Los relojes

Liahona Agosto 2017
REFLEXIONES

Los relojes

Por Christy Rusch Banz
La autora vive en Utah, EE. UU.

El Espíritu Santo se asemeja mucho a los relojes que fascinaban tanto a mi hijo.

boy with a clock

Cuando mi hijo Joshua tenía unos dos años de edad, adquirió un gran interés en los relojes. Si pasábamos frente a algún reloj de la casa, quería detenerse y observarlo. En especial, le gustaba colocar la oreja cerca del reloj y escuchar el tictac que este hacía. Hubo una etapa en la que no podíamos pasar frente a un reloj sin detenernos a escuchar su tictac.

Me di cuenta de algunas cosas interesantes de aquella sencilla actividad. Primero, el tictac del reloj sonaba todo el tiempo, no solo cuando le prestábamos atención. Segundo, aunque sabíamos que el reloj hacía un sonido, teníamos que acercarnos a él, y estar muy callados y quietos a fin de oír el tenue tictac.

El Espíritu Santo se asemeja mucho a los relojes que fascinaban tanto a mi hijo. Los que nos hemos bautizado y recibido el don del Espíritu Santo podemos tener Su compañía constante si vivimos dignos de ella. El Espíritu Santo siempre está con nosotros, pero a veces permitimos que los ruidos del mundo ahoguen los delicados susurros que Él nos transmite. Tal como mi hijo y yo teníamos que estar callados y quietos para oír el suave tictac del reloj, cada uno de nosotros debe estar quieto a fin de escuchar o sentir los delicados susurros que el Espíritu transmite.

El presidente Boyd K. Packer (1924–2015), Presidente del Cuórum de los Doce Apóstoles, dijo: “La voz del Espíritu se describe en las Escrituras como una voz que no es ni ‘áspera’ ni ‘fuerte’; no es ‘una voz de trueno, ni una voz de un gran ruido tumultuoso’, sino que es ‘una voz apacible de perfecta suavidad, cual si hubiese sido un susurro’, y penetra ‘hasta el alma misma’ y hace ‘arder’ los ‘corazones’ (3 Nefi 11:3Helamán 5:30D. y C. 85:6–7 )…

El presidente Packer enseñó que “el Espíritu no atrae nuestra atención por medio de gritos ni de sacudidas bruscas. Por el contrario, nos susurra; nos acaricia tan tiernamente que si nos encontramos demasiado enfrascados en nuestras preocupaciones, quizás no lo percibamos en absoluto…

“En algunas ocasiones, solo nos presionará con la firmeza necesaria para que le pongamos atención, pero la mayoría de las veces, si no le hacemos caso a esa suave impresión, el Espíritu se alejará y esperará hasta que acudamos en Su busca y lo escuchemos” (véase “Lámpara de Jehová”, Liahona, octubre de 1983, pág. 31).

Ahora, cada vez que oigo el tictac de un reloj, no puedo evitar recordar la sencilla lección que mi hijo me enseñó sobre estar calmo para escuchar los delicados susurros del Espíritu.

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