En busca de paz y libertad

Liahona Septiembre 1990
Mensaje de la Primera Presidencia

En busca de paz y libertad

Por el Presidente Gordon B. Hinckley
Primer Consejero de la Primera Presidencia

Recuerdo una conversación muy inquietante que tuve hace años esperábamos aviones que se habían retrasado.

Tenía el pelo largo, la cara cubierta con una barba y usaba anteojos grandes y redondos; llevaba puestas unas sandalias y la forma en que estaba vestido daba la impresión de que era totalmente indiferente hacia toda norma social que hubiera sido aceptada por la mayoría de las personas. No obstante, su determinación y su sinceridad eran evidentes.

Era un hombre educado y cortés, y supe que se había graduado de una importante universidad norteamericana.

No tenía empleo y me dijo que su padre lo mantenía; andaba recorriendo América del Sur.

Le pregunté qué deseaba de la vida. “Paz y libertad”, me contestó inmedia­tamente. Entonces le pregunté si hacía uso de drogas y me respondió que sí, que éstas eran uno de los medios que empleaba para obtener esa paz y esa libertad que buscaba. La conversa­ción sobre las drogas nos llevó a hablar sobre la morali­dad. El mencionó la “nueva moralidad”, diciendo que ofrece mucho más libertad que la que haya podido gozar cualquier otra generación.

Al presentarnos, se había enterado de que yo era un líder religioso; y me hizo saber, con cierta condescenden­cia, que la moralidad de mi época era algo que causaba risa. Después, hablando con vehemencia, me preguntó cómo podía defender sinceramente la virtud personal y la castidad. Se quedó un tanto atónito cuando le afirmé que su “libertad” era un engaño, que su “paz” era un fraude y que le explicaría las razones por las que era así.

He pensado mucho en esa controversia y en otras simi­lares que he tenido a través de los años. En la actualidad hay millones de personas que, en el empeño por verse libres de las restricciones morales, han abierto el camino a prácticas que esclavizan y corrompen. Si se da carta blanca a esas prácticas, no solamente destruirán a las personas que se embarcan en ellas, sino también a las naciones de las que éstas forman parte.

Recuerdo haber pensado en esa “libertad” y esa “paz” un día en que me encontraba en mi oficina y tenía frente a mi escritorio a dos jóvenes; él era apuesto, alto y de aspecto viril; ella era una hermosa muchacha, estudiante destacada, sensible y perceptiva.

La joven sollozaba y a su acompañante se le caían las lágrimas silenciosamente. Ambos eran estudiantes uni­versitarios; se iban a casar a la semana siguiente, pero no con la clase de boda que habían soñado y planeado para tres años más tarde, una vez que hubieran terminado la universidad.

No obstante, se encontraban en una situación que am­bos lamentaban y para la cual ninguno de los dos estaba preparado. Ella estaba embarazada. Los sueños de una carrera, los años de preparación que sabían iban a nece­sitar para enfrentar la competencia que encontrarían en el mundo, yacían destrozados. En lugar de eso, se veían obligados a establecer un hogar y él tendría que mantener a su familia con cualquier trabajo que pudiera encontrar.

El joven levantó la mirada a través de las lágrimas. “Nos hemos dejado desviar del camino”, dijo con tristeza.

“Y nos hemos metido en una trampa”, agregó ella. “Nos hemos engañado el uno al otro; hemos engañado a nues­tros padres, que nos quieren tanto; y nos hemos engañado a nosotros mismos. Nos traicionaron. Creímos a los que nos dijeron que era una hipocresía conservar la virtud. Y nos hemos encontrado con que la ‘nueva moralidad’, la idea de que el pecado es algo que sólo está en la imagina­ción de las personas, es una trampa que nos ha des­truido.”

Me hablaron de los miles de pensamientos que les ha­bían cruzado por la mente durante los días de temor y las noches de ansiedad de las semanas anteriores. ¿Debía ella someterse a un aborto?, se habían preguntado; sentían la tentación de hacerlo, pero ella había llegado a la conclu­sión de que jamás haría algo así. Consideraba sagrada la vida, fueran cuales fueran las circunstancias. ¿Y cómo podría vivir con ese remordimiento si tomaba medidas para destruir el don de la vida, aun en la situación en que se hallaban?

Podían dar el niño en adopción. Había organizaciones excelentes que los ayudarían a llevar a cabo esos planes; y había muy buenas familias ansiosas por adoptar niños. Pero la pareja había descartado esa posibilidad; y, pa­sara lo que pasara, él no la dejaría sola para enfrentar el problema, pues se consideraba responsable y estaba dispuesto a cumplir esa responsabilidad, aun cuando le arruinara el futuro con el que había soñado.

No pude menos que admirar el valor del muchacho, su determinación a hacer lo mejor posible en esa difícil situación; pero sentí el corazón oprimido al contemplar­los, angustiados y sollozando. Eso era tragedia. Eso era aflicción. Eso era estar atrapados. Eso era esclavitud.

Les habían hablado de libertad, de que el mal era un concepto que sólo se hallaba en la imaginación de las personas. Pero se encontraban con que en realidad habían perdido su libertad. Y tampoco te­nían paz. Habían trocado su paz y su libertad: la libertad de casarse cuando quisieran, la libertad de seguir la carrera con la que habían soñado y, lo más importante, la paz del autor respeto.

El joven que conocí en el aeropuerto quizás hubiera querido refutar mi argumento diciendo que aquellos jóve­nes no fueron muy listos, pues si hubieran empleado los medios anticonceptivos que están a disposición de cual­quiera, no se habrían encontrado en aquella situación desgraciada. Yo le hubiera respondido que, a pesar de eso, dicha situación es muy común y que día a día el problema aumenta.

¿Puede haber paz en el corazón de una persona, puede haber libertad en su vida, si lo único que le ha quedado como amargo fruto de la gratificación de sus deseos ha sido la infelicidad?

¿Puede haber algo más falso y deshonesto que el grati­ficar una pasión sin aceptar la responsabilidad de los propios actos?

Recuerdo haber visto en Corea el trágico resultado de la guerra en miles de huérfanos nacidos de mujeres corea­nas y soldados estadounidenses. Esos niños abandonados se volvieron criaturas de aflicción que nadie quería, la consecuencia de una desgraciada inundación de inmora­lidad.

Lo mismo ocurrió en Vietnam, donde había decenas de miles de niños sin padre, abandonados. ¿Paz y libertad? Estas no pueden existir para nadie que haya pecado caprichosamente ni para los que hayan quedado como víctimas inocentes y trágicas de la lujuria.

Hay ciertos hombres que tienen la tendencia a sentir una perversa satisfacción por sus conquistas inmorales. ¡Qué victoria tan despreciable y sucia! En ese placer malicioso no hay ningún tipo de conquista, sino sólo un engaño de sí mismo y un fraude miserable. La única conquista que brinda satisfacción es la conquista del yo. En tiempos antiguos se decía que el que domina su propio espíritu es más grandioso que el que conquista una ciu­dad. (Véase Proverbios 16:32.)

El autodominio nunca ha sido fácil de lograr; y no tengo dudas de que es más difícil aún en la actualidad. El mundo en que vivimos está saturado de influencia sexual. Estoy convencido de que muchos jóvenes, y muchos adultos mayores pero no menos ingenuos, son víctimas de los elementos persuasivos que los rodean: las publicaciones pornográficas, que se han convertido en negocios multi­millonarios; las películas y los programas de televisión sugestivos, que excitan y ponen un sello de aprobación en la promiscuidad; las modas provocativas e incitantes; las decisiones gubernamentales que anulan las restricciones legales; los padres que muchas veces inconscientemente empujan a los hijos, a quienes aman, a situaciones que más tarde lamentarán.

Un escritor inteligente ha observado:

“Una nueva religión ha empezado a aparecer por todo el mundo, una religión en la cual el cuerpo es el objeto supremo de adoración, hasta el punto de excluir todos los demás aspectos de la existencia.

“Hemos trocado la santidad por la conveniencia… la sabiduría por la información, el gozo por el placer, la tradición por lo que está de moda.” (Abraham Joshua Heschel, The Insecurity of Freedom, New York: Schocken Books, 1966, pág. 200.)

La desnudez total o parcial se ha convertido en la característica de muchos espectáculos públicos, y ya en­tra en el terreno de la perversión sádica.

¿Puede haber alguna duda de que al sembrar los vien­tos de un mundo saturado de influencias sexuales, segue­mos las tempestades de Irá corrupción?

Es preciso que leamos más historia; si lo hacemos, veremos que ha habido naciones y civilizaciones enteras que han desaparecido envenenadas por su propia deca­dencia moral.

Según la forma en que el brote se desarrolle y crezca, así llegará a ser la flor. La infancia es la época de plantar para el florecimiento futuro de la vida familiar. No hay nación ni civilización que subsista si no hay fortaleza en sus hogares y en la vida de sus ciudadanos. Y esa fortaleza proviene de la integridad de los que viven en esos hogares.

En una familia no puede haber paz ni la vida de sus integrantes puede estar libre de las tormentas de la adver­sidad, a menos que esa familia y ese hogar estén fundados en cimientos de moralidad, fidelidad y respeto mutuo. La paz no puede existir donde no exista la confianza ni puede haber libertad donde no haya lealtad.

Tener la esperanza de gozar de paz, amor y felicidad por medio de la promiscuidad es esperar lo imposible; desear alcanzar la libertad mediante la inmoralidad es desear algo que nunca se obtendrá. El Salvador dijo: “Todo aquel que hace pecado, esclavo es del pecado” (Juan 8:34).

El Profeta del Señor, el presidente Ezra Taft Benson, ha hablado muy claramente respecto a esto:

“…el Libro de Mormón nos advierte sobre una de las tácticas del adversario en los últimos días: ‘Y a otros pacificará y los adormecerá con seguridad carnal, de modo que dirán: Todo va bien en Sión; sí, Sión prospera, todo va bien. Y así el diablo engaña sus almas, y los conduce astutamente al infierno’ (2 Nefi 28:21).

“Hay muchos pasajes en el Libro de Mormón que ha­blan de despertar, como los siguientes:

“‘¡Oh que despertaseis; que despertaseis de ese pro­fundo sueño, sí del sueño del infierno… Despertad… ceñíos con la armadura de la justicia. Sacudíos de las cadenas con las cuales estáis sujetos, y salid de la obscu­ridad, y levantaos del polvo.’ (2 Nefi 1:13, 23)…

“La plaga de esta generación es el pecado de la inmora­lidad sexual. El profeta José Smith dijo que esto sería la causa de más tentaciones, más golpes y más dificultades para los élderes de Israel que cualquier otra cosa.” (“Seamos puros”, Liahona, enero de 1987, pág. 1.)

Si existe un argumento en defensa de la virtud es que ésta es la única vía que nos libra del remordimiento; y la paz de conciencia que se recibe de ella es la única paz que no es falsificada.

Y más allá de todo eso está la infalible promesa de Dios a los que anden por las sendas de virtud. Jesús de Nazaret, hablando en la montaña, dijo: “Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios” (Mateo 5:8). Y ése es un convenio que nos hace Aquel que tiene el poder de cumplirlo.

También nos hace una promesa la voz de la revelación moderna, una promesa incomparable que se encuentra a continuación de un sencillo mandamiento:

“…deja que la virtud engalane tus pensamientos ince­santemente…” Y ésta es la promesa: “entonces tu con­fianza se hará fuerte en la presencia de Dios…

“El Espíritu Santo será tu compañero constante… y tu dominio será un dominio eterno, y sin ser compelido fluirá hacia ti para siempre jamás.” (D. y C. 121:45-46.)

No conozco otra más grandiosa que esta promesa hecha por Dios al hombre que deje que la virtud engalane sus pensamientos constantemente.

Os aseguro que éste puede llegar a ser un mundo de libertad en el cual el espíritu del ser humano se eleve a una gloria jamás soñada, un mundo de paz, la paz de una conciencia limpia, del amor puro, de fidelidad, confianza y lealtad inalterables.

Quizás esto parezca un sueño imposible para el mundo. Sin embargo, para todo miembro de la Iglesia puede ser una realidad, y de ser así, el mundo se ennoblecerá y fortalecerá con la integridad individual de sus habitantes.

Que Dios bendiga a cada uno de nosotros para que obtenga esta libertad, conozca esta paz, sea merecedor de esta bendición. Como siervo del Señor que soy, os pro­meto que si sembráis virtud, cosecharéis regocijo ahora y en los años por venir. □

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