Conocer al Cristo

Liahona Enero 1963

Conocer al Cristo

Por el presidente David O. McKay

Todas las palabras de Jesucristo que obran en nuestro poder no serían quizás suficien­tes para hacer una edición de bolsillo. Sin embargo, Juan el Amado nos informa que si escribiéramos todo lo que Él dijo e hizo no habría lugar en el mundo para tantos libros. En comparación a ello, pensemos cuán poco tene­mos. Y aún así, no hay ni ha habido ser humano sobre la tierra que haya ejercido la milésima parte de la influencia que el Hombre de Gali­lea ha irradiado sobre los hombres. Han pasado ya cerca de dos mil años desde Su ministerio terrenal y todavía la humanidad lo considera una persona sin par en la historia del mundo.

Los miembros de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días tienen la obli­gación moral de hacer del impecable Hijo de Dios — el único Ser perfecto que haya jamás caminado sobre la tierra — su ideal. Porque Él es el sublime ejemplo de la nobleza»

Porque Él es de naturaleza divina.
Perfecto en Su amor.
Nuestro Hermano mayor.
Nuestro Redentor.
Nuestro Salvador.
El Hijo Unigénito de nuestro Eterno Padre.
El Camino, la Luz y la Vida.

Tengamos siempre presente que nuestro Di­rector es Jesucristo, nuestro Señor. Si podemos abrazarnos firmemente a esta idea y confiar en Él, como El mismo nos ha recomendado, yendo a Él en cada uno de nuestros problemas — ya sea en los negocios, en nuestros estudios, en nuestro noviazgo o en nuestro hogar — tendre­mos éxito.

¿Qué nos ha dicho Él acerca de nuestras actividades en la Iglesia y en cuanto al hecho de velar por aquellos que no se encuentran en el lugar que debieran? Leed en el Evangelio según S. Lucas las parábolas del Señor, comen­zando con la de la Oveja Perdida, en que el pastor dejó las otras noventa y nueve con tal de buscar la que se había apartado del redil e imaginad el gozo que experimentó al encon­trarla. Luego seguid con la de la Moneda que una mujer había perdido, probablemente por descuido, pero que luego, con la ayuda de sus amigos y vecinos, la encontró y una gran felici­dad reinó en el ambiente.

A continuación, leed de nuevo la inmortal parábola del Hijo Pródigo en todo su contenido, particularmente la parte que relata cómo el joven malgastó sus bienes viviendo perdidamente y de impro­viso se encontró comiendo algarrobas con los cerdos.

Cristo, nuestro Señor, nos ha dicho cuál es nuestra misión: predicar el evangelio sempiterno a todos los hombres de buena voluntad en el mundo y velar, cual pastor cariñoso, por los miembros de la Iglesia.

En junio de 1829, casi un año antes de tener organizada la Iglesia, el profeta José Smith recibió la siguiente revelación:

“Y si fuere que trabajareis todos vuestro días procla­mando el arrepentimiento a este pueblo, y me trajereis, aun cuando fuere una sola alma, ¡cuán grande no será vuestro gozo con ella en el reino de mi Padre!” (Doc. y Cov. 18: 15.)

Esta es parte de nuestra misión. Y parte de nuestra recompensa.

La Iglesia está completamente organizada y hay un sello de divinidad en ella. Pero, ¿cuál es su propósito? ¿Qué nos ha dicho el Señor al respecto?

“Y ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado.” (Juan 17: 3.)

¡La vida eterna! ¿Qué podría ser más dulce que ella? ¿Qué más precioso? Vosotros, estudiantes que gustáis de la ciencia, tratad do descubrir por medio de los cientí­ficos qué es la vida. No podrán decíroslo, porque ellos ven sólo sus efectos y sus distintas manifestaciones naturales.

Pero su más grande manifestación está en el mismo hombre—estirpe de Dios—quien tiene la oportunidad de vivir eternamente.

La vida eterna consiste en conocer a Dios y a Jesucristo, a quien Él envió. Y ¿cómo podemos conocer a Dios? Un abogado preguntó cierta vez a Jesús: “Maestro, ¿haciendo qué cosa heredaré la vida eter­na?” Y el Salvador, sabiendo por qué hacía este hombre la pregunta, le dijo: “¿Qué está escrito en la ley? ¿Cómo lees?”

El abogado respondió: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con todas tus fuerzas, y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo.” Jesús entonces replicó: “Bien has respon­dido; haz esto, y vivirás.” (Lucas 20: 25-28.)

En otra ocasión, el Maestro dijo a la multitud cómo podía saber la verdad: “Mi doctrina no es mía, sino de aquel que me envió.”

¡Oh, hijos de los hombres, escuchad esto, si es que habéis de conocer a Dios y a Jesucristo, Su enviado especial: “Mi doctrina no es mía, sino de aquel que me envió.

“El que quiera hacer la voluntad de Dios, cono­cerá si la doctrina es de Dios, o si yo hablo de mi propia cuenta.” (Juan 7:16-17.)

Pero entonces surge la pregunta: ¿Cuál es la voluntad de Dios? Ello ya fue contestado por el intérprete de la ley: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con todas tus fuerzas, y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo.” (Lucas 10: 27.)

No obstante, ha sido más específica y terminante­mente definida por el superior de los Apóstoles de Cristo en el día de Pentecostés, cuando tres mil per­sonas fueron estremecidas en sus corazones por la palabra y suplicaron: “Varones hermanos, ¿qué liare­mos?” Pedro respondió: “Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo.

“Porque para vosotros es la promesa, y para vuestros hijos, y para todos los que están lejos; para cuantos el Señor nuestro Dios llamare.” (Hechos 2: 37-39.)

Posteriormente, el mismo Apóstol, hablando acerca de este arrepentimiento, el bautismo, cómo el sacerdocio habría de venir y cómo ellos habían llegado a ser “participantes de la naturaleza divina,” mencionó otras virtudes específicas. Si podéis alcanzar este nivel, sabréis que Jesús es el Cristo y que ésta es la obra de Dios. Pedro dijo:

. . Añadid a vuestra fe virtud; a la virtud, conocimiento; al conocimiento, domino propio; al dominio propio, paciencia; a la paciencia, piedad; a la piedad, afecto fraternal; y al afecto fraternal, amor.

“Porque si estas cosas están en vosotros, y abun­dan, no os dejarán estar ociosos ni sin fruto en cuanto al conocimiento de nuestro Señor Jesucristo.” (2 Pedro 1:5-8.)

Cada uno de nosotros puede llegar a conocer esa verdad—el conocimiento de Jesucristo—y vivir eterna­mente. Y no nos preocupemos por nuestras tareas dia­rias; sólo debemos recordar continuamente que nuestro Salvador nos está guiando y preguntarnos a nosotros mismos: “Para lo que debo hacer hoy, ¿puedo dirigirme a Él y pedir Su ayuda?”

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