Por última vez

Conferencia General Octubre 1975

Por última vez

Por el élder William R. Bradford
Del Primer Quorum de los Setenta
Sábado 4 de octubre Sesión de la tarde

Mis queridos hermanos, en esta ocasión me siento muy emo­cionado a causa de las circunstancias que me han hecho llegar hasta aquí. Hace pocos días, encontrándome en Santiago de Chile, recibí una llamada telefónica después de la cual mi esposa y yo nos abrazamos llorando de emo­ción: acababa yo de recibir un llamado del presidente Kimball para servir en este sagrado quorum.

Confieso públicamente mi debilidad; sin embargo, sé que el Señor fortalecerá a aquellos que buscan diligentemente su Espíritu. A través de toda mi vida ha influido en mis decisiones el eco de las palabras: “Ven, sígueme”. Es un gran honor y un privilegio seguir los dicta­dos del Espíritu Santo, y os aseguro que siempre estoy en espera de recibirlos.

En esta oportunidad, quisiera rendir tributo a mis familiares y a mis antepa­sados, en especial por su devoción al cuidar del evangelio desde su restaura­ción hasta el presente, por la forma en que lucharon por defender a Sión en al­gunos de sus momentos más difíciles. Y ruego que pueda honrar siempre sus venerados nombres. En cuanto a mis padres, dentro de pocos días darán co­mienzo a su tercera misión de servicio regular, y me gustaría hacer notar en es­ta ocasión que su amor y su ejemplo han ejercido una profunda influencia en mi vida. Mi padre me enseñó a no limi­tarme sólo a participar parcialmente en las cosas del evangelio sino a dedicarme a ellas de todo corazón y totalmente, mientras que mi madre me ha llevado de la mano guiándome en este empeño todos los días de mi vida.

¿Cómo puede un hombre expresar con palabras el amor que emana de su corazón por su esposa y compañera ete­rna, así como por el gozo de incalcula­ble valor que le brindan los hijos que ella le ha dado? Tal es un gozo sagrado; es el gozo de que hablan las escrituras al decir: “… y existen los hombres para que tengan gozo” (2 Nefi 2:25). Nuestra mutua unión endulza y alegra inmen­samente esta, nuestra vida mortal.

Durante el seminario para los nue­vos presidentes de misión que se efec­tuó en junio de 1975, mi esposa y yo tu­vimos el privilegio de recibir instruc­ciones del presidente Kimball y de mu­chas otras Autoridades Generales. El Profeta nos impresionó al mencionar el hecho de que ha llegado la hora de salir a la cosecha. . . la hora de separar el tri­go de la cizaña. Durante la mayor parte de mi vida he presenciado de cerca el cultivo de la tierra y conozco la inquie­tud que se apodera del corazón del agri­cultor cuando la cizaña comienza a sofocar al trigo.

El Señor ha dicho: “Dejad, pues, que crezcan juntos el trigo y la cizaña hasta que la cosecha esté enteramente madu­ra; entonces primero cogeréis el trigo de entre la cizaña, y después de coger el trigo, he aquí, la cizaña será atada en manojos, y el campo quedará listo para quemarse” (D. y C. 86:7).

Pues. .. la cosecha está enteramente madura; y se nos envía a recogerla por última vez; la hoz está en nuestras manos y debemos utilizarla mientras todavía haya tiempo. Por mi parte, siento que la palabra del Señor se está cumpliendo. En la Misión de Chile- Santiago, ciento veinte misioneros — treinta y dos de ellos, chilenos que sir­ven en su país— bautizaron doscientas veinte personas durante el mes de sep­tiembre, entre las cuales había cuarenta familias. Los misioneros en Chile se es­fuerzan con verdadero placer por seguir al Profeta.

Me siento honrado de formar parte de los que trabajan en el campo de la cosecha y constituye para mí un gran consuelo saber que el Salvador dirige esta obra y que su dirección se verifica cuando el Profeta viviente y aquellos que lo siguen prestan atención a los dic­tados del Espíritu Santo.

Doy solemne testimonio de que esta obra es verdadera, que el presidente Kimball tiene la visión de su cumpli­miento. Me presento ante el Señor con espíritu contrito; dedicaré a su servicio todas mis fuerzas y los talentos con que Él me ha bendecido, al seguir las ins­trucciones del Profeta y de los hombres que sirven en estos quórumes genera­les. Os testifico que son hombres san­tos, llamados para dirigir la labor de la cosecha. Expreso el profundo amor que siento por el Profeta y os digo que yo sé, y de un modo muy especial, que él recibe instrucciones de un Dios verda­dero y viviente.

Acuden a mi memoria las palabras del Señor a José Smith y Oliverio Cowdery, cuando dijo:

“No temáis, mis hijos, de hacer lo bueno, porque lo que sembréis eso mis­mo cosecharéis. Por lo tanto, si sem­bráis lo bueno, así también cosecharéis lo bueno como vuestro galardón.

Por lo tanto, no temáis, rebañito; ha­ced lo bueno; aunque se junten en con­tra de vosotros la tierra y el infierno, si estáis edificados sobre mi roca, no pue­den prevalecer.

Diríjase hacia mí todo pensamiento: no dudéis; no temáis.

Mirad las heridas en mi costado, así como las señas de los clavos en mis manos y pies; sed fieles; guardad mis mandamientos, y heredaréis el reino de los cielos.” (D. y C. 6:33-34, 36-37.)

Os doy solemne testimonio de que esta Iglesia es verdadera, en el nombre de Jesucristo. Amén.

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