La Iglesia de Jesucristo y su Futuro

Liahona, Enero del 1963

La Iglesia de Jesucristo y su Futuro

William G. Berrctt
Tomado de the Instructor

NO hace mucho apareció en una de las revistas más populares de los Estados Unidos un artí­culo escrito por el Reverendo Norman Vincent Peale, el cual advierte que la disminución de iglesias pro­testantes en nuestras grandes ciudades y la pronunciada inasistencia de sus miembros en casi todo el mundo está poniendo en evidencia una cierta impotencia en el protestantismo en la actualidad.

Esto nos hace también pensar en el futuro de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.

El Crecimiento de la Iglesia

Si un simple vistazo a los hechos nos sorprende y asombra, una detenida consideración del asunto habrá de incitarnos aun a profetizar en cuanto al futuro de la Iglesia de Cristo. Mientras el protestan­tismo forcejea en medio de una inquisidora y pujante civilización, la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días está rápidamente llegando a ser una Iglesia universal—llena de sorprendente vitalidad e in­discutiblemente destinada a reemplazar las demás organizaciones religiosas, ya agotadas y desautorizadas. Esta aseveración podría parecer demasiado atrevida, puesto que sólo el tiempo habrá de demostrarla, Pero el tiempo mismo está en favor de la Iglesia, porque ésta contiene toda verdad y la vitalidad que emanan de la dirección divina.

¿Cuáles son los hechos? El mormonismo está creciendo rápidamente y su paso se acelera día a día. Unas pocas décadas atrás, la Iglesia duplicaba su cantidad de miembros prácticamente cada 25 años— el promedio actual demuestra que esto sucede ahora cada 17 años. Hace ya algún tiempo, el Dr. Howard Nielsen, de la Universidad de Brigham Young, estimó, como consecuencia do sus trabajos estadísticos, que para el año 2000 la población de la Iglesia alcanzaría a seis millones de almas. En aquella ocasión este cálculo pareció muy aventurado—hoy en día se perfila ya como demasiado moderado. Muchos historiadores y observadores manifestaron que la Iglesia había llega­do a la cumbre de su progreso proselitista, pero los hechos indican que dicha enunciación fue equivocada. Mientras que hace poco más de un lustro el mayor número de conversiones anuales nunca excedió de 12.000, el año 1961 arrojó una cifra de ¡90.000 bau­tismos! Y el año 1962 ha superado todo record anterior. El espíritu misionero sobre el que depende y se basa el crecimiento de la Iglesia, va aumentando en gloria y esplendor. Día a día está asumiendo aceleradamente aquella vitalidad que hace casi veinte siglos esparció el Cristianismo por el mundo. Y aun cualquier com­pilador de estadísticas podría profetizar la época en que los conversos entrarán por millones en las aguas del bautismo.

Causas de la Vitalidad de la Iglesia

¿Cuáles son las causas fundamentales de la vitali­dad de la Iglesia? En primer y principal lugar, se destaca el hecho de que fue establecida, tal como la Iglesia primitiva, bajo la dirección de Jesucristo y que continúa bajo Su guía personal. No se trata de una organización fundada por hombres. Sus doctrinas no han sido determinadas por concilios humanos, sino por la revelación directa de Dios. Por consiguiente, está en armonía con todas las verdades que en esta luminosa era del espacio puedan ser descubiertas.

Es fundamental poder tener la palabra de Dios en medio de las vitales áreas del aprendizaje, especial­mente en aquellas de la investigación en que las dudas y las controversias se debaten en los campos de la religión en la actualidad. Saber que Dios vive, que Jesucristo fue resucitado, que El existe hoy con un cuerpo de carne y huesos perfeccionado, que se ha manifestado, y aparecido en nuestros propios días a Sus profetas y conocer Su plan y Su Iglesia, sabiendo que hay nuevamente sobre la tierra hombres que tienen Su divina autoridad y comisión para actuar en Su nombre—es tener serenidad y paz junto con el deseo de llevar Su palabra a toda la humanidad.

Enfrentando los Desafíos de la Ciencia

Puesto que está fundada en la verdad con respecto a la existencia y naturaleza de Dios, y tiene como principio básico sólo Su palabra tal cual es mani­festada por revelación, la Iglesia no teme que inves­tigación científica alguna pueda rebatir sus creencias y está segura de que toda ciencia no habrá sino de sostener, apoyar y aun fortalecerlas.

Por ejemplo, habiendo recibido hace más de un siglo la divina revelación de que el tabaco no es bueno para el hombre, la Iglesia pudo proclamar vigorosa­mente esta verdad sin tener que esperar que la in­vestigación científica estableciera el hecho, más tenien­do la seguridad de que cualquiera de ellas habría de confirmar y sostener dicha afirmación.

Teniendo la palabra del Señor de que el Libro de Mormón es verdadero y que fue traducido por el don y el poder de Dios, los miembros de la Iglesia pueden estar seguros de que la doctrina y los hechos históricos contenidos en el mismo son genuinos y que la investigación científica en la historia y la arqueolo­gía de América no hará otra cosa que corroborarlos.

Es precisamente esta posición la que origina la grandeza del mormonismo—el conocimiento de que la Iglesia está fundada en la verdad y que todos sus principios habrán de estar finalmente en armonía con toda y cualquier otra verdad que sea descubierta por los hombres.

Los Santos de los Últimos Días aman la búsqueda de la verdad, fomentan las ciencias y no temen los resultados de toda investigación honesta. Porque el Señor ha declarado que:

. . Lo que 110 edifica, no es de Dios, y es de tinieblas.

“Lo que es do Dios es luz; y el que reciba luz, y persevera en Dios, recibe más luz; y esa luz brilla más y más hasta el día perfecto.” (Doc. y Con. 50: 23-24.)

De esta forma, la Iglesia se ha desembarazado de las doctrinas humanas, las cuales, en medio de una civilización progresiva, habrán de tropezar siempre e inevitablemente con cada descubrimiento de nuevas verdades. Cuando los psicólogos descubrieron que el hombre no nacía malvado sino sujeto a las influencias de su medio ambiento, en cuanto al bien y al mal, las llamadas iglesias Cristianas se incomodaron, puesto que sus credos condenaban a toda criatura, desde el momento de su nacimiento, a ser un recipiente inme­diato de la condición caída de Adán—un hijo del diablo mientras 110 fuera salvado por medio del bautismo. Pero el mormonismo ya se había anticipado a la psicología, porque tenía la palabra revelada de Dios de que los niños son inocentes y no necesitan el bautismo mientras no tengan edad de responsabilidad. (Véase Moroni 8: 5-16.)

En medio de este mundo y universo revoluciona­dos, los Santos do los Últimos Días sabemos dónde estamos. Mucho antes de que los astronautas comen­zaran su fantástica exploración del espacio, Dios había revelado la inmensidad de Sus creaciones y la existencia do innumerables planetas habitados. (Véase Moisés 1: 27-38.)

Un Programa de Paz y Felicidad

Los Santos de los Últimos Días tenemos un men­saje de regocijo para el mundo. Mientras que innume­rables iglesias miran al hombre como un ser depravado, el mormonismo proclama que todos los hombres son hijos de Dios—nacidos poco menores que los ángeles (véase Salmos 8); venidos al mundo para que puedan tener gozo (véase 1 Nefi 25: 2). La Iglesia de Jesu­cristo de los Santos de los Últimos Días puede declarar con firmeza que Cristo ha expiado la transgresión de Adán y que la humanidad toda habrá de vivir otra vez. Más aún, podemos asegurar que el Señor ha previsto la remisión de los pecados personales de todos aquellos que aceptan Su evangelio, sean bautizados por los que han sido divinamente comisionados para ello y guarden Sus mandamientos.

Este es, en verdad, el mensaje que el mundo nece­sita y busca—y el cual provee la fuerza y la vitalidad del mormonismo. Dicho mensaje, asimismo, constituye nuestra convicción en cuanto a la victoria final de la Iglesia.

La Iglesia está aún en sus comienzos. Su poten­cialidad recién está manifestándose al mundo. Su programa de paz y felicidad para los hombres empieza a ser enfocado en su cabal perspectiva. Y un nuevo día amanece. Los grandes principios del evangelio están encontrando y expresiones también en las artes —la música, la literatura, el teatro. Su celo y ansia por aprender están produciendo científicos, maestros, hom­bres de negocio y profesionales que el mundo ha comenzado a reconocer.

Por supuesto, la mediocridad, la pasividad, la madera inútil que no ha sido todavía separada, suelen también mostrarse en nuestros medios. Pero aquel que no ve más allá de estas debilidades naturales es ciego a los principios fundamentales y a las verdades que habrán de unir a todos los hombres en una her­mandad y un entendimiento común en cuanto a las cosas de Dios.

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