No podemos vivir en soledad

Conferencia General Octubre 1975

No podemos vivir en soledad

Por el élder Robert D. Hales
Ayudante del Consejo de los Doce
Domingo 5 de octubre Sesión de la mañana

Mis queridos hermanos, me siento bendecido por estar aquí esta mañana. Hay un espíritu hermoso-que viene del coro. Estas cosas me ayudan a tratar un tema que estimo mucho.

Quisiera que tuviéramos juntos unos momentos de reflexión considerando la  frase “no podemos hacerlo solos”. To­dos sentimos el testimonio con diferen­te intensidad; a todos se nos ha dado al nacer el Espíritu de Cristo como un don. Nosotros mismos hemos desarrollado nuestro testimonio en el curso de nues­tra vida y el Espíritu Santo nos ha ayu­dado a obtenerlo. Aunque sepamos que Dios vive y que Jesús es el Cristo; aun­que sepamos que El dio su vida por nuestra redención, que resucitó a fin de que podamos vivir, y que hoy vive; aun­que sepamos que José Smith ha restau­rado la Iglesia de Jesucristo de los San­tos de los Últimos Días en la última dis­pensación del cumplimiento de los tiempos, sí, y que vivimos en esa época selecta anterior a la segunda venida de Jesucristo, una época en que se nos han revelado todas las escrituras que podían darse a conocer al género humano. Aunque sepamos que el presidente Spencer W. Kimball es un Profeta de Dios, a quien se han conferido todas las llaves del Sacerdocio para guiar esta Iglesia por revelación en estos postreros días, no obstante mis hermanos, aun con todo ese conocimiento no logramos entender que no vinimos a esta vida pa­ra vivirla solos.

Tampoco podemos esconder nues­tros actos de nosotros mismos ni de los demás. El consejo dado por Polonio a su hijo Laertes: “Y, sobre todo, esto: Sé sincero contigo mismo, y de ello se seguirá, como la noche al día, que no puedes ser falso con nadie” (Hamlet Ac­to 1 Escena 3), es válido; pero debe adaptarse y ampliarse a fin de poder comprender cómo puede uno ser since­ro consigo mismo y con sus semejantes La persona que se aísla, se separa de la “luz de Cristo” y esto lo hace falible y lo expone a la desilusión. El equilibrio y la perspectiva de sentir preocupación por los demás y permitir que ellos se preocupen por nosotros, constituyen la esencia misma de la vida. Necesitamos la ayuda inspirada de otros para evitar engañarnos a nosotros mismos; siempre ha sido para mí un misterio el motive por el cual los que se consideran inte­lectualmente superiores, a veces se apartan del Espíritu de Dios.

Quiero daros mi testimonio de que estuvimos con nuestro Padre Celestial antes de venir a esta vida; las escrituras así nos lo dicen. También sabemos que aceptamos recibir un cuerpo físico a fin de venir a vivir en este estado mortal obedecer los mandamientos del Señor y tener oposición en todas las cosas. La oposición que aquí conocemos nos for­talece; el fuego que tenemos que sopor­tar, tiempla nuestro espíritu.

También es parte del plan de Dios el que no podamos volver a su presencia solos, sin la ayuda de otro. Santiago lo expresa mejor: “Así también la fe, si no tiene obras es muerta en sí misma (Santiago 2:17).

El plan del evangelio consiste en dar y recibir. La fe en sí misma no es sufi­ciente; necesitamos las “obras” para servir y ser servidos. No podemos ha­cerlo solos.

Las muchas misiones que tenemos en la vida no se pueden iniciar con éxito sin la ayuda de otros. El nacimiento re­quiere padres terrenales; nuestra bendi­ción al nacer, nuestro bautismo, la im­posición de manos para que recibamos el don del Espíritu Santo, a fin de ser miembros de la Iglesia, la ordenación al sacerdocio, el cumplir una misión, el matrimonio, el nacimiento de nuestros hijos, las bendiciones de salud o en épocas de necesidad, todas estas cosas exigen la intervención de otras per­sonas. Y todos éstos son actos de amor y servicio que requieren la ayuda de otros y nuestra ayuda a los demás.

Cuando volvamos a nuestro Padre Celestial, Él no quiere que volvamos solos, sino que regresemos a su lado con honor, acompañados de nuestras familias y de aquellos a quienes haya­mos ayudado en el transcurso de la vi­da. Al preparar este mensaje, he podido comprender muy claramente que la na­turaleza verdadera del plan del evange­lio, es la interdependencia que existe entre unos y otros en esta vida y en el estado en que ahora vivimos.

Es evidente para mí que tenemos im­perfecciones físicas, imperfecciones de la mente y del intelecto y, que por tal razón tenemos que depender de otros. Debemos ser capaces de bastarnos a no­sotros mismos, pero esto no significa que no necesitemos de los demás. No podemos lograr un testimonio sin con­tar con la ayuda del Espíritu Santo; no podemos trabajar en la genealogía sin la ayuda de aquellos que nos precedieron, es decir nuestros antepasados. Estamos aquí para ver si serviremos “al más pequeñito de nuestros hermanos”; y he descubierto desde que soy Autoridad General, que el presidente de la Iglesia, sus consejeros y los Doce Apóstoles, se consideran siervos de todos nosotros.

Un Dios justo nos ha colocado aquí sobre este planeta, donde conocemos el sufrimiento y vemos la imperfección por todos lados; y esta vida y este esta­do son necesarios, porque aquí conoce­mos algo que en ningún otro lugar conoceremos. La vida que tuvimos an­tes y la que tendremos después de ésta harán que nuestro cuerpo, espíritu y mente sean más perfectos. Sin embar­go, no tuvimos ni tendremos las opor­tunidades para dar de nosotros de la misma manera que podemos hacerlo en esta vida. ¡Qué verdad tan sencilla en un principio del evangelio! Al sufrir y prestar servicio en esta vida, estamos cumpliendo con una parte muy esencial del plan del evangelio.

Cuando yo era teniente en la Fuerza Aérea, nuestro escuadrón seleccionó co­mo lema “volvamos con honor”. Com­prendíamos que este lema se aplicaba a todos los miembros del grupo por igual. Volábamos con los aviones de combate alineados en formación; iba un grupo de cuatro aviones con su director y tres aviones a los lados; el del medio es pro­tegido a la izquierda y a la derecha y el director puede fijar su atención en lo que hay que hacer. Todos sabíamos, porque lo habíamos aprendido de la­mentables experiencias, que el avión que se salía de la formación y quedaba sin protección, probablemente sería destruido.

¿Por qué, pues, hay tantos de noso­tros que queremos estar solos y negar a aquellos que nos aman el gozo y las bendiciones que se reciben al ser gene­rosos? El principio de ayudar a quien lo necesita, está magníficamente expre­sado en la conmovedora historia de amor de Tomás Moore, un famoso poe­ta irlandés del siglo XIX, el cual al vol­ver de sus negocios descubrió que su esposa se había encerrado en la alcoba en el piso superior, y había indicado que no quería volver a ver a nadie. Moore se enteró de la terrible verdad de que su bella esposa había contraído la viruela y que su delicado cutis se halla­ba lleno de cicatrices. Se había visto en el espejo, mandó que se cerraran las persianas y dijo que nunca más quería ver a su esposo. Tomás Moore no hizo caso. Entró al cuarto que estaba oscuro y encendió la lámpara. Su esposa le ro­gó que la dejara a solas en la oscuridad; le pareció que era mejor que su marido no viera en qué se había convertido su hermosura, así que le pidió que se fue­ra.

Moore obedeció y se fue. Bajó y pa­só el resto de la noche escribiendo y orando. Jamás había escrito una can­ción, pero esa noche no sólo escribió la letra, sino que también compuso la mú­sica. Al rayar el alba, volvió al cuarto oscuro de su esposa.

“¿Estás despierta?”, le preguntó.

“Sí”, dijo ella, “pero no debes ver­me. No me obligues, por favor, Tomás.”

“Entonces te cantaré”, le respondió él.

Y le cantó a su esposa el canto que aún vive hoy:

Créeme que si todo tu bello encanto
Que hoy contemplo con amor,
Huyera mañana, cual el manto de la no­che
Al llegar el fulgor,
Mis sentimientos aún serían
Los mismos que hoy son. . .

Moore notó movimiento en el rincón obscuro donde su esposa yacía en su soledad; luego continuó:

Pues aunque tu belleza huya
Sigue prendido de ti este corazón
Y mi alma sigue siendo tuya.

Terminó el canto, y al callar su voz, Moore oyó que su esposa se levantaba y cruzaba la habitación hasta la ventana; allí extendió la mano y lentamente abrió las persianas, separó las cortinas y dejó que entrara la luz de la mañana.

Quisiera en esta ocasión dar gracias a mi esposa por descorrer las cortinas y permitir que su luz entrara a mi vida para compartirla conmigo. No estaría aquí hoy sin su amor y compañerismo.

Cuando nos vemos desfigurados por algún defecto, ya sea espiritual o físico, nuestra primera reacción es retirarnos a las obscuras sombras de la desespera­ción, sin dejar que entren la esperanza y el gozo, la luz de la vida que se recibe al saber que estamos obedeciendo los mandamientos de nuestro Padre Celes­tial. Este aislamiento finalmente nos conducirá a la rebelión contra aquellos que quisieron ser nuestros amigos, los que pueden ayudarnos más y aun nues­tra familia; pero lo peor es que por últi­mo nos rechazamos a nosotros mismos.

Aquellos que están solos y aislados no deben retirarse al santuario de sus pensamientos. Este retraimiento final­mente los conducirá a la tenebrosa in­fluencia del adversario, que lleva al de­saliento, a la soledad, a la frustración y a considerarse completamente inútiles. Después que uno se considera inútil, a menudo recurre a ciertas amistades que corroen los delicados contactos espiri­tuales, inutilizando sus antenas y trans­misores. ¿Qué ventaja hay en allegarse y pedir consejo a alguien que anda de­sorientado y únicamente nos dice lo que queremos oír? ¿No es mejor recu­rrir a padres y amigos amorosos que nos pueden ayudar a fijar y lograr me­tas celestiales?

Alma resumió la esencia de un padre amoroso que habla a sus hijos sin “an­dar con rodeos” cuando dijo a Helamán y Siblón: “En tanto que guardes los mandamientos de Dios, prosperarás en el país; más si no los guardas, serás des­terrado de su presencia”. (Alma 38:1. Véase también Alma 36:30.) Es difícil que un padre le hable asía su hijo, pero es la verdad.

Cuando intentamos vivir a solas las experiencias, no somos sinceros con no­sotros mismos ni con nuestra misión básica en la vida. Los individuos que se hallan en dificultades a menudo dicen: “Lo haré solo”, “No se meta conmigo”, “No necesito de nadie”, “Me las puedo arreglar solo.”

Se ha dicho que nadie es tan rico en cuanto a experiencia, que no necesite la ayuda de otro; ni nadie tan pobre en cuanto a experiencia que no pueda ser útil de alguna manera a sus semejantes. La disposición de solicitar ayuda a otros con confianza y brindarla con bondad, debe ser parte de nuestra naturaleza.

En mi juventud, cuando vivía en Nueva York, un pájaro construía su ni­do cada año en el techo de nuestra casa, y lo veíamos empollar a sus pequeñitos, darles de comer y nutrirlos. Más tarde, cuando era tiempo de que emprendie­ran el vuelo, tierna y cariñosamente los empujaba fuera del nido. Descendían al suelo en planeo más bien que en vuelo, aleteando las alas por no estar seguros, llenos de miedo y sin saber volar. La madre luego volaba a tierra y les en­señaba cómo procurar su propio ali­mento y cómo volar; era evidente que quería ayudarles a que se hicieran inde­pendientes.

Me causaba mucha pena cada vez que encontraba un pajarito que había querido hacerlo todo solo; a menudo lo encontraba muerto entre los lirios del jardín.

Un ermitaño es aquel que padece de un egoísmo extremado; anula todos los dones y talentos que se le han dado en esta vida para que pueda ayudar a otros, porque está siguiendo las astutas vías del adversario. La soledad y el retrai­miento nos quitan del tablero de aje­drez de la vida como si fuéramos un simple peón. El poeta Whittier descri­bió en forma muy acertada la vida y nuestra dependencia mutua, cuando es­cribió:

Me ayudas tú a mí y te ayudo yo a ti, y los dos juntos ascenderemos.

Sí, iniciamos nuestra existencia con nuestro Padre Celestial, llegamos a esta vida, soportamos lo que el adversario nos dé, y luego finalmente volvemos a nuestro Padre Celestial “con honor”.

Yo tengo un testimonio muy senci­llo. Sé que Dios vive, sé que Jesús es el Cristo. Sé que venimos a esta vida con un propósito, y que el gozo mayor que recibiremos son los actos de amor y ser­vicio que prestemos a otros. Por medio de este amor y servicio nosotros mis­mos nos desarrollamos en fortaleza y testimonio, y las bendiciones de nuestro Padre Celestial descienden sobre noso­tros y nuestra familia. También he des­cubierto que en la vida no hay nadie tan perfecto que no necesite la ayuda de otros; no hay nadie tan perfecto que pueda salir adelante solo.

Si tan sólo pudiéramos conducir nuestra vida como lo hace nuestro Pro­feta, Spencer W. Kimball, en la manera sincera y amorosa en que él manifiesta su preocupación por aquellos que lo ro­dean, y les presta servicio, verdadera­mente comprenderíamos que necesita­mos la ayuda de otros, y que éstos nece­sitan nuestra ayuda. Mi oración es que podamos comprender este principio fundamental del evangelio, sintiendo amor por nuestros semejantes y permi­tiendo que ellos nos amen; y lo pido en el nombre de Jesucristo. Amen.

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