Tú también debes saber

Conferencia General Octubre 1975

Tú también debes saber

Por el élder Marion D. Hanks
Ayudante del Consejo de los Doce
Viernes 3 de octubre Sesión de la tarde

Ya hemos dicho muchas veces que creemos que los jóvenes apren­den más de nuestra conducta como pa­dres y adultos que de las lecciones que deliberadamente nos proponemos en­señarles. Ellos aprenden a ser íntegros no tanto por las declaraciones, sino ob­servando y asociándose con personas para quienes la integridad es una norma inquebrantable. Los jóvenes tienen la tendencia a imitar lo que realmente somos y no lo que decimos ser o lo que creemos ser. No hay lección más impor­tante que el ejemplo de una vida de in­tegridad, de honestidad impecable, de una ciudadanía responsable.

No digo esto para poner en duda la importancia vital del privilegio que tenemos como padres y adultos de compartir nuestro conocimiento y com­prensión, y nuestras arraigadas convic­ciones con nuestros hijos y otros miem­bros de esta joven generación; ni tam­poco lo digo para excusarnos de esta sa­grada obligación. Las lecciones que aprendemos en el regazo materno per­manecen nítidas y frescas en nuestra mente, la comprensión que obtenemos del consejo de nuestro padre queda profundamente grabada en nuestra al­ma.

Tenemos la responsabilidad de no negar a nuestros hijos, la oportunidad de aprender aquellos principios que forman los cimientos de todo lo que ha­ya de noble y de bueno en nosotros.

Aquellos que están familiarizados con las Escrituras, saben que la mayoría de las más poderosas y beneficiosas en­señanzas de estos registros sagrados, son las amonestaciones de algunos pa­dres a sus propios hijos.

Yo no tuve la bendición de conocer a mi padre, pues él murió durante mi in­fancia, y ha sido especialmente vital pa­ra mí, descubrir qué es lo que los pa­dres desean que sus hijos aprendan, y comprender el profundo deseo que tienen de hacerles saber aquellas cosas que para ellos son de gran importancia.

La serie de capítulos en los que Al­ma comparte con sus hijos las lecciones más significativas de su propia vida, son un ejemplo poderoso e inspirador acer­ca de las instrucciones que un padre de­be dar a sus hijos. De sus experiencias, ya fueran buenas o malas, obtuvo cier­tas convicciones cruciales, las cuales sintió que debía enseñar. De tres de es­tos temas, con un potente y tierno testi­monio, este humilde hombre habla a su hijo Helamán y repite el mismo testi­monio a sus otros hijos (Alma, capítulo 36).

“Mi hijo, estás en tu juventud, y te ruego, por tanto, que oigas mis palabras y aprendas de mí; porque sé que quien pusiere su confianza en Dios, será sos­tenido en sus tribulaciones, pesares y aflicciones, y será exaltado en el postrer día.

Y no quiero que pienses que lo sé de mí mismo: no de lo temporal, sino de lo espiritual; no del ánimo carnal, sino de Dios.” (Alma 36:3,4.)

“. . .sino el Espíritu de Dios que está en mí es el que me da a conocer estas cosas; porque si no hubiera nacido de Dios, no las habría sabido.” (Alma 38:6.) .

“. . .y no fue sino hasta que imploré misericordia al Señor Jesucristo que re­cibí la remisión de mis pecados. Pero he aquí, clamé a él y hallé paz para mi al­ma.” (Alma 38:8.)

“Y he sido sostenido en pruebas y dificultades de todas clases, sí, y en to­do género de aflicciones; sí, Dios me ha librado de la cárcel, y del cautiverio, y de la muerte; sí y pongo mi confianza en él, y todavía me librará.” (Alma 36:27.)

“Y te he dicho esto, hijo mío, para que aprendas sabiduría, para que aprendas de mí que no hay otro modo o medio por el cual el hombre puede sal­varse sino en Cristo y por él. He aquí, él es la vida y la luz del mundo. He aquí, él es la palabra de verdad y justicia.” (Alma 38:9.)

Ese fue el primer gran testimonio de este padre a sus hijos: que sabía, en la única manera en que el hombre puede saber —y que es a través del Espíritu— que Dios vive, que Jesús es el Cristo, y que por medio de Él el que se arrepien­te puede nacer de nuevo.

Desde el momento en que recibió el testimonio del Señor, Alma testificó a su hijo acerca de algo más:

“. . .he trabajado sin cesar para traer almas al arrepentimiento; para traerlas a gustar el sumo gozo de que yo probé, para que también puedan nacer de Dios y sean llenas del Espíritu Santo.

. . .Oh hijo mío, el Señor me concede un gozo inmenso en el fruto de mi tra­bajo;

Porque a causa de la palabra que me ha comunicado, he aquí, muchos han nacido de Dios, y han probado como yo probé, y han visto ojo a ojo, como yo vi; por tanto, ellos saben acerca de estas cosas de que he hablado, como yo sé; y el conocimiento que tengo viene de Dios.” (Alma 36:24-26.)

Ya que él sabía que muchos habían recibido esta misma bendición, Alma se había convertido en un instrumento fiel y efectivo en las manos de Dios a fin de llevar a otros el conocimiento de la ver­dad.

Pero esto no fue suficiente para Al­ma como en verdad no lo es para ningún hombre que haya recibido un testimonio del Espíritu, por lo tanto, tenía un tercery vital mensaje que exponer:

“Más he aquí hijo mío, esto no es todo; porque tú debes saber cómo yo sé. . .” Alma 36:30.)

Por supuesto que dicho testimonio, no es suficiente para un padre amante, como tampoco es suficiente que haya ayudado a otros a obtener un conocimiento de los principios verdaderos. No puede sentirse verdaderamente feliz a menos que aquellos a quienes ama más tengan este mismo testimonio. Y así sucede con cada verdadero padre como sucedió con Jacob, el de la antigüedad, quien dijo a sus hijos:

“. . Y si he de ser privado de mis hijos séalo.” (Génesis 43:14.)

Y lla preocupación de Judá por su padre:

“. . . ¿cómo volveré yo a mi padre sin el joven?” (Génesis 44:34.)

Estos, pues, eran los asuntos vitales que Alma quería que sus hijos supieran. Les enseñó muchas verdades, muchos principios maravillosos, pero ninguno más importante que el conocimiento que él tenía de la gracia y misericordia de Dios.

El había enseñado a otros pero esto no era suficiente. ¡Su hijo también debía saber!

En el día de hoy, yo declaro a mis hijos este mismo testimonio. Yo sé que Dios vive, y que Jesús es el Cristo. Y porque lo sé, otros han tenido la oportunidad de aprenderlo. Pero esto no es suficiente, hijos míos; vosotros debéis saberlo por vosotros mismos. Y hay algo más que quisiera agregar.

Alma entendió de una manera personal las bendiciones maravillosas del podón de Dios. En su juventud, en su país hubo un clima de escepticismo, de obscuridad espiritual. En el libro de Mosíah, leemos lo siguiente:

“. . . muchos de los que iban creciendo,. . . no creían la tradición de sus padres

No creían lo que se había dicho con respecto a la resurrección de los muertos, ni tampoco creían concerniente a la venida de Cristo.

Y por su incredulidad ahora no podrían entender la palabra de Dios; y endurecieron sus corazones.

. . . no querían bautizarse ni unirse a la iglesia… no querían invocar al Señor su Dios.” (Mosíah 26:1-4.)

Alma, el hijo de un profeta y sus amigos, los hijos de un rey justo y recto, participaron de este espíritu de rebelión y utilizaron sus dones especiales y ta­lentos para destruir la fe. Consecuente­mente:

“. . .fue un gran estorbo para la pros­peridad de la Iglesia de Dios, granjeán­dose el corazón del pueblo, causando mucha disensión entre la gente, y dando oportunidad al enemigo de Dios de ejercer su poder en ellos.” (Mosíah 27:9.)

Después de un tiempo, experimenta­ron los sufrimientos y las penalidades que invariablemente sobrevienen a quienes siguen tal curso. Por medio de la misericordia de Dios y gracias a los ayunos y oraciones de sus padres, los líderes de sacerdocio y la gente, y des­pués de un doloroso arrepentimiento que implicó un tormento y sufrimiento tan agudos e intensos que casi los des­truyó, aprendieron también las bendi­ciones del arrepentimiento y el perdón y el poder rehabilitador de la fe. Ellos cambiaron su manera de vivir, fueron perdonados y de allí en adelante se con­sagraron, con todas sus fuerzas, a tratar de rectificar sus errores y hacer el bien. Existe una descripción de las activida­des a las que se dedicaron estos jó­venes, antes involucrados en obras de iniquidad:

. . . se habían fortalecido en el co­nocimiento de la verdad; porque eran hombres de sana inteligencia, y habían escudriñado diligentemente las Escritu­ras para poder conocer la palabra de Dios.

No sólo eso; habían orado y ayuna­do mucho; por tanto, tenían el espíritu de profecía y el de revelación, y cuando enseñaban, lo hacían con poder y auto­ridad de Dios.” (Alma 17:2-3.)

Es importante hoy en día, como siempre lo ha sido, “que cada hombre tome la justicia entre sus manos, y la fi­delidad sobre sus lomos, y proclame con voz de amonestación a los habitan­tes de la tierra. . .” (D. y C. 63:37).

“Y sea vuestra predicación la voz de amonestación, cada hombre a su vecino, con mansedumbre y humildad.” (D. y C. 38:41.)

El desafío no es fácil y no podemos olvidar que entre – nuestro prójimo se encuentran aquellos miembros de nues­tra propia familia que deben llegar a tener un conocimiento personal.

El padre de Alma recibió un testi­monio, pero eso no fue suficiente para Alma.

El padre de Enós sabía y enseñó a su hijo, pero éste no obtuvo su propio tes­timonio hasta que su propia alma sintió hambre y clamó al Hacedor en supli­cante y poderosa oración.

A mi propio hijo le digo: el resumen del testimonio transmitido hasta ti del pasado y de tu padre es éste:

Que yo sé que Dios vive y que somos sus hijos. Tú y yo somos con­temporáneos eternos. Comprendo y sé que nuestro Padre Celestial se deleita en el ejercicio del “amor, la justicia y la rectitud en la tierra”, y que estará con sus hijos tanto en su bienestar como en sus aflicciones. Así como yo he recibido este conocimiento por medio de Dios y del Espíritu, otros también saben y han probado la dulzura y el gozo del mismo.

Más tú también debes saberlo.

Cuando esto suceda, serás un hom­bre mucho mejor de lo que serías sin este conocimiento, un hombre mejor que tu padre. Tal como lo que alguien escribió hace 600 años, estarás más inte­resado en poseer la verdadera humildad y vivir una vida virtuosa, complaciendo a tu Padre Celestial, que en disertar elo­cuentemente acerca de Él. Preferirás “sentir la constricción antes que hablar del significado de ella.” (Thomas de Kempis, Imitación de Cristo.)

Que Dios os bendiga, hijo mío, y a los hijos de todo el mundo. Que Dios conceda que cada uno de vosotros forje una vida de servicio, hermandad y amor sincero y elija ese camino del apostola­do, que tal vez todavía requiera de no­sotros todo lo que tenemos. Que vues­tra vida se enriquezca a través de la ex­periencia personal con ese amor de Dios que ha sido manifestado por me­dio de Jesucristo y del cual nada os pue­de separar aparte de vosotros mismos. Que Dios os bendiga con el deseo de no contentaros con esconder la luz del evangelio bajo un almud de actividades diseñadas para manteneros inofensiva­mente ocupados; que encontréis el pan de vida y que este descubrimiento os cause deleite así como el deseo de com­partirlo fielmente.

Os testifico que Dios vive, que Jesús es el Cristo y que ésta es su obra, en el nombre de Jesucristo. Amén.

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