La fe de un profeta

Conferencia General Octubre 1975

La fe de un profeta

Por el élder A. Theodore Tuttle
Del Primer Consejo de los Setenta
Viernes 3 de octubre Sesión de la tarde

En nombre del presidente F. Dilworth Young y del Consejo de los Setenta, extiendo una cordial bienveni­da al élder Gene Cook como miembro del Consejo. Él está bien calificado, muy bien instruido y con una tremenda capacidad; ama al Señor, conoce su tra­bajo y está completamente dedicado al mismo. Estamos complacidos y senti­mos que vosotros también lo estáis, con el anuncio de la organización del Primer Consejo de los Setenta. Damos una afectuosa y sincera bienvenida a los tres primeros miembros de este quorum, los élderes Charles Didier, William Bradford y George Lee. Estos son hombres de constancia y probada habilidad. Se trata de grandes misioneros y estamos ansiosos de experimentar el privilegio de trabajar con ellos.

Inmenso es el poder de la fe. “La fe es la fuerza motriz de toda acción. . . (José Smith “Lectures on Faith”, pág. 8.) El profeta José dijo:

“. . . por fe se hicieron los mundos. Dios habló, el caos oyó y los mundos se pusieron en orden por causa de la fe que había en El. Y así fue con el hom­bre, él habló por su fe en el nombre de Dios y el sol se detuvo, la luna obede­ció, las montañas se movieron, cayeron las prisiones. . .

Si no hubiera sido por la fe de los hombres, ellos hubieran hablado en vano al sol, la luna, las estrellas, las pri­siones. . .

La fe entonces es el primer gran principio que tiene poder, dominio y autoridad sobre todas las cosas. . . Sin la fe no hay poder, y sin poder, no habría creación ni existencia.

Cuando un hombre obra por fe, ejer­ce un esfuerzo mental y no físico. Es por medio de palabras y no por sus po­deres físicos, con lo que trabaja todo ser que obra por la fe. . .” (Lectures on Faith, por José Smith, págs. 8, 9-10,61.)

Creo que existen básicamente, dos clases de fe. Una es aquella de la que he hablado —la fe de que Dios vive y go­bierna en los cielos— la que nos sos­tiene en los desafíos que tenemos que’ enfrentar en la vida, y nos capacita para seguir adelante sin darnos por vencidos y para soportar las pruebas que todos tenemos que pasar. Esta fe ha caracteri­zado la vida de nuestra gente a través de su historia. Es un grandioso legado para la posteridad.

Hay otra clase de fe; más poderosa, menos conocida, menos observada. Esta fe en Dios, compone la habilidad que dispongamos para cumplir con nuestros justos deseos. Es la fe creativa, la clase de fe generadora, sin la cual nada se ve­rificaría; esta es la gran fuerza motriz en la vida del ser humano, es la clase de fe que mueve montañas.

Las escrituras nos enseñan que cier­tos poderes de los cielos se encuentran gobernados por la fe del hombre mor­tal. La capacidad de que dispone el Señor para ayudarnos a vencer los obs­táculos, es limitada solamente por nues­tra fe en El.

“Porque si no hay fe entre los hijos de los hombres, Dios no puede hacer ningún milagro entre ellos; por tanto, no se mostró sino hasta después de su fe. . . Y en ningún tiempo ha habido quien obre milagros sino hasta después de tener fe; por tanto, primero creyeron en el Hijo de Dios.” (Eter 12:12, 18.)

Así como la fe sin obras es muerta, del mismo modo las obras sin fe tam­bién son muertas. De acuerdo a las pa­labras del Maestro, nosotros podemos lograr que se cumplan nuestros justos deseos. Él dijo: “Conforme a vuestra fe os he hecho” (Mateo 9:29).

En los últimos dieciocho meses he podido observar que esta clase de fe ha­ce que sucedan milagros. Comenzó con un Profeta que habló, sus palabras pu­sieron en acción fuerzas espirituales que hasta ese momento habían estado adormecidas; la gente reaccionó, se arrepintió, cambió, así como también cambiaron los acontecimientos.

Un profeta no solamente profetiza las cosas que sucederán, sino que por el ejercicio de la fe hace que las cosas sucedan. Permitidme deciros lo que ha sucedido desde que ese Profeta habló.

El pidió más misioneros, ¡y salieron más! Venían de regiones del mundo de donde nunca habían venido, y en gran­des cantidades. Al principio venían de a uno, de a dos, y después por decenas, por cientos y ahora por miles. Esos mi­sioneros llegaron al corazón de muchas personas e hicieron que su vida cambia­ra. La juventud responde y el sacrificio aumenta; los padres lloran de regocijo, y el Profeta está complacido. General­mente la gente no escucha las estadísti­cas pero éstas son realmente impre­sionantes: hace dieciocho meses, en Brasil, tenían solamente cuarenta mi­sioneros brasileños. En la actualidad tienen más de cien. En otros lugares co­mo Sudamérica, México, Asia, las islas del Pacífico, Europa y otras regiones del mundo, la respuesta ha sido similar.

Hace dieciocho meses, en todas las misiones del mundo combinadas, había 17.600 misioneros. En ese entonces todo indicara que podríamos llegar a tener cerca de 19.000 para fines de este año, y ya tenemos más de 21.000! Para fin de año tendremos más de 22.000.

Temamos un joven vecino que regularmente pasaba por delante de nuestra casa en dirección al buzón del correo; esmeraba con impaciencia la carta con su llamamiento para la misión; le pa­recía que demoraba demasiado después de haber sido enviada su recomenda­ción Observé la siguiente escena el día en que llegó la carta. Abrió el buzón de la correspondencia, llamó a su amigo y le expresó su regocijo; en seguida, corrió a dar la noticia a su familia. Unos minutos más tarde su hermana de dieciséis años llegó caminando en dirección a la casa, y al saludarla y decirle que su hermano había recibido el llamamiento, instantáneamente cambió de expresión y corrió inmediatamente a su casa para unirse a la alegría de toda la familia. Pensad en la expectativa, la alegría que inunda a cientos de hogares y cientos de corazones cada semana, porque éste es un llamamiento para toda la familia. Este servicio no solamente bendice los hogares de donde provienen los misioneros sino que también bendice la vida de aquellos a donde ellos van. Una joven que trabajó con los indios escribió:

Los navajos son un pueblo grandio­so, y jamás podría expresar con palabras el amor que siento por ellos. . . Me acertaron a mí, una joven, como si fuera uno de los suyos. Me llamaban su hi­ja blanca. Tuve dificultades con el idioma pero pude enseñar leyendo las lecciones; tuve la gran suerte de tener compañeras indias que les explicaban los detalles. Pude comunicarme con amor. Aprendí que el amor es el lenguaje más grandioso que conocemos. Ellos me quisieron y yo los quise. Hablábamos con sonrisas y a veces también con lágrimas. Fueron pacientes con mi mala pronunciación del navajo y me ayudaban cuando no podía expresarme. Los deje con un testimonio en mi cora­zón y un sentimiento que nunca podría describir con palabras. . .”

Años más tarde, cuando vivíamos en Sudamérica, nuestro hijo mayor llegó a la edad de servir en una misión. Fue el primer misionero que salió de nuestra pequeña rama, compuesta mayormente de conversos. La última oración en su despedida la ofreció uno de los nuevos conversos, que expresó lo siguiente: “Padre Celestial, hemos visto llegar a los misioneros. Ellos han bendecido nuestra vida. Ahora vemos que nosotros debemos enviar misioneros. Ayúdanos a criar a nuestros hijos de modo que ellos también puedan servir en mi­siones”.

Esa oración de fe, fue contestada. Cuando el hijo de ese hermano tuvo diecinueve años, lo llamaron para ir a cumplir una misión en Italia. Tiempo después, recibí la siguiente carta del presidente de una rama donde él traba­jó:

“Conocimos al élder LaBuonora cuando llegó aquí, hace seis meses; vino directamente de la rama de Palermo. Ha sido un maravilloso misionero. Hemos llegado a quererlo como si fuera uno de nuestros hijos. Nadie ha demostrado más amor y comprensión hacia la gente que él. Ha dado amor en una forma im­posible de describir con palabras. Su responsabilidad y sus anhelos, le han hecho uno de los más grandes misione­ros en Italia. . . En el poco tiempo que ha estado aquí, ya bautizó a nueve per­sonas.

Ya que usted lo conoció, le contaré una pequeña experiencia. Habíamos ido a visitar a uno de los miembros que es­taba enfermo en el hospital. . . en la sala de veinte enfermos había un niño de tres años de edad, cuya madre lo había abandonado al nacer y no tenía a nadie que lo quisiera. El niño estaba jugando con unos cubos y tenía la nariz sucia. El élder LaBuonora le limpió la nariz con la ternura de un verdadero padre, lo sostuvo en sus brazos por un momento, lo besó y lo puso suavemente de nuevo en la cama. La expresión en la cara del niño fue una mezcla de sorpresa y segu­ridad al mismo tiempo. Creemos que este joven es el mejor misionero que hemos visto. Él es una inmensa bendi­ción para la misión y para nuestra ra­ma.”

Quisiera mencionar además, como una mayor evidencia de fe, que el pre­sidente LaBuonora, el padre que rogó para criar a sus hijos de modo que pu­dieran servir en una misión, ha enviado ya su segundo hijo al campo misional.

Recientemente, mientras viajábamos en avión, una joven misionera se sentó junto a mi esposa y a mí. Ella no nos conocía, pero entablamos conversación. Cuando se enteró de quién era yo, ex­clamó desilusionada, “¡Oh, no!, a usted no puedo darle el Libro de Mormón. Quería repartir tres antes de llegar a Nueva Zelandia”.

Hermanos, nos enfrentamos ahora a otro cometido: el de llegar a ser mi­sioneros. En lograr esto no hemos teni­do tanto éxito como en enviar misione­ros. Esta es una oportunidad para que todos nosotros empecemos esa segunda clase de fe. Necesitamos establecer me­tas personales y familiares. Oremos fer­vientemente para poder lograr esas me­tas. Ejercitemos nuestra fe en Dios y es­forcémonos por tener éxito en la em­presa.

Hace dieciocho meses el presidente Kimball dijo: “En nuestro trabajo mi­sional de estaca y distrito. . . apenas he­mos tocado la superficie . . . Creo que ha llegado el momento en que debemos cambiar nuestras perspectivas y elevar nuestras metas . .

El trabajo misional de estaca es co­mo un gran gigante durmiente, que es­tuviera comenzando a despertar; espe­ramos que todos los presidentes de es­taca den una atención especial a esta la­bor. Que hagan tres cosas: (1) desarro­llar metas a nivel de estaca; (2) asegu­rarse de que sus setentas estén correcta­mente organizados, que trabajen ade­cuadamente y en orden, y (3) que ayu­den a cada familia a compartir el evan­gelio con otros. En esta labor, cada miembro debe “acelerar el paso”, tal como lo ha hecho nuestro Profeta y Pre­sidente.

Hay un lugar para que cada uno sir­va como misionero en la Iglesia, ya sea en el hogar como fuera del mismo; de este lado del velo así como del otro la­do.

Hace dieciocho meses un hombre expresó su fe de que el trabajo misional podría mejorar haciéndose también más eficiente y productivo; en ese momento parecía imposible. Sin embargo, inme­diatamente, sus consejeros unieron su fe a la de él y esa fe se triplicó. Enton­ces, los Doce se unieron a ellos y los líderes de la Iglesia y muchos miembros lo han hecho, una y otra vez. La fe llama a la fe y así es como sigue adelante un poderoso trabajo.

Nuestra salvación y la salvación de todos los hijos demuestro Padre se de­terminará por medio de la obediencia al consejo del Profeta viviente. Que poda­mos elevarnos y ejercitar una fe más grande en Dios.

Deseo dejaros mi testimonio de que este trabajo es verdadero y que el pre­sidente Kimball es un Profeta viviente. En el nombre de Jesucristo. Amén.

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