Orgulloso de mi linaje

Conferencia General Octubre 1975

Orgulloso de mi linaje

Por el élder George P. Lee
Del Primer Quorum de los Setenta
Domingo 5 de octubre Sesión de la tarde

Mis hermanos, es un gran honor y un privilegio estar hoy ante vo­sotros, ante nuestro Profeta y todos aquellos que le ayudan en su obra en el reino de Dios.

Me siento muy orgulloso al declarar que soy un descendiente de Lehi, Nefi y todos los grandes profetas del Libro de Mormón. Me siento orgulloso de ser hijo del pueblo del Libro de Mormón. He encontrado mi linaje, mi verdadera identidad: soy un hijo de Dios, un des­cendiente de Lehi con un linaje que se extiende en el pasado hasta mi Padre Celestial mediante Moisés, Abraham y otros grandes profetas.

También me siento orgulloso de descender de los grandes jefes indios de nuestra tierra: Nube Roja, Toro Senta­do, Jefe José, Caballo Loco y todos los que fueron grandes caudillos para su pueblo. Todos ellos fueron buenos hombres y no me extrañaría saber que están en el paraíso; no me sorprendería tampoco que se hubieran convertido al evangelio.

Y vosotros, mi pueblo, el pueblo la- manita que está esparcido en esta tierra y en las islas del mar, deseo que sepáis que Jesucristo es nuestro Hermano Ma­yor, .nuestro Salvador, nuestro Reden­tor.

Nosotros somos de un linaje escogi­do. Pueblo tamañita, quiero que sepáis que el Padre Celestial os ama y que también os ama Jesucristo. El murió por nosotros, sacrificando su vida para lo­grar el perdón de nuestros pecados; conquistó la muerte para cada uno de nosotros, para cada persona que haya vivido o viva en el mundo. Él vive y es el Dios de esta tierra.

A todos los miembros de la Iglesia os declaro que ha llegado el momento de hacer a un lado nuestras diferencias, de tomarnos de las manos como hijos de Dios. Tenemos una gran labor por delante, la de traer al reino de nuestro Padre Celestial muchos más de sus espíritus escogidos que están en todo el mundo. Ha llegado el momento de que seamos Santos de los Últimos Días du­rante los trescientos sesenta y cinco días del año, en cada uno de los siete días de la semana, y no solamente santos “de domingo”. El Señor necesita que cada uno de sus santos sea misionero para traer a otros a su Iglesia.

Ha llegado el momento, hermanos, de que comprendamos que no tenemos garantías para entrar al reino de los cie­los. El sólo hecho de ser miembros de esta Iglesia no nos asegura la entrada al Reino Celestial, sino que tenemos que perseverar hasta el fin y ser fieles hasta que el Señor venga.

A vosotros, mis hermanos en todo el mundo que todavía estáis buscando la verdad, a aquellos que negáis la existen­cia de Dios, quiero desafiaros a que ha­gáis dos cosas: Primero, que busquéis otra iglesia u organización que tenga doce apóstoles y un profeta, que se diri­ja por medio de la revelación, que bau­tice por inmersión y tenga el Sacerdocio de Dios. Veréis que no hay otra. Noso­tros tenemos la misma Iglesia que Jesu­cristo organizó en su época en las tierras bíblicas y acá, sobre este continente. Y segundo, que miréis a vuestro alrede­dor. ¿Qué veis? Veis la hermosa crea­ción, obra de tas manos de Jesucristo, nuestro Salvador.

El Señor ha hecho por nosotros tan­tas cosas maravillosas. ¿Cómo podemos los seres inteligentes negar su existencia o la de Dios? Los mejores testigos de Je­sucristo están aquí, delante de nuestros ojos: son los árboles, las plantas, el sol, la luna, el universo entero.

¿Acaso un mortal puede crear seres humanos?

¿Puede un mortal crear plantas, as­tros, lluvia, nieve, árboles, alimentos?

¿Puede un ser mortal crear un mun­do hermoso como éste en que vivimos?

Los científicos y eruditos tienen de­lante de sus ojos la bellísima creación, llena de orden, precisión, exactitud; ¿có­mo pueden negar la existencia de Dios y Jesucristo? No hay hombre mortal que pueda duplicar ninguna de estas cosas. Esto debería ser suficiente para asegura­rnos a todos que hay un Dios divino, un Cristo divino; que Jesucristo vive y es el Creador de este mundo. El evangelio es su plan, la forma en que Él quiere que vivamos.

Debemos darnos cuenta de que cuando muramos y vayamos al paraíso —si es allí donde vamos— no encontra­remos en él nuestro país. Debemos comprender que todos iremos al mismo lugar. Los indios no encontrarán allá una reservación; no estará Japón para los japoneses, ni China para los chinos.

Vivamos juntos como hijos de Dios; todos somos hermanos y todos iremos al mismo sitio si somos justos y perseveramos hasta el fin. En el paraíso no hay Estados Unidos, ni reservaciones indias, ni nacionalidades, ni ninguna forma de vida excepto la de Dios.

Dios vive, Jesucristo vive, mis hermanos.

En el nombre de Jesucristo Amén.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Sin categoría y etiquetada , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s