Cómo la expiación me ayudó a superar mi divorcio

Liahona Septiembre 1999

Cómo la expiación me ayudó a superar mi divorcio

Nombre omitido

 

Al luchar con la situación que se suscitó en mi matri­monio, llegué a comprender la capacidad perfecta del Señor para entender mi sufrimiento y socorrerme.

El sábado pasado”, comen­zaba diciendo la carta de mi marido, “me preguntaste: ‘¿Puedes escribir lo que sientes?’ Pues aquí lo tienes”.

Había percibido que algo iba mal en los sentimientos que mi marido tenía hacia mí, pero no estaba prepa­rada para las devastadoras palabras de su carta, la cual incluía una admi­sión de infidelidad. Me causaba angustia pensar en las probables repercusiones que sufrirían nuestros quince años de matrimonio y me sentía desesperadamente sola, por lo que decidí buscar fuerzas en mi Padre Celestial en el templo.

En la sala celestial, una mujer me alcanzó un pañuelo de papel mien­tras me decía que, tras observarme, se preguntaba si podría ayudarme. Le di las gracias y le dije que no, pero en mí interior parecía gritar: ¿Puede devolverme mis esperanzas y mis sueños? ¿Puede devolverme la eternidad?

Seguí llorando. Unos pocos minutos más tarde, a medida que más gente entraba en la sala celes­tial, un hombre se sentó en una silla cerca de mí y me preguntó: “¿Puedo decirle algo?”

Le dije que sí.

Me dijo: “Percibo que sus seres queridos del otro lado del velo están con usted. Cualquiera que sea la dificultad por la que esté pasando en estos momentos, no se encuentra sola”. Sentí la calidez del Espíritu mientras el hombre se levantaba y se iba.

Había sido rechazada por mi marido, pero el Salvador no me había abandonado. Aquel que “llevó… nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores” (Isaías 53:4) me fortaleció. Aquel día salí del templo sintiendo la paz del Salvador.

A medida que mi matrimonio se iba desmoronando, esta extensión del misericordioso amor del Salvador me instruía en el poder de la Expiación. Durante los cuatro años siguientes, llegué a entender las bendiciones de la Expiación de un modo más profundo.

EL HALLAR EL PODER PARA SER SANADA

Me asombraba la gran variedad de cargas que me abrumaban al deba­tirme en mi matrimonio; pero a través de cada prueba, fui compren­diendo cada vez con mayor claridad la capacidad perfecta del Señor para entender mi sufrimiento y soco­rrerme.

La noche del consejo disciplinario eclesiástico al que fue sometido mi esposo, éste regresó a casa cuando los niños ya estaban dormidos y respondió a mis preguntas sobre la medida que se había tomado. Casi como una ocurrencia, añadió: “A propósito, algunos de mis amigos han muerto de SIDA; pero no te preo­cupes, me he hecho las pruebas y he dado negativo”.

Aunque ya había comentado previamente su comportamiento inmoral de la juventud, esta nueva información me dejó conmocionada. Sintiendo que no podía soportarlo más, rompí a llorar y me fui a mi cuarto a orar. Mi Padre Celestial escuchó los llantos de mi corazón desconsolado y sentí una influen­cia consoladora y tranquilizadora descansar sobre mí. Así fortalecida, fui capaz de dormir aquella noche y más tarde pude soportar los humillantes análisis prescritos por mi médico.

A causa de ésa y de muchas otras experiencias, las enseñanzas sobre la Expiación se convirtieron para mí en más que simples frases e ideas; llegaron a ser verdades que obraron un cambio en mi vida. El arrepenti­miento, el perdón y la fe en el Salvador: estas verdades se convir­tieron en principios de acción que trajeron a mi vida muchas de las bendiciones que tanto necesitaba. A través de la experiencia práctica, llegué a apreciar más plenamente la poderosa realidad de la capacidad de Jesucristo para socorrer y sanar.

EL SOMETERSE A LA VOLUNTAD DE NUESTRO PADRE CELESTIAL

Las humillantes experiencias del último año de mi matrimonio fueron particularmente difíciles. El enterarme de la infidelidad de mi marido, el abrir mi vida privada a mi obispo y a mi presidente de estaca, el aceptar la decisión de mi marido de irse, el comenzar con los procedi­mientos del divorcio y el contemplar el sufrimiento de mis hijos a causa de que su padre ya no estaba más en casa no fueron más que el principio de lo que parecía ser una tanda tras otra de dificultades. También llegué a perder la estrecha relación que había disfrutado con la familia de mi esposo; tuve que solicitar ayuda económica a mi familia, al barrio y al estado; sufrí muchísimo a causa de unas heridas que recibió una de mis hijas, pasé por un período en el que creí tener cáncer; me recuperé de un serio accidente de coche; luché para finalizar mi licenciatura y padecí las decepciones de la búsqueda de empleo. Para el final de ese año, no me quedaba nada de orgullo. Me sentía libre ante el Señor, humilde ante el “sentido de [mi] nulidad” (Mosíah 4:5) y por una completa dependencia de El cómo mi ancla en un océano de cambios.

Sin embargo, en vez de sentirme desanimada, veía mi situación como una oportunidad de que mi Padre Celestial obrase Su voluntad en mi vida, y comencé a comprender la relación que existe entre la adver­sidad y el refinamiento espiritual. Durante los problemas, solía pregun­tarme con frecuencia: ¿Qué querría mí Padre Celestial que hiciera en esta situación? Busqué respuestas especí­ficas por medio de la oración, del estudio de las Escrituras, de la medi­tación y del asistir al templo. A través de ese proceso de buscar y recibir guía divina, adquirí mayor paciencia y una confianza más profunda en mi Padre Celestial.

Las siguientes palabras del élder Neal A. Maxwell, del Quórum de los Doce Apóstoles, llegaron a tener un gran significado para mí: “Por el bien de todos nosotros, el perfectamente admirable Jesús fue perfectamente consagrado a Dios. Jesús dejó que Su voluntad fuera totalmente ‘absorbida en la voluntad del Padre’. Si ustedes y yo deseamos venir a Jesús, también tenemos que entregamos a Dios del mismo modo, sin retener nada. Si lo hacemos, el cumplimiento de otras maravillosas promesas nos aguar­dará” (véase “El arrepentimiento”, Liahona, enero de 1992, pág. 37).

EL RECHAZO DE LA AMARGURA

Al buscar guía inspirada y luego someterme a la voluntad de mi Padre Celestial, vi más claramente cómo mis experiencias eran oportunidades para crecer.

Por ejemplo, la amargura que sentía hacia mi ex cónyuge y mis circunstancias actuales parecían contradictorias con las bendiciones de la Expiación. Mis esfuerzos por acercarme más a mi Padre Celestial me ayudaron a rechazar la amargura, lo cual me sirvió a la hora de profun­dizar mi relación con Dios. Fui capaz de entender mejor el carácter de Jesucristo, nuestro ejemplo perfecto.

Puse una cita de Bruce C. Hafen, ahora miembro de los Setenta, en la puerta de mi cuarto y lloraba cada vez que la leía: “Si permitiésemos a nuestros pensamientos elevarse lo suficiente hacia los cielos como para trascender, aunque fuese temporal­mente, las tensiones y las limitaciones de la vida cotidiana, seríamos capaces de escuchar las impresiones de Aquel que venció todas las cosas, asegurándonos así que la promesa es verdadera: El hará que, como un acto de misericordia, las circunstan­cias de nuestra vida sean en última instancia una bendición si tan sólo le amamos de todo corazón” (The Broken Heart, 1989, pág. 106).

LA RENUNCIA A LA DEFENSA

Por motivos sólo conocidos para él, mi esposo abandonó nuestro matrimonio con poca o ninguna explicación a sus amigos y a sus familiares. Quizás en un intento de dar sentido a su decisión, muchos de sus familiares llegaron a hacerse sus propias conjeturas sin consultar conmigo para nada, llegando a algunas conclusiones erróneas. Por lo general oía sus comentarios de forma indirecta, lo cual resultaba frustrante, pues no se me daba oportunidad de responder con la verdad. Esos comentarios me herían y con frecuencia sentía que se ponía en duda mi integridad. Me preguntaba si esas personas a las que una vez había estado tan unida habían llegado a conocerme de verdad.

Dos años después del divorcio, me contaron que uno de los familiares de mi ex esposo había hecho un comentario que daba a entender que yo no sabía perdonar, lo cual comenzó a fermentar en mi interior. Quería mantener limpio mi nombre, quería decirle a ese hombre lo muy equivocado que estaba. Al aconse­jarme con mi obispo sobre este asunto, me di cuenta de que lo importante era que mi Padre Celestial y yo sabíamos la verdad en cuanto a la relación con mi ex esposo, así como mi contribución a nuestro matrimonio. De repente me sentí en paz; sabía que, si quería, podría hablar con ese hombre acerca de su comentario, pero eso parecía ya no importarme más. Gracias a la Expiación ya no me molestaba cuando alguien me lastimaba emocionalmente. No necesitaba sufrir a causa de la opinión que ese hombre, ni ninguna otra persona, tuviera de mí.

LA RESTAURACIÓN DE LA CONFIANZA

A medida que se acercaba la fecha de la vista por el divorcio, mi esposo me envió una carta de dieci­séis páginas en la que hacía una evaluación de nuestro matrimonio. A pesar del consejo contrario dado por los líderes del sacerdocio, comencé a creer en las declaraciones de mi esposo relativas a que los problemas de nuestro matrimonio eran culpa mía, y hasta que yo había sido la responsable de su infidelidad.

Atormentada por las dudas, acudí a las Escrituras, donde hallé espe­ranza y comprensión en las palabras del Salvador. Reflexioné en cómo Sus palabras me habían bendecido y edificado con anterioridad, y escribí en mi diario: “Las olas de la lástima por mí misma, del culparme a mí misma y de la autodestrucción rompen contra mi playa. Y es allí donde siempre está el Salvador, edifi­cándome, fortaleciéndome y prote­giéndome contra toda esa violencia; diciéndome que soy de valor, que crea en mí misma. Su voz es la que prefiero oír, la voz que debo escu­char”.

Fui bendecida con oportunidades para reconstruir mi creencia en mí misma. El consejo de los líderes del sacerdocio y las bendiciones que ellos me dieron me brindaron consuelo divino. Gracias al gran amor del Salvador, la fuerza y el valor regresaron.

EL EJERCICIO DE LA COMPASIÓN

Mis experiencias me han hecho desear imitar la manera que el Salvador tiene de edificar a las personas. Al pasar por el proceso del divorcio, muchas personas me acon­sejaron no hablar nunca mal de mi marido delante de los niños. La sabi­duría de ese consejo se hacía evidente casi a diario, pues las ocasiones de criticarle surgían con frecuencia. Con oración, busqué llegar a tener la capacidad para dar la espalda a la crítica y destacar los aspectos positivos de mi ex marido.

Al principio me resultaba extre­madamente difícil, pues él me había ofendido profundamente y había cometido errores muy serios. Pero al intentar ayudar a mis hijos a ver el valor de su padre, mi capacidad para hacerlo fue en aumento. Cada vez que empleaba palabras que lo edifi­caban de manera honesta y justa, me sentía más cerca del Salvador. Elegí permitir, incluso fomentar, los tiernos sentimientos que mis hijos tenían hacia su padre. Cuando el Espíritu me impulsaba a orar por él en la oración familiar, fui capaz de hacerlo con compasión.

Cuando mi ex marido volvió a gozar del pleno derecho como miembro de la Iglesia, una amiga me preguntó qué sentía yo, a lo que contesté con sinceridad: “Me alegro por él. Me siento aliviada y estoy agradecida a mi Padre Celestial”.

Mi amiga comentó: “¿Te das cuenta de lo poco frecuente que es esa actitud?”

Para mí no era algo infrecuente. Me parecía que era lo correcto. Me hacía sentir bien.

Al sufrir las heridas causadas por fuentes ajenas a mi control, descubrí que la adversidad me ayuda a ser una persona mejor. Mi mayor entendi­miento de la Expiación me ha llevado a reconocer la necesidad que tengo de arrepentirme y de purificar mi naturaleza. He visto que las difi­cultades pueden convertirse en opor­tunidades para un progreso que no puede verificarse de ninguna otra manera. He llegado a apreciar aspectos de la Expiación que me habían pasado inadvertidos o que no entendía antes. Estoy segura de que tengo mucho que aprender, pero sé que, a través de Su Expiación, el Salvador compensa por la diferencia que hay entre mis esfuerzos y los principios perfectos de mi Padre Celestial.

Siempre estaré agradecida por el hecho de que el Salvador se haya sometido perfectamente a la voluntad del Padre “sufriendo dolores, aflicciones y tentaciones de todas clases; y esto para que se cumpla la palabra que dice: Tomará sobre sí los dolores y las enferme­dades de su pueblo.

“Y tomará sobre sí la muerte, para soltar las ligaduras de la muerte que sujetan a su pueblo; y sus enferme­dades tomará él sobre sí, para que sus entrañas sean llenas de misericordia, según la carne, a fin de que según la carne sepa cómo socorrer a los de su pueblo, de acuerdo con las enferme­dades de ellos” (Alma 7:11-12).

De hecho, eso es lo que el Salvador hace por mí. □

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