Nuestra búsqueda de la felicidad

Liahona Octubre 2000

Nuestra búsqueda de la felicidad

por el presidente James E. Faust
Segundo Consejero de la Primera Presidencia


Deseo hablar de nuestra búsqueda de la felicidad. Tras haber vivido ya unos cuantos años, he llegado a la conclusión de que, dado que no siempre deseamos aquello que es bueno, el que se nos concediesen todos nuestros deseos no nos haría felices (véase Alma 41:3-7). De hecho, el placer instantáneo y sin límites de todos nuestros deseos sería el camino más breve y directo a la infelicidad. Las muchas horas que he dedicado a escuchar las tribulaciones de hombres y mujeres me han convencido de que, tanto la felicidad como la infelicidad son fruto de nuestros propios actos.

Tal como nos dijo el profeta José Smith (1805-1844): “La felicidad es el objeto y propósito de nuestra existencia; y también será el fin de ella, si seguimos el camino que nos conduce a la felicidad; y este camino es virtud, justicia, fidelidad, santidad y obediencia a todos los mandamientos de Dios1’ (Enséñanos del Profeta José Smith, pág. 312).

Cuanto más fieles seamos en guardar los mandamientos de Dios, tanto más felices seremos, por lo general.

Aunque “existen los hombres para que tengan gozo” (2 Nefi 2:25), eso no significa que nuestra vida estará llena únicamente de dicha, “porque es preciso que haya una oposición en todas las cosas” (2 Nefi 2:11). La felicidad no se nos da en un envoltorio que simplemente podamos abrir y consumir; no hay nadie que sea feliz las 24 horas del día, siete días a la semana. En vez de pensar en términos de días, quizás debamos dividir la felicidad en trozos pequeños y aprender a reconocer sus elementos, para atesorarlos mientras duren.

Con frecuencia el placer se confunde con la felicidad, pero de ninguna manera ambos términos son sinónimos. El poeta Robert Burns (1759—1796) escribió una definición excelente del placer con estas palabras:

Es el placer como las amapolas
que al tenerlas en las manos se deshojan;
como los copos de nieve que caen sobre las olas
de su blancura para siempre se despojan.

O como los destellos de la luz boreal
que fugaces huyen por el firmamento;
o como el arco iris de forma angelical
que en la tormenta desaparece con el viento,

(“Tam o’ Shanter”, en The Complete Poetical Works of Robert Burns, 1897, pág. 91, líneas 59—66; traducción).

El placer, a diferencia de la felicidad, es aquello que nos complace o que nos da satisfacción, y por lo general dura sólo un corto tiempo. Tal como dijo una vez el élder David O. McKay (1873—1970), en aquel entonces miembro del Quórum de los Doce Apóstoles: “Puedes encontrar placer momentáneo si sucumbes a los halagos mundanales, es cierto; pero no encontrarás gozo ni feli­cidad. Esta sólo se consigue en aquel transitado camino, angosto y derecho, que conduce a la vida eterna” (en Conference Report, octubre de 1919, pág. 180).

Diariamente se nos induce a buscar los placeres del mundo que pueden alejarnos del sendero que conduce a la felicidad; pero el sendero que conduce a la verdadera felicidad es, otra vez en boca del profeta José Smith: “virtud, justicia, fidelidad, santidad y obediencia a todos los mandamientos de Dios” (.Enseñanzas, pág. 312). Ralph Waldo Emerson (1803-1882) dijo: “La rectitud es una victoria perpetua, celebrada no con gritos de gozo, sino con la serenidad, la cual es un gozo fijo o habitual” (“Character”, Essays: Second Series, 1844).

Obviamente, existe una gran diferencia entre sentirse feliz en un momento concreto y ser feliz durante toda la vida, entre disfrutar de un buen momento y llevar una buena vida.

Como uno de sus derechos inalienables, la mayoría de los norteameri­canos reclaman la búsqueda de la felicidad, tal como lo establecieron los fundadores de la nación. Sin embargo, no fueron ellos los que introdujeron este concepto, pues filósofos del pasado, como Aristóteles, Platón, Sócrates, Locke,

Aquino y Mili opinaban que la feli­cidad era la más elemental de todas las búsquedas del hombre.

En el libro de Tolstoi, Guerra y paz, el autor ruso hizo que el perso­naje Pierre Bezúkhov aprendiera que “El hombre es creado para la feli­cidad, esa felicidad que está en él, en la satisfacción de las necesidades humanas básicas, y que toda infelicidad nace no de la privación, sino del exceso” (traducción del inglés por Louise y Aylmer Maude, 1942, pág. 1176). Con frecuencia nos hallamos luchando por el exceso; no estamos contentos con lo que tenemos y pensamos que la felicidad se logra al tener más, o al adquirir más o ser más. Buscamos la felicidad, pero la buscamos en la dirección equivocada.

Se cuenta la historia de Alí Hafed, un antiguo y prós­pero persa que poseía muchas tierras, campos y huertos productivos, y prestaba dinero a la gente a cambio de cierto interés. Tenía una familia encantadora y al prin­cipio se sentía satisfecho porque era rico, y rico porque se sentía feliz.

Fue a verlo un viejo sacerdote y le dijo que si tuviera un diamante del tamaño de su pulgar, podría comprar una docena de haciendas como la suya. Alí Hafed le dijo: “¿Me dirás dónde puedo hallar los diamantes?”.

El sacerdote le dijo: “Si encuentras un río que corre por arenas blancas, entre altas montañas, en esas arenas blancas siempre encontrarás diamantes”.

Alí Hafed dijo: “iré”.

Así que vendió su hacienda, cobró el dinero de los intereses, dejó a su familia a cargo de un vecino y se fue en busca de los diamantes, viajando por muchas partes de Asia y Europa. Tras muchos años de buscar, había gastado todo su dinero y murió en la más absoluta pobreza.

Mientras tanto, el hombre que compró la hacienda de Alí Hafed llevó un día su camello a abrevar al jardín, y cuando el animal puso el hocico en el agua, que era de poca profundidad, el hombre se percató de un curioso reflejo en las blancas arenas del arroyo. Extendió la mano y tomó una piedra negra que refle­jaba un extraño haz de luz. No mucho después, aquel mismo sacer­dote fue a visitar al sucesor de Alí Hafed y descubrió que en el interior de la piedra negra había un diamante. Fueron corriendo hasta el jardín, removieron la blanca arena con las manos y hallaron muchas bellas piedras preciosas. De acuerdo con el relato, ese hallazgo marcó el descubrimiento de las minas de diamantes de Golconda, las minas de diamantes más ricas en la historia del viejo mundo.

Si Alí Hafed se hubiese quedado en su casa y hubiese excavado en cualquier parte de sus terrenos, en vez de viajar por tierras extrañas donde no halló más que hambre y ruina, hubiese tenido “acres de diamantes” (relato parafraseado de Russell H. Conwell, Acres of Diamonds, 1960, págs.10-14).

Sólo sentimos pena por Alí Hafed al imaginar verlo vagar sin hogar y sin amigos, alejándose más y más de la felicidad que creía iba a hallar al buscar diamantes en un lugar lejano. Y nosotros, ¿cuántas veces buscamos nuestra felicidad en la lejanía del tiempo y del espacio más que en el presente, en nuestro propio hogar, con nuestros propios familiares y amigos?

El Salvador del mundo nos enseñó a buscar esa paz interior que hace surgir la felicidad innata de nuestra alma. El dijo: “…mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo” (Juan 14:27).

Hace algunos años, cuando vivíamos en Sao Paulo, Brasil, estaban construyendo una casa cerca de la nuestra. A los obreros se les pagaban sólo unos centavos por hora y trabajaban desde las seis de la mañana hasta las seis de la tarde. Aun así, silbaban y cantaban todo el día. ¡A veces más de lo que podíamos soportar! Pero nunca pude pedirles que no cantaran tan fuerte.

Hace unos años entrevisté a un hombre relativamente joven que había sido llamado como presidente de misión. Había tenido una carrera de éxito como analista de inversiones y, debido a que tenía una familia joven, me preocupaba cómo se haría cargo de ella cuando regre­saran del campo misional. El dejó muy en claro que no tenía interés en ganar grandes sumas de dinero. Me explicó que había trabajado para la gente que tenía muchas riquezas, pero que a él no le parecía que fuesen felices, y que lo único que parecía preocuparles era el obtener más.

Esa paz interior de la que habló el Salvador parece eludirnos cuando nos preocupamos en demasía por las cosas que tenemos o por las que querríamos tener. En una época en la que tan obsesionados y consumidos estamos por la posesión y adquisición de objetos, el consejo de Moisés parece más necesario que nunca; “No codiciarás la casa de tu prójimo, no codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su criada, ni su buey… ni cosa alguna de tu prójimo” (Exodo 20:17).

Hace algunos años, una joven madre dio a luz a un niño especial. El niño nació sin ojos. Era normal en todos los demás sentidos, excepto que no tenía nada que pare­cieran ojos ni órbitas más arriba de la nariz. Esa madre podría haber dicho con amargura: “¿Por qué le sucedió esto a mí hijo?”, o “¿por qué me tuvo que pasar esto a mí?”. En vez de eso, dijo: “El Señor debe en verdad amarnos y tener confianza en nosotros. Verdaderamente

somos favorecidos al habérsenos dado este hijo. El pensar que el Señor escogió nuestro hogar, sabiendo el amor y el cuidado especiales que este pequeño iba a necesitar, es muy consolador y nos llena de humildad. Estamos agra­decidos por este niño especial y por las bendiciones que traerá a nuestro hogar”.

En el libro Eí principito, el zorro fue más sabio de lo que pensaba cuando dijo: “He aquí mi secreto, es muy simple: No se ve bien sino con el corazón; lo esencial es invisible a los ojos” (Antoine de Saint- Exupéry, El Principito, traducido por Bonifacio del Carril, 1953, pág. 87).

La jornada hacia la felicidad descansa en la dimensión del corazón. Esa jornada se hace sobre los peldaños del desinterés, la sabi­duría, la satisfacción y la fe. Los enemigos del progreso y de la satis­facción son cosas tales como el dudar de sí mismo, una pobre imagen de sí mismo, la autoconmiseracíón, la amargura y la desesperación. Al sustituir a esos enemigos con fe y humildad sencillas, podemos avanzar rápidamente en nuestra búsqueda de la felicidad.

La felicidad tiene un precio, tal como dijo el presidente Spencer W.

Kimball (1895—1985): ‘“¿Qué precio tiene la felicidad?’ Uno bien podría sorprenderse de la sencillez de la respuesta. La puerta que conduce al sitio donde se halla atesorada la felicidad está abierta para los que viven de acuerdo con el evangelio de Jesucristo en su pureza y sencillez. La persona que transita por la vida sin un plan es como el marinero sin estrellas, como el viajero sin brújula. La seguridad de una felicidad suprema, la certeza de una vida venturosa aquí, así como de la exalta­ción y la vida eterna en el mundo venidero, llegan a aque­llos que proyectan llevar su vida de completa conformidad con el evangelio de Jesucristo, y luego siguen invariable­mente el curso que han fijado” (El milagro del perdón, pág. 265).

El orgullo y la felicidad son incompatibles. Jacob, el hermano de Nefi, nos dijo que debemos “[descender] a las profundidades de la humildad… las cosas del sabio y del prudente les serán encubiertas para siempre; sí, esa felicidad que está preparada para los santos” (2 Nefi 9:42-43).

El Señor nos recordó por boca del rey Benjamín: “…quisiera que consideraseis el bendito y feliz estado de aquellos que guardan los mandamientos de Dios. Porque he aquí, ellos son bendecidos en todas las cosas, tanto temporales como espirituales; y si continúan fieles hasta el fin, son recibidos en el cielo, para que así moren con Dios en un estado de interminable felicidad” (Mosíah 2:41).

Muchos hablan en estos días de los derechos que tiene el consu­midor de disfrutar de productos que sean “gratuitos, perfectos e instan­táneos”, es decir, baratos, sin defectos y que rindan servicio inme­diato. El problema es que muchos de nosotros intentamos consumir felicidad en vez de generarla. Shakespeare expresó una filosofía encomiable en A vuestro gusto: “Soy un honrado trabajador; gano lo que como, tengo lo que sudo; no odio a nadie, no envidio la felicidad de otro” (acto III, escena ii). El ganar lo que comemos nos hará autosuficientes, pero el dar un poco al ayudar a nuestro prójimo nos proporcionará algo más. Por ejemplo, si alimentamos un generador de energía atómica con la energía de tres camiones de combustible, éste nos devolverá la energía de cuatro o tal vez de cinco de esos camiones. La felicidad, al igual que el generador atómico, se suma y se multiplica conforme la repar­timos con los demás.

Soy consciente de que muchos de nosotros no somos ricos. Un hombre pobre dijo: “Sé que el dinero no lo es todo. Por ejemplo, no es mío”, Y otro hizo la siguiente observación: “Aun los libros que tratan sobre el cómo ser felices sin dinero cuestan más de lo que puedo pagar” (Ambas citas son de Sam Levenson, You Dont Have to Be in Who’s Who to Know What’s What, 1979, pág. 185.) Sin embargo, es improbable que la felicidad esté directa’ mente relacionada con el dinero. Un escritor descono’ cido escribió: “El dinero es un artículo que se puede emplear a modo de pasaporte universal para cualquier parte excepto al cielo, y como un medio que proporciona todo excepto la felicidad”. Henrik Ibsen (1828—1906) nos recordó: “Se supone que con el dinero se puede comprar todo lo que deseamos, pero no puede comprar aquello que realmente buscamos; nos da comida, mas no el apetito; medicina, mas no la salud; conocidos, mas no amigos; siervos, mas no fidelidad; días dichosos, mas no la paz ni la felicidad”.

Un poeta desconocido ha escrito:

El éxito consiste en decir palabras de elogio,
en encomiar el modo de ser de los demás,
en hacer lo mejor con el esfuerzo propio,
en todas las tareas y en todo afán.

En callar cuando quizás se podría ofender,
en ser cortés cuando el vecino sea insolente,
en no prestar oído al que quiera escarnecer,
en tener compasión por el que ante mí se lamente.

En ser leal cuando con el deber se deba cumplir,
en tener valor ante los golpes de la adversidad,
en ser paciente ante las pruebas del vivir,
en saber reír y en saber cantar.

Se encuentra en la quietud de ¡a plegaria,
en la dicha y también en la desilusión;
en la vida y en la vía solitaria
el éxito encuentra su expresión.
(Traducción).

En resumen, nuestra búsqueda de la felicidad depende en gran parte del grado de rectitud que logremos, del grado de desinterés que adquiramos, de la cantidad y la calidad de servicio que prestemos y de la paz interior de que disfrutemos. Tenemos también algunas fuentes externas de felicidad, entre las que se incluyen nuestros seres queridos y amigos, cuyas sonrisas y aprecio tanto significado tienen para nosotros. Por lazos de interés y creencias comunes, nuestro destino está ligado a muchas otras personas, las cuales no conocemos personalmente, tanto dentro como fuera de la iglesia.

Por causa de transgresión, es posible que algunos de nosotros nos hayamos alejado del camino que conduce a la paz y la felicidad. De todo corazón les insto a dar comienzo al proceso de resolver cualquier problema para que nuevamente puedan disfrutar de una conciencia tranquila y apacible. Cuando verdaderamente nos arrepentimos de nuestros pecados, el Señor ha prometido: “…yo, el Señor, no los recuerdo más” (D. y C. 58:42).

Permítanme sugerir un último requisito en la búsqueda continua de poder vivir de manera feliz cada hora, día, mes y año de nuestra vida. El excelente sendero que conduce a la felicidad consiste en dar amor de manera desinteresada: el tipo de amor que inspira interés y preocupación y cierta medida de caridad por toda alma viviente. El amor es el camino directo a la feli­cidad que enriquece y bendice tanto nuestra vida como la de los demás. Quiere decir que demostramos amor incluso hacia nuestros enemigos, “ [bendecimos] a los que [nos] maldicen, [hacemos] bien a los que [nos] aborrecen, y [oramos] por los que [nos] ultrajan” (Mateo 5:44). Al hacerlo, estarán cumpliendo con el manda­miento mayor de amar a Dios y de disfrutar de Su amor. Se elevarán por encima del azote de furiosos vientos, por encima de lo sórdido, lo contraproducente y lo amargo. Se les promete: “…vuestro cuerpo entero será lleno de luz y no habrá tinieblas en vosotros; y el cuerpo lleno de luz comprende todas las cosas” (D. y C. 88:67). □

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