad del uno hacia el otro, si hay una falta de lealtad o de dedicación del uno para con el otro. Cuiden de su cónyuge como de la mayor posesión de su vida y trátenle a él o a ella como tal. Que sea su meta constante el añadir felicidad y comodidad a su consorte. No se permitan nunca el dejar de mostrarse afecto, respeto y fe el uno al otro. Sean excelentes en todos los aspectos.

Hallarán su mayor ejemplo en el Hijo de Dios. Espero que cada uno de ustedes sea Su amigo. Espero que se esfuercen por andar en Sus caminos, siendo misericor­diosos, bendiciendo a los que tengan problemas, viviendo con menos egoísmo y extendiendo una mano de ayuda a los demás.

Él es el mayor ejemplo de excelencia del mundo. Aceptó venir a la tierra bajo las más humildes circunstan­cias; creció siendo el hijo de José, el carpintero. Luchó con el adversario en el Monte de la Tentación. Salió resplandeciente, hermoso y magnífico para enseñar al mundo. Durante Su breve ministerio, proporcionó más verdad, más esperanza, más misericordia y más amor que cualquier otra persona que haya caminado sobre la tierra. Murió por cada uno de nosotros en la cruz del lugar llamado de la Calavera; al tercer día resucitó, “primicias de los que durmieron” (1 Corintios 15:20), extendiendo la promesa de la Resurrección a toda la humanidad y la esperanza de la exaltación a todos los que fuesen obedientes a Sus enseñanzas. Él fue el ejemplo sin igual de rectitud, el único hombre perfecto que ha andado sobre la tierra. Él es el gran ejemplo hacia el que cada uno de nosotros debe dirigir su vida en su búsqueda eterna de la excelencia.

El profeta Moroni declaró: “…en el don de su Hijo, Dios ha preparado un camino más excelente” (Éter 12:11). Ustedes tienen el testigo de esa fe, tienen el testi­monio de esa fe y tienen el ejemplo de esa fe. Intentemos elevarnos un poco más alto, superarnos un poco más, ser un poco mejores. Hagan un esfuerzo extra; serán más felices, conocerán una satisfacción nueva, tendrán una nueva alegría en su corazón.

Jesús dijo: “Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto” (Mateo 5:48). Ese es el mayor ejemplo de excelencia. Es mi deseo que cada uno de nosotros tenga una vida rica y maravi­llosa que se dirija en esa dirección. No seremos perfectos en un día, en un mes ni en un año. No lo lograremos ni en toda la vida, pero podemos seguir intentándolo, comenzando con nuestras debilidades más patentes, para convertirlas gradualmente en nuestras virtudes, a medida que seguimos adelante con nuestra vida.

“…asegúrate de acudir a Dios para que vivas” (Alma 37:47). Arrodíllense ante Él para suplicarle y les ayudará, les bendecirá, les consolará y les sostendrá. Habrá progreso, crecimiento, mejora y mucha más felicidad.

Si ha habido faltas en el pasado, si ha habido pecados, si ha habido pereza, todo ello puede vencerse.

Extraordinaria es la oportunidad que tienen ustedes para ir más allá de la tan ansiada meta de la riqueza y el éxito del mundo, aunque eso tal vez tenga alguna impor­tancia modesta para edificar y fortalecer a los demás, para aliviar el sufrimiento, para ayudar a que el mundo sea un lugar mejor, para tomar y portar la luz de Florence Nightingale al caminar por las salas doloridas del mundo.

Se dijo del Maestro que “anduvo haciendo bienes” (Hechos 10:38). En ese proceso, llegó a convertirse en el mayor ejemplo de perfección.

Es mi deseo que el Señor nos bendiga a todos y a cada uno de nosotros a medida que caminemos por el sendero de perfección por el que Él nos ha pedido que andemos; que lo hagamos con esperanza, con fe y con esa caridad que “es el amor puro de Cristo” (Moroni 7:47). □

 

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