La redención de los muertos

Conferencia General Octubre 1975

La redención de los muertos

Por el élder Boyd K. Packer
Del Consejo de los Doce
Domingo 5 de octubre Sesión de la tarde

Mis hermanos, tengo razón para sentirme inmensamente impre­sionado por el tema que he escogido hoy, y siento más que nunca que necesito vuestras oraciones, por la sagrada naturaleza del mismo.

Cuando el Señor estuvo sobre la tie­rra dijo claramente que había sólo un camino y una manera para que el hom­bre pudiese ser salvo: “Yo soy el ca­mino y la verdad y la vida; nadie viene al Padre sino por mí” (Juan 14:6). Para seguir ese camino, hay dos cosas que son necesarias: Primero, en su nombre descansa la autoridad para asegurar la salvación de la humanidad, “Porque no hay otro nombre bajo el cielo, en que podamos ser salvos” (Hechos 4:12). Y segundo, una ordenanza esencial, el bautismo, que es como una puerta por la cual toda alma debe pasar a fin de obtener la vida eterna.

El Señor no vaciló ni dio excusas al proclamar que tenía la autoridad exclu­siva sobre esos procedimientos, por los cuales nosotros podemos regresar a la presencia de nuestro Padre Celestial. Ese ideal también fue muy claro para sus apóstoles, y la prédica de éstos ofrecía sólo una manera para que el hombre se salvase.

A través de los siglos el hombre vio que han sido muchos en realidad, los que nunca encontraron ese camino. Esto llegó a ser muy difícil de explicar, y tal vez pensaron que lo lógico sería admitir que había otras maneras, así es que hi­cieron más fácil la doctrina; o sea que la corrompieron.

El énfasis estricto en “un Señor, un bautismo”, se consideró demasiado res­trictivo y muy exclusivista, aunque el Señor mismo lo había descrito como es­trecho: “porque estrecha es la puerta, y angosto el camino que lleva a la vida” (Mateo 7:14).

Siendo que el bautismo es esencial tenemos que sentir la urgente necesidad de llevar el mensaje del evangelio de Je­sucristo a “toda nación, y tribu, y len­gua, y pueblo”. Este es un mandamien­to de Dios.

Sus verdaderos siervos irán para convertir a todos los que escuchan los principios del evangelio y les ofrecerán ese bautismo que El proclamó como esencial. La predicación del evangelio se realiza, hasta cierto grado, en la mayor parte de las Iglesias cristianas. Sin em­bargo, la mayoría de los cristianos están, satisfechos de gozar de lo que pueda obtener por ser miembros en sus igle­sias, sin hacer ningún esfuerzo para que otros escuchen lo que para ellos es la verdad.

El tremendo espíritu misional y el vigoroso esfuerzo proselitista que se ha­ce en la Iglesia de Jesucristo de los San­tos de los Últimos Días testifican en forma significativa que el evangelio es verdadero y que esta Iglesia posee la autoridad. Nosotros aceptamos la res­ponsabilidad de enseñar el evangelio a toda persona sobre esta tierra. Y si se hace la pregunta, “¿Quiere decir que es­táis aquí para convertir a todo el mun­do?”, la respuesta es “Sí, trataremos de llegar a toda alma viviente.”

Quizás, al comprender la magnitud de este cometido, haya quienes digan “¡Eso es imposible! ¡No se puede ha­cer!” A ellos sencillamente les respon­deríamos, “Tal vez, pero nosotros lo ha­remos de todas maneras”. A pesar de los que afirmen que no se puede efec­tuar, estamos deseosos de poner todo lo que esté de nuestra parte para llevar a cabo esta obra. No obstante, aunque nuestros esfuerzos parezcan modestos comparados con la enorme tarea, no pueden ignorarse cuando se comparar con lo que estamos logrando o tratando de lograr en todo el mundo.

Actualmente, tenemos más de 21.000 misioneros en el campo misional, que pagan por el privilegio de predicar el evangelio. Y eso es sólo parte del es­fuerzo. No estoy insinuando que este sea un número impresionante, sino que sabemos que no estamos haciendo tanto como deberíamos. Pero cualquiera de ellos sería evidencia suficiente si conociéramos el origen de la convicción in­dividual de cada uno. No deseamos ha­cer un alto en la asignación de buscar almas para enseñarles el evangelio y ofrecerles el bautismo. Tampoco po­dríamos sentirnos desanimados, porque hay gran poder en esta obra y eso lo puede verificar cualquiera que busque sinceramente.

Otra característica que también identifica a la Iglesia de Jesucristo y que tiene que ver con el bautismo, es la in­quietante pregunta que nos hacemos to­cante a aquellos que han muerto sin re­cibirlo: “¿Qué será de ellos?” Si no hay otro nombre dado bajo el cielo por el cual el hombre pueda salvarse (y no lo hay), y han vivido y muerto sin haber escuchado ese nombre; si el bautismo es esencial, como lo es, y si han muerto sin haber tenido la oportunidad de aceptarlo, ¿dónde están ahora? Estos forman la mayor parte de la familia hu­mana.

Hay varias religiones que tienen más adeptos que la mayoría de las deno­minaciones cristianas, y que juntas, son mucho más numerosas que varias de ellas combinadas. Durante siglos, sus miembros han vivido y muerto sin ha­ber escuchado jamás una palabra acerca del bautismo. ¿Cuál es la respuesta para ellos? ¿Qué ser poderoso podía estable­cer un Señor y un bautismo y después no permitir que la mayoría de la familia humana pudiera estar bajo su influen­cia? Sin contestar esa pregunta, ten­dríamos que admitir que la mayor parte de la familia humana está perdida con­tra toda aplicación razonable de la justi­cia y la misericordia. ¿Cómo podría así sostenerse el cristianismo? Al encontrar la Iglesia verdadera también encontra­mos la respuesta a esa pregunta. Si una iglesia no tiene esa respuesta, ¿cómo puede proclamar que es la Iglesia de Cristo? Él no podría abandonar a la ma­yoría de la familia humana que nunca se bautizó.

Aquellos que admiten en confusa frustración que no tienen la respuesta a esa pregunta, no pueden afirmar que tienen autoridad para administrar los asuntos del Señor en la tierra ni para di­rigir la obra por la cual toda la humani­dad debe salvarse. Siendo que los cris­tianos no podían dar una explicación sobre el destino de aquellos que no se habían bautizado, algunos llegaron a la conclusión de que el bautismo no es in­dispensable y que el nombre de Cristo no es esencial, y pensaron que debe ha­ber otro nombre o nombres por los cua­les el hombre pudiera salvarse.

La respuesta a ese intrigante enigma no puede ser un invento del hombre, sino tiene que recibirse por revelación. Y deseo recalcar la palabra revelación, porque ésta es también una característi­ca principal de su Iglesia. La comunica­ción con El por medio de la revelación fue establecida cuando la Iglesia se or­ganizó, nunca ha cesado y permanece constante hoy en día. Al hablar de la situación de aquellos que murieron sin el bautismo, lo hago con profunda reve­rencia porque comprende una obra muy sagrada. Aunque el mundo conoce muy poco de ello, trabajamos obedientemen­te llevando adelante una obra que es tan maravillosa y trascendental en su totali­dad, que sobrepasa todo lo que hombre pudiera haber soñado de excelso, inspi­rado y verdadero. En esa labor se en­cuentra la solución. En los primeros días de la Iglesia, el Profeta recibió ins­trucciones por medio de la revelación, de que debía comenzar la edificación de un templo semejante a los que se habían construido en la antigüedad. En aquel templo fueron reveladas las ordenanzas sagradas que debían efectuar­se para la salvación de la humanidad. Entonces se entendió y se dio énfasis a otra escritura antigua, que hasta esa época había sido ignorada o pasada por alto por el mundo cristiano en general: “De otro modo, ¿qué harán los que se bautizan por los muertos, si en ninguna manera los muertos resucitan? ¿Por qué, pues, se bautizan por los muertos?” (1 Cor. 15:29).

En esa escritura entonces, se halla la respuesta; con la debida autoridad, una persona puede bautizarse por otra que nunca haya tenido esa oportunidad, y ésta puede aceptar o rechazar el bautis­mo de acuerdo con su propio deseo.

Esta obra llegó como la gran confir­mación de algo realmente básico que el mundo cristiano cree hasta cierto punto: que hay vida después de la muerte. La muerte terrenal no es el fin, como tam­poco el nacimiento es el principio. La gran obra de redención se realiza más allá del velo igual que aquí, en la vida terrenal. El Señor declaró: “De cierto, de cierto os digo: Viene la hora, y ahora es, cuando los muertos oirán la voz del hijo de Dios, y los que la oyeren vivi­rán.” (Juan 5:25)

El 3 de octubre de 1918, el presidente Joseph F. Smith estaba meditando en las escrituras, incluyendo ésta: “Porque por eso también ha sido predicado el evan­gelio a los muertos, para que sean juz­gados en carne, según los hombres, pe­ro vivan en espíritu según Dios” (1 Pe­dro 4:6). Y ese día tuvo una maravillosa visión. En ella vio a una infinidad de justos y a Cristo, enseñándoles. Des­pués vio a aquellos que no habían teni­do la oportunidad y los que no habían sido valientes; vio la obra de su reden­ción, y deseo citar lo que registró al res­pecto:

“Y vi que el Señor fue en persona entre los inicuos, y los desobedientes que habían rechazado la verdad para instruirlos; mas he aquí, organizó sus fuerzas y nombró mensajeros entre los justos, investidos en poder y autoridad, los comisionó para que fueran a llevar la luz del evangelio a los que se halla­ban en tinieblas, es decir a todos los espíritus de los hombres. Y así se predi­có el evangelio a los muertos.” (La vi­sión de la redención de los muertos, Doctrina del evangelio, vol. 2, pág. 292.)

Se nos ha autorizado para efectuar bautismos por los muertos, a fin de que cuando a ellos les sea predicado el evangelio y deseen aceptarlo, ya se haya efectuado esta ordenanza esencial. No necesitan pedir que los eximan de cum­plir con ella. De hecho, el Señor mismo tuvo que recibir el bautismo. Por lo tan­to, es ahora cuando tenemos que llevar a cabo el trabajo que se nos asignó. Nos encontramos realizando esa clase de bautismos; reunimos los registros de la familia humana y en los templos sagra­dos, en fuentes bautismales iguales a las que se usaban antiguamente, cum­plimos con estas sagradas ordenanzas. Habrá quienes lo encuentren extraño. Pero es mucho más, es trascendental y divino. La misma naturaleza de la obra testifica que el Cristo es nuestro Señor, que el bautismo es esencial y que El en­señó la verdad. Quizás nos pregunten: “¿Quiere decir que vosotros bautizaréis a todas las personas que han vivido en este mundo?” La respuesta es un simple “Sí, porque se nos mandó que así lo hi­ciéramos.” Entonces, al pensar en esa obra por todo la gran familia humana, afirmarán que es imposible, que si la prédica del evangelio a todos los vivos es de por sí una tarea formidable, la vicaría por todos los seres humanos que han muerto es ciertamente irrealizable. A lo que repetimos: “Tal vez, pero lo haremos de todos modos”.

Y volvemos a afirmar que no esta­mos desalentados. No pedimos que se nos libre de esa carga, ni queremos ex­cusas para no llevarla a cabo. Nuestros actuales esfuerzos son en verdad mo­destos, si los comparamos con la mag­nitud de la obra. Pero ya que nada se ha hecho por esas personas en ningún otro lado, sabemos que lo que hemos logra­do ha sido satisfactorio para el Señor.

Hemos recolectado cientos de nom­bres, la obra prosigue en los templos y continuará en los otros que construire­mos. No creemos que el tamaño del proyecto sea impresionante, porque no estamos haciendo ni cerca de lo que de­beríamos hacer. Aquellos que se intere­san en la obra, preguntan: “Qué sucede­rá con aquellos de quienes no se han guardado registros? Seguramente que fracasaréis allí. No hay ninguna forma en que podáis encontrar esos nombres.”

Para estos hay una respuesta muy sencilla: “Habéis olvidado la revela­ción”. Ya hemos encontrado muchos re­gistros por medio de ese procedimiento. Los miembros reciben revelación y, por medio de ella, se los dirige para que en­cuentren sus registros familiares en maneras que son realmente milagrosas. Hay un sentimiento de inspiración en esta obra que no se puede encontrar en ninguna otra; y cuando hayamos hecho todo lo posible, se nos dará el resto y se nos abrirán las puertas. Todo Santo de los Últimos Días es responsable de esa obra. Sin ella las ordenanzas salvadoras del evangelio se aplicarían sólo a al­gunos pocos que han vivido, y eso no podría proclamarse verdadero bajo las leyes de la misericordia ni bajo las de la justicia.

Hay otro beneficio que produce esta obra, que se relaciona con los vivos y tiene que ver con la vida familiar y su preservación por la eternidad; afecta aquello que consideramos más sagrado y querido: la relación con nuestros seres amados en nuestro propio círculo fami­liar. Hasta cierto grado, el espíritu de dicha obra se puede sentir en las pala­bras de una carta de mi propio registro familiar, fechada el 17 de enero de 1889 y escrita por una de las nueras de mi bi­sabuelo, Jonathan Taylor Packer, quien fue el primero de la familia en unirse a la Iglesia y murió unos días después; primero describe la angustia y dificul­tad que él sufrió durante varias semanas, y luego dice:

“Pero haré todo lo que pueda porque lo considero mi responsabilidad, haré por él lo que a mí me gustaría que al­guien hiciera por mi querida madre, porque me temo que no volveré a verla otra vez en este mundo.” Y más adelan­te agrega: “Vuestro padre desea deciros a todos que seáis fieles a los principios del evangelio, suplica que las bendi­ciones de Abraham, Isaac, y Jacob se derramen sobre vosotros y se despide de vosotros, hasta que os vea otra vez en la mañana de la resurrección.”

Yo sé que veré a este bisabuelo en el otro lado del velo y a mi abuelo y a mi padre. También sé que conoceré a mis antepasados que vivieron cuando la plenitud del evangelio no estaba sobre la tierra; aquellos que vivieron y murie­ron sin haber escuchado el nombre del Señor ni haber tenido la oportunidad de ser bautizados. Este es el punto de la doctrina que separa más a nuestra Igle­sia de las demás. Si no fuera por esa di­ferencia y teniendo en cuenta la clari­dad con la cual el Nuevo Testamento declara que el bautismo es esencial para la salvación, tendríamos que admitir junto con los demás, que la mayoría de la familia humana nunca lo pudo tener y, por lo tanto, no podría salvarse. Pero nosotros tenemos las revelaciones y tenemos las sagradas ordenanzas. La re­velación que nos impone la obligación de bautizamos por lo muertos se en­cuentra en la sección 128 de Doctrinas y Convenios; me gustaría leer dos o tres de los últimos versículos de esta sec­ción:

“Hermanos, ¿no hemos de seguir adelante en una causa tan grande? Avanzad, en vez de retroceder. ¡Valor hermanos; marchad a la victoria! ¡Re­gocíjense vuestros corazones y llenaos de alegría! ¡Prorrumpa la tierra en canto! ¡Alcen los muertos himno de alabanza eterna al rey Emmanuel, quien decretó, antes de existir el mundo, lo que nos habilitaría para redimirlos de su pri­sión; porque los presos quedarán libres!

¡Griten de gozo las montañas, y vo­sotros, los valles, exclamad en voz alta: y todos vosotros, mares y tierra seca proclamad las maravillas de vuestro Rey Eterno! ¡Ríos, arroyos y riachuelos, corred con alegría! ¡Alaben al Señor los bosques y los árboles del campo; rocas sólidas, llorad de gozo!. . .

Ofrezcamos, pues, al Señor, como Iglesia y como pueblo, y como Santos de los Últimos Días, una ofrenda en justicia; y presentemos en su santo tem­plo, cuando quede terminado, un libro, digno de toda aceptación, que contenga el registro de nuestros muertos.” (D. y C. 128:22-24.)

Os testifico que esta obra es verda­dera, que Dios vive, que Jesús es el Cristo, que hoy día hay en la tierra un Profeta de Dios para dirigir a Israel mo­derno en esta grande obligación. Yo sé que el Señor vive y que El vela ansio­samente sobre su obra para la reden­ción de los muertos. En el nombre de Jesucristo. Amén.

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