Las palabras de los líderes

Conferencia General Octubre 1975

Las palabras de los líderes

Por el presidente Spencer W. Kimball
Domingo 5 de octubre Sesión de la tarde

Hermanos y hermanas, estas ocho sesiones de los últimos tres días han constituido una gloriosa conferen­cia. Los hermanos que nos han hablado ¡o han hecho con todo su corazón y nos han llamado la atención con respecto a muchas grandes verdades del evangelio de Jesucristo, nuestro Señor y Maestro.

Confiamos en que los líderes y los miembros de la Iglesia que han asistido y escuchado la conferencia hayan sido inspirados y elevados. Confiamos en que hayáis tomado abundante nota de los pensamientos que han cruzado vuestra mente mientras las Autoridades Generales os hablaban. Se han dado muchas sugerencias que os ayudarán en vuestra condición de directores para perfeccionar vuestro trabajo. Hemos oído pensamientos que nos serán de mucha ayuda para perfeccionar nuestra propia vida; esto es, sin duda, la razón básica de nuestra presencia aquí.

Mientras me encontraba sentado en el estrado, tomé la determinación de que cuando regrese a mi hogar tras la finalización de esta conferencia hoy, ha­brá muchos, muchos aspectos en mi vi­da que puedo perfeccionar; he hecho una lista mental de los mismos, y espe­ro ponerme a trabajar tan pronto como esta conferencia termine.

Habéis escuchado a las Autoridades Generales hablar con gran fortaleza de los principios del evangelio. Escuchas­teis decir al hermano Benson en su ins­pirado sermón, que las leyes inmuta­bles de Dios permanecen en los cielos y que, cuando los hombres y las naciones rehúsan vivir de acuerdo con ellas, su­fren consecuencias lamentables. Dijo además que el pecado demanda castigo: “Por lo tanto, como humildes siervos del Señor, amonestamos a los líderes de las naciones a que sean humildes y a que se humillen a sí mismos ante Dios, y que busquen su inspiración y su guía”. Esa es una declaración audaz, pe­ro sumamente atinada.

Escuchasteis al élder Tomas S. Monson, hablar de cómo el presidente del Consejo de los Doce es guiado por la inspiración del Señor para llevar a cabo cambios como el que hizo que él mismo pudiera estar en el lugar apropiado y dar una bendición a una niña moribun­da. Nos dijo cómo sucedieron las cosas para que él asistiera a esa conferencia, manejara ciento veintinueve kilómetros fuera de su ruta y hallara a aquella fa­milia que pronto tendría que dar sepul­tura a su pequeña.

Oísteis al élder Sill compartir el ejemplo de personas grandes y podero­sas que perdieron su poder al perder el control y entregarse a las demandas de una vida lujuriosa. Contó también la historia de un hombre que rehusó una corona porque dedicó su vida a rastri­llar estiércol. “Somos representantes de la más grande de las causas conocidas en este mundo” dijo, “y la única inte­rrogante es cómo vamos a pelear la ba­talla.”

Escuchasteis al élder Cullimore ha­blar del Programa de la Noche de Ho­gar. ¡Cuán maravilloso es! Confío en que cada uno de vosotros vaya a su ho­gar y se asegure de que no fracasará en cuanto a la Implantación de este glorioso programa para la familia. En la con­ferencia de la Sociedad de Socorro se dijo que el Maligno sabe dónde atacar; atacará el hogar; destruirá a la familia. Eso es lo que desea hacer. Y veréis que estas obras de Satanás, las que han sido mencionadas por las Autoridades Gene­rales que nos han hablado, tienen como resultado final la destrucción del hogar, la familia, los padres, los seres queri­dos. Esto es lo que Satanás desearía lo­grar. Tomemos la firme decisión de que no lo permitiremos en nuestras fami­lias.

Del élder Tuttle y otras de las Auto­ridades Generales escuchasteis acerca de una gran obra misional.

El presidente Romney nos habló de la historia de las naciones de este con­tinente, de los nefitas, de los jareditas y de las promesas hechas por el Señor, en cuanto a que la nación que posea esta tierra de promisión será libre del cauti­verio, de la esclavitud y de todas las otras naciones debajo del cielo si tan sólo sirve al Dios de esta tierra, que es Jesucristo. Esto, dicho en unas pocas pa­labras; pero, ¡cuán importante y tras­cendental es!

Otras Autoridades Generales nos hablaron sobre el patriotismo y ya sea que vengamos de los mares del Sur, de Sudamérica, de Europa o de Asia, todos podemos aprender de estas palabras; todos debemos ser leales, apreciar la li­bertad de vivir y adorar de acuerdo con los dictados de nuestra conciencia. También oímos consejos sumamente instructivos sobre la Palabra de Sabi­duría, particularmente sobre el licor, y algunas estadísticas verdaderamente alarmantes. Todas las publicaciones cla­man que se necesita más alimento para todo el mundo; pero aquí recibimos in­formación de cómo se podría alimentar al mundo, si tan sólo no se utilizara la cebada para hacer licores.

Escuchasteis al hermano McConkie decir que una o dos veces cada mil años, suceden acontecimientos glorio­sos, de los cuales nos habló. También habló del gran programa que nos fue dado en esta dispensación, el gran pro­grama de la restauración del evangelio.

El élder Hanks habló del poder de los padres sobre los hijos, y lo que pue­den y deben hacer para capacitarlos, en­señarles, y guiarlos.

Oísteis al élder Hinckley hablar so­bre el diluvio de pornografía que nos invade y el énfasis que se le está dando al sexo y a la violencia. Me gustó la for­ma en que nos pidió que estimulemos a los líderes, a aquellos que formulan las leyes para que elaboren las que sean adecuadas para controlar estas situa­ciones, y que cuando así lo hagan, les demostremos agradecimiento y aprecio; pero si no lo hacen, debemos recordar­les lo que tienen que hacer.

El élder Haight expresó que la Iglesia no podría funcionar eficazmente sin la delegación de responsabilidades y que, para delegar se necesita el sacerdocio. El sacerdocio nos ha sido conferido y estamos preparados para seguir adelan­te.

Así podría continuar con todo el res­to de los discursos que escuchamos; to­dos fueron excepcionalmente buenos. Estoy seguro de que nos han llegad; al corazón.

Desearía mencionar el discurso del élder Hunter esta mañana sobre la historia de este edificio. Estoy agradecido por la hermosa historia de los sacrificios y los esfuerzos que esta buena gente, nuestros padres, tuvieron que realizar, para que pudiéramos sentarnos con bastante comodidad en este gran Tabernáculo. Y ¡cuánto tiempo nos ha senitido! El hermano Hunter nos ha dicho que este edificio tiene 100 años. Puedo imaginarme que bajo este techo se han escuchado numerosos y grandes sermones de profetas, apóstoles y otros líderes; puedo imaginar las numerosas oraciones, profundas y sinceras, ofrecidas por las Autoridades Generales; puedo imaginar a los coros que han cantado aquí a través de los años; ha sido aún gran servicio el que este edificio ha prestado. Confío en que pueda permanecer de pie por otros 100 años por lo menos.

Creo que el hermano Hunter, ha- blando sobre la obra misional dijo que si fuéramos a leer desde este pulpito los nombres de las personas que están por salir como misioneros, llevaría todo el resto del día sólo nombrarlos, porque los misioneros que hemos llamado en este año serían tantos como las personas que forman esta congregación en el Tabernáculo. ¿Qué sucedería si es llamásemos a todos vosotros como misioneros?

Desearía que hubiera tiempo para mencionar algunos de los otros maravillosos sermones, porque eso me ayuda a hacer un sumario de estas cosas y de todo lo que oí, sacar lo que quiero retener y lo que quiero que me sirva para hacer algo positivo en mi vida. Desearía mencionar el poderoso sermón del hermano Perry en relación al matrimonio. Este es un problema real, cuando pensamos en que Satanás está embarcado en la tarea de atacarnos con aquellas cosas que nos destruirán. Y este punto es muy importante, ¿no es así? Si dejamos de lado el matrimonio y la vida del hogar, estamos derrotados.

Pues bien, queridos hermanos, os digo que éste es el evangelio de Jesucristo y a todos los que nos están escuchando les decimos que no estamos engañando. Lo que hemos dicho durante estos tres días es verdad, verdad absoluta y clara y e ercerá una gran influencia en la salvación y exaltación de toda alma que pueda escuchar y comprender.

Este es el evangelio de Cristo. Él es nuestro Señor. Esta es una Iglesia cristiana. A El seguimos; a El amamos, honramos y glorificamos. Y ahora debemos continuar hacia adelante y seguirle en todo detalle. El evangelio ha sido res­taurado; está aquí para que lo utilicemos en su plenitud. Nunca en la historia ha sido tan pleno, completo y com­prensible; nunca, que sepamos, ha suce­dido esto en el mundo. Y aquí está a disposición de nosotros y de millones de personas, algunas de las cuales nos están escuchando. Confiamos en que no cometeréis el error de dejarlo de lado o ignorarlo. Que el Señor bendiga a los que escuchan y ponen atención.

Que el Señor os bendiga a todos los que estáis aquí; que os acompañe a vuestros hogares y al regresar a vuestras familias, que la paz os acompañe, que vuestra propia vida sea maravillosa, que la vida de vuestra familia sea grandiosa. Pido estas bendiciones y dejo mi testi­monio en cuanto a la divinidad de la obra, en cuanto a que Dios vive, que Je­sús es el Cristo, nuestro Salvador, nues­tro Redentor. Y que la vía que Él ha pre­parado, el camino de vida, es correcto y verdadero en todo detalle. Y os dejo es­te testimonio con gran afecto, con todo nuestro amor y aprecio, en el nombre de Jesucristo. Amén.

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