La limpieza del alma

Conferencia General Octubre 1975

La limpieza del alma

Por el élder John H. Vandenberg
Ayudante del Consejo de los Doce
Sábado 4 de octubre Sesión de la mañana

Durante el invierno de 1925-1926, en un pequeño recinto en la ciu­dad de Liverpool, Inglaterra, un grupo de misioneros con destino a varias par­tes de Gran Bretaña y el continente eu­ropeo se reunieron para recibir consejos e instrucciones del élder James E. Talmage, entonces Presidente de la Misión Europea. Parte de los consejos incluían esta advertencia: “Los que vienen de poblaciones pequeñas del oeste esta­dounidense, sin duda alguna observa­rán algunas costumbres y métodos dife­rentes a los de su lugar de origen, que posiblemente los impulsen a hacer críti­ca. Cuidaos de no hacerlo. Recordad que sois los extranjeros en un país ex­traño; sois los invitados. En breve re­conoceréis que tales costumbres y mé­todos son buenos y son resultado de ex­periencias probadas. Lo mejor es que observéis con el deseo de aprender.”

Habiendo sido uno de esos misione­ros, asignado a los Países Bajos (Holan­da), descubrí durante el tiempo que es­tuve allí que el consejo era sabio; desde mi llegada hasta mi partida, aprendí mucho de mis observaciones. Recorrí muchas de sus ciudades, observé sus limpios alrededores, los pintorescos edificios, los canales tan bien conserva­dos. Sobre todo, experimenté una agra­dable relación con un pueblo feliz. Ob­servé a muchas personas dirigiéndose a las grandes y hermosas iglesias en el Día del Señor. Los habitantes eran ale­gres y prósperos, vivían bajo un sistema de gobierno parlamentario. Yo aprendí su historia. Se nos permitía como mi­sioneros, movernos de una parte a otra en nuestros esfuerzos misionales. Esta era una nación que había luchado por ochenta años y hecho grandes sacrifi­cios para obtener libertad de religión, estrechamente vinculada con los Esta­dos Unidos de Norteamérica, pues ¿no había sido este país el que ofreció refu­gio a los peregrinos que llegaron de In­glaterra para evitar la persecución y unos cuantos años después se dirigieron a las costas de Norteamérica? Muchos holandeses emigraron a América y con su amor por la libertad y su fe en Dios, hicieron una gran contribución a al­gunas de las colonias inglesas que fue­ron establecidas a fin de que sus ciuda­danos pudieran gozar de la libertad de adorar a Dios de acuerdo con sus de­seos.

George Washington, un firme defen­sor de la religión, dijo:

“De todas las disposiciones y cos­tumbres que conducen a la prosperidad política, la religión y la moral son apo­yos imprescindibles. En vano sería que quien reclamara ser buen patriota se es­forzara por trastornar estos grandes pi­lares de la felicidad humana, estos fir­mes apoyos de los deberes de los hom­bres y ciudadanos. El político mismo a la par con el piadoso, debería respetar­los y apreciarlos. Con grandes reservas, accedamos a la suposición de que pode­mos conservar la moral sin la religión. No importa cuánto crédito le demos a la influencia de la educación refinada en ciertas mentalidades, la razón y la expe­riencia nos impiden esperar que esa moralidad nacional pueda prevalecer sin el principio religioso.

Es esencialmente cierto que la virtud o moralidad es un manantial necesario para el gobierno popular. La regla se ex­tiende con más o menos fuerza a todo gobierno libre. ¿Quién, que se conside­re su fiel amigo, puede mirar con indi­ferencia los intentos por sacudir sus ci­mientos?” (Documents of American His- tory, Nueva York: Meredith Corpora­tion, 1968, pág. 173.)

Seguramente la felicidad del pueblo holandés estaba en proporción a su aplicación de los poderes de la religión y la virtud. Familiarizado con esta ca­racterística de la gente, observé su sen­sibilidad a la limpieza. A medida que trabajábamos de puerta en puerta, fui­mos conociendo los lugares donde vivían; ponían sumo cuidado en man­tener su casa y los alrededores en exce­lentes condiciones; nunca permitían que los desperdicios se acumularan en las calles; nunca dejaban afuera los recep­táculos para la basura, porque la ley lo prohibía. Esto era hace cincuenta años. Me alegró saber que esa sensibilidad prevalece, de acuerdo a un reciente artículo de periódico que dice, entre otras cosas:

“Lo primero que cualquier extranje­ro observa en Holanda es lo que falta. . .

Como de costumbre, por supuesto falta la basura, y las latas y hojas de pe­riódico desparramadas por las calles; también faltan los borrachos y las botellas de vino por las callejuelas, los pe­rros muertos de hambre, los olores que debería despedir la gran cantidad de agua que fluye lentamente.

Los holandeses siempre han sabido romo evitar la contaminación, el desperdicio y la fealdad. Todo está prohi­bido.” (Artículo por Tom Broden, toma­do del Washington Post, Junio 7 de 1975, pág. A-ll.)

Aunque su morada fuese humilde, ponían extremo cuidado en conservarla limpia. En nuestras giras matutinas, fre­cuentemente encontrábamos a las mu­cres puliendo el bronce de sus puertas, fregando la entrada de su casa y en la mayoría de los casos, hasta barriendo las .acercas. No es necesario preguntar por qué, ya que indudablemente la costumbre se debe al lógico razonamiento de que si la calle está limpia uno no lle­va al hogar basura e impurezas. Posiblemente podamos aplicar la misma idea a la mente; hacer una limpieza constante a fin de desechar las impurezas que pueden contaminar el alma.

Al observar estas costumbres de limpieza, no podía menos que recordar la admonición que recibía siempre en los días de mi niñez, cuando tendía a des­cuidar la rutina diaria de lavarme las manos y la cara. “La limpieza sigue en importancia a la santidad”, me recorda­ban tiernamente mis padres. Lo escuché tantas veces que lo creí un pasaje de las escrituras, y no fue hasta más tarde que descubrí que era una cita de un sermón de John Wesley. “Y quisiera inculcaros que ciertamente hay una semejanza entre la limpieza física y la limpieza espi­ritual. Así como el cuerpo limpio, la ca­sa limpia y los alrededores limpios impiden la propagación de la enfermedad, también la mente, los pensamientos y los actos limpios impiden el mal.” Otra afirmación semejante de los padres he­breos, dice: “Las doctrinas de la religión se reducen al esmero, el esmero al vi­gor el vigor a la inocencia, la inocencia a la moderación, la moderación a la limpieza y la limpieza a la santidad.” (The Home Book of Quotations, por Burton Steverson. Nueva York: Dodd, Mead, 1956, rag. 279.)

El propósito de las escrituras y la doctrina de la religión es impedir que las gentes se hundan en la incredulidad y ayudar a que sus almas se conserven puras a fin de que puedan morar con su Padre Celestial en la eternidad. Este es un proceso que se efectúa gradualmen­te. Así lo explica Pablo en su epístola a los santos hebreos:

“Por tanto, dejando ya los rudimen­tos de la doctrina de Cristo, vamos ade­lante a la perfección, rio echando otra vez el fundamento del arrepentimiento de obras muertas, de la fe en Dios, de la doctrina de bautismos, de la imposición de manos, de la resurrección de los muertos y del juicio eterno.

Y esto haremos, si Dios en verdad lo permite.” (Hebreos 6:1-3.)

Sin embargo, Dios hizo una presen­tación más específica de la doctrina cuando habló con Adán. He aquí el pa­saje:

“Enséñalo pues a tus hijos, que to­dos los hombres, en todas partes, deben arrepentirse, o de ninguna manera here­darán el reino de Dios, porque allí no puede morar ninguna cosa inmunda, ni en su presencia; porque en el lenguaje de Adán, su nombre es Varón de Santi­dad, y el nombre de su Unigénito es el Hijo del Hombre, aun Jesucristo, un justo Juez que vendrá en el meridiano de los tiempos.

Por tanto, te doy el mandamiento de enseñar estas cosas sin reserva a tus hi­jos, diciendo:

Que por causa de la transgresión viene la caída, la cual trae la muerte; y como habéis nacido en el mundo del agua, de la sangre y del espíritu que yo he hecho, y así del polvo habéis llegado a ser alma viviente, aun así tendréis que nacer otra vez en el reino de los cie­los, del agua y del Espíritu, y ser purifi­cados por sangre, aun la sangre de mi Unigénito, para que seáis santificados de todo pecado y gocéis de las palabras de vida eterna en este mundo, y de vida eterna en el mundo venidero, aun gloria inmortal;

Porque con el agua guardáis el man­damiento, por el Espíritu sois justifica­dos, y por la sangre sois santificados.” (Moisés 6:57-60.)

A fin de que una doctrina religiosa tenga algún significado, tiene que tener el cimiento sólido de ser verdadera. Si se edifica sobre el mito, la superstición, la suposición, la imaginación o los man­damientos de los hombres, no tendrá ninguna validez. Tal vez nos preocupa la decadencia de la moralidad e integri­dad en nuestra sociedad moderna, pero cuando los conceptos de la fe se con­vierten en principios sin obras en lugar de ser una fuente viviente, cuando la re­ligión se reduce a ser miembros de una iglesia sólo por el prestigio. ¿Qué otra cosa se puede esperar? Es hora de que todo el género humano pregunte a Dios, ya que es el Creador, “¿Qué requieres de nosotros?” Ya hemos recibido la res­puesta a dicha pregunta. Jesús enseñó lo que su Padre enseñó, que “todos los hombres. . . deben arrepentirse, o de ninguna manera heredarán el reino de Dios, porque allí no puede morar nin­guna cosa inmunda”. Enseñó el plan de salvación e instó a la humanidad a venir en pos de El (Lucas 28:22). También di­jo: “Mi doctrina no es mía sino de aquel que me envió. El que quiera hacer la vo­luntad de Dios, conocerá si la doctrina es de Dios, o si yo hablo por mi propia cuenta” (Juan 7:6-7). La doctrina del Salvador nunca ha fallado.

El evangelio es el principio que go­bierna al individuo: fue ideado para él, para dar seguridad a su vida y para ex­plicar el propósito de su existencia y su naturaleza eterna. Por medio de la obe­diencia a sus leyes y ordenanzas puede llegar a ser ciudadano del reino de Dios.

Los principios de los pasos progre­sivos que debemos dar se encuentran definidos en las palabras de Pablo pre­viamente mencionadas. El proceso gra­dual que debe seguirse, podría encon­trarse bosquejado en las palabras de los hebreos. Estas pueden ponerse a prueba ya que, una vez aplicadas, colocan a la persona en ese estado de pureza que nuestro Padre Celestial exige de sus hi­jos.

Utilizando la doctrina ya menciona­da del pasaje en donde Dios habló con Adán, todos deberíamos estudiarla cui­dadosamente en la forma en que la re­comienda el profeta Moroni. Moroni presenta una fórmula que recomenda­mos para cualquier estudio de las escri­turas:

“He aquí, quisiera exhortaros, al leer estas cosas,… a que recordaseis lo mi­sericordioso que el Señor ha sido hacia los hijos de los hombres, desde la crea­ción de Adán hasta el tiempo en que re­cibáis estas cosas, y a que lo meditaseis en vuestros corazones.

Y cuando recibáis estas cosas, qui­siera exhortaros a que preguntaseis a Dios el Eterno Padre, en el nombre de Cristo, si no son verdaderas estas cosas; y si pedís con un corazón sincero, con verdadera intención, teniendo fe en Cristo, él os manifestará la verdad de ellas por el poder del Espíritu Santo.” (Moroni 10:3-4.)

Y de esto testifico en el nombre de Jesucristo. Amén.

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